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Yasek Alberto Manzano Silva es uno de esos virtuosos
que, con su ejecución de la trompeta y dominio
jazzístico impecables, ha alcanzado un sello único con
apenas 25 años.
Pocos minutos de
conversación con este joven son suficientes para
percibir su carácter afable y la timidez para
detallar episodios de su breve y prolífico andar por
la música. No habla con aires de presumido, más bien
parece minimizar sus logros. Por momentos, se
ruboriza cuando se refiere a sus reconocimientos o
interpretaciones con prestigiosas figuras del jazz;
de ellas, prefiere exteriorizar lo valioso del
encuentro para su esencia de artista. En tanto, no
desaprovecha la ocasión para dejarse conocer como
poeta, solo que se le antoja ocultar sus creaciones
literarias por ahora.
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Educado en un hogar
de admiradores de las artes y en particular, la música,
muestra desde niño una atracción especial hacia los
sonidos de los instrumentos de viento metal. A los siete
años ―cuenta su madre― ya tenía definido que estudiaría
trompeta, saxofón o clarinete, justo en ese orden. Sin
embargo, no es hasta dos años después que ingresa en el
Conservatorio Alejandro García Caturla, tras demostrar
sus aptitudes musicales, entrenadas de modo intuitivo
casi desde la cuna.
“A mi padre siempre
le gustó la música instrumental ―rememora Yasek―. En la
noche sintonizaba radio Enciclopedia para relajarse,
mientras preparaba las clases que impartiría en la
Universidad. Desde el cuarto yo escuchaba la melodía
invariablemente con la puerta entreabierta porque le
temía a la oscuridad y necesitaba esa media luz para
conciliar el sueño, además la música me arrullaba y la
tarareaba, incluso después de apagada la radio, una y
otra vez hasta quedarme dormido. Este ejercicio
inconsciente me desarrolló el oído musical y la
retentiva. Aquello era una necesidad de expresión, un
deseo de reproducir los sonidos que captaba,
procesarlos, vivirlos. Los interpretaba como si yo fuera
la orquesta y me agradaba mucho esa sensación.
“Memoricé diversos
temas antológicos así como un disco del trompetista
canadiense Maynard Ferguson con el que quedé fascinado.
Este álbum, a pesar de ser bastante comercial, contenía
piezas melódicas famosas, intercaladas con
improvisaciones jazzísticas realmente magnéticas para
mí.
“Este fue uno de los
factores que influyó en que durante la adolescencia
intentara comprender de dónde salía la improvisación.
Aunque desde mucho antes ya lo hacía de manera
inconsciente al reproducir la música cantándola o
componiéndola como si fuera mi propia sinfonía y que,
además, me gustaba sin saber su nombre u origen. Quería
conocer qué era el jazz. Entonces me acerqué a Bobby
Carcassés con la intención de que me revelara todos los
recursos para improvisar. Estaba muy inquieto por
aprender el lenguaje real de este género, necesitaba las
herramientas y vi en él a la persona indicada.
“Lo primero que me
enseñó Bobby fue la estructura del blues, sus escalas o
acordes fundamentales. Por su carisma para lidiar con
los jóvenes fue despertándome la improvisación poco a
poco, trataba de sacar lo que mi inconsciente guardaba.
Me dio la solución a mis ansias de saber y sentí mucha
confianza para expresarme en este sentido. Ser su
discípulo fue muy interesante.”
De la mano de su
maestro y amigo este joven instrumentista inicia un
incesante recorrido por los principios esenciales del
jazz. Luego de un año de aprendizaje Carcassés le ofrece
la posibilidad de presentarse por primera vez en el
Festival Jazz Plaza, de 1995. A partir de ese momento
Manzano integra Afrojazz, la alineación liderada por
Bobby Carcassés, donde permanece varios años. Asimismo
en 1998, durante la edición inicial del Concurso Jojazz
resulta uno de los participantes más galardonados del
certamen. Estas experiencias lo lanzan al reconocimiento
público y le abren las puertas para interactuar con
importantes músicos nacionales e internacionales.
Comienza a modelar los rasgos distintivos que
caracterizan a su actual quinteto.
“Por la propia
espontaneidad del jazz, desarrollo en mi agrupación un
lenguaje musical que me permita alcanzar diferentes
estados de ánimo, sensaciones, donde lo mágico está en
compartirlo con los músicos involucrados en el proyecto.
Por eso, me interesa mucho trabajar en formatos pequeños
para propiciar la comunicación y el intercambio de
ideas.
“Es una tarea difícil
motivar a quienes trabajan con uno para que siempre
tengan la voluntad de crear, de mantener la inspiración.
Con ese propósito he concebido algunos mecanismos que
voy madurando a medida que pasa el tiempo, pero la base
de todo radica en el gran deseo de decir algo y estar
tocando en ese momento. Si este deseo no es lo
suficientemente fuerte, puede generar un agujero negro
en el espacio y absorber los intereses del grupo.
“Además me permite
escucharlo todo, sentir la energía de cada músico, lo
cual es fundamental en el trabajo de confrontación y nos
obliga a encontrar la concentración, la osadía porque no
podemos olvidar que actuar en un concierto es un salto
al abismo. Este es uno de mis recursos para incitar a
los músicos a que salten conmigo.
“La emoción y el
riesgo originan una tensión que si no es muy abrupta,
produce un sentimiento de libertad inigualable, pero lo
contrario puede dar un poco de miedo. Este proceso
compartido lo califico como una especie de ‘viaje a la
selva’ ―digo este lugar por lo peligroso que resultaría
un trayecto así― donde hay un líder, cooperación
colectiva y, al mismo tiempo, la necesidad individual de
protegerse a sí mismo, todo sobre la base de un gran
amor común y un interés por conocer esa selva con sus
oscuridades y claridades.
“En ese instante,
cada cual posee un espacio propio, tiene un
protagonismo. Es regocijante si se toma de esta manera.
Lo interesante es descubrir algo nuevo cada vez que se
emprende esta aventura y no dejarse dominar por el
nerviosismo, las falsas ilusiones. El disfrute es pleno
al abrir los ojos, verse a uno mismo ahí frente al
público lo más puro posible, dando lo mejor y más
auténtico de ti, haciendo que brille tu espíritu con
naturalidad a través de la inspiración... es muy
emocionante.”
El talento de Yasek
Manzano para recrear un lenguaje melódico sencillo,
matizado por una estética y concepto armónicos apoyados
en la experimentación sobre las raíces del jazz y el
blues, es uno de los elementos que apuntalan su madurez
musical. Además del hecho concreto de emplearse por
entero a trabajar sobre la base de estas sonoridades. A
diferencia de otros jóvenes músicos de la Isla que viven
la dualidad de desarrollarse en la salsa u otros ritmos
tradicionales cubanos y solo como jazzistas cuando la
ocasión lo permite.
“Hoy las sedes para
exponer las inquietudes jazzísticas de diversos músicos
son muy limitadas. Los medios de difusión deberían estar
más atentos a este género y concentrarse en promover a
las nuevas generaciones, buscar más espacios para ellos.
“Existe un público
interesado en esta música que se acerca a las peñas y
conciertos, pero todavía el alcance es insuficiente. En
Cuba siempre ha existido jazz; por eso, me parece
interesante divulgar el trabajo de nuestra juventud que
trae propuestas novedosas y originales. También así, se
eleva el prestigio de la cultura cubana, potencial sobra
para ello.
“Creo importante
fundar una especie de base naval del jazz, un sitio que
no solo se limite a los festivales o concursos, donde se
impartan conferencias y maestros de diferentes lugares
del mundo expongan sus experiencias. De hecho, en el
Instituto Superior de Arte (ISA) suceden estos
intercambios, pero no se ha categorizado todavía al
punto de establecer un proyecto formal, abierto a la
colaboración internacional y, por supuesto, respaldado
con la implantación de un programa de estudio que aborde
las especificidades de esta tendencia en el ámbito
cubano y universal.”
Una vez graduado de
nivel medio superior en el Conservatorio Amadeo Roldán,
Manzano decide continuar estudios en el ISA, donde solo
permanece por espacio de año, pues se gana una beca en
la Berklee College of Music, de Boston, EE.UU. Sin
embargo, su interés por profundizar en el jazz
norteamericano lo llevaron a presentarse en la Juliard
School of Music, New York, único centro académico donde
podía consolidar sus proyectos musicales.
“El programa de la
Juliard es bastante conservador. Tuve la oportunidad de
ser enseñado a reproducir esa música, conocer la dicción
y verdadero sonido del jazz. Me acerqué a los orígenes
de este género y aprendí a usar el ww, un recurso
utilizado en la orquesta del maestro Duke Ellington.
“En esta escuela fui
alumno de Wynton Marsalis, quien abrió mi sensibilidad
como nunca imaginé. Con él entendí muchos aspectos que
no conocía de la música, especialmente, relacionados con
la historia del jazz, su razón de ser y diferentes
etapas. Me llevó a comprender esa faceta auténtica que
tenemos todos los improvisadores de luchar por difundir
nuestras ideas sin temores y evitar los clichés. Es muy
joven de espíritu y siente un gran amor por la juventud.
“Marsalis nos
enseñaba de una manera mayéutica, al estilo de Sócrates,
hacía preguntas cada vez más profundas, cavaba dentro de
nosotros para buscar las razones, los porqués de todo y
eso es algo que le agradezco.
“Las clases con
Wynton eran debates sobre la historia de la música, los
estilos del jazz, la improvisación, la originalidad
entre los instrumentistas. A veces, eran encuentros de
análisis más que de tocar. Muchas veces, los estudiantes
nos acercábamos a él con las piezas preparadas, pero lo
que menos hacíamos era interpretarlas porque él se
concentraba minuciosamente en los detalles de la
composición. En ocasiones, ni siquiera importaba el
tema, sino el intercambio como tal, ese espacio para la
confrontación y, entonces, era necesario tener la mente
muy abierta.
“Compartimos
escenarios en varias oportunidades y en realidad, fue
como entrar en la ‘selva’ con un guía sabio. Este
sentimiento no solo lo percibí con Marsalis. Durante la
edición del Festival de Jazz 2004 actué junto a un gran
saxofonista sudafricano, el maestro Zim Ngqawana, con
quien pude experimentar, y absorber su energía que,
además, la hacía fluir entre todos sus músicos. Disfruté
muchísimo de esa intimidad e influyó en mis conciertos
posteriores.
“Es un músico muy
rebelde, abierto. Domina la flauta, el saxofón alto y
soprano, y otros instrumentos raros. Es un artista que
se sublima, se mete dentro de sí y olvida el mundo por
completo. En su interpretación crea una especie de
figura que uno solo se la puede imaginar como un animal,
inventa una criatura a partir de su música. Valora mucho
el aspecto corporal, todo lo representa, baila tocando.
Desde el principio al fin inmerso en ese trance. Él
anima el sonido y le da una connotación más allá de los
cánones estéticos preestablecidos. Busca nuevas
sonoridades, nuevas fronteras más en contacto con la
naturaleza, por ese sentido de reencontrarse con el
espíritu de la tierra. Esta manera de expresión la he
tomado como influencia.
“Conversé diversos
temas con Zim. Según decía, el jazz nos ofrece la
oportunidad de ir a la raíz y… ¿qué era la música
antes?, un llamado, una suerte de ritual, de culto. En
realidad, Ngqawana despertó en quienes lo presenciamos
esa parte genética de la expresión humana muy
relacionada con el rito de la música y estableció con
todos una comunicación plena, apoyado en su gran carisma
y capacidad rítmica.
“En otro momento de
nuestro diálogo manifestaba que el Dios de nosotros ―los
músicos― es, precisamente, la música. Sobre esta
perspectiva aseguraba que la religión está regida por la
palabra y esta tiene fronteras; en cambio, la música no
posee barreras porque el devoto de ella es más elevado
que el de otras religiones. Finalmente reflexionaba
acerca de por qué la música es superior a la religión...
porque es confraternización pura, democracia en germen,
decía.
“Soy creyente de esta
manera, creo en estos seres iluminados que no los
llamaría dioses, pero sí son mi Jesucristo, mi Buda…” |