III
Sujetó el pez a la proa y a la popa y al banco
del medio. Era tan grande, que era como amarrar
un bote mucho más grande al costado del suyo.
Cortó un trozo de sedal y amarró la mandíbula
inferior del pez contra su pico, a fin de que no
se abriera su boca y que pudieran navegar lo más
desembarazadamente posible.
Luego encajó el mástil en la carlinga, y con el
palo que era su bichero y el botalón aparejados,
la remendada vela cogió viento, el bote empezó a
moverse y, medio tendido en la popa, el viejo
puso proa al sudoeste.
No necesitaba brújula para saber dónde estaba el
sudoeste. No tenía más que sentir la brisa y el
tiro de la vela. “Será mejor que eche un sedal
con una cuchara al agua y trate de coger algo
para comer y mojarlo con agua.” Pero no encontró
ninguna cuchara y sus sardinas estaban podridas.
Así que enganchó un parche de algas marinas con
el bichero y lo sacudió y los pequeños camarones
que había en él cayeron en el fondo del bote.
Había más de una docena de ellos y brincaban y
pataleaban como pulgas de playa. El viejo les
arrancó las cabezas con el índice y el pulgar y
se los comió, masticando las cortezas y las
colas. Eran muy pequeñitos, pero él sabía que
eran alimenticios y no tenían mal sabor.
El viejo tenía todavía dos tragos de agua en la
botella y se tomó la mitad de uno después de
haber comido los camarones. El bote navegaba
bien, considerando los inconvenientes, y el
viejo gobernaba con la caña del timón bajo el
brazo. Podía ver el pez y no tenía más que mirar
a sus manos y sentir el contacto de su espalda
con la popa para saber que esto había sucedido
realmente y que no era un sueño. Una vez, cuando
se sentía mal, hacia el final de la pelea, había
pensado que quizá fuera un sueño. Luego, cuando
vio había visto saltar el pez del agua y
permanecer inmóvil contra el cielo antes de
caer, tuvo la seguridad de que era algo
grandemente extraño y no podía creerlo. Luego
empezó a ver mal. Ahora, sin embargo, había
vuelto a ver como siempre.
Ahora sabía que el pez iba ahí y que sus manos y
su espalda no eran un sueño. “Las manos curan
rápidamente –pensó–. Las he desangrado, pero el
agua salada las curará. El agua oscura del golfo
verdadero es la mejor cura que existe. Lo único
que tengo que hacer es conservar la claridad
mental. Las manos han hecho su faena y navegamos
bien. Con su boca cerrada y su cola vertical
navegamos como hermanos. –Luego su cabeza empezó
a nublarse un poco y pensó–: ¿,Me llevará él a
mí o lo llevaré yo a él? Si yo lo llevara a él a
remolque no habría duda. Tampoco si el pez fuera
en el bote ya sin ninguna dignidad.” Pero
navegaban juntos, ligados costado con costado, y
el viejo pensó: “Deja que él me lleve si quiere.
Yo sólo soy mejor que él por mis artes y él no
ha querido hacerme daño.”
Navegaban bien y el viejo empapó las manos en el
agua salada y trató de mantener la mente clara.
Había altos cúmulos y suficientes cirros sobre
ellos: por eso sabía que la brisa duraría toda
la noche. El viejo miraba al pez constantemente
para cerciorarse de que era cierto. Pasó una
hora antes de que le acometiera el primer
tiburón.
El tiburón no era un accidente. Había surgido de
la profundidad cuando la nube oscura de la
sangre se había formado y dispersado en el mar a
una milla de profundidad. Había surgido tan
rápidamente y tan sin cuidado que rompió la
superficie del agua azul y apareció al sol.
Luego se hundió de nuevo en el mar y captó el
rastro y empezó a nadar siguiendo el curso del
bote y el pez.
A veces perdía el rastro. Pero lo captaba de
nuevo, aunque sólo fuera por asomo, y se
precipitaba rápida y fieramente en su
persecución. Era un tiburón Mako muy grande,
hecho para nadar tan rápidamente como el más
rápido pez en el mar y todo en él era hermoso,
menos sus mandíbulas.
Su lomo era tan azul como el de un pez espada y
su vientre era plateado y su piel era suave y
hermosa. Estaba hecho como un pez espada, salvo
por sus enormes mandíbulas, que iban
herméticamente cerradas mientras nadaba,
justamente bajo la superficie, su aleta dorsal
cortando el agua sin oscilar. Dentro del cerrado
doble labio de sus mandíbulas, sus ocho filas de
dientes se inclinaban hacia dentro. No era los
ordinarios dientes piramidales de la mayoría de
los tiburones. Tenían la forma de los dedos de
un hombre cuando se crispaban como garras. Eran
casi tan largos como los dedos del viejo y
tenían filos como de navajas por ambos lados.
Éste era un pez hecho para alimentarse de todos
los peces del mar que fueran tan rápidos y
fuertes y bien armados que no tuvieran otro
enemigo. Ahora, al percibir el aroma más fresco,
su azul aleta dorsal cortaba el agua más
velozmente.
Cuando el viejo lo vio venir, se dio cuenta de
que era un tiburón que no tenía ningún miedo y
que haría exactamente lo que quisiera. Preparó
el arpón y sujetó el cabo mientras veía venir el
tiburón. El cabo era corto, pues le faltaba el
trozo que él había cortado para amarrar el pez.
El viejo tenía ahora la cabeza despejada y en
buen estado y estaba lleno de decisión, pero no
abrigaba mucha esperanza. “Era demasiado bueno
para que durara”, pensó. Echó una mirada al gran
pez mientras veía acercarse el tiburón. “Tal
parece un sueño –pensó–. No puedo impedir que me
ataque, pero acaso pueda arponearlo. –Dentuso
–pensó–. ¡Maldita sea tu madre!”
El tiburón se acercó velozmente por la popa y
cuando atacó al pez el viejo vio su boca
abierta, sus extraños ojos y el tajante
chasquido de los dientes al entrarle a la carne
justamente sobre la cola. La cabeza del tiburón
estaba fuera del agua y su lomo venía asomando y
el viejo podía oír el ruido que hacía al
desgarrar la piel y la carne del gran pez cuando
clavó el arpón en la cabeza del tiburón en el
punto donde la línea de entrecejo se cruzaba con
la que corría rectamente hacia atrás partiendo
del hocico. No había tales líneas: solamente la
pesada y recortada cabeza azul y los grandes
ojos y las mandíbulas que chasqueaban, acometían
y se lo tragaban todo. Pero allí era donde
estaba el cerebro y allí fue donde le pegó el
viejo. Le pegó con sus manos pulposas y
ensangrentadas, empujando el arpón con toda su
fuerza. Le pegó sin esperanza, pero con
resolución y furia.
El tiburón se volcó y el viejo vio que no había
vida en sus ojos; luego el tiburón volvió a
volcarse, se envolvió en dos lazos de cuerda. El
viejo se dio cuenta de que estaba muerto, pero
el tiburón no quería aceptarlo. Luego, de lomo,
batiendo el agua con la cola y chasqueando las
mandíbulas, el tiburón surcó el agua como una
lancha de motor. El agua era blanca en el punto
donde batía su cola y las tres cuartas partes de
su cuerpo sobresalían del agua cuando el cabo se
puso en tensión, retembló y luego se rompió. El
tiburón se quedó un rato tranquilamente en la
superficie y el viejo se paró a mirarlo. Luego
el tiburón empezó a hundirse lentamente.
–Se llevó unas cuarenta libras –dijo el viejo en
voz alta. “Se llevó también mi arpón y todo el
cabo –pensó– y ahora mi pez sangra y vendrán
otros tiburones.”
No le agradaba ya mirar al pez porque había sido
mutilado. Cuando el pez había sido atacado fue
como si lo hubiera sido él mismo.
“Pero he matado el tiburón que atacó a mi pez
–pensó–. Y era el dentuso más grande que había
visto jamás. Y bien sabe Dios que yo he visto
dentusos grandes.”
“Era demasiado bueno para durar –pensó–. Ahora
pienso que ojalá hubiera sido un sueño y que
jamás hubiera pescado el pez y que me hallara
solo en la cama sobre los periódicos.”
–Pero el hombre no está hecho para la derrota
–dijo–. Un hombre puede ser destruido, pero no
derrotado.
“Pero siento haber matado al pez –pensó–. Ahora
llega el mal momento y ni siquiera tengo el
arpón. El dentuso es cruel y capaz y fuerte e
inteligente. Pero yo fui más inteligente que él.
Quizá no –pensó–. Acaso estuviera solamente
mejor armado.”
–No pienses, viejo –dijo en voz alta–. Sigue tu
rumbo y dale el pecho a la cosa cuando venga.
“Pero tengo que pensar –pensó–. Porque es lo
único que me queda. Eso y el béisbol. Me
pregunto qué le habría parecido al gran Di
Maggio la forma en que le di en el cerebro. No
fue gran cosa –pensó–. Cualquier hombre habría
podido hacerlo. Pero ¿cree usted que mis manos
hayan sido un inconveniente tan grande como las
espuelas de hueso? No puedo saberlo. Jamás he
tenido nada malo en el talón, salvo aquella vez
en que la raya me lo pinchó cuando la pise
nadando y me paralizó la parte inferior de la
pierna causando un dolor insoportable.”
–Piensa en algo alegre, viejo –dijo–. Ahora cada
minuto que pasa estás más cerca de la orilla.
Tras haber perdido cuarenta libras navegaba más
y más ligero.
Conocía perfectamente lo que pudiera suceder
cuando llegara a la parte interior de la
corriente. Pero ahora no había nada que hacer.
–Sí, cómo no –dijo en voz alta–. Puedo amarrar
el cuchillo al cabo de uno de los remos.
Lo hizo así con la caña del timón bajo el brazo
y la escota de la vela bajo el pie.
–Vaya –dijo–. Soy un viejo. Pero no estoy
desarmado.
Ahora la brisa era fresca y navegaban bien.
Vigilaba sólo la parte delantera del pez y
empezó a recobrar parte de su esperanza.
“Es idiota no abrigar esperanzas –pensó–.
Además, creo que es un pecado. No pienses en el
pecado –pensó–. Hay bastantes problemas ahora
sin el pecado.
Además, yo no entiendo eso.”
“No lo entiendo y no estoy seguro de creer en el
pecado. Quizás haya sido un pecado matar al pez.
Supongo que sí, aunque lo hice para vivir y dar
de comer a mucha gente. Pero entonces todo es
pecado. No pienses en el pecado. Es demasiado
tarde para eso y hay gente a la que se paga por
hacerlo. Deja que ellos piensen en el pecado. Tú
naciste para ser pescador y el pez nació para
ser pez. San Pablo era pescador, lo mismo que el
padre del gran Di Maggio.”
Pero le gustaba pensar en todas las cosas en que
se hallaba envuelto, y puesto que no había nada
que leer y no tenía un receptor de radio pensaba
mucho y seguía pensando acerca del pecado. “No
has matado el pez únicamente para vivir y vender
para comer –pensó–. Lo mataste por orgullo y
porque eres pescador. Lo amabas cuando estaba
vivo y lo amabas después. Si lo amas, no es
pecado matarlo. ¿O será más que pecado?”
–Piensas demasiado, viejo –dijo en voz alta.
“Pero te gustó matar al dentuso –pensó–. Vive de
los peces vivos, como tú. No es un animal que se
alimente de carroñas, ni un simple apetito
ambulante, como otros tiburones. Es hermoso y
noble y no conoce el miedo.”
–Lo maté en defensa propia –dijo el viejo en voz
alta–. Y lo maté bien.
“Además –pensó–, todo mata a lo demás en cierto
modo. El pescar me mata a mí exactamente igual
que me da la vida. El muchacho sostiene mi vida
–pensó–. No debo hacerme demasiadas ilusiones.”
Se inclinó sobre la borda y arrancó un pedazo de
la carne del pez donde lo había desgarrado el
tiburón. La masticó y notó su buena calidad y su
buen sabor. Era firme y jugosa como carne de
res, pero no era roja. No tenía nervios y él
sabía que en el mercado se pagaría al más alto
precio. Pero no había manera de impedir que su
aroma se extendiera por el agua y el viejo sabía
que se acercaban muy malos momentos.
La brisa era firme. Había retrocedido un poco
hacia el nordeste y el viejo sabía que eso
significaba que no decaería. El viejo miró
adelante, pero no se veía ninguna vela ni el
casco ni el humo de ningún barco. Solo los peces
voladores que se levantaban de su proa
abriéndose hacia los lados y los parches
amarillos de los sargazos. Ni siquiera se veía
un pájaro.
Había navegado durante dos horas, descansando en
la popa y a veces masticando un pedazo de carne
de la aguja, tratando de reposar para estar
fuerte, cuando vio el primero de los dos
tiburones.
–¡Ay! –dijo en voz alta.
No hay equivalente para esta exclamación. Quizás
sea tan sólo un ruido, como el que pueda emitir
un hombre, involuntariamente, sintiendo los
clavos atravesar sus manos y penetrar en la
madera.
–Galanos –dijo en voz alta.
Había visto ahora la segunda aleta que venía
detrás de la primera y los había identificado
como los tiburones de hocico en forma de pala
por la parda aleta triangular y los amplios
movimientos de cola. Habían captado el rastro y
estaban excitados y en la estupidez de su
voracidad estaban perdiendo y recobrando el
aroma. Pero se acercaban sin cesar.
El viejo amarró la escota y trancó la caña.
Luego cogió el remo al que había ligado el
cuchillo. Lo levantó lo más suavemente posible
porque sus manos se rebelaron contra el dolor.
Luego las abrió y cerró suavemente para
despegarlas del remo. Las cerró con firmeza para
que ahora aguantaran el dolor y no cedieran y
clavó la vista en los tiburones que se
acercaban. Podía ver sus anchas y aplastadas
cabezas de punta de pala y sus anchas aletas
pectorales de blanca punta. Eran unos tiburones
odiosos, malolientes, comedores de carroñas, así
como asesinos, y cuando tenían hambre eran
capaces de morder un remo o un timón de barco.
Eran esos tiburones los que cercenaban las patas
de las tortugas cuando éstas nadaban dormidas en
la superficie, y atacaban a un hombre en el agua
si tenían hambre aun cuando el hombre no llevara
encima sangre ni mucosidad de pez.
–¡Ay! –dijo el viejo–. Galanos. ¡Vengan,
galanos!
Vinieron. Pero no vinieron como había venido el
Mako. Uno viró y se perdió de vista, abajo, y
por la sacudida del bote el viejo sintió que el
tiburón acometía al pez y le daba tirones. El
otro miró al viejo con sus hendidos ojos
amarillos y luego vino rápidamente con su medio
círculo de mandíbula abierto para acometer al
pez donde había sido ya mordido. Luego apareció
claramente la línea en la cima de su cabeza
parda y más atrás donde el cerebro se unía a la
espina dorsal y el viejo clavó el cuchillo que
había amarrado al remo en la articulación. Lo
retiró, lo clavó de nuevo en los amarillos ojos
felinos del tiburón. El tiburón soltó el pez y
se deslizó hacia abajo tragando lo que había
cogido mientras moría.
El bote retemblaba todavía por los estragos que
el otro tiburón estaba causando al pez y el
viejo arrió la escota para que el bote virara en
redondo y sacara de debajo al tiburón. Cuando
vio al tiburón, se inclinó sobre la borda y le
dio de cuchilladas. Sólo encontró carne y la
piel estaba endurecida y apenas pudo hacer
penetrar el cuchillo. El golpe lastimó no sólo
sus manos, sino también su hombro. Pero el
tiburón subió rápido, sacando la cabeza, y el
viejo le dio en el centro mismo de aquella
cabeza plana al tiempo que el hocico salía del
agua y se pegaba al pez. El viejo retiró la hoja
y acuchilló de nuevo al tiburón exactamente en
el mismo lugar. Todavía siguió pegado al pez que
había enganchado con sus mandíbulas, y el viejo
lo acuchilló en el ojo izquierdo. El tiburón
seguía prendido del pez.
–¿No? –dijo el viejo, y le clavó la hoja entre
las vértebras y el cerebro. Ahora fue un golpe
fácil y el viejo sintió romperse el cartílago.
El viejo invirtió el remo y metió la pala entre
las mandíbulas del tiburón para forzarlo a
soltar. Hizo girar la pala, y al soltar el
tiburón, dijo:
–Vamos, galano. Baja, déjate ir hasta una milla
de profundidad. Ve a ver a tu amigo. O quizá sea
tu madre.
El viejo limpió la hoja de su cuchillo y soltó
el remo. Luego cogió la escota y la vela se
llenó de aire y el viejo puso el bote en su
derrota.
–Deben de haberse llevado un cuarto del pez y de
la mejor carne –dijo en voz alta–. Ojalá fuera
un sueño y que jamás lo hubiera pescado. Lo
siento, pez. Todo se ha echado a perder.
Se detuvo y ahora no quiso mirar al pez.
Desangrando y a flor de agua parecía del color
de la parte de atrás de los espejos, y todavía
se veían sus franjas.
–No debí haberme alejado tanto de la costa, pez
–dijo–. Ni por ti ni por mí. Lo siento, pez.
“Ahora –se dijo–, mira la ligadura del cuchillo
a ver si ha sido cortada. Luego pon tu mano en
buen estado, porque todavía no se ha acabado
esto.”
–Ojalá hubiera traído una piedra para afilar el
cuchillo –dijo el viejo después de haber
examinado la ligadura en el cabo del remo–. Debí
haber traído una piedra.
“Debiste haber traído muchas cosas –pensó–. Pero
no las has traído, viejo. Ahora no es el momento
de pensar en lo que no tienes. Piensa en lo que
puedes hacer con lo que hay.”
–Me estás dando muchos buenos consejos –dijo en
voz alta–. Estoy cansado de eso.
Sujetó la caña bajo el brazo y metió las dos
manos en el agua mientras el bote seguía
avanzando.
–Dios sabe cuánto se habrá llevado ese último
–dijo–. Pero ahora pesa mucho menos.
No quería pensar en la mutilada parte inferior
del pez. Sabía que cada uno de los tirones del
tiburón había significado carne arrancada y que
el pez dejaba ahora para todos los tiburones un
rastro tan ancho como una carretera a través del
océano.
“Era un pez capaz de mantener un hombre todo el
invierno –pensó–. No pienses en eso. Descansa
simplemente y trata de poner tus manos en orden
para defender lo que queda. El olor a sangre de
mis manos no significa nada, ahora que existe
todo ese rastro en el agua. Además no sangran
mucho. No hay ninguna herida de cuidado. La
sangría puede impedir que le dé calambre a la
izquierda.”
“¿En qué puedo pensar ahora? –pensó–. En nada.
No debo pensar en nada y esperar a los
siguientes. Ojalá hubiera sido realmente un
sueño –pensó–. Pero ¿quién sabe? Hubiera podido
salir bien.”
El siguiente tiburón que apareció venía solo y
era otro hocico de pala. Vino como un puerco a
la artesa: si hubiera un puerco con una boca tan
grande que cupiera en ella la cabeza de un
hombre. El viejo dejó que atacara al pez. Luego
le clavó el cuchillo del remo en el cerebro.
Pero el tiburón brincó hacia atrás mientras
rolaba y la hoja del cuchillo se rompió.
El viejo se puso al timón. Ni siquiera quiso ver
cómo el tiburón se hundía lentamente en el agua,
apareciendo primero en todo su tamaño; luego
pequeño; luego diminuto. Eso le había fascinado
siempre. Pero ahora ni siquiera miró.
–Ahora me queda el bichero –dijo–. Pero no
servirá de nada. Tengo los dos remos y la caña
del timón y la porra.
“Ahora me han derrotado –pensó–. Soy demasiado
viejo para matar los tiburones a garrotazos.
Pero lo intentaré mientras tenga los remos y la
porra y la caña.”
Puso de nuevo sus manos en el agua para
empaparlas. La tarde estaba avanzando y todavía
no veía más que el mar y el cielo. Había más
viento en el cielo que antes y esperaba ver
pronto tierra.
–Estás cansado, viejo –dijo–. Estás cansado por
dentro.
Los tiburones no le atacaron hasta justamente
antes de la puesta del sol.
El viejo vio venir las pardas aletas a lo largo
de la ancha estela que el pez debía de trazar en
el agua. No venían siquiera siguiendo el rastro.
Se dirigían derecho al bote, nadando a la par.
Trancó la caña, amarró la escota y cogió la
porra que tenía bajo la popa. Era un mango de
remo roto, serruchado a una longitud de dos pies
y medio. Sólo podía usarlo eficazmente con una
mano, debido a la forma de la empuñadura, y lo
cogió firmemente con la derecha, flexionando la
mano mientras veía venir los tiburones. Ambos
eran galanos.
“Debo dejar que el primero agarre bien para
pegarle en la punta del hocico o en medio de la
cabeza”, pensó.
Los tiburones se acercaron juntos y cuando vio
al más cercano abrir las mandíbulas y clavarlas
en el plateado costado del pez, levantó el palo
y lo dejo caer con gran fuerza y violencia sobre
la ancha cabezota del tiburón.
Sintió la elástica solidez de la cabeza al caer
el palo sobre ella. Pero sintió también la
rigidez del hueso y otra vez pegó duramente al
tiburón sobre la punta del hocico al tiempo que
se deslizaba hacia abajo separándose del pez.
El otro tiburón había estado entrando y saliendo
y ahora volvía con las mandíbulas abiertas. El
viejo podía ver pedazos de carne del pez
cayendo, blancas, de los cantos de sus
mandíbulas cuando acometió al pez y cerró las
mandíbulas. Le pegó con el palo y dio sólo en la
cabeza y el tiburón lo miró y arrancó la carne.
El viejo le pegó de nuevo con el palo al tiempo
que se deslizaba alejándose para tragar y sólo
dio en la sólida y densa elasticidad.
–Vamos, galano –dijo el viejo–. Vuelve otra vez.
El tiburón volvió con furia y el viejo le pegó
en el instante en que cerraba sus mandíbulas. Le
pegó sólidamente y de tan alto como había podido
levantar el palo. Esta vez sintió el hueso, en
la base del cráneo, y le pegó de nuevo en el
mismo sitio mientras el tiburón arrancaba
flojamente la carne y se deslizaba hacia abajo,
separándose del pez.
El viejo esperó a que subiera de nuevo, pero no
apareció ninguno de ellos. Luego vio uno en la
superficie nadando en círculos. No vio la aleta
del otro.
“No podía esperar matarlo –pensó–. Pudiera
haberlo hecho en mis buenos tiempos. Pero los he
magullado bien a los dos y se deben de sentir
bastante mal. Si hubiera podido usar un bate con
las dos manos habría podido matar el primero,
seguramente. Aun ahora”, pensó.
No quería mirar al pez. Sabía que la mitad de él
había sido destruida. El sol se había puesto
mientras el viejo peleaba con los tiburones.
–Pronto será de noche –dijo–. Entonces podré
acaso ver el resplandor de La Habana. Si me
hallo demasiado lejos al este, veré las luces de
una de las nuevas playas.
“Ahora no puedo estar demasiado lejos –pensó–.
Espero que nadie se haya alarmado. Sólo el
muchacho pudiera preocuparse, desde luego. Pero
estoy seguro de que habrá tenido confianza.
Muchos de los pescadores más viejos estarán
preocupados. Y muchos otros también –pensó–.
Vivo en un buen pueblo.”
Ya no le podía hablar al pez, porque éste estaba
demasiado destrozado. Entonces se le ocurrió una
cosa.
–Medio pez –dijo–. El pez que has sido. Siento
haberme alejado tanto. Nos hemos arruinado los
dos. Pero hemos matado muchos tiburones, tú y
yo, y hemos arruinado a muchos otros. ¿Cuántos
has matado tú en tu vida, viejo pez? Por algo
debes de tener esa espada en la cabeza.
Le gustaba pensar en el pez y en lo que podría
hacerle a un tiburón si estuviera nadando
libremente. “Debí de haberle cortado la espada
para combatir con ella a los tiburones”, pensó.
Pero no tenía un hacha, y después se quedó sin
cuchillo.
“Pero si lo hubiera hecho y ligado la espada al
cabo de un remo, ¡qué arma! Entonces los
habríamos podido combatir juntos. ¿Qué vas a
hacer ahora si vienen de noche? ¿Qué puedes
hacer?”
–Pelear contra ellos –dijo–. Pelearé contra
ellos hasta la muerte.
Pero ahora en la oscuridad y sin que apareciera
ningún resplandor y sin luces y sólo el viento y
sólo el firme tiro de la vela sintió que quizá
estaba ya muerto. Juntó las manos y percibió la
sensación de las palmas. No estaban muertas y él
podía causar el dolor de la vida sin más que
abrirlas y cerrarlas. Se echó hacia atrás contra
la popa y sabía que no estaba muerto. Sus
hombros se lo decían.
“Tengo que decir todas esas oraciones que
prometí si pescaba el pez –pensó–. Pero estoy
demasiado cansado para rezarlas ahora. Mejor que
coja el saco y me lo eche sobre los hombros.”
Se echó sobre la popa y siguió gobernando y
mirando a ver si aparecía el resplandor en el
cielo. “Tengo la mitad del pez –pensó–. Quizá
tenga la suerte de llegar a tierra con la mitad
delantera. Debiera quedarme alguna suerte. No
–dijo–. Has violado tu suerte cuando te alejaste
demasiado de la costa.”
–No seas idiota –dijo en voz alta–. Y no te
duermas. Gobierna tu bote. Todavía puedes tener
mucha suerte.
–Me gustaría comprar alguna si la vendieran en
alguna parte.
“¿Con qué habría de comprarla? –se preguntó–.
¿Podría comprarla con un arpón perdido y un
cuchillo roto y dos manos estropeadas?”
–Pudiera ser –dijo–. Has tratado de comprarla
con ochenta y cuatro días en el mar. Y casi
estuvieron a punto de vendértela.
“No debo pensar en tonterías –pensó–. La suerte
es una cosa que viene en muchas formas, y ¿quién
puede reconocerla? Sin embargo, yo tomaría
alguna en cualquier forma y pagaría lo que
pidieran. Mucho me gustaría ver el resplandor de
las luces –pensó–. Me gustarían muchas cosas.
Pero eso es lo que ahora deseo.” Trató de
ponerse más cómodo para gobernar el bote y por
su dolor se dio cuenta de que no estaba muerto.
Vio el fulgor reflejado de las luces de la
ciudad a eso de las diez de la noche. Al
principio eran perceptibles únicamente como la
luz en el cielo antes de salir la luna. Luego se
las veía firmes a través del mar que ahora
estaba picado debido a la brisa creciente.
Gobernó hacia el centro del resplandor y pensó
que, ahora, pronto llegaría al borde de la
corriente.
“Ahora he terminado –pensó–. Probablemente me
vuelvan a atacar. Pero ¿qué puede hacer un
hombre contra ellos en la oscuridad y sin un
arma?”
Ahora estaba rígido y dolorido y sus heridas y
todas las partes castigadas de su cuerpo le
dolían con el frío de la noche. “Ojalá no tenga
que volver a pelear –pensó–. Ojalá, ojalá que no
tenga que volver a pelear.”
Pero hacia medianoche tuvo que pelear y esta vez
sabía que la lucha era inútil. Los tiburones
vinieron en manada y sólo podía ver las líneas
que trazaban sus aletas en el agua y su
fosforescencia al arrojarse contra el pez. Les
dio con el palo en las cabezas y sintió el
chasquido de sus mandíbulas y el temblor del
bote cada vez que debajo agarraban a su presa.
Golpeó desesperadamente contra lo que sólo podía
sentir y oír y sintió que algo agarraba la porra
y se la arrebataba.
Arrancó la caña del timón y siguió pegando con
ella, cogiéndola con ambas manos y dejándola
caer con fuerza una y otra vez. Pero ahora
llegaban hasta la proa y acometían uno tras otro
y todos juntos, arrancando los pedazos de carne
que emitían un fulgor bajo el agua cuando ellos
se volvían para regresar nuevamente.
Finalmente vino uno contra la propia cabeza del
pez y el viejo se dio cuenta de que había
terminado. Tiró un golpe con la caña a la cabeza
del tiburón donde las mandíbulas estaban
prendidas a la resistente cabeza del pez, que no
cedía. Tiro uno o dos golpes más. Sintió
romperse la barra y arremetió al tiburón con el
cabo roto. Lo sintió penetrar y sabiendo que era
agudo lo empujó de nuevo. El tiburón lo soltó y
salió rolando. Fue el último de la manada que
vino a comer. No quedaba ya nada más que comer.
Ahora el viejo apenas podía respirar y sentía un
extraño sabor en la boca. Era dulzón y como a
cobre y por un momento tuvo miedo. Pero no era
muy abundante.
Escupió en el mar y dijo:
–Cómanse eso, galanos. Y sueñen con que han
matado a un hombre.
Ahora sabía que estaba firmemente derrotado y
sin remedio y volvió a popa y halló que el cabo
roto de la caña encajaba bastante bien en la
cabeza del timón para poder gobernar.
Se ajustó el saco a los hombros y puso el bote
sobre su derrota. Navegó ahora livianamente y no
tenía pensamientos ni sentimientos de ninguna
clase. Ahora estaba más allá de todo y gobernó
el bote para llegar a puerto lo mejor y más
inteligentemente posible. De noche los tiburones
atacan las carroñas como pudiera uno recoger
migajas de una mesa. El viejo no les hacía caso.
No hacía caso de nada, salvo del gobierno del
bote. Sólo notaba lo bien y ligeramente que
navegaba el bote ahora que no llevaba un gran
peso amarrado al costado.
“Un buen bote –pensó–. Sólido y sin ningún
desperfecto, salvo la caña. Y ésta es fácil de
sustituir.”
Podía percibir que ahora estaba dentro de la
corriente y veía las luces de las colonias de la
playa y a lo largo de la orilla. Sabía ahora
dónde estaba y que llegaría sin ninguna
dificultad.
“El viento es nuestro amigo, de todos modos
–pensó–. Luego añadió: A veces. Y el gran mar
con nuestros amigos y enemigos. Y la cama
–pensó–. La cama es mi amiga. La cama y nada más
–pensó–. La cama será una gran cosa. No es tan
mala la derrota –pensó–. Jamás pensé que fuera
tan fácil. ¿Y qué es lo que te ha derrotado,
viejo?”, pensó.
–Nada –dijo en voz alta–. Me alejé demasiado.
Cuando entró en el puertecito las luces de la
Terraza estaban apagadas y se dio cuenta de que
todo el mundo estaba acostado. La brisa se había
ido levantando gradualmente y ahora soplaba con
fuerza. Sin embargo, había tranquilidad en el
puerto y puso proa hacia la playita de grava
bajo las rocas. No había nadie que pudiera
ayudarle, de modo que adentró el bote todo lo
posible en la playa. Luego se bajó y lo amarró a
una roca.
Quitó el mástil de la carlinga y enrolló la vela
y la ató. Luego se echó el palo al hombro y
empezó a subir. Fue entonces cuando se dio
cuenta de la profundidad de su cansancio. Se
paró un momento y miró hacia atrás y al reflejo
de la luz de la calle vio la gran cola del pez
levantada detrás de la popa del bote. Vio la
blanca línea desnuda de su espinazo y la oscura
masa de la cabeza con el saliente pico y toda la
desnudez entre los extremos.
Empezó a subir nuevamente y en la cima cayó y
permaneció algún tiempo tendido, con el mástil
atravesado sobre su hombro. Trató de levantarse.
Pero era demasiado difícil y permaneció allí
sentado con el mástil al hombro, mirando al
camino. Un gato pasó indiferente por el otro
lado y el viejo lo siguió con la mirada. Luego
siguió mirando simplemente al camino.
Finalmente soltó el mástil y se puso de pie.
Recogió el mástil y se lo echó al hombro y
partió camino arriba. Tuvo que sentarse cinco
veces antes de llegar a su cabaña.
Dentro de la choza inclinó el mástil contra la
pared. En la oscuridad halló una botella de agua
y tomó un trago. Luego se acostó en la cama. Se
echó la frazada sobre los hombros y luego sobre
la espalda y las piernas y durmió boca abajo
sobre los periódicos, con los brazos por fuera,
a lo largo del cuerpo, y las palmas hacia
arriba.
Estaba dormido cuando el muchacho asomó a la
puerta por la mañana. El viento soplaba tan
fuerte, que los botes del alto no se harían a la
mar y el muchacho había dormido hasta tarde.
Luego vino a la choza del viejo como había hecho
todas las mañanas. El muchacho vio que el viejo
respiraba y luego vio sus manos y empezó a
llorar. Salió muy calladamente a buscar un poco
de café y no dejó de llorar en todo el camino.
Muchos pescadores estaban en torno al bote
mirando a lo que traía amarrado al costado, y
uno estaba metido en el agua, con los pantalones
remangados, midiendo el esqueleto con un tramo
de sedal.
El muchacho no bajó a la orilla. Ya había estado
allí y uno de los pescadores cuidaba el bote en
su lugar.
–¿Cómo está el viejo? –gritó uno de los
pescadores.
–Durmiendo –respondió gritando el muchacho. No
le importaba que lo vieran llorar–. Que nadie lo
moleste.
–Tenía dieciocho pies de la nariz a la cola
–gritó el pescador que lo estaba midiendo.
–Lo creo –dijo el muchacho.
Entró en la Terraza y pidió una lata de café.
–Caliente y con bastante leche y azúcar.
–¿Algo más?
–No. Después veré qué puede comer.
–¡Ése si que era un pez! –dijo el propietario–.
Jamás ha habido uno igual. También los dos que
ustedes cogieron ayer eran buenos.
–¡Al diablo con ellos! –dijo el muchacho y
empezó a llorar nuevamente.
–¿Quieres un trago de algo? –preguntó el dueño,
–No –dijo el muchacho–. Dígales que no se
preocupen por Santiago. Vuelvo enseguida
–Dile que lo siento mucho.
–Gracias –dijo el muchacho.
El muchacho llevó la lata de café caliente a la
choza del viejo y se sentó junto a él hasta que
despertó. Una vez pareció que iba a despertarse.
Pero había vuelto a caer en su sueño profundo y
el muchacho había ido al otro lado del camino a
buscar leña para calentar el café.
Finalmente el viejo despertó.
–No se levante –dijo el muchacho–. Tómese esto
–le echó un poco de café en un vaso.
El viejo cogió el vaso y bebió el café.
–Me derrotaron, Manolín –dijo–. Me derrotaron de
verdad.
–No. Él no. Él no lo derrotó.
–No. Verdaderamente. Fue después.
–Perico está cuidando del bote y del aparejo.
¿Qué va a hacer con la cabeza?
–Que Perico la corte para usarla en las nasas.
–¿Y la espada?
–Puedes guardártela si la quieres.
–Sí, la quiero –dijo el muchacho–. Ahora tenemos
que hacer planes para lo demás.
–¿Me han estado buscando?
–Desde luego. Con los guardacostas y con
aeroplanos.
–El mar es muy grande y un bote es pequeño y
difícil de ver –dijo el viejo. Notó lo agradable
que era tener alguien con quien hablar en vez de
hablar sólo consigo mismo y con el mar–. Te he
echado de menos –dijo–. ¿Qué han pescado?
–Uno el primer día. Uno el segundo y dos el
tercero.
–Muy bueno.
–Ahora pescaremos juntos otra vez.
–No. No tengo suerte. Yo ya no tengo suerte.
–Al diablo con la suerte –dijo el muchacho–. Yo
llevaré la suerte conmigo.
–¿Qué va a decir tu familia?
–No me importa. Ayer pesqué dos. Pero ahora
pescaremos juntos porque todavía tengo mucho que
aprender.
–Tenemos que conseguir una buena lanza y
llevarla siempre a bordo. Puedes hacer la hoja
de una hoja de muelle de un viejo Ford. Podemos
afilarla en Guanabacoa. Debe ser afilada y sin
temple para que no se rompa. Mi cuchillo se
rompió.
–Conseguiré otro cuchillo y mandaré afilar la
hoja de muelle. ¿Cuántos días de brisa fuerte
nos quedan?
–Tal vez tres. Tal vez más.
–Lo tendré todo en orden –dijo el muchacho–.
Cúrese las manos, viejo.
–Yo sé cuidármelas. De noche escupí algo extraño
y sentí que algo se había roto en mi pecho.
–Cúrese también eso –dijo el muchacho–.
Acuéstese, viejo, y le traeré su camisa limpia.
Y algo de comer.
–Tráeme algún periódico de cuando estuve ausente
–dijo el viejo.
–Tiene que ponerse bien pronto, pues tengo mucho
que aprender y usted puede enseñármelo todo. ¿Ha
sufrido mucho?
–Bastante –dijo el viejo.
–Le traeré la comida y los periódicos –dijo el
muchacho–. Descanse bien, viejo. Le traeré
medicina de la farmacia para las manos.
–No olvides de decirle a Perico que la cabeza es
suya.
–No. Se lo diré.
Al atravesar la puerta y descender por el camino
tallado por el uso en la roca de coral iba llorando
nuevamente.
Esa tarde había una partida de turistas en la
Terraza, y mirando hacia abajo, al agua, entre las
latas de cerveza vacías y las picúas muertas, una
mujer vio un gran espinazo blanco con una inmensa
cola que se alzaba y balanceaba con la marea
mientras el viento del este levantaba un fuerte y
continuo oleaje a la entrada del puerto.
–¿Qué es eso? –preguntó la mujer al camarero, y
señaló al largo espinazo del gran pez, que ahora no
era más que basura esperando a que se la llevara la
marea.
–Tiburón –dijo el camarero. Un tiburón.
Quería explicarle lo que había sucedido.
–No sabía que los tiburones tuvieran colas tan
hermosas, tan bellamente formadas.
–Ni yo tampoco –dijo el hombre que la acompañaba.
Allá arriba, junto al camino, en su cabaña, el viejo
dormía nuevamente. Todavía dormía de bruces y el
muchacho estaba sentado a su lado contemplándolo. El
viejo soñaba con los leones marinos.