Año IV
La Habana

22 al 28 de OCTUBRE
de
2005

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La escultura pública habanera
en los espacios urbanos: El Centro Histórico
Analays Álvarez Hernández La Habana


Durante la última década se ha extendido e intensificado la actividad encaminada a la  recuperación de los entornos urbanos como resultado del relativo restablecimiento de la actividad económica en el país.

En particular, los programas emprendidos por la Oficina del Historiador han generado un nivel de revitalización del diseño ambiental que amerita, dada su relevancia, más de una reflexión. La restauración y rehabilitación que se verifica hoy día en una buena parte del Centro Histórico garantizan la conservación de este importante conjunto urbano que en el año 1982 fuera declarado por la UNESCO Patrimonio de la Humanidad. Si bien las acciones de recuperación comenzaron a cobrar impulso en los propios años ochenta, no fue sino hasta el 30 de octubre de 1993 que el Consejo de Estado de la República de Cuba dictó un Decreto Ley que le otorgó las facultades necesarias a la Oficina del Historiador de la Ciudad para crear y explotar fuentes económicas propias que permitieran el autofinanciamiento de los costosos proyectos de restauración, los cuales mantuvieron un ininterrumpido desarrollo aún en las más adversas circunstancias del denominado Período Especial.

Las primeras etapas de la recuperación se concentraron en algunas de las más importantes plazas del conjunto tales como la Plaza de Armas, la Plaza de la Catedral y, posteriormente, la Plaza de San Francisco, así como en los principales eje viales que las interconectan, con el objetivo de tener áreas completas rehabilitadas. De esta forma, se pudo percibir de manera bastante inmediata una imagen conveniente de los efectos de la restauración, lo que estimuló nuevos intereses e inversiones.

La escultura ambiental acompañó casi desde un primer momento todo este proceso de rehabilitación integrándose a  los espacios urbanos y contribuyendo a su distinción, tal y como lo había hecho a lo largo de la historia. De hecho, una buena parte de la  escultura pública emplazada en esta área de la ciudad durante más de dos siglos ha sido objeto de trabajos de restauración y mantenimiento; a este tipo de acciones se añade una producción escultórica de reciente factura que ha estado estrechamente vinculada a algunos de los  más importantes espacios arquitectónicos y urbanísticos remodelados o de nueva construcción.

No estamos en presencia de un fenómeno inédito. Recuérdese que la zona que hoy conocemos como  Centro Histórico de La Habana fue, casi desde su surgimiento, sitio de emplazamiento idóneo para una amplia gama de esculturas ambientales en su entorno público; baste mencionar las numerosas fuentes y estatuas que embellecieron sus más importantes plazas y paseos o que estuvieron vinculadas a las edificaciones de mayor prestancia.  Se trata de una zona de nuestra ciudad capital que, por tradición, se erige en espacio protagónico de la escultura pública tanto en el período colonial como en una primera etapa posterior a la instauración del status republicano. No obstante, tal efervescencia escultórica en el llamado Centro Histórico se vio desplazada hacia otras áreas de la ciudad en la medida que avanzó el siglo XX, en lógica correspondencia con el auge que fueron cobrando las nuevas zonas de crecimiento y desarrollo urbano, y también como resultado del gradual proceso de deterioro al que se vio sometida la parte más antigua de la ciudad.

Sin embargo, hacia finales del siglo -sobre todo a partir de los años 90- la otrora zona intramural  recupera su protagonismo urbano y artístico toda vez que bajo el auspicio de las inversiones que lleva a cabo la Oficina del Historiador de la Ciudad la escultura pública vuelve a acompañar, como señalábamos antes,  la intensa actividad constructiva que se despliega en esta zona.

Así, más allá de las acciones de rescate y rehabilitación de importantes edificaciones patrimoniales, los actuales procesos de restauración procuran devolverle al Centro Histórico esos espacios públicos  tan necesario a cualquier fragmento de ciudad en su polivalente condición de espacios de intercambio social y “pulmones verdes”. En tal sentido, la producción escultórica de nueva factura se localiza en el propio entorno urbano, en fraterno diálogo con condicionamientos de muy diversa índole tales como los factores ecológicos, sociales y económicos, y muy al tanto de la dinámica  actividad comercial, recreativa y cultural que distingue a esta parte de nuestra ciudad.

Un examen  global de las esculturas públicas realizadas  en los últimos quince años  permite comprobar la coexistencia de numerosas piezas de factura nacional junto a  una nómina también abundante de obras foráneas. Tal convivencia ha provocado opiniones encontradas, unas veces en torno a la pertinencia de determinadas piezas en los lugares que le han sido destinados  y otras en cuanto a la calidad artística de las mismas.

Es cierto que, en cualquier caso, la presencia de obras foráneas en el Centro Histórico, articula con una tradición secular. Sin embargo, advertimos desniveles en cuanto a la calidad  de esas obras de autores extranjeros que han venido a “poblar” el Centro Histórico, y no siempre nos convencen las soluciones de emplazamiento que se han encontrado para acoger piezas la mayoría de las veces derivadas de acciones de solidaridad para con Cuba de  gobiernos y pueblos amigos, o de artistas que en gesto altruista han donado obras para nuestra ciudad. 

Por lo demás, no deja de ser saludable para una ciudad abierta y cosmopolita, como lo es la capital cubana, el intercambio entre lo foráneo y lo nacional en el escenario de su escultura pública, salvo cuando esta acuse signos de retroceso y de un voluntarismo político que se imponga a contrapelo de las más elementales normas del diseño ambiental. 

Por su parte, la escultura pública de firma nacional ha alcanzado en el Centro Histórico un alentador desarrollo cuantitativo y una estimulante diversidad formal. En sus calles, plazas y parques de nueva creación se entremezclan propuestas figurativas y abstractas derivadas de las más disímiles poéticas; se distinguen, incluso, algunas obras que devienen verdaderos emblemas de la escultura cubana actual.

Hay piezas para las que echamos de menos un espacio de mayores potencialidades de confrontación pública; a veces no se trata sólo de un problema de ubicación -algo distante de los nodos fundamentales de circulación urbana-, sino también de medidas o soluciones de seguridad que limitan una recepción más abierta de las obras. Así ocurre con las esculturas emplazadas en el denominado Parque Calderón[1] (Sol esquina Oficios), una obra emprendida por la Dirección de Arquitectura Patrimonial.

Huevo con alas. Carlos A. Rdguez.Barro.2004

La intervención plástica en este espacio corrió a cargo del ceramista y escultor Carlos Alberto Rodríguez, quien  optó por representar en barro los elementos vitales de la naturaleza -el agua, la tierra, el fuego y el aire- a través de metáforas visuales: un huevo con alas, una semilla germinando en la tierra, unas farolas y una fuente-caracol. Pero las piezas apenas pueden ser apreciadas desde los balcones de los edificios que rodean el lugar o a través de las altas rejas que circundan el parque, colocadas precisamente  para la protección de las esculturas. Y, es cierto que el material cerámico en que las mismas están elaboradas requiere velar celosamente por su protección, pero no al extremo de contradecir el carácter público de estas intervenciones ambientales.

Fuente Caracol. Carlos A. Rdguez. Barro. 2004

Otro de esos pequeños parques de nueva creación en el Centro Histórico es el llamado Jardín Diana de Gales, área que originalmente perteneció a la Casa Pedroso y que ha sido transformada en parque público. Fue a raíz de los hechos trágicos de la muerte de la princesa Diana que, por iniciativa de la Oficina del Historiador de la Ciudad, este espacio se dedicó a homenajear la memoria de la joven perteneciente a  la realeza inglesa. Se encuentra enclavado en una posición geográfica realmente privilegiada, vecino a las contrafachadas de la Lonja del Comercio y del Hostal Valencia y potencialmente visible desde la Avenida del Puerto. Pero el acceso principal al mismo se verifica desde el callejón Carpinetti, y está circunscrito, en los extremos que bordean la calle, por rejas elevadas que, unidas a una vegetación exuberante, impide su visualización desde el exterior.

El  Jardín Diana de Gales es pues un espacio incógnito, prácticamente desconocido por los propios pobladores del Centro Histórico, un lugar al que se llega y se descubre casi por casualidad. El proyecto inicial, a cargo del arquitecto Ernesto Javier Marimón, concibió para el centro del estanque la colocación de una isleta con un árbol de la especie “sauce llorón”; pero en lugar de la planta finalmente se ubicó la obra escultórica titulada Tótem, de los artistas Alfredo Sosabravo y René  Palenzuela. Es una columna-torre cuya estructura es de ladrillo y hormigón revestida con piedra de Jaimanitas en su parte inferior y superior; el centro, por su parte, está recubierto con elementos cerámicos geométricos de gran colorido, los cuales promulgan un lenguaje universal que no privilegia ninguna geografía en específico[2].

Al fondo del jardín, en feliz sintonía con la vegetación del lugar, se erige un bloque de mármol estriado sobre el que reposa un sol también de mármol. El autor de esa otra obra que lleva por título Sol  es el destacado escultor Juan Narciso López Quintanilla, quien una vez más consigue magníficos contrastes,  juegos de cromatismo y de textura en su magistral tratamiento de este material,  al combinar un cilindro de mármol gris perla  con la estructura radial de mármol rosado que sostiene. Según palabras de Quintanilla la pieza “simboliza la luz que irradió la princesa Diana, que es una luz que triunfa sobre el mal”[3].

Sol. Juan Narciso Quintanilla. Mármol. 1998

Tanto el Tótem como el Sol, optan por la metáfora abstraccionista para evocar el recuerdo de la princesa inglesa. Sin embargo, la distancia referencial alcanza millas insalvables  para fundamentar el homenaje conmemorativo, apenas visible para la comprensión pública a través del texto que puede leerse en la base de la escultura de Quintanilla, y de una tarja donada por la embajada inglesa. El jardín, no obstante, es espléndido en sus condiciones físicas y estimula el regodeo del visitante en esa atmósfera de paz y recogimiento en la que los elementos escultóricos parecen ensimismarse en su propia autosuficiencia expresiva, sin pretensiones de articular entre ambos ni con los demás elementos contemplados en el diseño general del conjunto.

Tótem. Alfredo Sosabravo y René Palenzuela. Ladrillo, hormigón, piedra.

Por fortuna, otra parte de la escultura pública en el Centro Histórico ha desbordado los enrejados límites de los parques y la estrechez de las esquinas a las que algunas veces ha sido confinada para encontrarse de cara a cara con el espectador en su  tránsito cotidiano.

En plena acera de la calle Oficios, justo a las puertas de la capilla del Convento de San Francisco de Asís, nos sorprende en el típico ademán de aquel andar pausado y elegante que lo distinguió en vida la estatua de El Caballero de París. Se trata de una de esas piezas figurativas en bronce y a escala natural que el afamado artista plástico cubano  José Villa Soberón ha ubicado en nuestra ciudad en  años recientes. La obra rinde auténtico homenaje popular a esa inusual mezcla de hidalguía y humildad, de sencillez y grandeza que caracterizó a un legendario personaje ambulante de La Habana.

Caballero de París. José Villa. Bronce. 2001

Mucho  de leyenda, en efecto, ha tejido la imaginación popular en torno a la historia de este personaje; la representación de Villa se regodea en el acabado de la imagen, en la perfección de esa figuración realista que, sin embargo, nada tiene de convencional en la medida que subvierte la tradicional noción de la estatua conmemorativa al ofrecernos al personaje en un gesto de espontaneidad e inmediatez que le confiere unánime aceptación popular.  .

Por último, en términos de emplazamientos escultóricos en el entorno urbano del Centro Histórico, debemos hacer referencia a una obra que en el año 2000 llegó a la zona del litoral delineado por la Avenida del Puerto -a propósito de una exposición temporal- y parece haber encontrado allí su definitivo destino. Se trata de la  pieza titulada  C.I.  N.P.D.C.E.L.M.L del artista Alexis Leyva (Kcho).

C.I N.P.D.C.E.L.M.L. Alexis Leyva ( Kcho). Metal. 2000.

La pieza fue concebida en el marco del Forum Internacional de Escultura Ambiental CODEMA 2000 cuyos resultados fueron exhibidos al público habanero en ese tramo del litoral habanero. A diferencia de las diecinueve obras restantes realizadas durante este evento, la escultura de Kcho permaneció en el lugar que le fuera asignado entonces como emplazamiento transitorio. Es una obra de singular audacia conceptual que alude al tema migratorio -recurrente, como es sabido, en la poética del joven artista-; su ubicación en el escenario natural de los dramáticos acontecimientos sociales del año 1994 (la llamada crisis de los balseros) le confiere un impacto muy especial.

Curiosamente, las dos últimas obras mencionadas -la escultura de Kcho y la de Villa-   refuerzan nuestra percepción de que el Centro Histórico de La Habana, tal y como sucedió  en los siglos coloniales y durante el primer cuarto del XX, deviene hoy en día escenario de imprescindible reconocimiento para quien pretenda evaluar el nivel artístico alcanzando por la escultura pública cubana y las infinitas potencialidades de su  contínua y creciente inserción en el entorno urbano construido, y no sólo en las áreas de nuevo desarrollo.

1.  Desconocemos la razón por la cual se le concede este nombre al referido Parque.

2. Hemos conocido que esta pieza fue concebida para ser emplazada frente al  Pabellón Cubano de la Feria Internacional de Sevilla del año 1992, y que por  problemas financieros no pudo ser trasladada a Europa.

3. Entrevista con el escultor Quintanilla quien nos informó, asimismo, que una réplica de esta obra se encuentra en la Fundación Diana de Gales, en Londres.

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