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El tema de la llamada racialidad, posiblemente sea el
más “desconocido” y difícil de nuestra realidad social
actual.
Existen personas
que no desean escuchar nada sobre el mismo. Las
reacciones ante el tema racial son impredecibles,
cubriendo una amplia gama de actitudes, que van
desde la negación y el cinismo, hasta su
aceptación más preocupada.
Al racismo, históricamente en Cuba, siempre se le ha enfocado más
con el temor de crear la división social, que con la
determinación de resolverlo. Por lo cual, negros,
mestizos y muchas personas, poseedoras de una
conciencia sobre el tema, han tenido que esperar demasiado tiempo ya por un debate. Lo cual hoy, deviene la más flagrante contradicción y disfuncionalidad, dentro de una sociedad
extraordinariamente humanista, en la que se ha luchado
por la justicia social y la igualdad,
hasta el mismo
borde del igualitarismo.
Existen opiniones muy
diversas, que incluso llegan hasta a negar que el tema
racial esté vigente en nuestro país. Sin duda, hay
en ello mucha ignorancia, un falso criterio de cómo eso
afecta la unidad nacional, pero no ha faltado
tampoco intencionalidad. Lo cual se ha expresado,
durante largo tiempo, en la acusación de “racista”,
que ha tenido, casi siempre que sufrir, quien haya
pretendido traer el tema a la superficie.
Lamentablemente,
después de haber devenido, durante muchos años de
silencio, “tabú”, tenemos hoy en nuestro país un
gran atraso en el tratamiento del tema racial, tanto en
el orden intelectual y científico, como político.
Incluso, una parte importante de nuestros
intelectuales ni siquiera lo menciona en sus enfoques
actuales sobre la realidad social y cultural de la
nación cubana. Lo cual refleja, sin lugar a duda,
dentro de nuestra intelectualidad, la existencia de
concepciones muy diferentes, acerca de en qué momento
histórico del proceso de consolidación de la nación
cubana nos encontramos.
Creemos, que hay que
acabar de aceptar que a todos, los que hoy somos
cubanos, no nos tocó el mismo lugar dentro del
proceso y espacio de formación de la nación,
resultando imprescindible tener en cuenta esas
diferencias, aportadas por los distintos puntos de
partida, para lograr asumir una actitud más realista
ante la existencia de los grupos raciales, las
desigualdades sociales y la cuestión racial en la
Cuba de hoy.
El discurso público
es aún sumamente discreto, incompleto y no pocas veces irreproducido.
Las acciones que se realizan para trabajar sobre las
realidades que alimentan las
desigualdades todavía existentes, continúan teniendo un
sentido global, también
cuando estén enfocadas hacia los sectores más vulnerables. Sin
embargo, la variable “raza o color de la piel”,
incluso
dentro de una práctica de “acción
afirmativa “, sigue
sin aparecer abiertamente como un asunto de
consideración, dentro de la política social o al menos
no se le menciona como algo que se toma en cuenta.
Nuestra sociedad
cubana es, sin lugar a duda, una sociedad
“multirracial”, más bien “multicolor”, pero resta
mucho para que esa multicoloridad, que no es un
simple problema de matices, pues encierra un largo
y complejo trasfondo histórico, domine en todos los
ámbitos de nuestra vida social. No tratándose tampoco
de un asunto de representatividad numérica, de blancos, negros y mestizos en las diferentes posiciones, sino
de terminar por asumirnos como lo que somos y lograr
compartirlo en igualdad de condiciones.
Dentro de lo
cual, la cuestión de la distribución del poder aparece
con mucha fuerza. Porque no todos los grupos raciales
están en condiciones de imponerse por igual, para
lograr los tan necesarios equilibrios de una sociedad
verdaderamente multirracial.
Decía ese gran sabio
y tercer descubridor de Cuba, Don Fernando Ortiz, que
Cuba es un “ajiaco”,
idea que compartimos plenamente,
solo que modestamente agregaría: “el ajiaco aún se
está cocinando”.
Tenemos personas que
no se sienten metidas dentro de la
olla, y que incluso
quisieran lograr disminuir la intensidad de la llama.
Por otro lado, dentro de la olla, tenemos algunas
carnes y viandas, que son más de las que hubiéramos
imaginado, antes de la crisis económica de los años
90, las
cuales no se han ablandado. Entonces,
parafraseando a Isaac Barreal, al ajiaco no debemos
solo calibrarlo por el resultado esperado, sino también
por el proceso de la cocedura. Realidad que no todos
estamos de acuerdo en asumir, pero que es de una
importancia vital para el proceso de consolidación de la
unidad de la nación, así como también para sus
alianzas políticas, con el resto de los pueblos
colonizados del mundo y en particular con los de
nuestro continente.
Ante esa encrucijada
nos encontramos los cubanos de hoy;
aunque muchos no la
entiendan o la acepten. O tomamos acciones concretas,
en todos los órdenes, para que el “ajiaco” termine su
cocción, o perderemos la única oportunidad histórica
de terminar de construir la sociedad en la que de
verdad deseamos vivir la mayoría de los cubanos.
De
no hacerlo, ello, al mismo tiempo, afectaría nuestra
alianza con los 150 millones de afro descendientes y la
población indígena, que en nuestro continente, ven a
Cuba como un paradigma de emancipación política pero
también social, pues no es posible compartir con tales
grupos las ideas de que “un mundo mejor es posible” y
continuar soslayando los “desafíos del color”
internamente.
Cultura y Educación,
son en nuestra opinión los ejércitos principales de esa
batalla. Porque ya está más que demostrado, que aunque
el racismo se haya cómodamente instalado dentro del
capitalismo, acabar con este régimen social no es
suficiente para terminar con la discriminación racial.
Por lo cual, parafraseando a Gramsci, hay que acabar
con la simple “cultura popular” y el inocuo “sentido
común” de las cosas; hay que librar la batalla por la
formación de la verdadera cultura revolucionaria. Pues
la ideología burguesa es tan fuerte, que ha sido
capaz de hacer creer a muchos que todas esas lacras
del racismo y la discriminación, son la “cosa” mas
natural de la vida.
Tengo un amigo que
me dijo un día: “¿para qué tú
quieres que los negros
estén más en la televisión?, si ya tienen un canal para
ustedes solos: el deportivo”. Reproduciendo así, aunque
no lo quisiera, el cinismo con que muchos cubanos
abordan el tema. Por lo que solo un debate abierto,
desde la cultura y la ciencia, puede acabar con esa
suerte de hipocresía, que nada tiene que ver con una
cultura verdaderamente revolucionaria.
Contamos con una
amplísima producción cinematográfica, literaria e
histórica, cultural en general, que reivindica la
presencia africana en la formación de nuestra cultura
nacional, pero muy poco de esa encomiable labor enfrenta directamente nuestra realidad actual,
plagada de estereotipos negativos sobre los
no-blancos, prejuicios, discriminación racial y racismo.
Las tres
investigaciones más amplias de los últimos 40 años
sobre el tema racial en Cuba no han sido producidas en
el país o por intelectuales que vivan en la Isla.Nacionalmente,
muy poco se ha publicado que lo aborde como algo
que se debe
resolver.
Tenemos una historia escrita, en la que negros y mestizos aún
están insuficientemente recogidos dentro del proceso
de formación de la nación y su cultura. Lo cual afecta
seriamente nuestra identidad nacional.
Hay que acabar de
introducir los Estudios etnorraciales a todos los
niveles. Estos
tienen que estar presentes constante y
sistemáticamente en nuestra educación y en nuestros
medios, sobre todo en la televisión.
Hay que educar para
ser cubanos, no para ser blancos, como a veces hacemos.
Asumiendo los retos, aunque también las
ganancias, de introducir el color.
Nuestra Educación no
puede ser calificada de racista, porque todos los
cubanos acceden a ella por igual. Sin embargo, todas
las raíces formativas de nuestra nacionalidad y de
nuestra cultura no comparten por igual nuestros planes
y programas de estudio. Por lo que no excluimos a
negros y mestizos de nuestra educación, pero estos
últimos, en la práctica diaria, no se sientan en las
aulas a recibir una enseñanza, que por igual los asuma,
como parte de una sociedad que es objetivamente uniétnica y multirracial.
Las cuestiones
relativas a la formación de una identidad “multirracial”
o “multicolor” tienen que acabar de tomar su lugar
dentro de la educación cubana. Pues se trata de un
problema que nos afecta a todos, al afectar la
identidad de la nación vista como totalidad. Mientras
ello no sea así, no estaremos realmente educando para
ser cubanos.
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