Año IV
La Habana

8 al 14 de OCTUBRE
de
2005

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Cuba: las metáforas del color
Esteban Morales Domínguez* La Habana


El tema de la llamada  racialidad, posiblemente sea  el más  “desconocido” y difícil de nuestra realidad social  actual.

Existen personas que no desean  escuchar nada  sobre el mismo. Las reacciones ante el tema racial son impredecibles, cubriendo una amplia gama de actitudes, que van desde la negación y  el cinismo,  hasta  su    aceptación más preocupada.

Al racismo, históricamente en Cuba,  siempre se le ha enfocado más con el temor de crear la división social, que con la determinación de resolverlo. Por lo cual, negros,  mestizos y muchas personas,  poseedoras de una conciencia sobre el tema, han tenido que  esperar demasiado tiempo ya por un debate. Lo cual hoy, deviene  la más flagrante contradicción  y disfuncionalidad,  dentro  de una  sociedad  extraordinariamente humanista, en la que se ha luchado por la justicia social y la igualdad, hasta el mismo borde del igualitarismo.

Existen opiniones muy diversas, que incluso llegan hasta a negar que  el tema racial esté vigente  en nuestro país. Sin duda,  hay  en ello mucha ignorancia, un falso criterio de cómo eso afecta la  unidad nacional,  pero no ha  faltado tampoco intencionalidad. Lo cual se ha expresado, durante largo tiempo,  en la acusación de “racista”, que ha tenido, casi siempre que sufrir, quien haya pretendido  traer  el tema a la superficie.[1]

Lamentablemente, después de haber devenido, durante muchos años de silencio, “tabú”,  tenemos hoy en nuestro país un gran atraso en el tratamiento del tema  racial, tanto en el orden intelectual y científico,  como político. Incluso, una parte importante de nuestros  intelectuales  ni siquiera lo menciona en sus enfoques actuales sobre  la realidad social y cultural de la nación cubana. Lo cual  refleja, sin lugar a duda,  dentro de nuestra intelectualidad, la existencia de  concepciones  muy  diferentes, acerca de  en qué momento histórico  del proceso de consolidación de la nación  cubana nos encontramos.

Creemos, que hay que acabar de aceptar  que a todos,  los que hoy somos  cubanos,  no nos  tocó el mismo lugar dentro del proceso  y espacio  de formación de la nación, resultando imprescindible  tener en cuenta  esas  diferencias, aportadas por los  distintos  puntos de partida, para lograr asumir una actitud más realista ante la existencia de los grupos raciales,  las desigualdades sociales  y  la cuestión  racial  en la Cuba de hoy.

El discurso público es aún  sumamente discreto, incompleto y no pocas veces irreproducido. Las acciones que se realizan para trabajar sobre las  realidades  que alimentan  las  desigualdades todavía existentes, continúan teniendo un  sentido  global, también cuando estén  enfocadas hacia los sectores más vulnerables. Sin embargo, la variable  “raza o color de la piel”, incluso dentro de una práctica de  “acción afirmativa “,  sigue sin aparecer abiertamente  como un asunto  de consideración, dentro de la  política social o al menos no se le menciona como algo que se toma  en cuenta.[2]

Nuestra sociedad cubana es,  sin lugar a duda, una sociedad “multirracial”,  más bien “multicolor”, pero resta  mucho para que esa multicoloridad, que no es un simple  problema de matices,  pues  encierra  un largo  y complejo trasfondo  histórico,  domine en todos los ámbitos de nuestra vida social. No tratándose tampoco  de un  asunto de representatividad numérica, de blancos, negros y mestizos en las diferentes posiciones, sino de terminar  por  asumirnos como lo que somos y  lograr compartirlo en igualdad de condiciones. Dentro de lo cual, la cuestión de la distribución del poder aparece con mucha fuerza. Porque no todos los grupos raciales están en condiciones  de imponerse por igual,  para lograr los tan necesarios equilibrios de una sociedad verdaderamente multirracial.

Decía ese gran sabio y tercer descubridor de Cuba,  Don Fernando Ortiz, que Cuba es un “ajiaco”, idea que compartimos plenamente, solo  que  modestamente agregaría: “el ajiaco aún se está cocinando”.

Tenemos personas que no se sienten metidas  dentro de la olla,  y que incluso quisieran  lograr disminuir la intensidad de la llama. Por otro lado, dentro de la olla,  tenemos algunas  carnes y viandas, que son más  de  las que hubiéramos imaginado,  antes de la crisis económica de los años 90las cuales no se han ablandado. Entonces, parafraseando a  Isaac Barreal, al ajiaco no debemos solo calibrarlo por el resultado esperado, sino también por el proceso de la cocedura. Realidad que no todos estamos de acuerdo en asumir, pero que es de una importancia vital para el proceso de consolidación de la unidad de la nación,  así como   también   para  sus alianzas políticas, con el resto de los pueblos colonizados del mundo y en particular  con los de nuestro continente.[3]

Ante esa encrucijada nos encontramos los cubanos de hoy; aunque muchos no la entiendan o  la acepten. O tomamos acciones concretas, en todos los órdenes,  para que el “ajiaco” termine su cocción,  o perderemos la única  oportunidad histórica de  terminar  de  construir la sociedad  en la  que de verdad deseamos  vivir   la mayoría de los cubanos. De no hacerlo, ello, al mismo tiempo, afectaría nuestra alianza con los 150 millones de  afro descendientes y la población indígena, que  en nuestro continente,  ven a  Cuba como un paradigma de emancipación política pero también social, pues no es posible compartir con tales grupos  las ideas de que “un mundo mejor es posible” y continuar  soslayando los “desafíos del color” internamente.[4]

Cultura y Educación, son en nuestra  opinión los ejércitos principales de esa batalla. Porque ya está más que demostrado, que aunque el racismo se haya   cómodamente instalado dentro del capitalismo, acabar con este régimen  social  no es suficiente para terminar con la discriminación racial. Por   lo cual, parafraseando a Gramsci, hay que acabar con la simple “cultura popular” y el inocuo  “sentido común” de las cosas;  hay que librar  la batalla por la formación de la verdadera cultura  revolucionaria. Pues  la ideología burguesa es tan fuerte, que  ha sido  capaz de hacer  creer a muchos  que todas esas lacras del racismo y la discriminación, son la “cosa”  mas natural de la vida.

Tengo un  amigo que me dijo un día: “¿para qué tú quieres  que los negros estén más en la televisión?, si ya tienen un canal para ustedes solos: el deportivo”. Reproduciendo así, aunque no lo quisiera, el cinismo con que muchos cubanos abordan el tema. Por lo que solo un debate abierto, desde la cultura y la ciencia,  puede  acabar  con esa suerte de  hipocresía, que nada tiene que ver con una cultura verdaderamente revolucionaria.

Contamos con una amplísima producción  cinematográfica, literaria e histórica, cultural en general,  que reivindica la presencia africana  en  la formación de nuestra cultura nacional,  pero muy poco  de  esa encomiable labor enfrenta directamente nuestra  realidad actual, plagada de estereotipos negativos sobre los no-blancos, prejuicios, discriminación racial y racismo.[5]

Las tres  investigaciones más amplias de los últimos 40 años   sobre el tema racial en Cuba no han sido producidas en el país o  por intelectuales  que vivan en la Isla.[6]Nacionalmente, muy poco se ha publicado que lo aborde como algo que se debe resolver.

Tenemos una  historia escrita, en la que  negros y mestizos  aún  están insuficientemente recogidos dentro  del proceso de formación de la nación y su cultura. Lo cual afecta seriamente  nuestra identidad nacional.

Hay que acabar de introducir los Estudios etnorraciales a todos los niveles. Estos tienen que estar presentes  constante y sistemáticamente  en nuestra educación y  en  nuestros medios, sobre todo en la televisión.

Hay que educar para ser cubanos, no para ser blancos, como a veces hacemos. Asumiendo los retos, aunque también  las  ganancias,  de introducir el  color.

Nuestra Educación no puede  ser calificada de racista, porque todos  los cubanos acceden  a ella  por igual. Sin embargo,  todas  las  raíces  formativas de nuestra nacionalidad y de nuestra cultura no comparten  por igual nuestros planes y programas de estudio.  Por lo que no excluimos a negros y mestizos de nuestra  educación, pero  estos últimos, en la práctica diaria,  no se sientan en las aulas a recibir una enseñanza, que  por igual los asuma, como parte de una sociedad  que es objetivamente  uniétnica y multirracial.

Las  cuestiones  relativas a la formación de una identidad “multirracial” o “multicolor”  tienen que acabar de tomar su lugar dentro de la educación cubana. Pues se  trata de un problema que nos  afecta a todos, al   afectar la identidad de la nación vista como totalidad. Mientras ello no sea así, no estaremos realmente educando para ser cubanos.

[1] Ya en marzo de 1959, cuando Fidel Castro  planteó la cuestión de la discriminación  racial, como una lacra  necesaria de darle solución, hubo quienes  no lo apoyaron e incluso llegaron a predecir  situaciones difíciles y desagradables. Hoy, después de haberlo considerado,  por tantos años,  como un asunto ya  resuelto, no es extraño que esas mismas  actitudes continúen existiendo. Hemos  tenido  oportunidades, en varias ocasiones,  de comprobarlo. (Nota del Autor ).

[2] Sin duda, todas las medidas recientemente adoptadas, en el 2005,  relativas al incremento de las pensiones, el salario  mínimo y la distribución de productos de primera necesidad de forma subsidiada, profundizan en  una política social que siempre ha tenido  un contenido profundamente humanista. La que, sin duda, beneficia  a negros y mestizos, como los grupos raciales, proporcionalmente más presentes entre los pobres.( Nota del Autor ).

[3] Isaac Barreal “Retorno a las Raíces”, Fuente Viva, La Habana, Cuba, pp. 154-155.

[4] No es posible oponernos internacionalmente al racismo y la discriminación, sin combatirlo, abierta y profundamente, dentro de nuestra realidad social actual. Sin abrir un debate público, que termine con el cinismo y la hipocresía con   que muchos cubanos, lamentablemente, de todos los grupos raciales, abordan, ignoran  o niegan la existencia del problema. ( Nota del Autor ).

[5] Ver: Pedro de la Hoz, “África en la Revolución Cubana: nuestra búsqueda de la más plena justicia. Editorial Letras Cubanas, La Habana, 2005.

[6] Se trata de los libros de Aline Helg,  Jorge de la Fuente  y Carlos Moore. (Nota del Autor ).

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