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ERNESTO “CHE” GUEVARA: PRIMEROS AÑOS
2da Parte
William Gálvez
La Habana


En diciembre de 1929, el matrimonio viajó a Buenos Aires, Celia debe ir a parir, lo que hizo el 30 de ese mes. Una niña, llamada como la madre. Esta vez no había nada que ocultar.   

Aparece el asma: En 1930, por problemas en los negocios del astillero del cual don Ernesto era copropietario, se mudan para San Isidro, en la ribera del río La Plata. Pueblo de vetustas casas y arquitectura europea. Residen en la calle Alem. En la mañana del 2 de mayo Celia va con su pequeñín a la playa del Club Náutico. Nada con él sobre la espalda, luego juegan en la orilla del río, lo deja allí y ella vuelve al agua.

El tiempo comienza a cambiar bruscamente y la frialdad es notable, Celia abriga al niño que comienza a tiritar, pero al llegar a la casa muestra síntomas de no sentirse bien, pensando que sería algo pasajero, no acuden al médico hasta la noche, por su constante tos y verlo bastante alterado.

Don Ernesto: “Llamé al doctor Pestaña, quien no le dio demasiada importancia a la enfermedad y diagnosticó bronquitis asmática sin complicaciones, conectando este ataque con una vieja neumonía que Ernesto había contraído en Rosario. Dos años después, quizá el frío había desatado el ataque, quizá tenía, propensión congénita a esa enfermedad, de la que Celia había padecido en la infancia”.

Muchos escritos sobre su vida aducen que el asma fue producto de ese día en el río y algunos afirman que el padre reprochaba a la madre por abandonada e irresponsable. Otros, en cambio, exponen que don Ernesto acostumbraba a situar al niño a tomar el sol en pañales, en pleno invierno y le daba baños de agua helada, alegando que de esa manera se le fortalecían los pulmones, siendo la madre, según estas versiones, quien culpaba al padre de negligente e irresponsable. Lo cierto es que tras todo esto hay una buena dosis de tergiversación, cuando no de difamación.

Ana María: “Es posible que a mi hermano se le hubiese manifestado el asma por el resfriado en el club de San Isidro, pero igualmente pudo haber sido en cualquier otro momento, pues su enfermedad bronquial era hereditaria, ya que, mi madre tuvo padecimiento asmático y todos sus hijos, de una manera más leve o aguda, también hemos padecido de asma. Incluso los míos”.

A partir del primer ataque las crisis se suceden en cortos intervalos, señal de que el mal se ha hecho crónico. Los mejores especialistas tratan al niño. Luego de minuciosos chequeos, placas y distintos análisis determinan bronquitis asmática, aguda y perseverante. El regreso a Caraguatay no es posible. Vuelven a la capital, residirán en Bustamante 1286. Aunque distante, don Ernesto no deja de atender su yerbatal.                          

En mayo 18 de 1931 nace el tercer hijo, Roberto. En Buenos Aires Ernestito, ahora con su hermana, primos y amiguitos jugará y visitará las estancias familiares, recorridos por el delta de los ríos Paraná y Uruguay. Estas diversiones hacen feliz a Ernestito y los demás niños, pero el asma persiste y las numerosas medicinas y cambios de médicos no logran controlar el mal, que hace que el niño crezca penosamente. Todo esto, unido a las constantes vigilias de sus padres y familiares, va transformando el modo de vida de los Guevara de la Serna. Lo peor es que los ataques son imprevisibles.

Doña Celia: “(...) A los cuatro años Ernestito ya no resistía el clima capitalino. El padre se acostumbró a dormir sentado en la cabecera del primogénito, para que este, recostado sobre su pecho, soportara mejor el asma”.

Córdoba, 1932. En el colonial Hotel Plaza de esa ciudad, se hospedó la familia Guevara de la Serna. Para los agobiados esposos fue un gran alivio que Ernestito ha superado el fuerte ataque que lo acompañó durante el viaje. Con ellos iba la gallega Carmen y la perrita Negrina. Días más tarde don Ernesto compró un auto cuña, modelo 1926. Nadie supo después quién le puso el nombre de la Catramina, ni el significado de la palabra.

Alta Gracia, 1933. Esperanzados que de permanecer en Córdoba un tiempo el niño se curará totalmente, alquilan una casa en la ciudad. Pensando que el mal ha desaparecido vuelven a Buenos Aires, pero nuevamente aparece e inclusive más agudo. Regresan a Córdoba y van a residir en la localidad de Agüello. Pero las crisis se repiten. El médico Fernando Peña, residente en Alta Gracia, les habla de su maravilloso clima para las afecciones pulmonares y respiratorias.                            

En pocos días Ernestito experimenta una gran mejoría, al extremo de que otra vez abrigan las esperanzas de que si permanecen algún tiempo en este sitio, el niño se pueda curar definitivamente. Allí viven medio año y los tres pequeños se divierten de lo lindo. Cada mañana Carmen los lleva a jugar a la orilla del arroyuelo o a pasear en burritos, guiados por su padre o madre, era ella la que más lo sacaba a dar largos paseos, en uno de ellos se alejaron y demoraron tanto que el padre salió a buscarlos, pensando que estaban perdidos.

A pesar de las protestas de su esposo por ese incidente ella continuó realizando aquellos paseos con los niños, convencida de que resultaban muy saludables para Ernestito. Pero su cura total no se produce y tienen que alargar la estancia en Alta Gracia. Por consiguiente, en busca de amplitud, economía, y a la vez rehuyendo el contacto con los demás enfermos, deciden abandonar el hotel.

Villa Chichita: En las afueras de Alta Gracia, alquilan una casa de dos plantas en Avellaneda 401, en la zona alta, límite del pueblo con la falda de las montañas de abundante vegetación. Pero si ciertamente el clima de la cercanía a las montañas hace que el pibe pase en ocasiones largo tiempo sin el más leve asomo de su enfermedad, esta no lo abandona, apareciendo de vez en vez, cuando menos lo esperan.

Los padres llegan al convencimiento de que la estancia en el lugar ha de ser larga, a pesar de haberse convertido en verdaderos “especialistas” del asma, contra la que experimentan con cuantas medicinas, remedios caseros, médicos y hasta curanderos les recomiendan. Convencidos que su hijo crecerá con esa dolencia, luchan por evitar que el mal lo inutilice y le origine un desenlace fatal u otras secuelas.                                         

El sentimiento de lástima que se va manifestando sobre el enfermo, él lo rechazaba, demostrando que puede realizar todo lo que un niño sano hace y en ocasiones mucho más que cualquiera de ellos. Esto será a la larga un factor decisivo para la forja de su carácter y férrea voluntad.

Al decidir mantenerse en Alta Gracia, don Ernesto abre un negocio de construcciones de obras menores, mientras continúa dando los viajes a Caraguatay para supervisar el negocio. Allí vivirá Ernestito la etapa más difícil desde los 4 a los 6 años, en la que sus crisis asmáticas fueron más severas, es probable que de no haber residido en ese lugar las consecuencias hubiesen sido fatales, sin embargo, no fue obstáculo para que siempre que le era posible disfrutara de la vida como cualquier niño, abrigado dentro de una familia unida, amorosa y de holgada posición económica.

Ya es tiempo de asistir a la escuela y empezar a aprender, pero como la enfermedad no se lo permite, la madre le enseña las primeras letras. Sus primeras carticas conocidas van dirigidas a la querida tía Beatriz. En 1934, el 28 de enero, nace Ana María, el cuarto crío de los Guevara de la Serna.

Calica Ferrer: “Conocía a Ernesto desde que se mudaron para Alta Gracia (...) mi papá era especialista en pulmones y fisiólogo, y lo atendió. Surgió gran amistad entre sus padres y los míos y por supuesto con los muchachos”.

Ana María: “Mamá decía que los médicos consideraban que Ernestito moriría en uno de los ataques, por tal razón todos expresan un sentimiento de lástima y superprotección sobre él. Creyendo lo que dicen los médicos, que por otro lado indicaban que el niño no debía salir de la casa a nada, le suspenden el encierro y permiten que haga todo lo que quiera, con el fin de que disfrute los años que viviera. Por otro lado, él quería demostrar que podía hacer  todo o más que sus amigos”.                                                   

Los paseos en el auto son verdaderos delirios para los pibes. Visitan los lugares de Alta Gracia, Córdoba y recorren los cerros. Se bañan en los arroyos, montan bicicleta, caballos y burros. La alegría, por supuesto, se alteraba a veces con algunos malos momentos. En 1935 se mudan para Villa Nydia. Don Ernesto anotó: “Más que una casa de familia, por las tardes parecía un verdadero club de chiquilines…” (...)

En la casa de los Guevara de la Serna había varios animales. Los fiñes y sus amigos disfrutaban del pequeño zoológico. Por la noche se deleitaban con las lecturas que realizan la madre o el padre. En su imaginación aparecen los mosqueteros espada en mano venciendo a los villanos o Robinson Crusoe conquistando la linda isla. El amor a los libros surge desde muy temprano en Ernestito.

Verano de 1936. Veranean en Mar del Plata. El asma brilla por su ausencia, lo que da a pensar mudarse para dicha playa, pero el asma reaparece. En una oportunidad la estancia de la abuela paterna en que dos de los primitos de Ernestito lo apabullaban en una de sus tantas peleas, por poco deja sin oreja a uno de ellos, producto de una fuerte mordida, orientada por el padre, pues siempre le tocaba perder por ser dos contra uno.

Además disfrutaban de las vacaciones y fines de semanas en el Sierra Hotel, con instalaciones deportivas y de recreación. Ernestito no pierde ocasión de realizar actividades al aire libre, pues aunque la razón principal de vivir cerca de las montañas es su enfermedad, cada día se siente más atraído por conocer el extenso terreno quebrado de la región. Trepar y recorrer los montes pedregosos, las  crestas secas y redondas disfrutando del sol y desde ellos contemplar los valles de exuberante verdor, es algo que le apasiona. Roberto dijo: “Ernesto nadaba muy bien. Desde que tengo uso de razón recuerdo que… sabía jugar ajedrez y fútbol. Algunos de los muchachos amigos eran caddies de golf y así aprendió a jugar con ellos”.

Los amigos de la infancia lo recuerdan como un muchacho alegre, participando en todos los juegos. En Argentina a las pandillas de fiñes en las barriadas, les llaman  “barras”. Ernestito fue el jefe de la de su barrio. Esta situación origina que se tenga que enredar a los golpes en diversas ocasiones y en ninguna de ellas, sean mayores o menores los contrincantes, salga victorioso o apabullado, nunca se le verá rehuir el encuentro.

Enfrentó en varias oportunidades a un camero agresivo que le impedía el paso por un potrero. Siempre estaba listo para encabezar cualquier actividad por peligrosa que fuera. El hermano dijo: “Las peleas de Ernesto eran famosas, a pesar de que físicamente no estaba bien por su asma…”

“Cuando era chico no toleraba que le impusiesen algo que considerase injusto o que lo retasen sin razón. Se indignaba, lloraba y se ponía furioso y no había modo de tranquilizarlo. Meneaba la cabeza y seguía insistiendo en que tenía razón. Ya mayor, si bien pudo dirigir y reprimir sus impulsos, su indignación por lo que consideraba injusto se fue acentuando y llegó a tener muchos altercados por defender a cualquier precio su posición”.

El chico asmático va demostrando a todos los que le profesan algún sentimiento de lástima, que es un muchacho sin limitaciones físicas; por el contrario, en la mayoría de los casos se muestra diáfanamente superior a los demás.

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