Año IV
La Habana

1 al 7 de OCTUBRE
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Juan Rulfo: Imágenes del recuerdo
Erika Billeter México


"Cada fotografía es una especie de memento mori. Fotografiar significa participar de la mortalidad. Consiste en la vulnerabilidad y la capacidad de transformación de otras personas y objetos. En la medida en que extraen este único momento y lo petrifican, todas las fotografías son testimonio del transcurrir implacable del tiempo", escribe Susan Sontag.
 


A pocas obras fotográficas cabe aplicarles esta cita como a la de Juan Rulfo, si bien lo más sorprendente es que cabría aplicarla del mismo modo a su obra literaria, pues es en esta cosificación del recuerdo donde se manifiesta lo que el trabajo literario y la actividad fotográfica de Rulfo tienen en común.

Pedro Páramo es una novela sobre el recuerdo. Y son también imágenes del recuerdo las que Rulfo crea con su cámara. En Pedro Páramo el autor describe precisamente esa cualidad propia de la fotografía: "Sentí el retrato de mi madre guardado en la bolsa de la camisa, calentándome el corazón, como si ella sudara. Era un retrato viejo, carcomido en los bordes, pero fue el único que conocí de ella. Me lo había encontrado en el armario de la cocina, dentro de una cazuela llena de hierbas: hojas de toronjil, flores de Castilla, ramas de ruda. Desde entonces lo guardé. Era el único. Mi madre siempre fue enemiga de retratarse. Decía que los retratos eran cosa de brujería. Y así parecía ser; por que el suyo estaba lleno de agujeros como de aguja, y en dirección del corazón tenía uno muy grande donde bien podía caber el dedo del corazón".

Naturalmente, se han hecho muchos esfuerzos por analizar las similitudes entre la literatura y la fotografía de Juan Rulfo. Con todo, su coincidencia se limita a una atmósfera de fondo que es precisamente la del recuerdo, así como a un lugar común en el que se asienta tanto la literatura como la fotografía de Rulfo: México. Rulfo es mexicano en ambos medios, tanto el visual como el literario. Para Rulfo, México es el único tema fotográfico imaginable. Comparte esta peculiaridad con su amigo Manuel Álvarez Bravo, a quien le debe mucho como fotógrafo. Los dos tienen en común una percepción visual de su país marcada por la voluntad de retener al hombre y al paisaje en el estado de una estancia atemporal, como si hubieran sabido que, en el progreso vertiginoso de nuestra época, la temporalidad se ha vuelto más absoluta. Ambos comparten también la poesía con que retienen esta temporalidad y que se interpone como un velo entre la cámara y la realidad.

Rulfo, procedente del estado de Jalisco, se ganaba el pan como inspector del servicio de inmigración, y más adelante, como viajante de comercio. En el transcurso de estos viajes por la provincia empezó a tomar fotografías. Eran imágenes que captaba solo para él y que nunca pensó hacer públicas. No fue hasta 1980, seis años antes de su muerte, cuando, no sin retinencias, se dejó convencer por la persistencia de quien por entonces era director general del Instituto Nacional de Bellas Artes, Juan José Bremer, para hacer una exposición. Se seleccionaron 100 fotografías de entre más de 6 000 negativos que el escritor conservaba en cajas. Era evidente que nunca se vio a sí mismo como fotógrafo. Sin embargo, actualmente su nombre se cita entre los fotógrafos mexicanos más relevantes de su tiempo.

Las fotografías surgieron en un intervalo de unos diez años, entre 1945 y 1955. Esta es también la época en la que Rulfo empezó a escribir, y ha sido sobre todo esa simultaneidad la que más ha inducido a buscar fenómenos coincidentes entre literatura y fotografía. Sin embargo, la fotografía de Rulfo permite ser explicada en forma inminente en el propio medio fotográfico, un medio en el que Rulfo supo penetrar gracias a su extraordinario talento visual.

No cabe duda de que era un hombre visual. Ciertamente, eso ya se hace patente en las descripciones de paisajes y de objetos presentes en sus textos, pero también las imágenes surgidas de su cámara son fruto de esta extraordinaria capacidad para la percepción óptica. Fueron el resultado de sus viajes y le permitieron absorber visualmente hombres, paisajes y edificios, dejándose guiar por sus ojos y fotografiando lo que estos le mostraban.

Juan Rulfo no hace fotografías literarias. Sus fotos no cuentan nada. Solo muestran. Muestran a los hombres y su tierra. Rulfo expresa el México indio, los campesinos y su vida cotidiana en el campo; gentes que le salen al paso durante sus caminatas por los pueblos. Son esos mismos temas atemporales que ya cuentan con una tradición propia en la fotografía mexicana. Los conocemos tanto por Hugo Brehme, Tina Modotti y Manuel Álvarez Bravo como por Graciela Iturbide y Mariana Yampolsky. Lo único que varía es la perspectiva con la que cada fotógrafo se aproxima a su país.

El México pintoresco como todavía bautizó Hugo Brehme su volumen fotográfico sobre México, indicando con ello lo que pretendía mostrar: ese México que se ofrece pintoresco al forastero ha dado paso a un profundo compromiso con la población rural. El trabajo de Manuel Álvarez Bravo ha contribuido en gran medida a esta nueva visión, y es aquí donde se produce ya un primer contacto con Rulfo.

Del mismo modo que Álvarez Bravo no hace fotografía documental, sino que condensa la realidad en cada imagen fotográfica a fin de sublimarla estéticamente, también Juan Rulfo sale al encuentro de la realidad en cuanto artista. Rulfo ve en imágenes. En ellas, las personas parecen sometidas a un ritmo propio. Incluso cuando están trabajando permanecen en calma. Sus gestos y movimientos tienen la atemporalidad de un rito, así es como las ha captado Rulfo: las mujeres con sus trajes tradicionales, de pliegues escultóricos y regios tocados; los niños y los ancianos; los enmascarados y los músicos, con sus imponentes instrumentos. Muchas veces las fotografía de espaldas entregadas a su trabajo, sus fiestas y los pequeños y modestos placeres con que engalana su existencia, pues conoce su reticencia a ser retratadas. El indio le tiene miedo a su propia imagen. Con todo, la idea de revelar una foto con una persona vista de espaldas no resulta obvia de ningún modo: en fotografía, cualquier alejamiento de las fotos de moda resulta relativamente raro. Por eso el Violon d'Ingres (1924) de Man Ray ocupa un lugar tan relevante en la historia de la fotografía. Para Álvarez Bravo, en cambio, las personas vistas de espaldas y encuadradas en el centro de la imagen son algo perfectamente natural. Baste recordar "La hija de los danzantes" o "Sed pública," ambas de 1933.

En el repertorio de Rulfo no encontraremos a la gente de la metrópolis de México D.F. Para él la gente de ciudad llevaba de antemano el sello de la inhumanidad. Así, en 1947 escribió una carta: "Viven sumidos en la sombra, hecha más oscura por el humo... más o menos se trata de que aquí en este mundo extraño el hombre es una máquina y la máquina está considerada como hombre". Para Rulfo la población rural todavía es testigo de un mundo luminoso, acunada en la inocencia de las condiciones preindustriales de trabajo y viviendo en armonía con la naturaleza. Aunque Rulfo ha tomado la mayor parte de sus fotografías de sus campesinos y campesinas sin el conocimiento de quienes aparecen en ellas, también ha conseguido hacerles algún que otro impresionante retrato. De este modo ha logrado reunir un número considerable de retratos de indígenas procedentes de distintas provincias de México. En la mayoría de los casos miran a la cámara con escepticismo, en cierto modo sin participar en el proceso de ser fotografiados, como si aquello no fuera con ellos, lo que permite que conserven una asombrosa naturalidad.

En los retratos de amigos, artistas, escritores y gente de teatro, varía el diálogo entre el fotógrafo y el modelo. Rulfo se solidariza con los campesinos, tal y como nos permiten percibir emocionalmente sus retratos. Cada uno de sus retratos es una porción de poesía óptica, surgida de una forma fantástica colectiva. En cambio, las gentes de la gran ciudad constituyen personalidades individuales. Rulfo trata de hacer justicia a sus ambiciones, a su ambiente social. Aun así, en estos retratos podemos percibir una gran soltura por parte de quienes posan. Cada uno de ellos mantiene una complicidad secreta con el fotógrafo, dejando ver un rastro de sí mismo. Rulfo debió de ser un gran psicólogo. En estas fotografías, por cierto, es poco habitual que los retratados miren al fotógrafo. Rulfo consigue dejar que sigan inmersos en su propio mundo, aspecto que comparten claramente con los retratos de los indígenas. Su aura no se ha visto perturbada en absoluto por la presencia del fotógrafo. Sin embargo, son conscientes del acto de ser fotografiados y participan en él.

En la fotografía de retrato, el memento mori resulta evidente para cualquiera. El carácter efímero del instante nos salta prácticamente a la vista. Cuando la imagen empieza a configurarse lentamente sobre el papel, los gestos, la actitud, la atmósfera y el sentir del momento todo ello fenómenos que con tanta convicción transmiten la impresión del presente son ya una ilusión.

En sus viajes al "interior de México" Rulfo logra impresionantes tomas de paisaje susceptibles de ser incorporadas sin dificultad a los principales iconos de los grandes fotógrafos paisajísticos. Son tomas que, por su dramatismo, recuerdan algunas obras de Ansel Adams y Edward Weston. Al igual que ellos, Rulfo aplica violentos contrastes de luces y sombras como medio esencial para la configuración de la imagen. No obstante, también la estructura gráfica de las coronas desnudas de los árboles, que dibujan un fino ornamento sobre el cielo, seducen en cuanto elementos configurativos.

Entre Rulfo y Edward Weston hay un paralelismo biográfico. Los dos realizaron sus espectaculares tomas paisajísticas durante los viajes que emprendieron por su país. En 1941, Edward Weston recorrió EE.UU. por encargo a fin de ilustrar Leaves of grass, de Walt Whitman. Para realizar estas ilustraciones fotográficas había negociado una libertad total de elección del tema. También Rulfo era un hombre libre en sus fotografías. Solo captaba lo que le sugerían sus ojos. Esta libertad se hace perceptible en sus tomas: en los paisajes heroicos, en las imponentes cascadas de Tulantongo y San Luis Potosí, en los cactos de formas extravagantes y en los troncos de árbol gastados por el mar, que percibe como un signo mágico de la naturaleza... La inmensa variedad de los paisajes mexicanos se extiende ante nuestra vista. En estos paisajes no hay nadie: sólo se muestran por sí mismos. El sol cae a plomo sobre las calles vacías de los pueblos que yacen como abandonados bajo el calor infernal del mediodía... Quien se atreve a salir, camina buscando la sombra de las casas. El silencio se apodera de todo. Una atmósfera de abandono inunda el lugar. Las cruces de los cementerios se inclinan en la tierra seca y los alcatraces tratan de ofrecer resistencia al marchitamiento. Esta es la hora del fotógrafo, en la que puede trabajar con la luz como un pintor. Para él las vecindades de la colonia Guerrero merecen una visita, aunque solo sea para fotografiar la ropa que cuelga bajo el sol del mediodía frente al fondo oscuro, casi negro, de los patios. Ahí consigue una mágica transformación de los objetos como la que conocemos por las Sculptures mouvantes de Man Ray.

La luz y su decisiva influencia en la configuración de la imagen también se relaciona con otro complejo temático que iconográficamente hace destacar como algo especial el trabajo fotográfico de Rulfo: las tomas de monumentos. También este tema cuenta ya con una tradición en la fotografía mexicana: Hugo Brehme se interesó por los monumentos durante sus correrías por México y Guillermo Kahlo emprendió una especie de registro documental de tomas interiores y exteriores de la arquitectura colonial. En cambio, el camino que sigue Rulfo en sus tomas arquitectónicas es muy distinto.

Rulfo sentía una inclinación muy especial por la arquitectura y la historia, a la que expresaba visualmente por medio de la fotografía. Para Rulfo, la Conquista fue la mayor catástrofe sufrida por su pueblo, y la arquitectura era un testimonio de este acontecimiento histórico que destruyó una cultura forzándola a ser asimilada por otra nueva. Juan Rulfo, el escritor que también hacía fotos, redactó no menos de 400 textos sobre arquitectura y, según sospecha Víctor Jiménez, tenía la intención de escribir una historia ilustrada de la arquitectura de México. Iglesias, conventos, haciendas antaño señoriales constituyen una porción imponente de su legado fotográfico. La mayoría de estas construcciones son ruinas: testimonios de las fuerzas destructoras de la Revolución. También los monumentos prehispánicos y sus esculturas forman parte de este replanteamiento histórico llevado a cabo por Rulfo con la cámara, siendo asimismo vestigios de una cultura extinguida. "Veía el presente desde la perspectiva del pasado", escribió Víctor Jiménez sobre él. Aunque también cabe decir que Rulfo experimentaba el presente en vistas al pasado. Con una excepción: recibió el encargo de fotografiar trenes y estaciones, por lo que pueden encontrarse en su archivo cientos de negativos sobre este tema.

Es quizás en las fotografías de los edificios que iba a buscar en la soledad del vasto paisaje mexicano donde Rulfo muestra de manera más patente su talento fotográfico. Rulfo se deja inspirar por estos momentos para la toma de imágenes únicas, en las que también tiene a la luz por mentor. Las imágenes pétreas parecen tan iluminadas por la luz como profundamente sumergidas en la oscuridad. 

Tomado de sololiteratura.com

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