Año IV
La Habana

24 al 30 SEPTIEMBRE
de
2005

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Teatro: fuego de artificios, luz
Estrella Díaz La Habana
Fotos:
Alain Gutiérrez


En la calle de Los Oficios esquina a Churruca, en pleno corazón del Centro Histórico de La Habana colonial, ha nacido el teatro de la Orden III —perteneciente al Complejo Cultural del Convento de San Francisco de Asís—, sala que abre sus puertas durante la presente edición del Festival Internacional de Teatro de La Habana.

El recinto, dotado con tecnología de punta, se construyó con todos los requerimientos y contra todas barreras que obstaculizan el desplazamiento de los niños discapacitados tanto espectadores como actores y servirá para intensificar el trabajo comunitario que impulsa la Oficina del Historiador y el grupo de teatro infantil La Colmenita.

Esta compañía, que poco a poco se ha ido imponiendo a golpe de calidad y talento, la dirige Carlos Alberto Cremata Malberti, un incansable creador que parece no parará de soñar.

¿Cómo encaja La Colmenita en este proyecto de la Oficina del Historiador de la Ciudad?

El historiador de La Habana, doctor Eusebio Leal, nos comunicó que pensaba construir un teatro para todos los niños y las niñas, con un interés especial en aquellos que presentan discapacidad y que habitan en La Habana Vieja lo cual complementaría varios proyectos sociales que pone en práctica la Oficina que dirige.

Por su parte La Colmenita desde hace unos cuantos años ha desarrollado un trabajo con niños que padecen diferentes discapacidades y con los que ha puesto en escena  distintos espectáculos. De repente, se ha creado esta especie de cunita para anidar el trabajo conjunto.

No conocemos en el mundo muchas experiencias similares, es decir, un teatro absolutamente habitado por niños y donde el adulto está totalmente subordinado. El 95 % de lo que subirá a escena será hecho por niños, y tenemos pensado, por ejemplo, realizar talleres de cómo concebir la luz teatral, el sonido, la tramoya que es parte de la magia del teatro, pero hecho conjuntamente con los niños. Sueño que un día no muy lejano cuando la gente mire hacia arriba vea que el luminotécnico tiene un niño a su lado y que el sonidista también, y así... Será un teatro en el que verdaderamente dispongan los niños. Una gran burbuja que los niños puedan realmente habitar.  

¿No será esta idea desproporcionada?

Nunca hemos renunciado y no vamos a renunciar a lo principal para La Colmenita, que es andar como la trouppe de Moliere por los pueblos llevando la tradición teatral a zonas intrincadas. Si la gente por lejanía no puede ir al teatro, entonces, hay que llevarle el teatro a la gente.
 

Acabamos de realizar una intensa gira por Europa, mientras otro grupo con la misma calidad se quedó y efectuó presentaciones en las provincias de Holguín, Santiago de Cuba, Granma y Guantánamo, todas en el oriente cubano. Estamos en el Festival Internacional de Teatro de La Habana con una programación y al unísono sale otro grupo para Jarahueca —un pequeño poblado ubicado en la provincia de Sancti Spíritus— para asistir a la Bienal “Identidad” dedicada a Ada Elba Pérez. En octubre partiremos hacia comunidades rurales de Villa Clara, en noviembre sale una avanzada hacia zonas del Plan Turquino  de la provincia de Cienfuegos y en diciembre otro grupo parte de gira a España.

¿No hay riesgos de que La Colmenita, ahora con teatro propio, se ancle en La Habana?  

El teatro de la Orden III lo vemos como el lugar donde siempre habrá programación colmenera.

Esta sala cuenta con solo 124 butacas. La compañía hace mucho tiempo que le es difícil actuar en teatros chiquitos porque es mucha la  demanda que existe y en más de una oportunidad hemos tenido que hacer dobles funciones porque se ha quedado público sin  entrar.

Creo que el obstáculo más grande que tenemos es ese: solo 124 butacas, pero a la vez es muy importante porque conllevará a que todos (público y actores) nos disciplinemos. Implica, también,  mayor cantidad de funciones y el actor crece artísticamente porque tiene más tiempo de contacto con el público.

A la vez no vamos a renunciar a la idea de hacer presentaciones para amplios públicos. En octubre, por ejemplo, tenemos un espectáculo en la Ciudad Deportiva, que será de gran formato, también nos presentaremos en el capitalino cine Yara y días después en el Cabaret Tropicana - Matanzas ante cientos de espectadores.

¿Tienen definida la estrategia de programación?

Los niños serán el centro; hay una Colmenita en Jarahueca, otra en Santa Clara, otra en Cantabria, España, y seremos como el grupo guía que puede invitar a sus hermanos a hacer arte.

Por lo pronto existen cinco obras (“Los Cuentos de Andersen”, “Ajiaco de Sueños”, “Fábula de un país de cera”, “Bululú y Medio” y “Blancanieves y los siete enanitos”) que pueden estar perfectamente varios meses en cartelera. Está la idea de hacer un trabajo con el Coro Diminuto que es una agrupación vocal de altísima calidad, vamos a crear una orquesta infantil de cámara para hacer la banda sonora de nuestros espectáculos teatrales, tenemos un viejo sueño para crear un espectáculo colmenero,  con ese gran actor humorístico y dramático que es Osvaldo Doimeadiós, varios con la cantautora Liuba María Hevia, hemos consolidado proyectos con la trovadora Rita del Prado, también con el Dúo Karma, con el excelente grupo musical Fragua…Queremos que este teatro sea un lugar mágico, una caja de sorpresas donde se pueda hacer de todo con amor por y para los niños.

Parece ser que como director te interesa cada vez más que cada puesta tenga una gran cuota de “todo en vivo”…

En el mundo hay una especie de política para que todo espectáculo musical se haga en vivo. Cuando comenzamos hacíamos doblajes y la vida nos demostró que era incorrecto… hace mucho tiempo que eso está abolido en La Colmenita. El ideal del artista es que las cosas se hagan en vivo porque, entre otras razones, implica más respeto hacia el público. La máxima  aspiración tiene que ser trabajar en vivo: ese es el verdadero lenguaje del teatro.

A diferencia del cine —que se hace para siempre— el teatro es de todos los días y el actor se la juega constantemente. Si se comete un error hay que solucionarlo sobre el escenario. Ese es uno de los grandes y hermosos riesgos del teatro.

Es difícil resumir la intensa gira de verano que acaba de realizar la compañía por Europa. Se sabe que en 63 días realizaron 43 funciones y participaron en el  Festival Internacional Hans Christian Andersen 2005 (Dinamarca), XXI Festival Internacional de Teatro de Ribadavia 2005 (Galicia), XIV Festival Internacional de Música de la Villa de Canena (Andalucía), XV Muestra Internacional del Auditórium Cervantes (Madrid), XX Festival Internacional de Música y Danzas Populares de Baza 2005, (Granada) ¿Cuáles serían los tres o cuatro momentos más significativos?  

Representamos al Tercer Mundo y al hemisferio occidental en el Festival “Hans Christian Andersen” en Dinamarca que se realizó a propósito del bicentenario de ese gran abuelo de la literatura universal; fuimos el único país de esta parte del mundo que asistió y no peco de exagerado si te digo que la acogida fue extraordinaria. Thomas Hauger, ex presidente de la Asociación Internacional de Teatro Amateur, IATA, en más de una ocasión tuvo palabras de cariño desmesurado para la compañía.

Había un grupo lituano de gran calidad que hizo una puesta muy hermosa de “La pastora y el deshollinador” y cuando todos los directores nos reunimos en un coloquio de la crítica llegó a decir que “ver a La Colmenita era como asistir al milagro del teatro”. Honestamente creo que representamos muy bien a este rincón del planeta que no es absolutamente nada oscuro.

Otro momento importante fue la primera vez que actuamos en París. Presentarnos en la llamada “Ciudad luz” es como llegar a la Meca del Arte. Tuvimos funciones en el Centro de Artes de París en el que hacía muy poco había estado nuestra gran cantante Omara Portuondo y en breve se presentará Chucho Valdés, uno de los pianistas cubanos más reconocidos en todo el mundo y director de la orquesta Irakere. Es un teatro absolutamente selecto y muy exclusivo.

Llegamos con mucho miedo e hicimos dos funciones. En la primera el 85 % del público eran niños de entre cinco y seis años de edad que no entienden el español. Durante los primeros momentos hubo un silencio sepulcral, pero cuando se entonó “Son de la loma”, de Miguel Matamoros comenzaron los aplausos y las risas. Al final hubo una interminable ovación y gritaban “esto es muy bello”, “los adoramos”... y otras muestras muy hermosas. Al terminar la función nos fuimos a los camerinos a cambiarnos de ropa y merendar, y cuando nos asomamos al vestíbulo una gran cantidad de público permanecía allí esperando y nos gritaban “gracias por la alegría de vivir”, “gracias por el ejemplo”. Eso nunca nos había pasado y nos sacó las lágrimas.

El Centro de Artes de París, además del teatro, posee varios estudios de sonido y un conservatorio, y su  director asistió a la segunda función. Según nos contó la agregada cultural de la embajada de Cuba en Francia, Yolanda Wood, el señor estaba convencido de que esos niños eran estudiantes muy talentosos de las mejores academias cubanas de música. Se le explicó que no, que se trataba de un grupo de niños que jugaba a hacer teatro, y nunca lo creyó. Dijo que “habían tocado una música muy profunda para ser amateurs”.  

Otro momento significativo fue cuando el señor Philippe Soeur, alcalde de Enghien Les Bans, que es un distrito de París, dijo textualmente en la recepción final ante todo el público: “La Colmenita ha sido un verdadero regalo para París, La Colmenita es una vitamina importante para vivir mejor, es como un fuego de artificio, es una luz”.

En España los técnicos de los teatros —a quienes prestamos mucho oídos—nos decían “es de lo mejor que ha pasado en este verano”. Actuamos en Galicia, ante más de dos mil personas en un espacio en el que al día siguiente se presentaba el grupo cubano Orishas  y un día antes la Antología de la Zarzuela y siempre nos repetían lo mismo: “lo que más nos impresiona es que los niños han hecho un espectáculo absolutamente profesional, han brillado como nadie encima del escenario y, sin embargo, cuando termina la función ellos no se han dado cuenta de lo que han hecho y siguen siendo niños comunes y juegan normalmente y corretean. No son niños divos que tienen todo un séquito. No”. Creo que esa es una de las cosas más lindas que tiene La Colmenita, es decir, que no le ha robado la infancia a los niños y eso a mí como director me llena de un tremendo orgullo.

¿Qué le falta a La Colmenita?

Está en remojo El Quijote, de Cervantes que es un sueño colosal y lo voy a hacer con niños muy chiquiticos; “Los Tres Mosqueteros”; “El Pájaro Azul”, de Maurice Maeterlinck” (que sueño hacer bajo la dirección de mi hermano Juan Carlos, en sendas versiones teatral y fílmicas). Tengo otro viejo anhelo y es montar, también con niños, “Los balcones de Madrid”, de Tirso de Molina. Esa es una obra mítica, intocable en el repertorio de La Colmena, ¿te imaginas un verdadero clásico del teatro del siglo de oro español, en versión para y por niños?

¿Qué falta?... Hacer de este teatro un nido sin renunciar al espíritu colmenero del andar trashumante regando sueños en todos los lugares por apartados que sean. A la vez que esta salita se convierta en ejemplo de cómo funciona un teatro no solo en la estética, sino en la ética de amor al espectador, de respeto devoto por lo que se hace en la escena, de cuidado hasta el detalle, del trabajo con los clásicos, de reverencia hacia nuestros abuelos que nos legaron la riquísima herencia cultural que hoy poseemos.

Es estimulante realizar estos sueños en el corazón de La Habana Vieja donde tanto se ha hecho y donde tanto se hace. Puede parecer pretencioso, pero queremos lograr que este lugarcito se convierta en un sitio único en el que se fragüe el mejor teatro hecho por niños, ¿por qué no intentarlo? Queremos que todo el mundo venga a ver cómo el niño cubano puede en la creación llegar a límites insospechados. Y lo vamos a lograr. 

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