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Cecilia Arizti
LAS MANOS EN EL PIANO

Josefina Ortega  La Habana


En una casa de la calle Tulipán, marcada con el número 14, en La Habana,   se reunía varias noches a la semana un importante grupo de músicos e intelectuales, que en  medio de una fiebre creadora, desarrollaba una tertulia donde la música era la protagonista.

Entre ellos mayoría masculina―, una jovencita con aire ausente tocaba al piano  temas de los clásicos universales y composiciones propias.

Aún cuando los asistentes a las tertulias conocían del talento musical de la muchacha y sus tempranas aptitudes, seguían  sorprendiéndose gratamente por la forma conque cada vez la joven iba perfeccionando su arte.

La adolescente había nacido en La loma del Ángel, el 28 de octubre de 1856,  se llamaba Cecilia, y era hija del dueño de la casa, un conocido pianista y profesor de música llamado Federico Arizti.

La Habana donde se producían estas reuniones tenía entonces algo más de 200 000 habitantes. La nacionalidad andaba en el campo de batalla.

En el campo de las artes, en el  ámbito femenino,  el siglo XIX  tuvo algunas mujeres destacadas en la música: en la primera parte del siglo eran distinguidas la arpista Asunción Montalvo y las pianistas Dolores Espadero, María Peñalver y Luisa O´Farrill. En la segunda mitad de la centuria, fueron destacadas las pianistas Angelina Sicouret y  Natalia Broch; la joven Cecilia Arizti descolló entre todas.

 Era de “Rostro afilado, hermética, casi huraña, de labios finos y ojos grandes (...) Una mujer un tanto misteriosa y hecha como de piedra de obsidiana, será más tarde un puntal sólido de la música cubana del romanticismo”, en palabras del escritor cubano Miguel Barnet.

 A los siete años tuvo inspiraciones que su padre  logró llevar al papel pautado. A los ocho compuso un Ave María y una mazurca.

Con su propio padre cuyo piano hacía sonar como si fuera de cristal― comenzaría su aprendizaje que luego seguiría  con Francisco Fuentes.

A los 12 años iniciaba una etapa de un profundo aprendizaje con Ruiz de Espadero, quien le sugirió dedicarse por entero a la composición. Espadero había sido alumno del padre de Cecilia, quien a  su vez estudió  con el francés Federico Edelmann, maestro de Manuel Saumell, entre otros, de modo que todo fue una saga pianística en el romanticismo cubano, de  la cual Edelmann era el líder.

Cecilia  bebió de todas esas fuentes. A los 18 estaba componiendo en serio y dejando pasmados de admiración a todos los que la escuchaban. Con su padre creó  academias de música.

Entre sus obras destacadas estuvieron un Trío de Cámara para piano, violín y violonchelo,  que estrenó el 20 de noviembre de 1893.

Cuando falleció el 30 de junio de 1930 dejaba una obra valiosa entre las cuales Veinte ejercicios diarios para piano y  Dos ejercicios para piano, sirven en la actualidad perfectamente  para el aprendizaje.

Entre las  obras destacadas de la Arizti están:  Romanza Romántica para violín y piano,  Barcarola, Mazurcas, Vals Lento, Romanzas Caprichos, Balada fúnebre, Impromptus en Fa menor, Nocturno Segundo Scherzo, Danza Fantástica...

Cierto es que no era aficionada a tocar ante mucho público, ni a las demostraciones excesivas de los admiradores; llegó, empero a tocar en el Carnegie  Hall, de Nueva York, además de recibir las ovaciones de los asistentes a sus conciertos en varios centros de importancia en la capital cubana.

Cierto es que sus interpretaciones nunca estuvieron cercanas a los estilos populares, más bien sus inclinaciones tendían a  los tonos europeos, y era frecuente que titulara sus obras en francés.

"Sus melodías nos advierte la musicóloga Mariana Hevia, son construidas sobre muchas secuencias, cromatismos, grandes saltos interválicos. En ella predominan las formas generales de movimiento, lo que le permite plantear una inestabilidad armónica.

En opinión de muchos investigadores la obra de Cecilia Arizti debía rescatarse del olvido, pues “forma parte de ese valioso e inmenso tesoro que es la historia musical cubana del siglo XIX”.

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