Año IV
La Habana

3 al 9 SEPTIEMBRE
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La nueva vulgata planetaria*
Pierre Bourdieu Francia


En todos los países avanzados, patrones y altos funcionarios internacionales, intelectuales mediáticos y periodistas de altos vuelos se han puesto de acuerdo en hablar una extraña nueva lengua cuyo vocabulario, aparentemente surgido de ninguna parte, está en todas las bocas: «globa­lización» y «flexibilidad»; «gobernanza» y «empleabilidad»; «underclass» y «exclusión»; «nueva economía» y «tolerancia cero»; «comunitarismo», «multiculturalismo» y sus parientes «postmoderno», «etnicidad», «mino­ría», «identidad», «fragmentación», etcétera.

 

La difusión de esta nueva vulgata planetaria ―en la que están llamati­vamente ausentes capitalismo, clase, explotación, dominación, desigualdad, tantos vocablos perentoriamente revocados so pretexto de supuestas obsolescencia o falta de pertinencia― es el producto de un imperialismo propiamente simbólico. Sus efectos son tanto más poderosos y perniciosos cuanto que este imperialismo es llevado no solo por los partidarios de la revolución neoliberal, quienes, so capa de modernidad, pretenden rehacer el mundo haciendo tabla rasa de las conquistas sociales y económicas que son resultado de cien años de luchas sociales y descritas de ahora en adelante como otros tantos arcaísmos y obstáculos al nuevo orden naciente, sino también por los productores culturales (investigadores, artesanos, artistas) y por los militantes de izquierda, la gran mayoría de los cuales siempre se presentan como progresistas.
 

Como las dominaciones de género o de etnia, el imperialismo cultural es una violencia simbólica que se basa en una relación de comunicación forzada para arrebatar la sumisión y cuya particularidad consiste aquí en universalizar los particularismos vinculados a una experiencia histórica singular haciendo que se les infravalore como tales y reconozca como universales 1.

 

Así, de la misma manera que en el siglo XIX muchas cuestiones consideradas filosóficas como el tema splengueriano de la «decadencia» que fueron debatidas en toda Europa encontraron su originalidad en las particularidades y en los conflictos históricos propios del universo singular de los universitarios alemanes2, hoy muchos tópicos surgidos directamente de confrontaciones intelectuales vinculadas a las particularidades y a los particularismos de la sociedad y de las universidades norteamericanas se imponen al conjunto del planeta, bajo un aspecto aparentemente deshistorizado.
 

Estos lugares comunes ―en el sentido aristotélico de nociones o de tesis con las que se argumenta pero sobre las que no se argumenta― deben lo esencial de su fuerza de convicción al prestigio recuperado del lugar del que emanan y al hecho de que, al circular en un flujo que se extiende de Berlín a Buenos Aires y de Londres a Lisboa, están presentes en todas partes a la vez y en todas partes son relevados por estas instancias supuestamente neutras del pensamiento neutro que son los grandes organismos internacionales ―Banco Mundial, Comisión Europea, Organización de Cooperación y de Desarrollo Económicos (OCDE)―, las «cajas de ideas» conservadoras (el Manhattan lnstitute, de Nueva York; el Adam Smith lnstitute, de Londres; la Deutsche Bank Fun­dation en Francfort y la antigua Fondation Saint-Simon en París), las fundaciones de filantropía, las escuelas del poder (Ciencias Políticas en Francia, la London School of Economic en Reino Unido, la Harvard Ken­nedy School of Government en EE.UU., etcétera.) y los grandes media, incansables dispensadores de esta lingua franca llave maestra, bien hecha para dar la ilusión de ultramodernismo a los editorialistas presionados y a los especialistas atareados de la importación-exportación cultural.
 

Además del efecto automático de la circulación internacional de las ideas, que por su propia lógica tiende a ocultar las condiciones y significaciones de origen3, el juego de las definiciones previas y de las deducciones escolásticas sustituye la apariencia de la necesidad lógica con la contingencia de las necesidades sociológicas denegadas y tiende a ocultar las raíces históricas de todo un conjunto de cuestiones y de nociones ―la «eficacia» del mercado (libre), la necesidad de reconoci­miento de las «identidades» (culturales), o incluso la reafirmación-celebración de la «responsabilidad» (individual) ― que se decretará como filosóficos, sociológicos, económicos o políticos, según el lugar y el momento de recepción.
 

Así, planetarizados, globalizados, en el sentido estrictamente geográfico, al tiempo que desparticularizados, estos lugares comunes que el machaconeo mediático transforma en sentido común universal logra hacer olvidar que con mucha frecuencia no hacen más que expresar, bajo una forma truncada e irreconocible, incluido para aquellos que la propagan, las realidades complejas y discutidas de una sociedad históri­ca particular, constituida tácitamente sobre el modelo y a medida de todas las cosas: la sociedad norteamericana de la era postfordista y postkeynesiana. Este súper-poder único, esta Meca simbólica de la Tierra se caracteriza por el desmantelamiento deliberado del Estado social y el hipercrecimiento correlativo del Estado penal, el aplastamiento del movimiento sindical y la dictadura de la concepción de la empresa fundada únicamente en el «valor-accionista», y sus consecuencias sociológicas, la generalización del asalariado precario y de la inseguridad social, constituida en motor privilegiado de la actividad económica.
 

Así ocurre, por ejemplo, con el debate impreciso y flojo en torno al «multiculturalismo», término importado a Europa para designar el plu­ralismo cultural en la esfera cívica mientras que en EE.UU. remite, en el mismo movimiento por medio del cual los oculta, a la continua exclusión de los negros y a la crisis de la mitología nacional del «sueño americano» de la igualdad de oportunidades, correlativo a la bancarrota que afecta al sistema de enseñanza pública en el momento en el que la competición por el capital cultural se intensifica y en el que las desigualdades de clase se incrementan de manera vertiginosa.


El adjetivo «multicultural» encubre esta crisis confinándola de forma artificial únicamente en el microcosmos universitario y expresándola en un registro ostensiblemente «étnico» cuando su verdadero reto no es el reconocimiento de las culturas marginalizadas por los cánones académicos, sino el acceso a los instrumentos de (re)producción de las clases media y superior, como la universidad, en un contexto de ruptu­ra de compromiso activo y generalizado por parte del Estado.
 

El «multiculturalismo» norteamericano no es ni un concepto, ni una teoría, ni un movimiento social o político ―al tiempo que pretende ser todo eso a la vez. Es un discurso pantalla cuyo estatuto intelectual resulta de un gigantesco efecto de alodoxia nacional e internacional4 que engaña a quienes son como aquellos que no lo son. Es además un discurso norteamericano, aunque se piense y se dé como universal, en el sentido de que expresa las contradicciones específicas de la situación de universitarios que, separados de todo acceso a la esfera pública y sometidos a una fuerte diferenciación en su medio profesional, no tienen otro terreno en el que invertir su libido política que el de las querellas de campus disfrazadas de epopeyas conceptuales.
 

Es decir, que el «multiculturalismo» lleva a todos los lugares en los que se exportan estos tres vicios del pensamiento nacional norteamericano que son (a) el «grupismo», que cosifica las divisiones sociales canonizadas por la burocracia estatal en principios de conocimiento y de reivindicación política; (b) el populismo, que sustituye el análisis de las estructuras y de los mecanismos de dominación por medio de la celebración de la cultura de los dominados y de su «punto de vista» elevado al rango de prototeoría en acto; (c) el moralismo, que supone un obs­táculo para la aplicación de un sano materialismo racional en el análi­sis del mundo social y económico y condena aquí a un debate sin fin ni efectos sobre el necesario «reconocimiento de identidades», cuando en la triste realidad de todos los días el problema no se sitúa en absoluto a este nivel5; mientras que los filósofos se regodean doctamente en el «reconocimiento cultural», decenas de miles de niños salidos de clases y etnias dominadas son rechazados fuera de las escuelas primarias por falta de plazas (únicamente en la ciudad de Los Ángeles eran este año 25 000) y un joven de cada diez procedente de hogares que ganan menos de 15 000 dólares al año accede a los campus universitarios, frente al 94% de los niños de familias que disponen de más de 100 000 dólares.

 

Se podría hacer la misma demostración a propósito de la muy polé­mica noción de «globalización» que tiene por efecto, si no por función, disfrazar de ecumenismo cultural o de fatalismo economista los efectos del imperialismo norteamericano y hacer que una relación de fuerza transnacional parezca una necesidad natural. Al término de un giro simbólico fundado en la naturalización de los esquemas del pensamiento neoliberal cuya dominación se ha impuesto desde hace veinte años gracias al trabajo de los think tanks conservadores y de sus aliados en los campos político y periodístico6 la remodelación de las relaciones sociales y de las prácticas culturales según el patrón norteamericano  ―que se ha operado en las sociedades avanzadas a través de la pauperi­zación del Estado, la mercantilización de los bienes públicos y la gene­ralización de la inseguridad salarial― se acepta con resignación como la culminación obligada de las evoluciones nacionales, cuando no se celebra con un entusiasmo borreguil. Sin embargo, el análisis empírico de la evolución de las economías avanzadas a largo plazo sugiere que la «globalización» no es una nueva fase del capitalismo sino una «retórica» que invocan los gobiernos para justificar su sumisión voluntaria a los mercados financieros. Lejos de ser, como no se deja de repetir, la consecuencia fatal del crecimiento de los intercambios exteriores, la desindustrialización, el crecimiento de las desigualdades y la contracción de las políticas sociales resultan de decisiones de política interior que reflejan el basculamiento de las relaciones de clase a favor de los propietarios del capital7.
 

Imponiendo al resto del mundo unas categorías de percepción homólogas a sus estructuras sociales, EE.UU. remodela el mundo a su imagen: la colonización mental que se opera a través de la difusión de estos verdaderos-falsos conceptos solo puede llevar a una especie de «Washington consensus» generalizado e incluso espontáneo, como se puede observar hoy en materia de economía, de filantropía, o de enseñanza de la gestión. En efecto, este doble discurso que, fundado en la creencia, imita la ciencia al superponer al fantasma social del dominante la apariencia de la razón (especialmente económica y politológica), está dotado del poder de hacer advenir las realidades que pre­tende describir, según el principio de la profecía autorrealizante: presente en los espíritus de quienes toman las decisiones políticas o económicas, sirve de instrumento de construcción de las políticas públicas y privadas, al tiempo que de instrumento de evaluación de estas políticas. Como todas las mitologías de la edad de la ciencia, la nueva vulgata planetaria se basa en una serie de oposiciones y de equivalencias, que se apoyan y se responden, para describir las transformaciones contemporáneas de las sociedades avanzadas: falta de compromiso económico del Estado y reforzamiento de sus componentes policíacos y penales, desregularización de los flujos financieros y desenmarcamiento del mercado del empleo, reducción de las protecciones sociales y celebración moralizadora de la «responsabilidad individual»:                         

 

MERCADO

ESTADO

libertad

obligación

abierto

cerrado

flexible

rígido

dinámico, en movimiento

inmóvil, fijo

futuro, novedad

pasado, superado

crecimiento

inmovilismo, arcaísmo

individuo, individualismo

grupo, colectivismo

diversidad, autenticidad

uniformidad, artificialidad

democrático

autocrático («totalitario»)


 

El imperialismo de la razón neoliberal encuentra su realización intelectual en dos nuevas figuras ejemplares del productor cultural. En primer lugar, el experto que a la sombra de las bambalinas ministeriales o patronales, o en el secreto de los think tanks prepara documentos de alto contenido técnico, escritos todo lo posible en lenguaje económico y matemático. A continuación, el consejero en comunicación del prínci­pe, tránsfuga del mundo universitario pasado al servicio de los domi­nantes, cuya misión es poner en forma académica los proyectos políticos de la nueva nobleza de Estado y de empresa, y cuyo modelo planetario es incuestionablemente el sociólogo británico Anthony Giddens, profesor de la Universidad de Cambridge recientemente situado a la cabeza de la London School of Economics y padre de la «teoría de la estructuración» síntesis escolástica de diversas tradiciones sociológicas y filosóficas.
 

Y se puede ver la encarnación por excelencia del ardid de la razón imperialista en el hecho de que sea Gran Bretaña, situada por razones históricas, culturales y lingüísticas en posición intermedia, neutra (en el sentido etimológico) entre EE.UU. y la Europa continental, que ha proporcionado al mundo este Caballo de Troya con dos cabezas, una política y otra intelectual, en la persona dual de Tony Blair y Anthony Giddens, «teórico» autoproclamado de la «tercera vía» que, según sus propias palabras, que hay que citar textualmente, «adopta una actitud positiva respecto a la globalización»; «trata (sic) de reaccionar ante las nuevas formas de las desigualdades» pero advirtiendo de entrada que «los pobres de hoy no son parecidos a los pobres de antes (igual que los ricos ya no son parecidos a lo que eran antes)»; «acepta la idea de que los sistemas de protección social existentes y la estructura de conjunto del Estado son la fuente de problemas, y no solo la solución para resolverlos»; «subraya el hecho de que las políticas económicas y sociales están relacionadas» para afirmar mejor que «los gastos sociales deben ser evaluados en términos de sus consecuencias para la economía en su conjunto»; finalmente se «preocupa por los mecanismos de exclusión» que descubre «en la parte baja de la sociedad, pero también en la alta [sic]», convencido de que «redefinir la desigualdad en relación con la exclusión a estos dos niveles» es «conforme a una concepción dinámica de la desigualdad»8. Los amos de la economía pueden dormir tranquilos: han encontrado a su Pangloss.

* Cofirmado con Loïc Wacquant, publicado en Le Monde diplomatique, mayo de 2000, pp. 6-7.

NOTAS 

1. Precisemos de entrada que EE.UU. no tienen e! monopolio de la pretensión de univer­salidad. Muchos otros países Francia, Gran Bretaña, Alemania, España, Japón, Rusia han ejercido, o todavía se esfuerzan por ejercer, en sus propias esferas de influencia, unas formas de imperialismo cultural comparables en todos los aspectos. Pero con la diferencia de que por pri­mera vez en la historia un solo país se encuentra en situación de imponer al mundo entero su punto de vista sobre el mundo.

2. Véase Frantz Ringer, The Decline of the Mandarins, Cambridge Up, Cambridge, 1969.

3
. Pierre Bourdieu, «Les conditions sociales de la circulation iuternationale des idées» [«Las condiciones sociales de la circulación internacional de las ideas»], Romanische Zeitschrift fur Literaturgeschichte, Heide!berg.

4
. La alodoxia es el hecho de tomar una cosa por otra.

5
. No más que la globalización de los intercambios materiales y simbólicos, la diversidad de culturas no data de nuestro siglo puesto que es coextensiva de la historia humana, como ya lo habían señalado Émile Durkheim y Marcel Mauss en su «Note sur la notion de civilisation» (Année sociologique, 1913, vol.III, n° 12; reed. Minuit, París, 1968, p. 46-50).

6
. Véase Keith Dixon, Les Evangelistes du marche, op. cit.

7
. Sobre la «globalización» como «proyecto norteamericano- cuyo objetivo es imponer la concepción de! «valor-accionista» de la empresa, véase Neil Fligstien, «Rethorique et réalités de la «modialisation» [«Retórica y realidades de la «globalización»»], Actes de la recherche en sciences sociales, n° 119, septiembre de 1997, pp. 36-47.

8
. Extractos del catálogo de definiciones escolares de sus teorías y puntos de vista políti­cos que Anthony Giddens propone a la rúbrica «FAQs (Frecuently Asked Questions)» [.Pre­guntas hechas con frecuencia»] de su página web www.lse.ac.uk/Giddens


Tomado de
Intervenciones 1961-2001
. Ciencia social y acción política de Pierre Bourdieu. Editorial Hiru, Hondarribia, 2004

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