|
A
mediados del año 2000, en virtud del programa de
expansión de
la
cultura que fuera conocido como “masificación”, todas
las provincias cubanas —incluida esa acromegálica y
cosmopolita provincia que es Ciudad de La Habana—
recibieron tecnología de impresión digital Riso, con lo
cual se le daba respuesta a un reclamo de algunos
escritores que, por no residir en la capital, no
contaban con las ventajas de tener “al alcance de la
mano” la posibilidad de publicar sus libros.
Al pasarle una
mirada al panorama nacional previo a esa fecha, nos
percatamos de que algunas provincias (si acaso cuatro)
contaban ya con determinado desarrollo editorial,
alcanzado sobre la base de subvenciones de diversa
procedencia, enfebrecido autodidactismo y esfuerzos de
magnitudes insospechadas para obtener los recursos que
demanda la carísima producción poligráfica en nuestro
país. Claro que ninguna de estas provincias podía
exceder el promedio de ocho o nueve títulos anuales
aunque, eso sí, su producción se correspondía con
perfiles editoriales y de diseño bien definidos y una
factura poligráfica cercana a lo competitivo cuando se
le comparaba con la media de la calidad alcanzada por la
escuela cubana de edición.
El caso de Ediciones Capiro, donde hago vida profesional
como director desde su fundación, resulta más que
elocuente, pues en sus primeros diez años de existencia
(1990-2000) alcanzó a publicar ochenta y cinco títulos.
Otro pequeño grupo de provincias que marchaban a la
zaga, rápidamente se incorporaron al grupo de avanzada
con productos de buen acabado y coherente perfil
profesional. Pero un grueso pelotón —cerca de la mitad
de los territorios— aún mantienen, según mi apreciación,
un trastabillante, desigual e impreciso trabajo en la
conformación de sus imágenes y alcance para soñar con un
sitio, si bien discreto, al menos indiscutible en el
rico, y por momentos anárquico, panorama editorial
cubano de los últimos años.
No cabe duda acerca del gran paso que significa, para la
cultura de un lugar cualquiera, disponer de un
equipamiento de mediana competitividad para la
impresión de la literatura que en él se produce; sin
embargo, ¿cuántos peligros acechan a quienes,
entusiastas “masificadotes”, debemos “servir los panes
a la mesa” a
la hora de
echar a andar los rodillos entintados de las ya
populares duplicadoras Riso?
Cabría preguntarse en primera instancia si debemos
pensarnos —y conformarnos con que nos piensen en muchas
instancias— como editoriales “de provincia”. O, peor
aún, como editoriales “de municipios”, si nos atenemos a
muchos de los pronunciamientos fundacionales de una idea
que surgió de reclamos municipales. En no pocos espacios
de debate institucional (que no intelectual) se ha
insistido en que tratemos de alcanzar una
representatividad municipal lo más amplia posible, pero
me atrevo a afirmar que la observación esquemática y
ciega de ese principio acabaría conduciéndonos a la
fabricación de genios locales y al desdibujo de las
jerarquías.
Me parece sano seguir argumentando con ejemplos de mi
entorno: ¿cuánto espacio para sí misma y para la cultura
cubana y villaclareña no ha ganado Capiro con la
inclusión en su catálogo de las firmas de Roberto
Fernández Retamar, Carilda Oliver Labra, Ambrosio Fornet,
Raúl Roa Kourí, Ramiro Guerra (residentes en la
capital), junto a los villaclareños Félix Luis Viera,
Joel Franz Rosell, Frank Abel Dopico (residentes en el
extranjero), Carlos Galindo Lena, Agustín de Rojas, Luis
Cabrera Delgado, Yamil Díaz, Jorge Ángel Hernández,
Arístides Vega (residentes en la capital provincial) y
los “municipales” Luis Pérez Pérez, Fidel Cruz Rosell,
Fidel Galván, Rogelio Menéndez Gallo, o Mario Brito, sin
dejar de tener en cuenta a los de otras provincias como
Otilio Carvajal, Ileana Álvarez, Liudmila Quincoses,
Manuel González Busto, Aramís Quintero y Jesús David
Curbelo, entre otros?
En la misma lógica, el acatamiento rígido del
lineamiento de hacer tiradas que no rebasen los
quinientos ejemplares, en atención a que por esa “norma”
están calculados los recursos, le conferiría a esas
“Riso-colecciones” un indiscutible carácter de rueda de
consuelo, más aún si sabemos que esos libros en muchos
casos carecen de color en las cubiertas de cartulina
bristol, y deben circular con una encuadernación de
presilla escolar (a caballete o al lado) que le impide
rebasar con la elegancia debida las cien páginas por
título. Con esa oferta, difícilmente se pueda convocar a
muchas de las firmas antes citadas.
Que somos pensados de manera diferente al riguroso
perfil de las editoriales nacionales lo demuestra que a
ninguna de estas se le haya pedido que asuma su
producción en impresoras no profesionales, ni que sus
aspiraciones plásticas en materia de diseño de cubierta
concluyan en una cartulina que el mundo editorial ha
desechado para la producción de libros, y en la ausencia
total de color en la cubierta. Que somos diferentes,
está claro: para menos.
En concordancia con una lógica menos igualitaria, tal
vez sea justo pensar, para las editoriales provinciales
con mayor desarrollo —y las que se vayan incorporando a
ese “frente”—, en fórmulas similares a la que se aplica
a la Oriente, o tal vez en el procedimiento de algunos
de sus libros en el poligráfico Alejo Carpentier. Y en
este razonamiento no implico solamente al Instituto
Cubano del Libro (ICL), pues se trata de una política
que involucró a muchísimos sectores de la sociedad, y el
paso que propongo demanda decisión estratégica previa
que lo rebasaría.
No nos llamemos a engaño: tiradas inferiores a los mil
ejemplares pueden declararse inexistentes, hablando en
términos de mercado. Los quinientos de la “norma” apenas
alcanzan para las cuotas de obligación que establecen
las pautas de los depósitos legales, la cortesía, la
misérrima distribución mayorista que no imagino para
cuántos sitios del país alcance, y el lanzamiento en el
lugar de origen o residencia del autor. Muy perjudicadas
salen también las instancias críticas, no solo por la
falta de ejemplares, sino también por el desdibujo de
las jerarquías a las que antes hacía referencia.
¿Les queda solo a nuestras editoriales con sedes en
provincias acogerse a la búsqueda de un azaroso
mecenazgo permanente en aras de alcanzar las virtudes
que algunas ya han logrado olvidar? Resulta obvio que
el mecenazgo estatal debe mantenerse, pero también tomar
otros rumbos, sobre todo para que esas “virtudes”, que
fueron —y deben seguir siendo las mejores, agónicas y
sangreadas conquistas de los primeros diez años de dura
brega editorial en esas provincias—, se incrementen. Al
utilizar cualquier espacio debemos —opino que con toda
la furia, tacto y sensatez posible— llamar la atención
para que no se nos siga identificando con el rótulo de
“programa de ediciones territoriales”, o con el otro
peor aún —que hace omisión incluso del término
“editorial”— de “los libros de la Riso”.
De algo estoy seguro: ausentes del mercado y lejos de
los ojos de los lectores de todo el país, de nada
valdría que cada provincia o municipio tuviera su plan
editorial, pues podríamos estar “jugando” a ser
editores, lo que equivale a derrochar esos valiosos
recursos; lo procedente sería que en un acto de
responsabilidad cultural de suprema envergadura nos
orientáramos hacia una competencia-aprendizaje con los
ejemplos señeros que la plataforma editorial del país
puede mostrarnos y luchemos a brazo partido desde la
provincia, por alcanzar (o quien sabe si superar) esas
cotas.
Pero lo último que deseo es que se me tome por
hipercrítico: hay demasiado en juego y estamos ante una
problemática nunca antes enfrentada como política
nacional. Por eso, pese a todo lo expuesto, por parte de
la observación de los primeros dos años de praxis
editorial Riso-alternativa y la experiencia acumulada en
doce años de ejercicio de la profesión, suelto, no sin
susto, el galimatías: la Riso es una fiesta; y es
también un ejercicio de la democracia para darle voz a
quien no la tenía, así como la concreción de una
política cuya mayor consecuencia podría ser la de
cosechar, en los nuevos y fértiles márgenes, frutos de
copiosa enjundia.
No seré yo el aguafiestas: ¡Viva la Riso!... Pero
repito… ¡Mucho cuidado! Celebremos el guateque sin
olvidar el protocolo de salón, no sea que en el
entusiasmo cervecero y multitudinario del demos
desconozcamos —haciendo uso del borrón y cuenta nueva—,
le cerremos la puerta a quienes aspiran a ser en la
misma página, en el mismo minuto, con un solo sonido —¡oh,
delicioso engendro del virtuosismo y la mixtura!—, tan
buenos como si los Van Van y la Camerata Romeu se
unieran para un concierto único en la Basílica Menor del
Convento de San Francisco de Asís.
|