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La Habana
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Nosotros, los de la Riso
Ricardo Riverón Rojas Santa Clara


A mediados del año 2000, en virtud del programa de expansión  de la cultura que fuera conocido como “masificación”, todas las provincias cubanas —incluida esa acromegálica y cosmopolita provincia que es  Ciudad de La Habana— recibieron tecnología de impresión digital Riso, con lo cual se le daba respuesta a un reclamo de algunos escritores que, por no residir en la capital, no contaban con las ventajas de tener “al alcance de la mano” la posibilidad de publicar sus libros.

Al pasarle una mirada al panorama nacional previo a esa fecha, nos percatamos de que algunas provincias (si acaso cuatro) contaban ya con determinado desarrollo editorial, alcanzado sobre la base de subvenciones de diversa procedencia, enfebrecido autodidactismo y esfuerzos de magnitudes insospechadas para obtener los recursos que demanda la carísima producción poligráfica en nuestro país. Claro que ninguna de estas provincias podía exceder el promedio de ocho o nueve títulos anuales aunque, eso sí, su producción se correspondía con perfiles editoriales y de diseño bien definidos y una factura poligráfica cercana a lo competitivo cuando se le comparaba con la media de la calidad alcanzada por la escuela cubana de edición.

El caso de Ediciones Capiro, donde hago vida profesional como director desde su fundación, resulta más que elocuente, pues en sus primeros diez años de existencia (1990-2000) alcanzó  a publicar ochenta y cinco títulos. Otro pequeño grupo de provincias que marchaban a la zaga, rápidamente se incorporaron al grupo de avanzada con productos de buen acabado y coherente perfil profesional. Pero un grueso pelotón —cerca de la mitad de los territorios— aún mantienen, según mi apreciación, un trastabillante, desigual e impreciso trabajo en la conformación de sus imágenes y alcance para soñar con un sitio, si bien discreto, al menos indiscutible en el rico, y por momentos anárquico, panorama editorial cubano de los últimos años.

No cabe duda acerca del gran paso que significa, para la cultura de un lugar cualquiera, disponer de un equipamiento de mediana competitividad  para la impresión de la literatura que en él se produce; sin embargo, ¿cuántos peligros acechan a quienes, entusiastas  “masificadotes”, debemos “servir los panes a la mesa” a
la hora de echar a andar los rodillos entintados de las ya populares duplicadoras Riso?

Cabría preguntarse en primera instancia si debemos pensarnos —y conformarnos con que nos piensen en muchas instancias— como editoriales “de provincia”. O, peor aún, como editoriales “de municipios”, si nos atenemos a muchos de los pronunciamientos fundacionales de una idea que surgió de reclamos municipales. En no pocos espacios de debate institucional (que no intelectual) se ha insistido en que tratemos de alcanzar una representatividad municipal lo más amplia posible, pero me atrevo a afirmar que la observación esquemática y ciega de ese principio acabaría conduciéndonos a la fabricación de genios locales y al desdibujo de las jerarquías.

Me parece sano seguir argumentando con ejemplos de mi entorno: ¿cuánto espacio para sí misma y para la cultura cubana y villaclareña no ha ganado Capiro con la inclusión en su catálogo de las firmas de Roberto Fernández Retamar, Carilda Oliver Labra, Ambrosio Fornet, Raúl Roa Kourí, Ramiro Guerra (residentes en la capital), junto a los villaclareños Félix Luis Viera, Joel Franz Rosell, Frank Abel Dopico (residentes en el extranjero), Carlos Galindo Lena, Agustín de Rojas, Luis Cabrera Delgado, Yamil Díaz, Jorge Ángel Hernández, Arístides Vega (residentes en la capital provincial) y los “municipales” Luis Pérez Pérez, Fidel Cruz Rosell, Fidel Galván, Rogelio Menéndez Gallo, o Mario Brito, sin dejar de tener en cuenta a los de otras provincias como Otilio Carvajal, Ileana Álvarez, Liudmila Quincoses, Manuel González Busto, Aramís Quintero y Jesús David Curbelo, entre otros?

En la misma lógica, el acatamiento rígido del lineamiento de hacer tiradas que no rebasen los quinientos ejemplares, en atención a que por esa “norma” están calculados los recursos, le conferiría a  esas “Riso-colecciones” un indiscutible carácter de rueda de consuelo, más aún si sabemos que esos libros en muchos casos carecen de color en las cubiertas de cartulina bristol, y deben circular con una encuadernación de presilla escolar (a caballete o al lado) que le impide rebasar con la elegancia debida las cien páginas por título. Con esa oferta, difícilmente se pueda convocar a muchas de las firmas antes citadas.

Que somos pensados de manera diferente al riguroso perfil de las editoriales nacionales lo demuestra que a ninguna de estas se le haya pedido que asuma su producción en impresoras no profesionales, ni que sus aspiraciones plásticas en materia de diseño de cubierta concluyan en una cartulina que el mundo editorial ha desechado para la producción de libros, y en la ausencia total de color en la cubierta. Que somos diferentes, está claro: para menos.

En concordancia con una lógica menos igualitaria, tal vez sea justo pensar, para las editoriales provinciales con mayor desarrollo —y las que se vayan incorporando a ese “frente”—, en fórmulas similares a la que se aplica a la Oriente, o tal vez en el procedimiento de algunos de sus libros en el poligráfico Alejo Carpentier. Y en este razonamiento no implico solamente al Instituto Cubano del Libro (ICL), pues se trata de una política que involucró a muchísimos sectores de la sociedad, y el paso que propongo demanda decisión estratégica previa que lo rebasaría.

No nos llamemos a engaño: tiradas inferiores a los mil ejemplares pueden declararse inexistentes, hablando en términos de mercado. Los quinientos de la “norma” apenas alcanzan para las cuotas de obligación que establecen las pautas de los depósitos legales, la cortesía, la misérrima distribución mayorista que  no imagino para cuántos sitios del país alcance, y el lanzamiento en el lugar de origen o residencia del autor. Muy perjudicadas salen también las instancias críticas, no solo por la falta de ejemplares, sino también por el desdibujo de las jerarquías a las que antes hacía referencia.

¿Les queda solo a nuestras editoriales con sedes en provincias acogerse a la búsqueda de un azaroso mecenazgo permanente en aras de alcanzar las virtudes que  algunas ya han logrado olvidar? Resulta obvio que el mecenazgo estatal debe mantenerse, pero también tomar otros rumbos, sobre todo para que esas  “virtudes”, que fueron —y deben seguir siendo las mejores, agónicas y sangreadas conquistas de los primeros diez años de dura brega editorial en esas provincias—, se incrementen. Al  utilizar cualquier espacio debemos —opino que con toda la furia, tacto y sensatez posible— llamar la atención para que no se nos siga identificando con el rótulo de “programa de ediciones territoriales”, o con el otro peor aún —que hace omisión incluso del término “editorial”—  de “los libros de la Riso”.

De algo estoy seguro: ausentes del mercado y lejos de los ojos de los lectores de todo el país, de nada valdría que cada provincia o municipio tuviera su plan editorial, pues podríamos estar “jugando” a ser editores, lo que equivale a derrochar esos valiosos recursos; lo procedente sería que en un acto de responsabilidad cultural de suprema envergadura nos orientáramos hacia una competencia-aprendizaje con los ejemplos señeros que la plataforma editorial del país puede mostrarnos y luchemos a brazo partido desde la provincia, por alcanzar (o quien sabe si superar) esas cotas.

Pero lo último que deseo es que se me tome por hipercrítico: hay demasiado en juego y estamos ante una problemática nunca antes enfrentada como política nacional. Por eso, pese a todo lo expuesto, por parte de la observación de los primeros dos años de praxis editorial Riso-alternativa y la experiencia acumulada en doce años de ejercicio de la profesión, suelto, no sin susto, el galimatías: la Riso es una fiesta; y es también un ejercicio de la democracia para darle voz a quien no la tenía, así como la concreción de una política cuya mayor consecuencia podría ser la de cosechar, en los nuevos y fértiles márgenes, frutos de copiosa enjundia.

No seré yo el aguafiestas: ¡Viva la Riso!... Pero repito… ¡Mucho cuidado! Celebremos el guateque sin olvidar el protocolo de salón, no sea que en el entusiasmo cervecero y multitudinario del demos desconozcamos —haciendo uso del borrón y cuenta nueva—, le cerremos la puerta a quienes aspiran a ser en la misma página, en el mismo minuto, con un solo sonido —¡oh, delicioso engendro del virtuosismo y la mixtura!—, tan buenos como si los Van Van y la Camerata Romeu se unieran para un concierto único en la Basílica Menor del Convento de San Francisco de Asís.

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