Año IV
La Habana
 Semana del 6 al 12
 de AGOSTO
de
2005

Página principal

Enlaces Añadir a Favoritos Enviar correo

Suscripción

EL GRAN ZOO
NOTAS AL FASCISMO

PUEBLO MOCHO

CARTELERA

LIBRO DIGITAL

GALERÍA

LA OPINIÓN
LA CARICATURA
LA CRÓNICA
MEMORIAS
APRENDE
EL CUENTO
POR E-MAIL
LA MIRADA
EN PROSCENIO
LA BUTACA
PALABRA VIVA
NÚMEROS ANTERIORES
LA JIRIBILLA DE PAPEL



RECIBIR LAS
ACTUALIZACIONES
POR CORREO
ELECTRÓNICO
Click AQUÍ

El sentido del deseo
Jean-Paul Sartre


En la reacción primordial a la mirada del Prójimo, en efecto, me constituyo como mirada. Pero, si miro la mirada para defenderme contra la libertad del Prójimo y trascenderla como libertad, la libertad y la mirada del Otro se desmoronan: veo unos ojos, veo un ser-en-medio-del-mundo. Desde ese momento, el Otro se me escapa: quisiera actuar sobre su libertad, apropiarme de ella o, por lo menos, hacerme reconocer como libertad por ella; ahora bien, esa libertad está muerta, ya no está para nada en el mundo en el que encuentro al Otro-objeto, pues los que la caracteriza es ser trascendente al mundo.

Ciertamente, puedo asir al Otro, empuñarlo, sacudirlo; puedo, si dispongo de poder, obligarlo a determinados actos, a tales o cuales palabras: todo ocurre como si quisiera apoderarme de un hombre que huyera dejándome su capa entre las manos. Poseo su capa, su despojo; no me apoderaré jamás sino de un cuerpo, objeto psíquico en medio del mundo; y, aunque todos los actos de este cuerpo puedan interpretarse en términos de libertad, he perdido enteramente la clave de esta interpretación: sólo puedo actuar sobre una facticidad. Si he conservado el saber de una libertad trascendente del Prójimo, es un saber que me irrita en vano indicándome una realidad que está por principio fuera de mi alcance y revelándome en cada instante que la pierdo, que todo cuanto hago lo hago "a ciegas" y toma su sentido en otra parte, en una esfera de existencia de la que estoy excluido por principio. Puedo hacer que el otro pida piedad o perdón, pero ignoraré siempre lo que esa sumisión significa para y en su libertad. Al mismo tiempo, por otra parte, mi saber se altera: pierdo la exacta comprensión del ser-mirado, que es, como sabemos, la única manera en que puedo experimentar la libertad ajena.

Así estoy comprometido en una empresa de la cual he olvidado hasta el sentido. Estoy extraviado frente a ese Otro al que veo y toco y con el que ya no sé qué hacer. Apenas sí he conservado el vago recuerdo de cierto Más-allá de lo que veo y toco, un Más-allá del cual sé que es precisamente aquello de lo que quiero apropiarme. Y entonces me hago deseo. El deseo es una conducta de hechizo. Se trata, ya que no puedo captar al Otro sino en su facticidad objetiva, de hacer que su libertad se envisque en esa facticidad: es preciso hacer que su libertad esté "cuajada" en ella, como se dice de la nata que ha "cuajado", de modo que el Para-sí del Prójimo venga a aflorar a la superficie de su cuerpo y se extienda por todo él, para que yo, al tocar ese cuerpo, toque por fin la libre subjetividad del otro. Este es el verdadero sentido de la palabra posesión. Es cierto que quiero poseer el cuerpo del Otro, pero quiero poseerlo en tanto que es él mismo un "poseído", o sea en tanto que la conciencia del Otro se ha identificado con él. Es éste el imposible ideal del deseo: poseer la trascendencia del otro como pura trascendencia y sin embargo como cuerpo: reducir al otro a su simple facticidad, porque entonces él está en medio de mi mundo, pero a la vez hacer que esa facticidad sea una apresentación permanente de su trascendencia nihilizadora.

Pero, a decir verdad, la facticidad del Otro (su puro ser-ahí) no puede darse a mi intuición sin una modificación profunda de mi propio ser. En tanto que trasciendo hacia mis posibilidades propias mi facticidad personal, en tanto que existo mi facticidad en un impulso de huida, trasciendo también la facticidad del Otro como, por otra parte, la pura existencia de las cosas. En mi propio surgimiento, las hago emerger a la existencia instrumental; su ser puro y simple queda enmascarado por la complejidad de las remisiones indicativas que constituyen su manejabilidad y su utensilidad. Coger una pluma es ya trascender mi ser-ahí hacia la posibilidad de escribir, pero es también trascender la pluma como simple existente hacia su potencialidad, y a ésta, a su vez, hacia ciertos existentes futuros que son las "palabras-que-han-de-ser-trazadas" y, finalmente, el "libro-que-ha-de-ser-exrito". Por eso el ser de los existentes está ordinariamente velado por su función. Lo mismo ocurre con el ser del Otro: si el Otro me aparece como sirviente, como empleado, como funcionario o simplemente como el transeúnte al que debo evitar o como esa voz que habla en la pieza contigua y que trato de comprender (o, por el contrario, que quiero olvidar, pues "me impide dormir"), no me escapa solamente su trascendencia extra-mundana, sino también su "ser-ahí" como pura existencia contingente en medio del mundo.

Pues, justamente, en tanto que lo trato como sirviente o como empleado de oficina, lo trasciendo hacia sus potencialidades (trascendencia-trascendida, posibilidades muertas) por el proyecto mismo por el cual trasciendo y nihilizo mi propia facticidad. Si quiero retornar a su simple presencia y saborearla como presencia, es menester que intente reducirme yo a la mía propia. Todo trascender mi ser-ahí es, en efecto, un trascender el ser-ahí del Otro. Y si el mundo está en torno mío como la situación que trasciendo hacia mí mismo, entonces capto al Otro a partir de su situación, es decir, como siendo ya centro de referencia.

Ciertamente, el Otro deseado debe ser captado también en situación; deseo a una mujer en el mundo, de pie junto a una mesa, desnuda en un lecho o sentada al lado mío. Pero si el deseo refluye desde la situación sobre el ser que está en situación, lo hace para disolver la situación y corroer las relaciones del Otro con el mundo: el movimiento deseante que va de los "entornos" a la persona deseada es un movimiento aislador, que destruye los entornos y ciñe a la persona considerada para hacer destacar su pura facticidad. Pero, justamente, ello no es posible a menos que cada objeto que me remite a la persona quede fijado en su pura contingencia al mismo tiempo que me la indica; y, por consiguiente, ese movimiento de vuelta al ser del Prójimo es movimiento de vuelta a mí mismo como puro ser-ahí.

Destruyo mis posibilidades para destruir las del mundo y constituir al mundo en "mundo del deseo", es decir, en mundo desestructurado, que ha perdido su sentido y en el cual las cosas resaltan como fragmentos de materia pura, como cualidades brutas. Y, como el Para-sí es elección, ello no es posible a menos que yo me proyecte hacia una posibilidad nueva: la de ser "bebido por mi cuerpo como la tinta por un secante", la de resumirme en mi puro ser-ahí. Este proyecto, en tanto que no es simplemente concebido y puesto temáticamente, sino vivido, es decir, en tanto que su realización se distingue de su concepción, es la turbación. En efecto, no hay que entender las precedentes descripciones como si me pusiera deliberadamente en estado de turbación con el propósito de recobrar el puro ser-ahí.  

El deseo es un proyecto vivido que no supone ninguna deliberación previa, sino que lleva en sí mismo su sentido y su interpretación. Desde que me he proyectado hacia la facticidad del Otro, desde el momento en que quiero apartar sus actos y sus funciones para alcanzarlo en su carne, me encarno yo mismo, pues no puedo querer ni aun concebir la encarnación del otro si no es en y por mi propia encarnación; y hasta el esbozo en vacío de un deseo (como cuando uno "desnuda distraídamente a una mujer con la mirada") es un esbozo en vacío de la turbación, pues no deseo sino con mi turbación, y no desnudo al otro sino desnudándome yo mismo; no esbozo ni marco los contornos de la carne del Otro sino marcando los de la mía propia. 

Pero mi encarnación no es únicamente la condición previa de la aparición del Otro a mis ojos como carne. Mi objetivo es hacerle encarnarse a sus propios ojos como carne; es preciso que lo arrastre al terreno de la facticidad pura, es preciso que el otro se resuma para sí mismo en pura carne. Así me quedaré tranquilo con respecto a las posibilidades permanentes de una trascendencia que pueda en cada instante trascenderme por todas partes; su trascendencia no será sino eso; se quedará encerrada en los límites de un objeto; y además, por eso mismo, podré tocarla, palparla, poseerla. Entonces, el otro sentido de mi encarnación -es decir, de mi turbación- estriba en que ella misma es un lenguaje hechicero. Me hago carne para fascinar al Otro con mi desnudez y para provocar en él el deseo de mi carne, justamente porque este deseo no será, en el Otro, nada más que una encarnación semejante a la mía. Así, el deseo es una invitación al deseo. Sólo mi carne sabe encontrar el camino hacia la carne del otro, y llevo mi carne hacia la suya para despertar en él el sentido de la carne. En la caricia, en efecto, cuando deslizo lentamente mi mano inerte sobre el costado del Otro, le hago palpar mi carne, cosa que él no puede hacer sin volverse inerte él mismo; el estremecimiento de placer que entonces le recorre es precisamente el despertar de su conciencia de carne. Extender mi mano, abrirla o estrecharla, es convertirme en cuerpo en acto; pero, a la vez, es hacer que mi mano se pierda como carne. Dejarla deslizarse insensiblemente a lo largo de su cuerpo, reducirla a un suave roce casi desprovisto de sentido, a una mera existencia, a una pura materia algo sedosa, satinada, o algo áspera, es renunciar para uno mismo a ser aquel que establece los puntos de referencia y despliega las distancias, es hacerse pura mucosa.

En ese momento, se realiza la comunión del deseo: cada conciencia, al encarnarse, ha realizado la encarnación de la otra; cada turbación ha hecho nacer la turbación del otro y se ha incrementado en la misma medida. En cada caricia, siento mi propia carne y la del otro a través de la mía, y tengo conciencia de que esa carne que siento y de la que apropio por mi carne es carne-sentida-por-el-otro. Y no es un azar que el deseo, aun apuntando a todo el cuerpo, lo alcance sobre todo a través de las masas de carne menos diferenciadas, más groseramente inervadas, menos capaces de movimiento espontáneo: los senos, las nalgas, los muslos, el vientre, que son como la imagen de la facticidad pura. Por eso, también, la verdadera caricia es el contacto de dos cuerpos en sus partes más carnales, el contacto de los vientres y los pechos: la mano que acaricia está, pese a todo, desligada, demasiado próxima a un utensilio perfeccionado. Pero la dilatación de las carnes la una contra la otra y la una por la otra es el verdadero objetivo del deseo. 

EL SER Y LA NADA (Capítulo III, Las relaciones concretas con el prójimo), Jean-Paul Sartre (Altaya, Barcelona-1993)

SUBIR

 
 


Página principal

Enlaces Añadir a Favoritos Enviar correo

Suscripción

© La Jiribilla. La Habana. 2005
 IE-800X600