Año IV
La Habana
Semana del 6 al 12
 de AGOSTO
de
2005

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Entrevista con EL ARTISTA Carlos Trillo Name
El pintor en su silencio
 Míriam Zito  La Habana
Fotos:
Alexander Isla


Manhattan 9-11, la próxima exposición de Carlos Trillo Name, no es de ninguna manera una serie casual, sino aunque ni él mismo lo reconozca, el reflejo de la destrucción de las Torres Gemelas, una zona sumamente familiar en la memoria de este hombre que adolescente fuera extrapolado a esa lengüeta de tierra estadounidense.

“Ello me motivó porque yo me crié precisamente en Manhattan, de ahí que mediante mi trabajo textural, intento reflejar las secuelas de esos acontecimientos, quiero acercarme un poco a lo que puede ser esa ciudad, con sus colores y rascacielos bajo ese panorama de destrucción. Simbolizarlo mediante la técnica mixta que empleo”.

Aunque no acabado, el título del proyecto pudiera abarcar, por qué no, según las propias palabras de Trillo, las agresiones posteriores a Iraq y, sin ánimo de politizar, reflejar la guerra y sus consecuencias en el tiempo de los muros y las paredes, testigos mudos de hechos que atentan contra la más elemental supervivencia humana.

Esta nueva serie abarca una veintena de obras en distintos formatos, que dan continuidad a Manhattan 97, compuesta por 24 cuadros expuestos por primera vez en el hotel Habana Libre Tryp, de la capital habanera.

Matérico por excelencia, Trillo sin influencias de ningún tipo de los grandes maestros como el catalán Antoni Taspié y el italiano Alberto Burri, fue perfilando ese gusto por la mezcla mixta a partir del asfaltil, el polvo de mármol y el cemento, para lograr no por arte de magia, sino a golpe de esfuerzo durante horas en su estudio taller, obras únicas por su mensaje y contenido simbólico.

Cultivador del abstraccionismo, confiesa que “el materismo es la abstracción que viste otro ropaje, y se manifiesta independiente, para recrear temas muy particulares. En mi obra pervive la presencia del tiempo. Si fuera religioso o filósofo aseguraría que primero fue el tiempo y después todo lo demás. Él construye y destruye, marca y deja huellas”.

Una suerte de alquimia o de capacidad fantástica que dimensiona la simbiosis forma-contenido se revierte en la llamada pintura matérica, línea que hoy suma un buen grupo de jóvenes pintores, algunos muy buenos por cierto, según Trillo.

Pero es precisamente Trillo, el que marca la pauta e inicia sin desmayo, hace ya 40 años, esta línea que lo distingue en su centenar de obras, dispersas en las más famosas galerías del mundo.

Con exposiciones personales y colectivas en innumerables países, entre ellas la Cuban Art. The Last Sixty Years, en la Pan American Gallery, de Dallas, Texas, en 1994, o La abstracción viva, en el Centro de Arte Contemporáneo Wifredo Lam, de la capital habanera, Carlos Trillo sigue siendo el mismo pintor preciosista en el detalle que expuso sus obras en La Abstracción activa como parte de la VIII Bienal de La Habana, en el 2003, y en Marea pero me encanta, muestra colectiva de pintores abstractos cubanos, efectuada en la Galería Oswaldo Guayasamín, el pasado año.

Incansable por sistemático y abarcador, gusta de trabajar en silencio, rodeado de sus temperas, colas, barnices, maderas carcomidas, pegamentos y materiales, en una especie de sinfonía inconclusa, cuyo final casi siempre matiza una buena pieza lírica o clásica, ¿sería el clímax o el preámbulo de algo mejor?

“Nada de eso, es la música del silencio la que me hace concentrar y llevar a vías de hecho mi inspiración. Nada es calculado y mucho menos planificado. Sí ha habido proyectos y sobre la marcha he trabajado piezas irrepetibles, que a algunos han gustado. El artista genuino no deja de experimentar. Los años no constituyen frenos para buscar nuevos derroteros, todo lo contrario, son acicates para perfeccionar la experiencia en el arte”.

Nacido en 1941, en La Habana, vivió sus primeros 14 años en el ultramarino poblado de Regla, y de allí emigró junto a sus padres hacia EE.UU., de donde regresa definitivamente al triunfo de la Revolución.

“Demasiado joven me llevaron para Nueva York y experimenté en carne propia los desafueros de la transculturación. Había nacido artista y no lo sabía. Mi regreso a Cuba fue también un reencuentro conmigo mismo, una suerte de autodescubrimiento intelectual”.

Es entonces que comienza a garabatear, a hacer sus pininos en un arte que lo llevó a coquetear por los caminos del expresionismo, un poco en la tendencia monstruosista. Buscaba su modo de expresión, que delineó después en el expresionismo abstracto y, finalmente, un tanto por accidente, lo llevó al materismo, línea que no ha dejado de apasionarlo ni un minuto.

Fiel enamorado de la pintura matérica, constante en el devenir del tiempo que recrea, Trillo, como bien él dice, es amigo de sus pocos amigos y muchos conocidos, gusta de visitarlos e intercambiar, pero en su real casona familiar del Cerro, es donde encuentra el refugio añorado junto a su esposa y colaboradora Zuzell.

Celosamente protegido por Cognac, un dobellman que atemoriza a cualquiera, es allí donde aprovecha el poco tiempo que le queda para leer o ver televisión, y donde piensa organizar su galería definitiva, poblada de esos fragmentos de muros y paredes grises o verdiazules, algunos carcomidos o destruidos por el tiempo que le tocó vivir, ese que le da un sello distintivo a su obra, de por sí universal.

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