Año IV
La Habana
30 de JULIO -
 5 de AGOSTO
de
2005

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Fragmento del libro Moro, el gran aguafiestas
Y esto ha sido posible gracias a ti
Paquita Armas Fonseca La Habana


Un día de finales de noviembre, en 1842 ― el próximo invierno ya comenzaba a sentirse― un joven alto, atlético, de ojos verdes, impecablemente vestido, llegó hasta la redacción de La Gaceta del Rin. Realizó el viaje desde Berlín solo con el objetivo de conocer al director del periódico. Este se dignó a tratarlo con reservas: ya tenía contradicciones con los neohegelianos berlineses y suponía que el recién llegado compartía los criterios de aquel grupo dedicado a mamarrachadas. Con esa frialdad transcurrió el primer encuentro entre Carlos Marx y Federico Engels. Carlos no era adivino, no podía suponer que si tu vida estaría signada por un amor casi mítico, llevaría también el sello de la amistad más sublime y desinteresada del globo terráqueo.

El típico germano, devenido General por sus conocimientos militares para la familia Marx, incursionó en la poesía en sus años mozos. En un poema satírico-cristiano “Milagrosa salvación de la Biblia de un audaz atentado, o el triunfo de la fe”, escrito en colaboración con Edgar Bauer, publicado anónimamente en un periódico de Zürich, en abril de 1842, dice:

¿Quién es el que avanza luego con estrépito salvaje?/ Un moreno muchachote de Tréveris, un auténtico/ monstruo, avanza, sin pararse, a grandes saltos avanza / y truena, lleno de ira, como si quisiera asir / la vasta lona del cielo y a puño traerla a tierra, / ambos brazos extendiendo a todo lo ancho del aire, / el recio puño apretado, blandiéndolo sin descanso, / como si diez mil demonios tirasen de su chaqueta.

Por las fechas de publicación y del encuentro, Engels, solo conocía a Marx por referencias, y ya lo admiraba.

Fue París el escenario donde se inició la amistad. En un viaje de regreso de Inglaterra a Alemania, en agosto de 1844, Engels, que esta vez se hizo anunciar, hizo una escala en la ciudad de los poetas. Pasó 15 días compartiendo sus criterios con Carlos, y este descubre cuántas coincidencias existían entre los dos.

Mientras vivieron en ciudades distintas, un intercambio sistemático de correspondencia ha propiciado el más amplio conocimiento sobre sus métodos de trabajo, desarrollo de sus vidas y en muchas cartas aparecen definiciones filosóficas precisas.

La diferencia de estilos se manifiesta en este reclamo de Engels, del 20 de enero de 1945:

“Procura dar remate a tus obras de Economía, aunque no estés del todo satisfecho; lo mismo da, el momento es propicio y hay que machacar el hierro antes de que se enfríe...No hay tiempo que perder. Procura, pues, terminar antes de abril; haz como yo, fíjate un plazo dentro del cual te obligues a terminar sea como sea y cuídate de la rápida impresión. Si no puedes darlo a imprimir ahí, mándalo a Mannheim, a Darmstadt o a otro sitio.

A su vez, Marx le escribió en una oportunidad: “te constan dos cosas, primero que a mí me llega todo más tarde, y segundo, que no hago más que seguir tus huellas”. La afirmación vale para desmontar la consabida frase: el segundo violín Federico Engels. Federico Engels fue un hombre tan brillante como Marx, tal vez sin el grado de acuciosidad y precisión del descendiente judío, y al decir de él mismo padecía de “su conocida pereza en fait de theorie*”.

Si Marx poseía facilidad para los idiomas, Engels lo superaba. Incluso todos los artículos que Carlos publicó en Inglaterra y EE.UU. fueron traducidos por Engels. La prosa de ambos se diferencia en dos aspectos fundamentales: Marx utiliza con frecuencia imágenes e incorpora frases y palabras de idiomas diferentes al que esté usando en un momento dado, Engels escribe de manera más directa, con menos vuelo artístico, y apenas hace gala de su erudición idiomática.

Tenían un poco divididas las áreas de investigación: Carlos se zambullía en el estudio de la economía y la filosofía y Federico en las ciencias naturales y la militar. Ambos en la historia.

El teórico de Tréveris se subordinaba modestamente –actitud excepcional en él– a los razonamientos logísticos de El General. Con la Guerra de Secesión en los EE.UU. ocurrió una singular anécdota. Los dos la seguían diariamente por medio de los periódicos e intercambiaban información:

Lo que me desorienta en todos los éxitos de los yanquis –comentaba Engels– no es la situación militar por sí. Esta no es más que el resultado de la indolencia y la inacción que se nos revela en todo el Norte. ¿Dónde está en aquel pueblo la energía revolucionaria? Se dejan apalear, y aún se sienten orgullosos de las palizas que llevan. ¿Dónde hay, en todo el norte, un solo síntoma que demuestre que aquellas gentes toman algo en serio? Yo no me he encontrado nunca con nada semejante, ni siquiera en la Alemania de los peores tiempos. Tal parece como si los yanquis se alegrasen sobre todo de ir a fastidiar a los acreedores de su estado.

Esta reflexión la hacía el 12 de marzo de 1862, en julio daba por perdida la guerra para el Norte y en septiembre, desde el punto de vista estrictamente militar, alababa a los ejércitos sureños. Marx, en esta oportunidad, discrepó de Engels; el 10 de septiembre, predecía:

Por lo que se refiere a los yanquis no hay quien me persuada de que no triunfara el Norte. El modo que tiene de hacer la guerra es todo lo que podía esperarse de una república burguesa donde hasta ahora ha estado entronizado el desbarajuste. El Sur, que es una oligarquía en que todo trabajo productivo corre a cargo de los negros y los cuatro millones de blancos son todos explotadores de profesión, sabe hacer las cosas mejor. Y a pesar de eso, apostaría la cabeza a que esta gente lleva las de perder. 

¿Intuición, clarividencia profética, análisis económico, tozudez por ver ganar a quien quería? No se puede responder esta pregunta; lo cierto es que Marx apostó muy bien la cabeza; la historia le dio la razón.

Existe otra causa para que la obra de Engels no se desarrollara en la misma dimensión que la del amigo. Comprendió que Marx le hacía mucha más falta al partido, que era su alma y centro. En un gesto único en la historia ―y en la ficción― se dedicó al comercio, muy poco a las investigaciones y prácticamente sostuvo a la familia Marx. Su interés se dirigía a que El Moro terminara la obra cumbre. En 1887 recuerda:

Como consecuencia de la distribución del trabajo entre Marx y yo, me tocó a mí defender nuestros puntos de vista en la prensa periódica, es decir, en la controversia con opiniones opuestas, con el fin de darle tiempo a Marx para la elaboración de su obra principal.

En plena crisis económica de 1857 Marx le escribía:

“No sé absolutamente nada respecto de lo que debo hacer y mi situación es, realmente, más desesperada que nunca.”

Para Engels fue un mazazo, acababa de comprarse un caballo con el dinero que le regaló el padre por Navidad.

“...y me da rabia ―contestaba el 22 de enero― tener un caballo para pasear, mientras tú en Londres estás pasando agobios con tu familia.”

Desde 1854 en que lo asaltó por última vez la idea de convertirse en un escritor profesional, a la par de su compañero, Engels se radicó en Manchester, primero como empleado. A partir de ese momento regularmente llegaban a los Marx billetes por uno, dos, cinco o diez libras. Pero el matrimonio, sin ningún don administrativo, buenos dolores de cabeza le daba a su protector. El propio Marx libraba letras a su nombre sin avisarle; llegaba el vencimiento y Engels movía la cabeza con un reproche amistoso.

En una ocasión, con la loable pero ideal intención de sanear su presupuesto doméstico, Jenny silenció una partida importante, sin darse cuenta de que aumentaba la carga de impuestos. Marx se encolerizó ―como si él fuera mejor administrador― con “la necedad de las mujeres” a las que “no se les podía dejar de la mano”. El amigo solo le pidió que el hecho no volviese a repetirse.

Las visitas de Engels a Marx en Bruselas, París o Londres, devenían encierro y beber té mientras hablaban hasta el cansancio. Jenny muchas veces los interrumpía para intervenir en la conversación, conocimientos políticos le sobraban para ejercer su criterio.

Pablo Lafargue rememora:

“Fue una fiesta para la familia Marx cuando Engels anunció que iba a venir de Manchester. Antes de su próxima visita se hablaba mucho de ella, y el día de la llegada estaba Marx tan impaciente que no podía trabajar. Ambos amigos pasaron toda la noche juntos fumando y bebiendo para discutir punto por punto lo sucedido desde su último encuentro.”

El 27 de abril de 1867, Engels le comunicaba a su amigo:

“En dos años se vence mi contrato con el cerdo de Gottfried, y tal como van las cosas aquí, difícilmente desearemos renovarlo ninguno de los dos. No anhelo nada más que la liberación de este vil comercio de perro, que me desmoraliza totalmente con su pérdida de tiempo.”

El parto de El Capital, con una gestación cercana a los 20 años, se produjo en agosto de ese año. El día 16 Marx reconoce ante Engels:

“Este tomo está, por tanto, listo. Y esto ha sido posible gracias a ti. Sin lo que tú te sacrificaste por mí, jamás hubiera podido realizar los inmensos trabajos para los tres volúmenes. Te abrazo, lleno de agradecimiento. ¡Salud, amigo mío, mi caro amigo!”

Por varias razones ―esencialmente su meticulosidad― Marx no pudo dar el acabado final a los dos tomos siguientes:

Cualquiera sabe lo que ha hecho Engels ―apunta Eleanor― desde entonces. La mayor parte del tiempo lo dedicó a la publicación de las obras de mi padre, a la corrección de nuevas ediciones y a la revisión de las traducciones de El Capital. Tanto este trabajo como sus obras originales no requieren de mis palabras, únicamente aquellos que conocen a Engels pueden apreciar el cúmulo de trabajo que realiza diariamente.

Vladimir I. Lenin, en 1895, señaló:

“La publicación de estos dos tomos requirió de un trabajo extraordinario. El social-demócrata austríaco Adler expresó, con toda razón, que Engels, con la publicación de los Tomos II y III de El Capital, había levantado un monumento grandioso a su genial amigo, en el cual había inscripto, sin intentarlo, su propio monograma con letras imborrables. De hecho estos dos tomos de El Capital son la obra de ambos, de Marx y de Engels.”

El General, sin embargo, nunca se adjudicó el más mínimo mérito con este texto, texto que Marx dedicó “A mi inolvidable amigo, el valiente, leal y noble paladín del proletariado, Guillermo Wolff.”

El monumento a la amistad, tallado pieza a pieza por los dos grandes genios alemanes, casi se rompe en 1863 por culpa de El Moro. Engels vivía maritalmente con Mary Burns desde 1843. Nunca se casó con ella por ser consecuente con los criterios que sostenía acerca de los enlaces burgueses. Mary, obrera irlandesa, que le enseñó los barrios pobres de Manchester, que trató de cultivarse culturalmente para entenderlo mejor, que lo comprendía en su esencialidad humana, lo hizo muy feliz, y ella misma lo fue. Estaban por encima de los papeles y las normas sociales. En la noche del 6 al 7 de enero la joven muere, y su amante se desgarra con el amigo: “No acierto a decirte lo que me pasa. La pobre me quería de todo corazón”.

El Moro, agobiado por las deudas ―su situación habitual― le responde con un pésame frío y pasa a hablarle de sus problemas: su casa no se sostendría ni dos semanas si no encuentra solución inmediata, y declara cuán repugnantemente y egoísta le parecía a él mismo irle al amigo, en aquellos momentos con tales cuitas. Pero ¿qué he de hacer? En todo Londres no hay una sola persona con quien pueda hablar a mis anchas, y en casa tengo que adoptar aires de silencio estoico, para contrarrestar un poco las explosiones de la otra parte.

El General que esperaba un mensaje más cálido, con toda razón, se lo hizo saber en su respuesta, aunque de forma magnánima le recomendaba varias vías para salir del apuro económico.

Marx, quien comprendió el grado de desconsideración al que había llegado, más si se toma en cuenta que Jenny no había acusado ni una línea de condolencia, esperó unos días hasta que se calmaron los ánimos. Le contestó reconociendo su culpa; era una carta llena de tacto y conciliadora, con una justificación especial para su esposa:

“Las mujeres son unas criaturas la mar de cómicas, aun aquellas dotadas de una gran inteligencia. Mi mujer se pasó toda la mañana llorando por Mary y tu desgracia, sin acordarse para nada de sus desdichas propias, que llegaron precisamente a su apogeo aquel mismo día; por la tarde, ya creía que ningún hombre del mundo podría sufrir lo que nosotros, con todos nuestros hijos y los agentes de embargo en casa.”

El coloso de la amistad no tenía necesidad de muchas palabras de arrepentimiento. El 26 de enero respondía:

“No es posible convivir largos años con una mujer sin que a uno le conmueva dolorosamente su muerte. Siento que con ella he enterrado todo lo que me quedaba de juventud. Cuando recibí tu carta, todavía tenía en casa su cuerpo. Te digo que esa carta no se me quitó en toda la semana de la cabeza; no había podido olvidarla. Pero tu última carta la ha borrado, no sabes la alegría que me da ver que con Mary no he enterrado también a mi viejo y mejor amigo.”

NOTA
* Cosa de la teoría.

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