Año IV
La Habana
Semana 16-22
de JULIO
de 2005

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El rojo de El Caimán
Bladimir Zamora Céspedes La Habana
 

Anda Wichy por estos días en números redondos entre la vida y la muerte. Como sigo pensando que el acto de la celebración siempre se lo merece la vida, prefiero creer que me voy deslizando por estas líneas, con la alegría de saber que el joven Luis Rogelio Nogueras, ha llegado intacto a las naturales fiestas por su sesenta cumpleaños.

Muy poco después de mi llegada a La Habana en 1968, me hice un asiduo de cuanta lectura, charla, exposición se produjera en la sede de la Unión Nacional de Escritores y Artistas de Cuba (UNEAC) en H y 17. Quería aprender todo lo posible y antes, incluso, de obtener allí mis más entrañables compañeros de generación, iba con frecuencia con la aspiración de ver y escuchar a escritores ya consagrados que podían salir de algunas de las oficinas o trasegar por los jardines de la casona del Vedado. A ese empeño de principiante de cara dura, le debo la suerte de haber confraternizado con Guillén, Eliseo, Félix Pita, Onelio, Tallet, Portuondo... y cada uno de ellos, a su modo, soportó la sana osadía del muchacho becado venido de Oriente, que entonces era.

La búsqueda de la sombra de aquellos añosos árboles de nuestras letras, no impidió mi interés por jóvenes mayores que yo, quienes ya habían logrado publicar sus primeros cuadernos. Uno de ellos fue Wichy, que había ganado el Premio David de Poesía en 1967, con su poemario Cabeza de Zanahoria. Nadie me lo presentó, sencillamente nos cruzamos en el patio de la UNEAC y me preguntó con naturalidad, si yo era uno de los integrantes de la Brigada Hermanos Saíz, que hacíamos allí un taller los sábados. Le dije que sí, que quería ser poeta y me dio la mano. Mucho gusto, Wichy Nogueras y se despidió diciéndome, ahora dos rojos en la poesía. A él, ya se sabe, le decían El Rojo, por el color de su pelo y yo, por aquellos años, y durante mucho tiempo más, también lo tenía de ese color.

Me impresionó su naturalidad, su búsqueda de cercanía. En los años restantes hicimos una amistad, que no se parece por supuesto, a la que trabó con sus compañeros de escuelas o  de generación, pero estuvo cimentada por nuestra común complicidad con uno de los proyectos culturales de mayor trascendencia en el ámbito general de la cultura cubana, la revista El Caimán Barbudo.

Cuando me dijo su nombre enseguida recordé que él había sido uno de los fundadores de El Caimán..., esa revista que había empezado a leer en Bayamo, cuando aún no me podía imaginar que iba a estar ligado a ella tantos años. Y a él como a otros fundadores, le pregunté cómo fueron aquellas primeras reuniones, cómo se las arreglaron siendo tan jóvenes para hacer una revista de esa naturaleza. Él, sin quitarle importancia a que El Caimán... existiera y significara un elemento importante dentro del ambiente cultural cubano de la segunda mitad del siglo pasado, me ayudaba a alejarme de la admiración solemne.

A estas alturas, Luis Rogelio Nogueras, con sus aspiraciones estéticas, fue uno de los que con mayor intensidad contribuyó a la perfilación de una órbita de intereses que desde su aparición en 1966 y hasta hoy, tiene la revista. La búsqueda de lo mejor del arte cubano que nos antecede, la conciencia de formar parte de una patria mayor que es nuestra América, la inclinación perpetua a la búsqueda en lo más trascendente del arte universal de todas las épocas, la incondicional disposición a ser siempre el territorio desde donde se pueden dar a conocer los sucesivos nombres nuevos y, en consecuencia, el ejercicio constante de la experimentación y la crítica responsable y desabrochada. Si uno vuelve sobre la poesía, el ensayo y la narrativa de Wichy podrá encontrar orgánicamente enlazados todos esos elementos, levantados siempre sobre la campechanía inteligente del cubano, que para demostrarse “leído y escribido”, no tiene que renunciar a las poderosas armas del humor.

En la iconografía de la redacción actual de El Caimán..., a la verdad, no tenemos santos, sino compañeros de trabajo, que no lo han dejado de ser, aunque haga buen rato que no se den una vuelta por allí. Entre ellos está Wichy, gracias a un dibujo que nos regaló el fraterno Gallego Posada. 

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