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Anda Wichy por estos días en números redondos entre la
vida y la muerte. Como sigo pensando que el acto de la
celebración siempre se lo merece la vida, prefiero creer
que me voy deslizando por estas líneas, con la alegría
de saber que el joven Luis Rogelio Nogueras, ha llegado
intacto a las naturales fiestas por su sesenta
cumpleaños.
Muy
poco después de mi llegada a La Habana en 1968, me
hice un asiduo de cuanta lectura, charla, exposición
se produjera en la sede de la
Unión
Nacional de Escritores y Artistas de Cuba
(UNEAC) en H y 17.
Quería aprender todo lo posible y antes, incluso, de
obtener allí mis más entrañables compañeros de
generación, iba con frecuencia con la aspiración de
ver y escuchar
a
escritores ya consagrados que podían
salir de algunas de las oficinas o trasegar por los
jardines de la casona del Vedado. A ese empeño de
principiante de cara dura, le debo la suerte de
haber confraternizado con Guillén, Eliseo, Félix
Pita, Onelio, Tallet, Portuondo... y cada uno de
ellos, a su modo, soportó la sana osadía del
muchacho becado venido de Oriente, que entonces era.
La
búsqueda de la sombra de aquellos añosos árboles de
nuestras letras, no impidió mi interés por jóvenes
mayores que yo, quienes ya habían logrado publicar sus
primeros cuadernos. Uno de ellos fue Wichy, que había
ganado el Premio David de Poesía en 1967, con su
poemario Cabeza de Zanahoria. Nadie me lo presentó,
sencillamente nos cruzamos en el patio de la UNEAC y me
preguntó con naturalidad, si yo era uno de los
integrantes de la Brigada Hermanos Saíz, que hacíamos
allí un taller los sábados. Le dije que sí, que quería
ser poeta y me dio la mano. Mucho gusto, Wichy Nogueras
y se despidió diciéndome, ahora dos rojos en la poesía.
A él, ya se sabe, le decían El Rojo, por el color de su
pelo y yo, por aquellos años, y durante mucho tiempo
más, también lo tenía de ese color.
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Me
impresionó su naturalidad, su búsqueda de cercanía. En
los años restantes hicimos una amistad, que no se parece
por supuesto, a la que trabó con sus compañeros de
escuelas o de generación, pero estuvo cimentada por
nuestra común complicidad con uno de los proyectos
culturales de mayor trascendencia en el ámbito general
de la cultura cubana, la revista El Caimán Barbudo.
Cuando
me dijo su nombre enseguida recordé
que
él había sido uno de
los fundadores de El Caimán..., esa revista que había
empezado a leer en Bayamo, cuando aún no me podía
imaginar que iba a estar ligado a ella tantos años. Y a
él como a otros fundadores, le pregunté cómo fueron
aquellas primeras reuniones, cómo se las arreglaron
siendo tan jóvenes para hacer una revista de esa
naturaleza.
Él, sin quitarle importancia a que
El Caimán...
existiera y significara un elemento importante dentro
del ambiente cultural cubano de la segunda mitad del
siglo pasado, me ayudaba a alejarme de la admiración
solemne.
A estas
alturas, Luis Rogelio Nogueras, con sus aspiraciones
estéticas, fue uno de los que con mayor intensidad
contribuyó a la perfilación de una órbita de intereses
que desde su aparición en 1966 y hasta hoy, tiene la
revista. La búsqueda de lo mejor del arte cubano que nos
antecede, la conciencia de formar parte de una patria
mayor que es nuestra América, la inclinación perpetua a
la búsqueda en lo más trascendente del arte universal de
todas las épocas, la incondicional disposición a ser
siempre el territorio desde donde se pueden dar a
conocer los sucesivos nombres nuevos y, en consecuencia,
el ejercicio constante de la experimentación y la
crítica responsable y desabrochada. Si uno vuelve sobre
la poesía, el ensayo y la narrativa de Wichy podrá
encontrar orgánicamente enlazados todos esos elementos,
levantados siempre sobre la campechanía inteligente del
cubano, que para demostrarse “leído y escribido”, no
tiene que renunciar a las poderosas armas del humor.
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En la
iconografía de la redacción actual de El Caimán..., a la
verdad, no tenemos santos, sino compañeros de trabajo,
que no lo han dejado de ser, aunque haga buen rato que
no se den una vuelta por allí. Entre ellos está Wichy,
gracias a un dibujo que nos regaló el fraterno Gallego
Posada. |