Año IV
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2005

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Jorge Arche,
retratista de la modernidad cubana
Israel Castellanos León
La Habana


GALERÍA DE OBRAS DE ARCHE

 


Otro artista cubano cuyo centenario de nacimiento se conmemora a través de una muestra retrospectiva en el Museo Nacional de Bellas Artes (MNBA), es Jorge Arche Silva (1905-1956), considerado un exponente de la primera promoción de la vanguardia artística cubana.

Esta exposición transitoria, abierta hasta el 27 de junio en el Edificio de Arte Cubano, es una ocasión única de apreciar obras del pintor poco vistas, pues varias proceden de colecciones privadas, de otras instituciones, o han salido expresamente de los fondos del propio MNBA.

Integran un conjunto de 29 óleos (en su mayoría sobre tela), pintados entre 1933 y 1952, y representativos de un variado y característico repertorio. Este comprende el retrato, que con pinceladas de modernidad legó una extensa galería de relevantes figuras de la cultura y la vida social cubana. También engloba el paisaje campestre, escenas de la vida cotidiana, y a las obras que le merecieron a Jorge Arche sendos premios en los salones nacionales de pintura y escultura de 1935 y 1938: “La Carta” y “Mi mujer y yo”, respectivamente.

Cuando la mirada se detiene en obras de Arche como la primera de las nombradas, puede advertir algunos rasgos que indujeron a críticos de la época a considerarlo un discípulo de ese precursor de la vanguardia pictórica cubana que fue Víctor Manuel García. La colocación de la figura humana con paisaje de fondo; la sobriedad cromática, con énfasis en los colores fríos (azules, verdes, ocres); y cierta languidez en los trazos, podrían evocar al autor de “La Gitana Tropical”, a quien Arche trató y admiró mucho.

Por su parte, “Mi mujer y yo” es un paradigma del tema que más y mejor lo ha identificado: el retrato.  Él mismo, familiares suyos y personalidades de la cultura cubana que fueron o no amistades suyas, posaron para su pincel. Este plasmó a José Lezama Lima cuando era joven, delgado y al parecer no fumaba tabaco; a Fernando Ortiz en su buró y rodeado de referentes afrocubanos; a los pintores Víctor Manuel y Arístides Fernández, la escultora Rita Longa y el ensayista Juan Marinello, entre otras figuras públicas.

Ahora bien, la representación que hizo de José Martí (1943) constituye, sin duda, su retrato más logrado y el que lo ha hecho trascender de modo especial en la historia del arte cubano. En esta pintura, el paisaje rural de fondo no es un mero telón, pues alude a la tierra que el Apóstol se vio forzado a abandonar y a la cual regresó para morir. Las manos tampoco están cruzadas, ociosas. Una señala y trata de cubrir la herida, el tajo ¿mortal? en la ropa blanca; y la otra se apoya en el marco, insinuando salir del espacio pintado, de esa realidad “otra”, y pasar a la del espectador del momento, como si buscara actualizarse permanentemente. Lograr la vigencia a partir del intercambio.

Pero la exposición, curada por el especialista Roberto Cobas, es también una oportunidad excepcional para ver facetas del artista preteridas, bien por haber sido poco vistas y/o examinadas.

Una de estas es su producción paisajística, de la cual se expone un paisaje campestre representativo de sus viajes a México en los años 40; y otros que por el trazo nervioso, la composición arremolinada y la combinación de rojos y verdes, recuerdan la figuración de Carlos Enríquez, también artista de la primera modernidad cubana.

Como algunos de sus colegas vanguardistas, Arche se interesó igualmente en la cotidianidad del cubano de la época, lo cual es poco divulgado. Ese interés por reflejar el entorno familiar no está dado solamente por el retrato de parientes, sino también por las escenas que denotan otros grados de intimidad: el juego de dominó, el idilio de novios, el descanso campestre, la desnudez y la sensualidad femeninas…  

Primavera o Descanso
1940

Ahora bien, su prisma de lo cotidiano y lo social no era meramente costumbrista ni amable. Así lo evidencian sus pinturas de trabajadores de los años 30, que no representan escenas idealizadas. En ellas está la faena ruda, las malas condiciones laborales, el obrero herido o lesionado; pero también aparece la solidaridad de los que auxilian al compañero impedido.

Vista en panorámica, la obra de Arche expuesta desde el 8 de junio en el MNBA es un calidoscopio, en gran medida testimonial, de la humanidad que le rodeaba: desde los seres próximos, conocidos, hasta los anónimos y arquetípicos: la mujer, el obrero, el intelectual, el negro… jerarquizados a veces en primeros planos.

Jorge Arche cursó estudios en la Fundación Villate (hacia 1918) y en la también habanera Academia de San Alejandro (donde ingresó en 1923). Sin embargo, investigadores de la vanguardia histórica cubana afirman que su formación como artista moderno fue en gran medida autodidacta, y estuvo influida por su frecuentación de otros creadores avant-garde (para el contexto cubano y epocal).

Autor de un mural pictórico realizado en la Escuela Normal de Santa Clara en 1937, Arche colaboró también en la instrucción de otros interesados en las artes plásticas. Junto a Rita Longa, René Portocarrero, Mariano Rodríguez (et.al), Arche fue orientador en el Estudio Libre de Pintura y Escultura (1937), dirigido por Eduardo Abela. Y tomó parte en la fundación de la Escuela de Artes Plásticas de Camagüey, la única capital de provincia que no poseía esta clase de centro docente.

Sobre la habilitación de este plantel, escribió en 1952 Marcelo Pogolotti, un contemporáneo y colega del homenajeado: “El año pasado (…) un grupo de pintores y escultores que comprendía a Jorge Arche, Roldán Capaz, Romero Arciaga y Elsie Gerre, alentado por algunas personalidades locales se impuso desinteresadamente la tarea de crear una escuela de artes plásticas, sin contar con recursos económicos. Consiguieron un local y, armados tan solo de fe y buena voluntad, iniciaron sus cursos con nada menos que 316 matrículas, lo cual da la medida del enorme interés por las artes que existe en la Ciudad Prócer, ya que dicha cifra supera al de la misma Habana.”[1]

De modo que siguiendo el conocido precepto martiano, Arche también supo revertir en el prójimo los conocimientos que otros habían depositado en él, sembrando en la misma academia las simientes de la renovación y la modernidad.  

[1] Pogolotti, Marcelo. “El arte en Camagüey”. En: El Mundo, La Habana, 1952.

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