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El conjunto de la obra de Amado del Pino sigue
disfrutando de una atención privilegiada por parte del
teatro vivo cubano. Como ya dije aquí el año pasado a
propósito del estreno de Penumbra en el noveno cuarto
por un equipo bajo la dirección de Osvaldo
Doimeadiós (puesta galardonada con el Premio Villanueva
de la Crítica 2004), su dramaturgia tendría el mérito de
“verse” casi al mismo tiempo sobre los escenarios. Así
también ha ocurrido con El zapato sucio, por
Julio César Ramírez con Teatro D’Dos (ahora repuesto en
su temporada por los quince años del grupo), y con
Triángulo, por Alejandro Palomino con Vi-tal Teatro.
La “visión” la ha completado Mario Morales al
asumir con Teatreros de Orilé Tren hacia la dicha.
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Si tuviéramos cercana la lectura del texto, palparíamos
que Morales respeta la letra propuesta por Del Pino en
esta su primera obra de teatro conocida, escrita en el
segundo lustro de los 80 y publicada por Letras Cubanas
en la Colección Pinos Nuevos en 1994, pero no, digámoslo
así, su espíritu. Morales introduce dos variaciones
fundamentales en la lectura del texto: impera un
carácter más bien sombrío frente a la alegría dubitativa
expuesta por el autor, y convierte el cubículo del tren,
naturalista en ocasiones, simbólico en otras, en un
espacio “ritualizante”, más consecuente con su sostenido
modo de practicar el teatro que con la estética de Amado
del Pino.
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De tal confrontación nace, sin embargo, un espectáculo
atendible, dada su limpieza, su utilización del espacio,
su ejecución en escena, su productiva banda sonora, el
desempeño del colectivo de actores (no siempre parejo
entre todos ni lineal en cada caso), y el objetivo que
el espectador especializado advierte, pero cuyo reto
general radica en seguir profundizando: por un lado esa
lectura alterativa del original y por otro los medios a
través de los cuales se persigue. Para que, en
definitiva, Tren hacia la dicha sea más en la
marcha de Mario Morales. |