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Los procesos socioculturales que delinean la identidad
de los individuos están sujetos a diversas
condicionantes y mediaciones de todo tipo. En sus
estudios sobre identidad, la Dra. Carolina de la Torre
hace referencia a la ineludible necesidad de defenderla,
"etiquetarla o congelarla", frente a la amenaza de la
aculturación: un fenómeno que ocurre cuando los sujetos
se alejan definitivamente del medio en el que han nacido
y no comparten o socializan las vivencias que tipifican
la comunidad donde han desarrollado sus primeras
experiencias y a la que por derecho propio pertenecen.
Hacia ese punto remonta su vuelo imaginativo,
nuevamente, el dramaturgo cubano José Milián. En esta
oportunidad, con su más reciente estreno Lo que le
pasó a la Cantante de Baladas, puesta que el Pequeño
Teatro de La Habana —agrupación que él mismo lidera
desde hace dieciséis años— presenta bajo su dirección en
la capitalina sala "Adolfo Llauradó".
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Como es característico en la creación de este autor, el
texto teatral transita y apela desgarradoramente a los
vericuetos del recuerdo y las vivencias. Con esos
recursos nos enfrenta al pasado de los personajes que
recrea, y casi cuando estamos a punto de adentrarnos y
padecer su conflicto, hábilmente, provoca el
rompimiento de la trama, para dejar por sentado con una
sutil
invitación al distanciamiento y a la reflexión, que tan
solo estamos sentados frente a una representación.
Precisamente, en esta ocasión, la aculturación y la
pérdida de la identidad es el dilema que enfrentan los
personajes centrales durante cada uno de los once
movimientos musicales que vertebran la pieza a manera de
pequeños actos.
Exilio, extrañamiento emocional más que social,
frustración, olvido artístico, enajenación y
desgarramiento interior, son algunas de las notas que
ellos vocalizan desde los trasfondos del sarcasmo, la
farsa y el grotesco.
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Gina Caro, en un protagónico compartido con la figura
masculina de Olimpo, impacta por la fuerza que le
imprime a la Olimpia que asume. Su dominio de la escena,
una buena voz, clara dicción y la fuerza que emana de su
interior, hacen creíble una otrora estrella del
espectáculo, de carne y hueso. No obstante, deberá
prestar mayor atención al giro expresivo que exige cada
una de sus múltiples transiciones.
Por su parte, Arístides Naranjo, como su contraparte,
denota un texto bien aprendido y un personaje
externamente bien ensamblado; pero les faltan matices a
las interioridades psicológicas de un Olimpo que
constantemente se debate entre el derrumbe emocional y
la coraza impuesta por la ruptura con las dolorosas
recurrencias afectivas que el desarraigo provoca.
Entre ambos, independientemente de indiscutibles tantos
a favor de la Caro, logran el equilibrio dentro de la
trama. Algo que no alcanzan los pordioseros encarnados
por Estherlier Marcos y Lázaro Hernández, quienes, a
pesar de la evidente interrelación contextual de sus
personajes, no consiguen la necesaria integración con el
resto del parco elenco. Las causas, quizás estriben en
que la gestualidad en que se apoyan básicamente sus
desempeños adolece de una
verdadera fuerza expresiva que convenza e impresione
eficazmente al espectador; deficiencia expresiva, que a
su vez compromete desfavorablemente el empleo de los
tonos demasiados altos e impersonales de sus breves
parlamentos.
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A
diferencia de Mamíferos hablando con sus muertos
(Milián, 2004), justamente, es esa falta de balance y
cohesión dramática la que debilita el hilo conductor de
lo que se narra, detalle que, sin duda, también
conspira contra una mejor explotación y continuidad de
una línea emotiva que alcanza altos niveles en el
público, gracias a la excelente banda sonora de Enrique
Jaime y al acertado empleo de luces de Marvin Yaquis.
Valga resaltar solamente el cierre con las canciones del
cantautor cubano Carlos Varela.
Con personal visión y acertadas metáforas teatrales,
José Milián, desafiando supuestos y paradigmas epocales,
ha vuelto a confirmar y consolidar su permanencia —y
vigencia— en la contemporánea escena cubana;
precisamente, desde lo auténtico y singular de las
peculiaridades de su identidad, en abierto desafío y
contraposición con el frustrante destino de la
baladista que él sube al tablado de la escena.
Desde otra perspectiva, ese también es un triunfo —no
menos importante— que el dramaturgo añade a su extensa
lista artística. Triunfo que, más allá de las cuatro
décadas de creación, habrá de mantenerlo en constante
compromiso y contacto con un público, que lejos de
olvidarlo, continuará asistiendo, ávido y expectante,
a cada una de sus representaciones teatrales.
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