Año III
La Habana
Semana 30 de ABRIL
- 6 de MAYO
de 2005

Página principal

Enlaces Añadir a Favoritos Enviar correo

Suscripción

EL GRAN ZOO
NOTAS AL FASCISMO

PUEBLO MOCHO

CARTELERA

LIBRO DIGITAL

GALERÍA

LA OPINIÓN
LA CARICATURA
LA CRÓNICA
MEMORIAS
APRENDE
EL CUENTO
POR E-MAIL
LA MIRADA
EN PROSCENIO
LA BUTACA
PALABRA VIVA
NÚMEROS ANTERIORES
LA JIRIBILLA DE PAPEL



RECIBIR LAS
ACTUALIZACIONES
POR CORREO
ELECTRÓNICO
Click AQUÍ

 

Identidad de una balada
Miguel Gerardo Valdés Pérez  La Habana
Fotos:
Pepe Murrieta


Los procesos socioculturales que delinean la identidad de los individuos están sujetos a diversas condicionantes y mediaciones de todo tipo. En sus estudios sobre identidad,  la Dra. Carolina de la Torre hace referencia a la ineludible necesidad de defenderla, "etiquetarla o congelarla", frente a la amenaza  de la aculturación: un fenómeno que  ocurre cuando los sujetos se alejan definitivamente del medio en el que han nacido y no comparten o socializan las vivencias que tipifican la comunidad donde han desarrollado sus primeras experiencias y a la que por derecho propio pertenecen.

Hacia ese punto remonta su vuelo imaginativo, nuevamente, el dramaturgo cubano José Milián. En esta oportunidad, con su más reciente estreno  Lo que le pasó a la Cantante de Baladas, puesta que el Pequeño Teatro de La Habana —agrupación que él mismo lidera desde hace dieciséis años— presenta bajo su dirección en la capitalina  sala "Adolfo Llauradó".

Como es característico en la creación de este autor, el texto teatral  transita y apela desgarradoramente a los vericuetos del recuerdo y las vivencias. Con esos recursos nos enfrenta al pasado de los personajes que recrea, y casi cuando estamos a punto de adentrarnos  y padecer su conflicto,  hábilmente, provoca el rompimiento  de la trama, para dejar por sentado con una sutil invitación al distanciamiento y a la reflexión, que tan solo estamos sentados frente a una representación.

Precisamente, en esta ocasión,  la aculturación y la pérdida de la identidad es el dilema que enfrentan los personajes centrales durante cada uno de los once movimientos musicales que vertebran la pieza a manera de pequeños actos.

Exilio, extrañamiento emocional más que social, frustración, olvido artístico, enajenación y desgarramiento interior, son algunas de las notas que ellos vocalizan desde los trasfondos del sarcasmo, la farsa y el grotesco.
 

Gina Caro, en un protagónico compartido con la figura masculina de Olimpo, impacta por la fuerza que le imprime a la Olimpia que asume. Su dominio de la escena, una buena voz, clara dicción y la fuerza que emana de su interior, hacen creíble una otrora estrella del espectáculo, de carne y hueso. No obstante,  deberá prestar mayor atención  al giro expresivo que exige cada una de sus múltiples transiciones.

Por su parte, Arístides Naranjo, como su contraparte, denota un texto bien aprendido y un personaje externamente bien ensamblado; pero les faltan matices a las interioridades psicológicas  de un Olimpo que constantemente se debate entre el derrumbe emocional y la coraza impuesta por la ruptura con las dolorosas recurrencias  afectivas que el desarraigo provoca.

Entre ambos,  independientemente de indiscutibles tantos a  favor de la  Caro, logran el equilibrio dentro de la trama. Algo que no alcanzan  los pordioseros encarnados por Estherlier Marcos y Lázaro Hernández, quienes, a pesar de la evidente interrelación contextual de sus personajes, no consiguen la necesaria integración con el resto del parco elenco. Las causas, quizás estriben en  que la gestualidad en que se apoyan básicamente sus desempeños adolece de una
verdadera fuerza expresiva que convenza e impresione eficazmente  al espectador; deficiencia expresiva, que a su vez compromete desfavorablemente el empleo de los tonos demasiados altos e impersonales de sus breves parlamentos.

A diferencia de Mamíferos hablando con sus muertos (Milián, 2004), justamente, es  esa falta de balance y cohesión dramática la que  debilita el hilo conductor de lo que se narra,  detalle que, sin duda, también conspira contra una mejor explotación y continuidad de una línea emotiva que alcanza altos niveles en el público, gracias a la excelente banda sonora de Enrique Jaime y al acertado empleo de luces de Marvin Yaquis.  Valga resaltar solamente el cierre con las canciones del cantautor cubano Carlos Varela.

Con personal visión y acertadas metáforas  teatrales, José Milián, desafiando supuestos y paradigmas epocales, ha vuelto a confirmar y consolidar su permanencia —y vigencia— en la contemporánea escena cubana;  precisamente, desde lo auténtico y singular de las peculiaridades de su identidad,  en abierto desafío y  contraposición  con el  frustrante destino de la baladista que él sube al tablado de la escena.

Desde otra perspectiva,  ese también es un triunfo —no menos importante— que el dramaturgo añade a  su extensa  lista artística. Triunfo que, más allá de las cuatro décadas de creación, habrá de mantenerlo en constante compromiso y contacto con un público, que lejos de olvidarlo, continuará asistiendo,  ávido y expectante,  a cada una de sus representaciones teatrales. 

SUBIR

 
 


Página principal

Enlaces Añadir a Favoritos Enviar correo

Suscripción

© La Jiribilla. La Habana. 2005
 IE-800X600