Año III
La Habana
Semana 30 de ABRIL
- 6 de MAYO
de 2005

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Rick Wakeman
Público y privado
Antonio López Sánchez La Habana


Gone are the days of the knights...

Rick Wakeman

Para Haití, Cisneros, Mario y Litay

  Provincia de Pinar del Río, carretera La Coloma. Campamento kilómetro 17; enero del año 1989. En el largo albergue, frío y con un cielo de zinc todavía húmedo de la madrugada, se escucha un estentóreo grito: ¡De pie! Entonces, en un enorme y gritón bafle hecho de tablas de bagazo y enormes bocinas comienza a sonar el inconfundible sello de la notas de Arthur, de Rick Wakeman.

  Mi primer recuerdo de la música del genial tecladista inglés comenzó en una de esas jornadas donde la escuela, llena de adolescentes soñadores, se mudaba al campo. En esos irrepetibles 45 días, se usaba el tiempo para además de cultivar la tierra, ir descubriendo amistades duraderas y futuras nostalgias, amores eternos que nunca fueron más allá de los dos meses y músicas inolvidables.

  No puedo por más que quiera apartar de mi memoria y de estas líneas a mi Rick Wakeman privado. Todavía recuerdo al gordo Rodolfo, con la vehemencia de sus diez y tantos años, con una cinta atada en la cabeza y un hacha de explorador ceñida a la cintura, en burdo remedo de sioux blancuzo, peludo y regordete, tratando de convencer (imponiendo más bien, pues era uno de los responsables de la música, y uno de los dueños del bafle y de los casetes) de que escucharan a Wakeman a unos cuantos de esos que nunca han soñado por la oreja, como diría mi amigo Joaquín Borges.

  Todavía me estremece cada vez que una voz al comienzo del The Myths and Legends... anuncia que quien saque la espada de la piedra y el yunque será rey de toda Britania. Todavía puedo recordar los nombres, suspiros y desnudas fronteras de las mujeres que he amado al trepidante ritmo de The Last Battle, quizá por ese tierno y feroz aire de combate definitivo o de epopeya que trasmite la pieza. Todavía recuerdo el sonido de aquel casi incunable casete TDK de 90 minutos, con más scratch que música, donde escuchábamos a Wakeman como en una colectiva liturgia y que una amiga confundida borró para grabar, encima del Journey to the centre of the Earth, nada más y nada menos que un disco de Braulio (¡¡¡!!!)Todavía me siento un poco mago al oír los acordes que dibujan a Merlín; un poco rey o amante o caballero mientras Guinevere hace brillar sus trenzas doradas al sol de un piano; un poco guerrero contra el Caballero Negro.

  Durante tres excelentes conciertos Rick Wakeman sonó aquí en La Habana. Y si para el gran músico inglés este viaje fue vivir al fin la realidad de un sueño de veinte años, según sus propias palabras, para no pocos melómanos cubanos fue también una oportunidad única. Ver tocar en directo a una de las leyendas del rock universal; a esta suerte de Bach moderno rodeado de sintetizadores y magias sonoras; a este Merlín de rapidísima digitación y hondo sentimiento musical en cada nota, es de seguro una de las memorias para el futuro de cualquiera de los que pudimos disfrutarlo.

  Wakeman, a estas alturas de su carrera ya no tiene calificativo o adjetivo en elogio que no haya recibido. Pero aún así, sin dejarse cegar por glorias y sillas, tocó en cada una de esas presentaciones como si le fuera la vida en ello. Junto a los virtuosos músicos del New English Rock Ensenble (NERE) que lo acompañaron en estos conciertos; en cada tema hace un impresionante derroche de energía y ritmo siempre en ascenso. Tal y como si cada canción fuera la última canción.

  En el programa, una apretada síntesis de una carrera musical de más de 90 discos, se pudo apreciar la altísima calidad como compositor del músico inglés, así como su no menor habilidad y destreza como ejecutante. Más de una vez arrancó los aplausos ante su vertiginosa travesía sobre las teclas de cualquiera de los muchos sintetizadores que lo rodean de sonidos. Los temas, adaptados para tocar en vivo, dato obvio si se tiene en cuenta que no pocas veces en sus discos lo acompañan grandes coros, orquestas y diferentes formatos musicales casi imposibles de acoplar en directo, fueron una muestra de varios de sus más importantes trabajos. Así se escucharon entre otros, cortes del Journey to the centre of the Earth; de The six wives of Henry VIII y en especial del más conocido en Cuba: The Myths and Legends of King Arthur and the Knights of the Round Table (pues su primer track, “Arthur”, es el tema musical de un conocido programa de televisión). De este último disco, impresionante además la versión de “Sir Lancelot and the Black Knight” y la de “Merlín the Malician”, para cerrar a todo tren el concierto.

  De los NERE vale apuntar también un par de líneas. Impresiona ver un grupo donde cada uno de sus músicos tiene valía en solitario para lograr un destaque en actuaciones en directo y además para el necesario acople en aras del conjunto. La fuerza expresiva, el sólido despliegue vocal de Ashley Hold (de larga data trabajando junto a Wakeman) cuya voz sigue sonando en directo con la misma fuerza y pasión que en el estudio treinta años atrás; la exacta apoyatura y capacidad de expansión sonora de Lee Palmeroy en el bajo; los vastos recursos de Dave Tolcolquhoun en la guitarra, que con pasmosa tranquilidad sobre la escena y sin mucho alarde gestual levanta en peso al auditorio con sus solos; el constante reloj que resulta Tony Fernández jugando magistralmente con los tiempos desde el drums; logran entre todos el necesario complemento a las piezas de Wakeman y a la vez sobresalen por separado en sus desempeños musicales.

  En esta vez estuvieron, además, los Síntesis, por la escena nacional. Como siempre a la buena altura creativa a la que nos han habituado y ya muy impregnados de esa magnífica obra de fusión yoruba y rockera que constituye uno de los mejores hallazgos musicales cubanos a través de los discos de esta banda. Como teloneros de Rick Wakeman estuvo el grupo Cross Fire. Un sonido decente, un desempeño discreto y de aceptable calidad en escena, pero que nada nuevo aportó al público cubano. Una audiencia que si bien puede que no haya visto mucho (y esto también es discutible pero en otro costal) sí ha escuchado, desde siempre, buen rock y sabe discernir calidades. De todas maneras cumplen bien su papel los Cross Fire, como aperitivo ligero en espera del plato fuerte.

  Pensando en todo esto, miro de nuevo al escenario y me froto los ojos, todavía incrédulo. A mi lado, uno de mis hermanos de aquella gesta de interminables surcos plantados de tabaco y confesiones fraternas, hoy flamante pintor, saborea conmigo el sueño o más bien los colores y sonidos este óleo vivo. Rick Wakeman, en amplia y dorada capa de brillos y luces; puro corazón saliendo de sus manos desde la escena; duende y estremecedor sonido teclado en mano por el público; con gorro estrellado de mago mientras una muchacha sostiene, también hechizada, su blanco piano; termina al fin con un golpe de luces y drums y teclas. Y mientras me sumo a la ovación, a premiar, a agradecer, a pedir otra, todos aquellos amigos, todas aquellas mujeres, todos aquellos días aunque tal vez se fueron para siempre, todos aquellos sueños de hace mucho a los que Rick, sin saberlo, sirvió de banda sonora y épica y hasta impulso a ratos, se me escapan del ensueño y comparten esta realidad conmigo. Entonces, por todos ellos, aplaudo más fuerte.

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