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Gone are the days of the knights...
Rick Wakeman
Para Haití, Cisneros, Mario y Litay
Provincia de Pinar del Río, carretera La Coloma.
Campamento kilómetro 17; enero del año 1989. En el largo
albergue, frío y con un cielo de zinc todavía húmedo de
la madrugada, se escucha un estentóreo grito: ¡De pie!
Entonces, en un enorme y gritón bafle hecho de tablas de
bagazo y enormes bocinas comienza a sonar el
inconfundible sello de la notas de Arthur, de Rick
Wakeman.
Mi primer recuerdo de la música del genial tecladista
inglés comenzó en una de esas jornadas donde la escuela,
llena de adolescentes soñadores, se mudaba al campo. En
esos irrepetibles 45 días, se usaba el tiempo para
además de cultivar la tierra, ir descubriendo amistades
duraderas y futuras nostalgias, amores eternos que nunca
fueron más allá de los dos meses y músicas inolvidables.
No puedo por más que quiera apartar de mi memoria y
de estas líneas a mi Rick Wakeman privado. Todavía
recuerdo al gordo Rodolfo, con la vehemencia de sus diez
y tantos años, con una cinta atada en la cabeza y un
hacha de explorador ceñida a la cintura, en burdo remedo
de sioux blancuzo, peludo y regordete, tratando
de convencer (imponiendo más bien, pues era uno de los
responsables de la música, y uno de los dueños del bafle
y de los casetes) de que escucharan a Wakeman a unos
cuantos de esos que nunca han soñado por la oreja, como
diría mi amigo Joaquín Borges.
Todavía me estremece cada vez que una voz al comienzo
del The Myths and Legends... anuncia que quien
saque la espada de la piedra y el yunque será rey de
toda Britania. Todavía puedo recordar los nombres,
suspiros y desnudas fronteras de las mujeres que he
amado al trepidante ritmo de The Last Battle, quizá por
ese tierno y feroz aire de combate definitivo o de
epopeya que trasmite la pieza. Todavía recuerdo el
sonido de aquel casi incunable casete TDK de 90 minutos,
con más scratch que música, donde escuchábamos a
Wakeman como en una colectiva liturgia y que una amiga
confundida borró para grabar, encima del Journey to
the centre of the Earth, nada más y nada menos que
un disco de Braulio (¡¡¡!!!)Todavía me siento un poco
mago al oír los acordes que dibujan a Merlín; un poco
rey o amante o caballero mientras Guinevere hace brillar
sus trenzas doradas al sol de un piano; un poco guerrero
contra el Caballero Negro.
Durante tres excelentes conciertos Rick Wakeman sonó
aquí en La Habana. Y si para el gran músico inglés este
viaje fue vivir al fin la realidad de un sueño de veinte
años, según sus propias palabras, para no pocos
melómanos cubanos fue también una oportunidad única. Ver
tocar en directo a una de las leyendas del rock
universal; a esta suerte de Bach moderno rodeado de
sintetizadores y magias sonoras; a este Merlín de
rapidísima digitación y hondo sentimiento musical en
cada nota, es de seguro una de las memorias para el
futuro de cualquiera de los que pudimos disfrutarlo.
Wakeman, a estas alturas de su carrera ya no tiene
calificativo o adjetivo en elogio que no haya recibido.
Pero aún así, sin dejarse cegar por glorias y sillas,
tocó en cada una de esas presentaciones como si le fuera
la vida en ello. Junto a los virtuosos músicos del New
English Rock Ensenble (NERE) que lo acompañaron en estos
conciertos; en cada tema hace un impresionante derroche
de energía y ritmo siempre en ascenso. Tal y como si
cada canción fuera la última canción.
En el programa, una apretada síntesis de una carrera
musical de más de 90 discos, se pudo apreciar la
altísima calidad como compositor del músico inglés, así
como su no menor habilidad y destreza como ejecutante.
Más de una vez arrancó los aplausos ante su vertiginosa
travesía sobre las teclas de cualquiera de los muchos
sintetizadores que lo rodean de sonidos. Los temas,
adaptados para tocar en vivo, dato obvio si se tiene en
cuenta que no pocas veces en sus discos lo acompañan
grandes coros, orquestas y diferentes formatos musicales
casi imposibles de acoplar en directo, fueron una
muestra de varios de sus más importantes trabajos. Así
se escucharon entre otros, cortes del Journey to the
centre of the Earth; de The six wives of Henry
VIII y en especial del más conocido en Cuba: The
Myths and Legends of King Arthur and the Knights of the
Round Table (pues su primer track, “Arthur”, es el
tema musical de un conocido programa de televisión). De
este último disco, impresionante además la versión de
“Sir Lancelot and the Black Knight” y la de “Merlín the
Malician”, para cerrar a todo tren el concierto.
De los NERE vale apuntar también un par de líneas.
Impresiona ver un grupo donde cada uno de sus músicos
tiene valía en solitario para lograr un destaque en
actuaciones en directo y además para el necesario acople
en aras del conjunto. La fuerza expresiva, el sólido
despliegue vocal de Ashley Hold (de larga data
trabajando junto a Wakeman) cuya voz sigue sonando en
directo con la misma fuerza y pasión que en el estudio
treinta años atrás; la exacta apoyatura y capacidad de
expansión sonora de Lee Palmeroy en el bajo; los vastos
recursos de Dave Tolcolquhoun en la guitarra, que con
pasmosa tranquilidad sobre la escena y sin mucho alarde
gestual levanta en peso al auditorio con sus solos; el
constante reloj que resulta Tony Fernández jugando
magistralmente con los tiempos desde el drums; logran
entre todos el necesario complemento a las piezas de
Wakeman y a la vez sobresalen por separado en sus
desempeños musicales.
En esta vez estuvieron, además, los Síntesis, por la
escena nacional. Como siempre a la buena altura creativa
a la que nos han habituado y ya muy impregnados de esa
magnífica obra de fusión yoruba y rockera que constituye
uno de los mejores hallazgos musicales cubanos a través
de los discos de esta banda. Como teloneros de Rick
Wakeman estuvo el grupo Cross Fire. Un sonido decente,
un desempeño discreto y de aceptable calidad en escena,
pero que nada nuevo aportó al público cubano. Una
audiencia que si bien puede que no haya visto mucho (y
esto también es discutible pero en otro costal) sí ha
escuchado, desde siempre, buen rock y sabe discernir
calidades. De todas maneras cumplen bien su papel los
Cross Fire, como aperitivo ligero en espera del plato
fuerte.
Pensando en todo esto, miro de nuevo al escenario y
me froto los ojos, todavía incrédulo. A mi lado, uno de
mis hermanos de aquella gesta de interminables surcos
plantados de tabaco y confesiones fraternas, hoy
flamante pintor, saborea conmigo el sueño o más bien los
colores y sonidos este óleo vivo. Rick Wakeman, en
amplia y dorada capa de brillos y luces; puro corazón
saliendo de sus manos desde la escena; duende y
estremecedor sonido teclado en mano por el público; con
gorro estrellado de mago mientras una muchacha sostiene,
también hechizada, su blanco piano; termina al fin con
un golpe de luces y drums y teclas. Y mientras me sumo a
la ovación, a premiar, a agradecer, a pedir otra, todos
aquellos amigos, todas aquellas mujeres, todos aquellos
días aunque tal vez se fueron para siempre, todos
aquellos sueños de hace mucho a los que Rick, sin
saberlo, sirvió de banda sonora y épica y hasta impulso
a ratos, se me escapan del ensueño y comparten esta
realidad conmigo. Entonces, por todos ellos, aplaudo más
fuerte. |