Año III
La Habana
Semana 16 - 22
ABRIL
de 2005

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Andrés Nazario Sargén:
“Habrá hechos de sangre”
Pedro de la Hoz La Habana


Nido de ratas

La oficina central de Alpha 66 en Miami no es lo que parece. Su atribulada escenografía ofrece la falsa impresión de que se trasiega con el rencor de lo que pudo ser y no fue. Bustos de José Martí y Antonio Maceo y una descolorida bandera cubana parecieran animar los rescoldos de una proyección patriótica. Un mapa de la isla exhibe los tatuajes de una obsesión: zonas liberadas, puntos de desembarco, operaciones punitivas. En las paredes, fotos de vivos y muertos, de celebraciones y duelos.

A unos pasos de ese modesto enclave de la calle Flager se halla la Plaza de la Cubanidad. Muy cerca se juega dominó, se bota la ficha gorda y se huye de la pollona. Tamales, buñuelos, café Pilón, habanos torcidos en Santo Domingo. Guayaberas y zapatos de dos tonos. Comentarios de la última diatriba de Pérez Roura y la próxima de María Elvira Salazar. Con letras románicas se anuncia en un pasquín, que compite en prominencia con la propaganda electoral de los aspirantes a la jefatura del condado, la misa por la libertad de Cuba que se oficiará en la Ermita de la Caridad.

Un escritor al servicio de la versión digital de la revista Encuentro vuelve los ojos a la sede de Alpha 66, con la intención de ganarse holgadamente los frijoles con una crónica de ambiente. El salario proporcionado por las arcas de la National Endowment for Democracy (NED), la USAID o la Fundación Hispano Cubana, más el celo de los editores, inclinan su prosa hacia el dibujo de una pátina que nubla el verdadero cariz de lo que allí se ha cocido a lo largo de los años. Casi se llega a sentir lástima del “soldado mediotiempo con rifle de palo, que entretiene al turista de paso” a las puertas de la oficina. Y casi cualquiera se convence de que Alpha 66 no pasa de ser “un trozo de nostalgia cubana, y un pedazo del folclor miamense”.

A ello ayuda la descripción de “los ancianos detrás del buró, los que se reparten una colada y visten el camuflaje sin convicción”. Un poco de épica acartonada no viene mal: “Son
—escribe el cronista— los últimos cubanos que tomaron las armas en contra de Fidel Castro. Piezas de museo en carne y hueso, reliquias vivas de una época que creyó en la lucha armada”.
1

El retablo de las maravillas está servido, de modo que Alpha 66, según esa lectura melancólica, es solo pasado muerto y por demás heroico.

Nada más lejos de la realidad. En el directorio de las llamadas organizaciones de “línea dura” [hard line] activas en la subversión contra el gobierno legítimamente constituido en la isla, se halla Alpha 66, compartiendo espacio y respirando el mismo oxígeno que la Fundación Nacional Cubano Americana, Consejo por una Cuba Libre, Cuba Independiente y Democrática, Comandos L, Comandos Martianos MRD, Omega 7 —rebautizada como Comisión Nacional Cubana—, Cumbre Patriótica Cubana, Ex Club y otras especies del mismo y único género.

Al frente de la organización se halla un hombre que resume la quintaesencia del odio y el delirio de lo que con sobrada razón muchos llaman la industria anticastrista de Miami. Mediana estatura, gestos felinos, nariz aguileña que encaja en un rostro de ángulos definidos. Los años no hacen mella en una anatomía que ha disfrutado los excesos de los placeres de la vida. Detrás de las pesadas gafas doradas que corrigen la visión, unos ojos inquietos y voraces denotan impaciencia. Su discurso incendiario se atiza con el combustible de la demagogia. Calca y recicla los tópicos de la maquinaria electoral que concibió al manengue como espécimen de la neocolonia republicana.

Se llama Andrés Nazario Sargén (a veces Sargent). Es el capo de Alpha 66 y les juro que nada tiene que ver con el folclor ni la nostalgia, y mucho menos con el perfil de un combatiente que planta cuerpo y cara para defender ideales.

Es, simple y llanamente, un terrorista.

Nace un bandido

Las andanzas de Nazario comenzaron muchos años atrás. Natural de la región central de la isla, su expediente en el bandolerismo —llamemos las cosas por su nombre— se acreditó, en la antigua provincia de Las Villas, a lo largo del año que antecedió a la caída de la dictadura batistiana.

Con sólidos vínculos con la vieja política de caudillos rurales que jugaban al reparto de canonjías en la ruleta electoral, el cuartelazo del 10 de marzo de 1952 lo desplazó del poder.

Su hermano Aurelio Nazario Sargén había sido representante a la Cámara por el Partido del Pueblo Cubano (Ortodoxo). El mismo aspiraba a un curul en las elecciones que nunca se llevaron a cabo de 1952 debido al golpe militar. En la zona de Zaza del Medio, ubicada en el actual territorio de Sancti Spíritus, los Nazario Sargén gozaban de la influencia cultivada por aquellas relaciones políticas.

Oponerse a Batista para estos hombres no implicó, como para otros, un decisivo enfrentamiento contra el crimen, la corrupción y el entreguismo, sino la coyuntura propicia para acceder a una parcela de poder político, cuanto más grande, mejor.

Con esas motivaciones Andrés Nazario se alzó en el Escambray en 1958, cuando en la Sierra Maestra el Ejército Rebelde, bajo la conducción de Fidel Castro, constituía el principal foco insurreccional y prefiguraba con sus acciones la consumación de la gesta libertadora.

La “elite” de la tropa a la que perteneció Nazario Sargén, el Segundo Frente del Escambray, se comportaba de una manera muy peculiar: dirigida por Eloy Gutiérrez Menoyo, aspiraba a establecer una especie de Estado feudal en armas, a la espera de que los señores de la guerra que constituían la cúpula del frente pudieran instalarse en la capital del país.

Introdujeron la división en las filas revolucionarias, manejaron el territorio bajo concepciones caudillistas y cometieron tropelías que no se olvidan.

Entre los pobladores de la serranía se acuñó un nombre para aquellos personajes: comevacas. Título justo para un modo de vida que se apartaba de la ética rebelde.

Sin que mediaran combate ni mérito insurreccional algunos, Nazario Sargén se aseguró el grado de comandante. También lo eran, entre otros, su cofrade de maniobras políticas Conrado Rodríguez; Jesús Carreras, un guapetón avorazado; y el norteamericano William Morgan.

La pujanza y la moral guerrilleras de las columnas del Movimiento 26 de Julio, a cuyo frente se hallaba el comandante Víctor Bordón, y del Directorio Revolucionario 13 de Marzo, con el comandante Faure Chomón al frente, molestaban a los caudillos del Segundo Frente.

Apelando a la engañifa y a la fuerza, arrancaron un pacto a la tropa de Bordón en el que tras el manto de una falsa unidad revolucionaria pretendían anular a esa formación rebelde y desarmar a sus aguerridos hombres.

El arribo de la Columna Invasora 8 Ciro Redondo, comandada por Ernesto Che Guevara, puso las cosas en su sitio en el Escambray revuelto por la insidia segundofrentista.

Nazario lo sabía. No por gusto secundó a Carreras en la redacción de la infamante proclama que encontraron los columnistas: “Se prohíbe la entrada de toda persona ajena al Segundo Frente en el territorio ocupado por este. En la primera ocasión serán advertidos, o en caso de reincidencia expulsados o exterminados”. Y luego en la carta que le dirigieron al Che conminándole a declarar cuál era su posición en el Escambray y si el Movimiento 26 de Julio había pactado con el Partido Socialista Popular (comunistas).

Un combatiente del 26 de Julio, Julio Chaviano, contó al periodista José Antonio Fulgueiras en el libro El nombre de mis ideas, que al pasar por uno de los campamentos del Segundo Frente, le invitaron a almorzar: “Observé que allí había un buen parque de yipis y me dije: Qué buena está la guerra acá arriba. Fue un almuerzo opíparo. Masas de puerco fritas, arroz amarillo, guineo y, al final, buen café y tabaco. Menoyo me llama aparte y me empezó a hablar de las agresiones del 26 de Julio, cómo él había tratado infructuosamente de reunirse con el Che, de cómo era la gente del Directorio, y cómo Bordón se había dejado engañar por esa gente. El Che está ciego, parece que él quiere un enfrentamiento entre hermanos. En fin, tremenda muela”.2 

En la unidad fraguada por las fuerzas revolucionarias, decisiva para la campaña de Las Villas y el triunfo final sobre la dictadura, quedó excluido el Segundo Frente.

El primero de enero de 1959, Nazario bajó del Escambray e hizo su entrada en Cienfuegos. Con una letra redonda y de rasgos gruesos firmó autógrafos. Parecía un comandante de opereta. En su fuero interno acariciaba la idea de aprovechar su aire impostado de guerrillero para amasar privilegios.

No sabía que la Cuba que amaneció ese día sería radicalmente distinta a la de ayer.

Al amparo de la CIA

Desde el mismo 1959, Andrés Nazario Sargén se dedicó a conspirar contra la Revolución triunfante.

La proclamación de la Ley de Reforma Agraria el 17 de mayo de ese año fue el detonante de tal decisión. Entregar la tierra a los campesinos desposeídos y terminar con el latifundio no estaba dentro de los planes de un hombre que defendía el antiguo status quo.

Las relaciones de compadrazgo entre los terratenientes y la vieja clase política comprometieron a unos y a otros en tempranos proyectos de subversión.

Quienes conocieron a Nazario Sargén en esa época, lo escucharon hablar también de lo que consideraba una locura: —“Se están fajando con los americanos; están cavando su propia tumba”.

William Morgan tenía al tanto a Nazario sobre cómo Estados Unidos no iba a quedar de brazos cruzados ante la transformación de la estructura social y económica de la isla que comenzaba a llevar a cabo el poder revolucionario.

Conocía que la estación de la CIA adjunta a la embajada de Estados Unidos en La Habana sostenía contactos con elementos opuestos al curso de la Revolución y que la confrontación que alentaban no incluía el debate público sino el uso de la violencia, el atentado, el sabotaje.

También la CIA conocía perfectamente quién era Nazario, y no solo por Morgan, uno de sus más activos elementos en el centro de la isla. En el Segundo Frente, desde los tiempos de la montaña, insertó a un oficial, el norteamericano John Spirito.

Luego de cumplir prisión por sus actividades contrarrevolucionarias, Spírito, en una entrevista al periodista Luis Báez, confesó que había sido enviado al Segundo Frente por la CIA para “crear una fuerza de choque de derecha que contrarrestara las tendencias de izquierda del Movimiento 26 de Julio y del Directorio Revolucionario que operaban en aquella zona; ya Morgan trabajaba en esa dirección”.3 

Una de las actividades predilectas de Nazario en aquel primer año de la Revolución en el poder, consistió en torpedear la política agraria. Tanto en su feudo de los llanos al sur de Sancti Spíritus como en las montañas donde vacacionó durante la guerra, metía baza contra la organización de cooperativas y ponía a circular fantasmas sobre las facilidades crediticias a los caficultores.

“Hubo una asamblea campesina en octubre de 1959 en la que gente como Nazario sembró cizaña”, recuerda el veterano periodista Roberto González Quesada, a la sazón jefe de redacción del diario cienfueguero Liberación.

“No se me olvida que al tomar la palabra“—expone el periodista—, “Nazario desató el rumor de que los viejos comunistas anularían la Ley de Reforma Agraria, es decir, la entrega de tierras a quienes la trabajaban, puesto que en el comunismo desaparecía por completo la propiedad privada. Que habían planes para la aplicación inmediata de esa medida y que la mejor manera de oponerse a ello era cortando de raíz toda relación con las autoridades y no cooperando con los combatientes del Ejército Rebelde”.

Muchos de estos combatientes, en una acción civil sin precedentes, se habían incorporado a las llamadas Zonas de Desarrollo Agropecuario y construían viviendas y escuelas.

“Nazario —rememora González— la cogió contra las ZDA, al decir que eran la antesala del despojo que se estaba preparando para desarticular a la familia campesina. Insistió en que para los comunistas el concepto de familia no existía. Siempre hubo gente incauta que se dejó arrastrar por aquella diatriba de terrorismo verbal, pero la mayoría rechazó los infundios de Nazario”.

Además de su antiguo jefe Eloy Gutiérrez Menoyo, otro con quien Nazario mantenía contactos conspirativos era Manolo Ray, ministro del primer gabinete del Gobierno Revolucionario.

Ya a fines de 1959, la dirección del Segundo Frente se comprometió abiertamente con la violencia contrarrevolucionaria, apoyada por la CIA. Su estado mayor tomó parte activa de la operación Corazón Rojo, descrita por Spirito como un intento de “buscar todo tipo de información, alentar a personas descontentas, establecer vínculos con elementos contrarrevolucionarios, apoyar y financiar a las bandas en el Escambray y realizar estudios geográficos y sociopolíticos de diferentes zonas de la provincia de Las Villas para futuras infiltraciones”.

Mas, si se trataba de tomar las armas ellos mismos, Nazario y la mayoría de los autoproclamados oficiales del Segundo Frente, no tenían la más mínima vocación. El trabajo sucio en las montañas —asesinar maestros y campesinos, robar, aterrorizar a la población— era tarea para otros.

En un arranque de sinceridad, así lo contó muchos años después en una entrevista que concedió a la publicación Páginas Cubanas, en Miami: “La cosa empieza a ponerse difícil y ya nosotros tomamos la determinación, cuando detienen a William Morgan y a Jesús Cabrera, dos comandantes del Segundo Frente del Escambray. Entonces el 26 de enero de 1961, estábamos nosotros entrando en Cayo Hueso a las tres de la tarde. Así es que ya teníamos preparado todo y salimos en dos lanchas pequeñas. Trece miembros de la organización: cuatro comandantes, uno de ellos yo, y estaban Lázaro Asencio, estaba Menoyo, estaba Armando Fleitas”.

Estados Unidos los acogió en su seno.

La primera letra del terror

Alpha 66 nació en Puerto Rico en 1962. Nazario no estuvo entre sus fundadores. Ellos fueron Roberto Vale, un tránsfuga que había abandonado el país a bordo de una embarcación conducida por Tony Cuesta con 250 000 dólares robados al banco de Fomento en la provincia de Las Villas; Antonio Veciana, reclutado por la CIA para asesinar a Fidel Castro durante un acto en el que el líder de la Revolución debía comparecer en la terraza norte del Palacio Presidencial, y el propio Cuesta, quien acumularía un largo expediente de acciones terroristas tanto en Alpha 66 como en los Comandos L, tras una escisión promovida por ínfulas protagónicas.

Como el Segundo Frente había perdido credibilidad en la industria anticastrista floridana, su cúpula prontamente se integró a Alpha 66, apadrinada por la CIA. Nazario secundó la fusión y puso de sí sus mejores artes demagógicas para presentar a la organización como una suerte de “solución final” para los destinos de la isla.

El 8 de octubre de 1962 una lluvia de metralla hizo añicos la fachada del local ocupado por la Sección de Puertos y Aeropuertos del Departamento de Seguridad del Estado en Isabela de Sagua. Nicolás Salado (alias Colo), Publio Ruiz, Julio Cruz y Zenén Castillo fueron los autores. Había viajado de Miami a Cayo Williams, en Bahamas. En una lancha rápida artillada hicieron la travesía hacia la costa norte cubana.

El 4 de diciembre, los pescadores que en la playa de Juan Francisco, cerca de Caibarién, encomendaban sus afanes a Santa Bárbara, sintieron la explosión de una granada y el silbido de las balas de armas automáticas cerca del litoral. La lancha de 17 pies tripulada por Colo, esta vez en compañía de Cecilio Vázquez, José Casanovas y Ramón Quesada, retornó rauda y veloz rumbo norte.

En el reparto de papeles asignado por la CIA a cada organización contrarrevolucionaria basada en territorio norteamericano, a Alpha 66 le correspondía ejercer la piratería marítima.

El 17 de marzo de 1963 volvieron a la carga con sus acciones de muerde y huye, esta vez contra el barco soviético Lvov, fondeado en el puerto de Isabela. Uno de los disparos impactó la chimenea y otro destrozó uno de los ventiladores del buque.

Días después, el 26 de marzo, la víctima fue otro barco soviético, el Bakú. Los daños alcanzaron mayores proporciones. No solo lo cañonearon y ametrallaron con armas automáticas de 30 y 50 milímetros, sino que lo sabotearon con una carga magnética de 70 libras de explosivos que abrió cerca de la línea de flotación una hendidura de cuatro metros de largo por medio metro de ancho.

Veciana y Nazario blasonaron del cobarde atentado en un acto público que reunió a decenas de furibundos correligionarios. Se hartaron en declaraciones a la prensa, Nazario gritó más que Veciana, cuando este exhibió una bandera y varios fusiles supuestamente incautados “a los bribones soldados rusos que ayudan a las milicias comunistas de Castro”. La bandera había sido comprada en una tienda de Miami y las armas eran propiedad de Alpha 66.

Cuba denunció al gobierno norteamericano por la acción vandálica y Moscú protestó oficialmente ante Washington por su complicidad con los terroristas. La administración Kennedy, temerosa de un escándalo internacional y enojada por el desenfreno propagandístico de sus ahijados que se hicieron desplegar páginas de alarde nada menos que en Life Magazine, trató de guardar los trapos sucios: ordenó al FBI un halón de orejas a los personeros de Alpha. “Nos retenían algunas horas —ha contado después Cuesta, responsable directo del pérfido ataque— y al otro día estábamos en la calle. Solo nos confiscaban el armamento pesado. Semanas más tarde, por distintas vías, volvíamos a conseguir el armamento”.4 

Haciendo méritos en la distancia

La captura en enero de 1965 de Eloy Gutiérrez Menoyo en Cuba, donde se había infiltrado en una banda con la vana ilusión de hallar apoyo popular a sus acciones, representó un duro golpe para Alpha 66... y una buena oportunidad para Andrés Nazario Sargén, quien ni corto ni perezoso se puso al frente de la organización a la vuelta de unos tres años..

A Nazario le hacía falta levantar el cartel ante sus subordinados y el gobierno de Estados Unidos. Por ello ideó uno de los más oscuros episodios de Alpha 66: el afaire Julio César Ramírez.

Quería, necesitaba un mártir, alguien a quien exhibir como bandera. Y para ello preparó una falsa expedición insurreccional.

El 7 de enero de 1970 un grupo de hombres partió del sur de la Florida en dos lanchas hacia costas cubanas. Al frente de la partida se hallaba un hombre que se había convertido en la mano derecha criminal de Nazario: Vicente Méndez, el Guajiro Méndez, Cente, como también le llamaban.

Los vecinos de Cuatro Vientos y Cordobanal lo recordaban de los días del Segundo Frente en las montañas del centro de la isla, por sus maneras descompuestas y su grosería rampante.

Como una buena parte de sus compañeros de correría en el Escambray, los grados de capitán llegaron a sus hombreras en virtud de su servilismo hacia los autotitulados comandantes y su capacidad para sembrar el pavor en la población civil.

Entre los integrantes del grupo de Méndez iba Julio César Ramírez. De él se sospechaba que podía ser agente de la Dirección de la Inteligencia cubana. Ante los reiterados fracasos no solo de las acciones de su organización, sino de las que pugnaban por capitalizar la contrarrevolución en Miami, Nazario veía oficiales del G-2 en todas partes.

Al acercarse a la costa guantanamera, Vicente Méndez y sus compinches simularon el hundimiento de la embarcación para ahogar a Ramírez, más conocido por el Bayamés. La otra lancha, a cuyo frente se hallaba otro de los auxiliares de Nazario, José Rodríguez, recogió a la gente de Méndez.

Todos a su vez fueron inmediatamente asistidos por elementos norteamericanos destacados en la Base Naval de Guantánamo. Cinco días después regresaban a Estados Unidos. Una vez allí falsearon la realidad de los acontecimientos. Dijeron que Ramírez había muerto ahogado tratando de alcanzar las costas de la isla para reiniciar la lucha por la libertad.

Nazario habló del heroísmo del Bayamés y volvió a la carga con lo de siempre: “Las horas de Castro están contadas”. Las únicas horas realmente contadas habían sido las de Ramírez, cuya suerte, según se supo después y se hizo vox populi en los mentideros contrarrevolucionarios de Miami, estaba decidida de antemano por la cúpula de Alpha 66.

Lo que no podía suponer el Guajiro Méndez era que su vida también tenía plazo fijo. Embebido por la idea de que la Revolución Cubana debía dejar de existir lo más rápido posible, Nazario lo embarcó nuevamente hacia la aventura.

Por su cabeza pasó que aquellos meses de 1970 resultaban propicios para sembrar el terror y la desorientación entre los pobladores del extremo oriental de la isla. Y contaba con que las Fuerzas Armadas Revolucionarias estarían parcialmente desactivadas en función del esfuerzo colosal que realizaba toda la nación en la cosecha azucarera más grande de la historia cubana.

El 16 de abril, al frente de 12 hombres armados con fusiles automáticos de reciente fabricación, Méndez se infiltró por Punta Silencio, a pocos kilómetros de Maisí, cerca de la desembocadura del río Yumurí.

Muy pronto las tropas guardafronteras detectaron el desembarco y entablaron combate. Los bandidos fueron seguidos y cercados. El 18 de abril Vicente Méndez cayó bajo el impacto de las balas. Otros dos integrantes de la banda fueron heridos y capturados. El resto del grupo se dio a la fuga, pero apenas pudieron abrirse paso en el monte: el día 26 fue detenido el último fugitivo.

En defensa de la patria perdieron la vida el teniente Ramón Guerra Montano, el soldado Luis de la Rosa Collamo, y los milicianos José Antonio Sánchez Marzo, Ovidio Hernández Matos y Evedino Marzo Marzo.

Para Nazario, estas vidas humanas nada significaban. En su mentalidad terrorista, el mejor comunista, solía decir entre sus íntimos, era el comunista muerto.

Vicente Méndez se convirtió, al igual que el Bayamés, en un peldaño más para el endiosamiento y el lucro del cabecilla de Alpha 66.

Secuestro y frustración

El miércoles 12 de mayo de 1970 Cuba amaneció consternada por un titular desplegado a lo ancho de la primera página del diario Granma: “Hundidas dos embarcaciones pesqueras y secuestrados sus tripulantes por agentes del imperialismo”.

Once pacíficos pescadores habían partido el 2 de mayo de Caibarién a bordo de las naves Plataforma I y Plataforma IV. Desarrollaban al filo del mediodía sus faenas en aguas internacionales de la corriente del golfo cuando a la primera de estas embarcaciones se acercaron dos lanchas provenientes del norte.

Piratas del siglo xx, los asaltantes, con fusiles y armas cortas desenfundadas, abordaron la nave de pesca y conminaron a sus tripulantes a abandonarla. De inmediato se dirigieron al Plataforma IV y encañonaron a sus trabajadores. Al primero de los barcos subió un hombre que portaba en su diestra un paquete de 10 cartuchos de dinamita atados por una gruesa cinta adhesiva.

El Plataforma IV fue obligado a emprender rumbo al archipiélago de las Bahamas. Unos minutos después, los pescadores escucharon una explosión. A lo lejos divisaron cómo una columna de fuego se alzaba sobre la cubierta del Plataforma I, que no tardaría en hundirse a consecuencia del sabotaje.

Cerca de las cuatro de la tarde arribaron a Cayo Francés, una isla desconocida para los pescadores. A empellones los arrojaron a tierra. “Somos de Alpha 66 y ustedes son nuestros prisioneros. El que se mueva o intente algo contra nosotros puede darse por muerto”, vociferó uno de los secuestradores.

El Plataforma IV quedó sembrado por explosivos. Querían que se hundiera rápido a los ojos de los pescadores, como para anunciarles el destino aciago que les aguardaba. La nave voló literalmente por los aires.

Los secuestradores trasladaron a los 11 trabajadores del mar a Cayo Andros, otro territorio del archipiélago bahamés. Allí fueron obligados a desembarcar. Les dejaron un poco de comida enlatada y algunos litros de agua potable, en medio de condiciones inhóspitas: los jejenes se adueñaban del cayo por la noche y el frío se ensañaba en los cuerpos desabrigados de los hombres.

Al cabo de las primeras 72 horas, cuando ya habían agotado las provisiones, apareció en el playazo una lancha. Enfundado en un impoluto uniforme de campaña, descendió Andrés Nazario Sargén, quien pronunció una arenga sinuosa: en un momento les alentó a abandonar la patria y sumarse a las huestes anticomunistas; en otro los amenazó por servir al régimen de Castro. No faltaron insinuaciones acerca de que el gobierno de la isla los había abandonado a su suerte. Junto a Nazario, periodistas de los medios de la contrarrevolución en Miami, encargados de dar brillo y esplendor a la cobarde acción.

El viejo camaján ocultaba que estaba a punto de perder la puja. La movilización del pueblo cubano y el escándalo en que se veía envuelta la administración del presidente Richard Nixon —cogida en falta por cobijar acciones terroristas bajo el manto de la CIA— frustraron los planes de Alpha 66. Frente a la que fuera la embajada de Estados Unidos en La Habana, 200 000 cubanos se manifestaron durante 80 horas ininterrumpidas para exigir la liberación de sus compatriotas y el 19 de mayo otro medio millón los recibió, luego de ser rescatados finalmente de su cautiverio. Para nadie fue un secreto cómo el gobierno norteamericano, que en un principio trató de lavarse las manos en el asunto, sabía muy bien quiénes eran los ejecutores del plagio y bajo qué manto obraban.

Como un símbolo de la resistencia inclaudicable de los humildes pescadores caibarenenses, uno de ellos, el día de su liberación, mostró al pueblo la bandera cubana de una de las embarcaciones hundidas, resguardada celosamente para que no cayera en manos de los bandidos de Alpha 66. “Esta
—exclamó— nunca la pudieron ni la podrán secuestrar”.

San Nazario

A pesar de que Alpha 66, luego del episodio de los pescadores, ya no era una de las principales cartas de triunfo de la CIA para derrocar a la Revolución, el cabecilla continuó planificando acciones terroristas y lucrando a costa de su beligerancia.

Esto último, en el ámbito miamense, lo lleva sobre sí como marca de fábrica. Cuando se pone un ejemplo de cabildero estafador en la guerra sucia contra la Revolución, el nombre de Nazario es de los primeros que se menciona. Maestro en el arte de pasar el cepillo, de organizar colectas, de inventar tómbolas, todo a cuenta de predicar la inminente caída del castrismo, ha habido iguales pero no mejores que él. Un abogado cubanoamericano, ideológicamente en las antípodas del proyecto revolucionario cubano pero con un enfoque realista de lo que ha venido sucediendo en Miami desde 1959 a la fecha, aportó un testimonio a este reportaje, a condición de mantener el anonimato: “Entre los ladrones y sinvergüenzas debía haber un santo: San Nazario. Mi padre creyó en sus promesas y le expidió varios cheques. Cuando mi padre murió, vino a mí, pero siempre lo evadí. A mí no me muerde con sus historietas. Es un tipo sin escrúpulos y peligroso”.

Para la CIA tampoco era material desechable. No por gusto lo involucró en el siniestro entramado que tejió en ocasión de la visita oficial de Fidel Castro al Chile de la Unidad Popular.

De ello blasonó el propio Nazario en una entrevista con los periodistas Hernán Ospina Calvo, de Colombia, y Katlijn Declercq, de Bélgica, para el libro ¿Disidentes o mercenarios? (1998): “Cuando más cerca se estuvo [de asesinar a Fidel] fue en Chile en 1972. Montamos una pistola en una cámara y registramos a un hombre nuestro como periodista. Pero llegado el momento no tiró, prefirió irse. Lo que pasa es que matar a Castro es morir, y se necesita demasiado coraje”.5

Están documentados otros intentos de magnicidio por parte de Alpha 66. El 4 de julio de 1981 cinco elementos de la organización se infiltraron por la zona de Risco Alto, Matanzas. Al frente se hallaba uno de los “comandantes”, conocido por Alquízar. Se proponían asesinar al líder de la Revolución Cubana durante el acto por el 26 de Julio, que se efectuaría en Bayamo, capital de la provincia Granma.

Dos años después, el 7 de mayo de 1983 se procedió a la captura de otros dos infiltrados, esta vez cerca del canalizo de Bersagua, en Encrucijada, Villa Clara. Luis Yáñez Águila y Rogelio Abreu Azcuy, en cuyos expediente se registraba una amplia trayectoria delictiva y habían salido hacia Estados Unidos durante la ola migratoria del Mariel, confesaron que su objetivo principal era dar muerte a Fidel. Entre sus pertenencias se hallaron armas de alto poder de fuego y propaganda de Alpha 66.

En esos años uno de los encargados de llevar a cabo las acciones criminales inducidas por Nazario fue Armando Valdés Mercadé, quien alcanzó el cargo de segundo jefe de Operaciones Navales de Alpha 66.

“Conocí —relató Valdés— planes de infiltración desde Estados Unidos hacia Cuba con el objetivo de atentar contra la vida de dirigentes y la economía nacional, participé en intimidaciones a personas que viajan a nuestro país y en entrenamientos militares en Miami. [...] Formé parte de la tripulación perteneciente al comando llamado Victoria, encargado de tirotear las instalaciones turísticas de Varadero y dejar explosivos en las costas, con propaganda subversiva”.

“De esto —puntualizó— tenían conocimiento los guardacostas norteamericanos. Cuando nos disponíamos a salir, ellos nos inspeccionaron y a pesar de ver el parque de guerra que traíamos a bordo, se limitaron a expresar si íbamos a matar a Castro. Al regresar de esa misión, solamente nos aplicaron una multa de 20 dólares por no haber hecho los trámites de aduana”.

El testimoniante reveló la complicidad de las agencias norteamericanas con el terrorismo en Miami:

“Yo fui visitado —contó— por un agente del FBI, quien trató de reclutarme para trabajar en función de Alpha 66 y ahí me explicó que ellos tenían pleno dominio de todas las operaciones contra Cuba, pero querían hacer otro tipo de confirmación conmigo. Alpha 66 disponía de una planta de radio, que en sus comienzos trasmitía desde el propio local de la organización y luego, al ser multada por interferir las emisoras locales, pasó a una camioneta para poder trasmitir desde diferentes puntos de los cayos de la Florida. Mediante esta planta se daban mensajes con el fin de incentivar a los ciudadanos cubanos a cometer actos de terrorismo y de sabotaje contra la economía. En uno de sus espacios enseñaban cómo hacer explosivos caseros y la forma en que se podían realizar los sabotajes”.6

El llamado comando Victoria nunca tuvo éxito en sus operaciones. Armando Valdés era, en realidad, un agente de la Seguridad del Estado infiltrado en la cúpula de Alpha 66. El testimonio que reproducimos fue expuesto en una de las sesiones del tribunal que evaluó en el 2000 la Demanda del Pueblo Cubano contra el gobierno norteamericano.

Turistas en la diana

La caída del muro de Berlín, la restauración del capitalismo en los países del este europeo y la desintegración de la Unión Soviética desataron la euforia de la mafia terrorista en Miami.

Nazario insufló con nuevas energías sus arengas. “La hora final de Castro está llegando. Hace falta únicamente un empujoncito final”.

Volvió a lanzar los dados del terror sobre el tablero. Objetivo: la industria turística cubana que en los años 90 se convirtió en uno de los pilares para la resistencia primero y luego la recuperación económica de una isla a la que Washington quería asfixiar.

En tres oportunidades, con apenas unos meses de diferencia, la pandilla de Alpha 66 salió de territorio norteamericano y puso rumbo a la costa norte cubana para ametrallar instalaciones turísticas.

Ello sucedió el 6 de febrero, el 6 de octubre de 1994 y el 20 de mayo de 1995 siempre contra el mismo blanco: los flamantes hoteles recién construidos en Cayo Coco, al norte de Ciego de Ávila.

Antes, desde 1991, diversos reportes de las radioemisoras de Miami habían dado cuenta de cómo Alpha 66 estaba redoblando esfuerzos en la captación de mercenarios.

Fidel continuó siendo una obsesión para Nazario, como también lo era para los personeros de la Fundación Nacional Cubano Americana, el poderoso grupo mafioso-lobbista que desde la era del reaganismo había desempeñado un papel monopólico en la industria contrarrevolucionaria del sur de la Florida.

De manera que no pueden verse como una simple coincidencia, sino como una orgánica vinculación, los contactos entre Nazario y Roberto Martín Pérez, responsable de la rama paramilitar de la FNCA, quien le entregó miles de dólares al primero a fin de que apoyara el intento de asesinar al Presidente cubano en ocasión de la VII Cumbre de Jefes de Estado y Gobierno de Iberoamérica en la venezolana Isla de Margarita.

El 26 de abril del 2001 fue apresada una embarcación que se aprestaba a realizar una infiltración por la costa norte de Cuba. Sus tripulantes eran Ihosvani Suris de la Torre, de 27 años; Máximo Pradera Valdés, de 57, y Santiago Padrón Quintero, de 52, todos residentes en EE.UU. Portaban cuatro fusiles AK 47 de fabricación rumana, un fusil M-3 de largo alcance con mira telescópica y silenciador, tres pistolas, munición y varios fajos de dólares. Confesaron en el curso de las investigaciones ser miembros de Alpha 66 y Comando F4. En Miami, Nazario declaró que dos de ellos eran integrantes activos de su grupo.

Por esa época un incidente acontecido en La Habana confirmó, una vez más, la baja catadura moral y la filiación terrorista de Nazario y la gavilla de Alpha 66: el entonces Embajador de México en Cuba comenzó a recibir en su buzón amenazas de atentado.

Un operativo de los órganos de la Seguridad del Estado detuvo el 17 de febrero del 2001 al autor de los anónimos: Elizardo Sampedro. Declaró ser un hombre de Alpha 66 en La Habana y haber seguido instrucciones de Antonio Tang Báez, uno de los acólitos de Nazario radicado en Canadá.

Rumbo sur y final

El indicativo campamento Rumbo Sur, en Miami, sugiere violencia y organización para el crimen. Así ha sido por voluntad de Nazario. Rodeado de alambradas, el terreno presenta, más allá de las barracas, un polígono de entrenamiento militar, donde por largos años se ha registrado, incluso por reporteros de televisoras norteamericanas y europeas, una enfebrecida actividad bélica.

Nazario y Alpha 66 no se ocultan. El FBI, la CIA, el resto de la comunidad norteamericana de Inteligencia y las autoridades locales conocen que en Rumbo Sur se preparan sabotajes, atentados y otras acciones terroristas contra Cuba.

En el citado libro de los periodistas Ospina y Declercq, quedó demostrada la impunidad de que Nazario se siente investido, cuando interpelaron a este en los siguientes términos: “Ustedes se entrenan cerca de Miami con armas de verdad, balas de verdad, uniformes de campaña. O sea que sí cuentan con la complicidad de Washington”. Respuesta textual de Nazario: “¡Pero eso es legal! Nosotros actuamos dentro de la ley americana”.7 

Ese amparo se ha traducido en la manera desembozada con que nuestro personaje y sus colaboradores actúan. Se les permite participar en los desfiles del Día del Veterano, mostrar su armamento y declarar sus fines terroristas por los medios de comunicación masiva.

Increíble, pero cierto, no ha faltado el respaldo de algún medio académico, como la Universidad de Miami, que en el Kouber Center acogió el 3 de octubre de 2003 un foro de la llamada Sociedad Internacional de Derechos Humanos, en el cual públicamente se reconoció, tal como circuló en un comunicado de prensa, “el desempeño de figuras y entidades, que fueron abanderados (de la contrarrevolución) como son los casos de Radio Martí, del Diario Las Américas y El Nuevo Herald, del periodista y comisionado de la ciudad de Miami, Tomás Regalado; hermanos como Calixto Campos, Roberto Bismarck, René L. Díaz, el Dr. Wilfredo Ventura; el congresista de la república, Rafael Díaz Balart; el escritor Carlos Alberto Montaner, el luchador de siempre Andrés Nazario Sargent [el subrayado es nuestro], el editor Ángel de Fana, la profesora Moravia Capó, y los desaparecidos Jorge Mas Canosa y Conrado Rodríguez”.

Nazario murió en Miami el 6 de octubre de 2004. El obituario publicado por El Nuevo Herald naturalmente reflejó el deceso como la pérdida de un “luchador anticastrista”, cuya “vida fue de una entrega total a la causa de Cuba”, según palabras del ex preso político, terrorista y fundador de Alpha 66 y sucesor de Nazario, Ernesto Díaz Rodríguez. Solo un medio de prensa tan impúdico pudo hacer público el siguiente juicio de Díaz sobre Nazario: “Es una de las personas más honestas y desinteresadas que he conocido en mi vida” y calificar, de motu propio, la actividad terrorista del cabecilla como un ejemplo de “línea de intransigencia patriótica, opuesta a toda forma de diálogo o entendimiento con el régimen castrista”.8

En mayo de 2004, Nazario, en la página digital de su grupo, escribió: “El Alpha 66 no conoce descanso”. Para que no quede el más mínimo margen de dudas acerca de lo que para Nazario es “trabajar”, he aquí su filosofía, abiertamente expuesta en un despacho de la agencia AP reflejado el 8 de septiembre de 1997, a raíz de los atentados con explosivos contra hoteles habaneros, planeados por el terrorista Luis Posada Carriles, en los que perdió la vida un joven turista italiano. Mientras la opinión pública internacional condenaba los sucesos, el cabecilla de Alpha 66 se frotaba las manos: “Esto es solo el principio. Habrá más hechos de sangre”.9

NOTAS

 

1. Díaz de Villegas, Néstor. “Con la fe en las armas”. Encuentro en la Red. 10 de junio del 2003. www.cubanencuentro.com.
 

2. Fulgueira, José Antonio. El nombre de mis ideas. Ed. Deportes. La Habana, 2002. p. 78
 

3. Báez, Luis. El mérito es vivir. Ed. La Bungavilia. Barcelona, 2001. pp. 75-76


4. Báez, Luis. Op. cit. P. 116
 

5. Ospina, H, y Declerq, K. ¿Disidentes o mercenarios? Ed. Abril, La Habana, 1999. p. 134
 

6. Granma, 10 de junio del 2000. La Habana. p.3
 

7. Ospina, H. Y Declerq, K. Op. cit. p. 135
 

8. Cancio Isla, Wilfredo. Andrés Nazario Sargén, luchador anticastrista, muere en Miami. En El Nuevo Herald, Miami, 8 de octubre del 2004. p. 12
 

9. Valdés, Lázaro. Entrevista con Nazario Sargén, jefe de Alpha 66. www.semanarioafondo.com.   


Tomado de: Welcome Home. Torturadores, asesinos y terroristas refugiados en EE.UU.
 

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