Año III
La Habana
2005

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Felipe Poey
UN SABIO QUE BUSCABA PECES
Josefina Ortega La Habana


A principio de la década del 30 del siglo XIX,  un joven recién llegado a Francia visitaba al sabio galo Georges Cuvier, un zoólogo que frisaba los sesenta años y a quien iban a ver todos los naturalistas y biólogos del mundo. Tal era la influencia y el prestigio de Cuvier que sus trabajos  inspirarían, entre otros, a  Carlos Darwin.

El  francés andaba preparando una Historia natural de los peces y consideró un valioso aporte el que ofrecía aquel  joven  de solo veintisiete años,  que llegaba del Caribe con una amplia colección de dibujos, y en un barril de aguardiente,   cerca de ochenta peces conservados.

El joven era un cubano y se llamaba Felipe Poey Aloy. Había  nacido en La Habana el 26 de mayo de 1799, hijo de padre francés, nacido en la ciudad de Oleron y madre cubana ―María del Rosario―  y con cinco  tuvo que ir con la familia a Francia, donde estaría tres años de su infancia estudiando en un colegio de la ciudad de Pau.

Aunque algunos consideran aquel tiempo de  aprendizaje sencillo, otros sugieren que allí se despertó su afán de averiguar por sí mismo algunas cosas del mundo que le rodeaba.

A Cuba regresa la familia,  poco después de la muerte del padre.

Y Poey va, naturalmente,  al Seminario de San Carlos, el centro de la cultura cubana de entonces.

A estudiar Filosofía llega al colegio, a convertirse en discípulo de Félix Varela, hasta graduarse en 1819.  Bachiller al año siguiente, sus estudios finales serían publicados junto a los de José A. Saco.

Parte poco después a Madrid, para ser investido con la toga de abogado, pero logrado el objetivo,  regresa a Cuba con prisa. La metrópolis no estaba en tiempos de permitir ―reinaba Fernando VII, llamado el rey felón―  que el joven cubano disertara públicamente sobre sus conocidas opiniones patrióticas.

A Europa regresaría de nuevo, a Francia, a París,  casado y dispuesto a abrirse camino, pero no es la jurisprudencia sus horizontes, sino la ciencia.

Poey pasaría más tiempo en el Mueso de Historia Natural que en el colegio de abogados. 

Y junto a Cuvier desarrollaría una intensa actividad científica.

Cuando en París se funda, en febrero de 1832, la Sociedad Entomológica de Francia,  entre  sus miembros fundadores estaba el cubano, quien había estado estudiando junto a Cuvier la anatomía y la fisiología de los peces.

Sin embargo,  Poey  había estado interesado en ampliar sus estudios sobre las mariposas y en la capital francesa comenzó su trabajo   Centuria de lepidóptero de la isla de Cuba.

La obra, escrita en francés, llevaba  sus propias ilustraciones en láminas que él mismo coloreaba, muestra de que también era muy bueno con las acuarelas, tanto como dibujante.

En 1833  Poey regresa a Cuba;  comienza para él un difícil período en el que tiene que escribir diversos textos para poder subsistir, entre ellos Geografía de Cuba. Por la época, la Real Sociedad Zoológica  de Londres lo había distinguido con la condición de corresponsal.

Tanta fue su actividad y de tal renombre, que al fundarse en La Habana un Museo de Historia Natural,  Poey fue elegido como su director, y en 1842, cuando  se establecía en la Universidad Literaria de La Habana, se le nombra catedrático de Zoología y Anatomía Comparada.

Por si no bastara,  fue también poeta, escritor y  orador; dominaba además del español y el francés, el latín;  diversas fueron las publicaciones en las cuales aparecían sus obras.

A lo largo de estos años Poey alcanzaba tal celebridad que continuamente recibía nombramiento y distinciones de la Real Sociedad Patriótica, el Liceo de La Habana, la Sociedad de Amigos de la Historia Natural de Berlín, de la Real Academia y de la Sociedad Entomológica de Filadelfia, entre otros.

A su casa,  en Prado iban a verlo intelectuales de todos los perfiles. Con 34 años se le veía ―por ejemplo― en el puerto de Banes, con un saco en la mano para recoger mariposas y cuanto bicho raro se encontraba por el camino. Así hacía hasta que la edad y un defecto físico que le aquejaba le impidieron seguir con aquellas aventuras.

 David Starr Jordan, un famoso ictiologista norteamericano conoció a Poey,  cuando este tenía más de ochenta años.

El norteño escribiría entonces: “la mayoría de los hombre parecen más viejos a los cincuenta años que Poey a los ochenta y cinco (...)  la claridad de su juicio y la seguridad de su memoria aparecen intacta”.

Su tratado Ictiología Cubana sigue siendo considerado como obra monumental, tanto como Memorias sobre la Historia natural de Cuba, publicadas en diversas revistas.

Murió el 28 de enero de 1891 con más de noventa y dos años, tranquilo y en paz consigo mismo, pero dos años antes y en ocasión  de una enfermedad que se pensó mortal,  para dejar las cosas en claro ―y por si la Parca llegaba―  dejaba escrito: Suplico que a última hora me dejen morir  tranquilo, conforme a mi ley. Me hicieron cristiano sin consultarme; la razón y la filosofía me hicieron materialista (...) Si dios existe me juzgará por mis obras, no por mis creencias”.

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