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A QUIEN CORRESPONDA,
Sobre Cuba, la Ilustración y el socialismo*
Carlos Fernández Liria
•
España |
Estas reflexiones tienen el formato de una carta “a
quien corresponda” porque obviamente carecen de la
documentación que sería exigible a un artículo o un
ensayo serio sobre la realidad social, política y
económica cubana. Lo siento de veras, qué más quisiera
yo que poder hablar con más fundamento, en lugar de
ponerme a contar mis impresiones. Que conste que lo
que normalmente leo sobre Cuba y, sobre todo, contra
Cuba, no está tampoco mucho más documentado, aunque sí
lo pretenda. Y viendo el éxito perverso que ciertas
impresiones personales tienen entre nuestros medios
políticos e intelectuales, no quiero dejar de aportar
las mías como contrapeso y de intentar argumentar por
qué me parecen acertadas y por qué creo que
contribuyen a rasgar el asfixiante tejido de
evidencias desde el que suele abordarse el tema del
socialismo y la democracia en Cuba.
Madrid, julio de
2004. Vengo de visitar Cuba por segunda vez. La
anterior fue en el 2002, con ocasión de un Congreso
sobre Kant organizado por el Centro Cultural Español,
es decir, organizado por un presunto círculo
anticastrista bastante combativo en el que, por
cierto, encontré muy buena gente. Estuve una semana y
volví muy desanimado, lleno de dudas y de preguntas
sin respuesta, y también, en realidad, muy enfadado,
aunque no sabía con qué ni con quién (quizás más que
nada con mi propio dogmatismo de izquierdista). Cuando
relaté el viaje (intentando ser lo más empirista y
objetivo posible) a mis amigos de la Facultad (que
esperaban ansiosos a comprobar cómo se las había
apañado mi entusiasmo castrista al estrellarse contra
la cruda realidad), recuerdo que se reían mucho
diciendo que ni Cabrera Infante habría hecho un relato
tan aterrador de la realidad cubana. Estaba irritado,
porque volvía con la sensación de que todo el mundo me
había mentido (desde los insignes intelectuales del
CCE hasta el último taxista y desde la última
prostituta hasta el periódico Granma), con la
sensación de que no había conseguido aclarar
absolutamente nada, que todo tenía muy mala pinta,
pero que todo era, sobre todo y más que nada,
incomprensible. La realidad empírica cubana se me
aparecía como un laberinto o un jeroglífico
irresoluble en el que era imposible saber a qué
atenerse.
Fue una impresión
equivocada. Ahora me parece que, en Cuba, todas las
cuestiones son, más bien, de una inaudita e inhabitual
simplicidad –lo que es sumamente extraño, en efecto-,
y que basta hacer la “o” con un canuto para encontrar
las respuestas. Tras una agotadora semana intentando
extender lo más posible mi trabajo de campo a todos
los sectores sociales, he llegado, en primer lugar, a
comprender no sólo lo que antes no entendía, sino
también los motivos por los que no lo entendía.
Obviamente, en aquella ocasión, había tenido muy mala
suerte con mis informantes, divididos fundamentalmente
en dos tipos: uno, un grupo de disidentes cubanos
conspirando en torno a la embajada española; el otro,
un policía corrupto y cocainómano que prostituía a su
hermana y decidió elegirme para que le financiara
papelinas por todos los bajos fondos de la más
corrupta Habana Vieja. Parecerá ridículo, pero, la
verdad, en una semana y con estos consejeros tan
insistentes no daba tiempo a mucho más; y eso que
conseguí zafarme con mucho éxito de las visitas a los
museos y todo esto. Al menos puedo decir que a los
informantes disidentes, una especie de yuppies
genéticos nacidos para triunfar en alguna revolución
artística parisina, les escuché sin prejuicios y con
toda la atención del mundo, lo mismo, por cierto, que
al policía cocainómano, con el que accedí a tratarme
precisamente porque su encendido anticastrismo
corrupto y sin escrúpulos me pareció que tenía que
resultar interesante. Era consciente de que estaba
tomando una perspectiva muy unilateral, pero no
encontré el procedimiento de completarla y decidí, al
menos, tomarme en serio ese lado del problema. El
resultado fue un muy mal sabor de boca; mil preguntas
y ninguna respuesta; la sensación de estar sumergido
en una especie de atmósfera franquista o falangista,
que se cernía sobre toda la realidad política y social
cubana.
No es que en esta
otra ocasión haya tenido otra perspectiva
complementaria. Aquí no se trata de complementar
perspectivas, sino de ver quién tiene razón. Lo que he
visto y escuchado no se complementa con mi visión
anterior, sino que, más bien, me explica lo que antes
no me explicaba y, además, me explica por qué no se
podía explicar nada por ese camino. He tenido delante,
en estos días, una buena sopa empírica. Lógicamente,
había ido a Cuba para eso, al igual que, por supuesto,
fue para eso y no para estudiar a Kant para lo que
viajé a Cuba la otra vez. Para los que nos ganamos la
vida haciendo juegos de manos con la teoría, eso de lo
empírico tiene siempre algo de amenazador, porque es
terrible que, en ocasiones, la experiencia haga
chirriar razonamientos que hemos estado años y años
formulando con más o menos petulancia; pero también
tiene, eso de lo empírico, en otras ocasiones, algo de
recompensa, pues es verdad que uno se cansa de estar
todo el tiempo construyendo castillos en el aire que
una mala resaca puede echar por tierra sin que de
ellos quede nunca nada tangible; es una alegría
inigualable el que, en algunas contadas ocasiones, en
lugar de ser nosotros los que acumulemos razones y
razones, sean los hechos mismos los que nos den la
razón.
Así es que tengo
motivos para haber vuelto muy contento de Cuba. Muy
contento y más castrista que nunca, más marxista que
nunca, más socialista que nunca e incluso, vaya, es
que me siento hasta más guapo, oye. No es para menos,
viendo de la que me he librado; lo habitual es que uno
sea, por ejemplo, muy castrista y guevarista a los 18
años y que luego vaya sentando la cabeza hasta
volverse como Bernard Henri Levy o alguna bestia
sionista por el estilo de André Gluksman, para acabar
finalmente firmando manifiestos a pachas con Mario
Vargas Llosa. Es un alivio muy profundo el que siente
uno al comprobar que no le va a ocurrir nada de eso.
Fui tan radicalmente marxista (y castrista) a los 18
años que, siempre “exagerado en la autocrítica” (como
el compañero Fidel), me pasé después décadas
contrargumentando contra mí mismo (pues descubrí que
eso de contrargumentar contra mí se me daba a mí mejor
que a los demás). No es que llegara nunca realmente a
alejarme del marxismo (y del castrismo), pero desde
luego sí que me especialicé en buscarle tres pies al
gato. Y, hete aquí que, justo cuando ya algunos me
veían caminar por la senda de Cabrera Infante a los 43
años, regreso a Cuba, me bebo un buen tazón de
empirismo, y siento la cabeza, por fin, exactamente en
el mismo lugar en que la tenía a los 18 años. Tozudo
que es uno.
***
Intentaré, pues,
centrarme en anécdotas y detalles empíricos que llamen
la atención –al fin y al cabo, algunos ya nos hemos
pasado media vida negociando con razones para hablar
de Cuba. Por ejemplo, un detalle pintoresco: los
dientes de la gente. En Cuba, llama poderosamente la
atención que su población, casi sin excepción, tiene
los dientes sanos. Probablemente algo más sanos que en
España, pero, para alguien que, como yo, ha vivido en
Chiapas, El Cairo o Túnez y ha viajado por muchos
otros países del Tercer mundo, el ver dentaduras
cuidadosamente empastadas y vigiladas por un dentista,
resulta impactante. Ocurre que el famoso mito de la
sanidad cubana no es ningún mito. He hablado con gente
de todo tipo y de muy distintas cataduras y no he
encontrado la menor reticencia hacia el sistema
sanitario. Ni siquiera me han hablado de listas de
espera. En comparación, la cobertura en sanidad del
ciudadano medio en EEUU es, sin duda, tercermundista,
y la española queda también muy a la zaga.
Otra cosa que salta
a la vista son los niños, “en la escuela y con
zapatos” sin excepción. Ni un solo niño descalzo o mal
vestido, ni uno solo pidiendo limosna, ninguno
desnutrido. Tanto se ha repetido que Cuba presenta uno
de los índices de analfabetismo más bajos del planeta
que la cosa parece propaganda. Ahora bien, es un
milagro poco habitual esto de que en Cuba se pueda
hacer propaganda diciendo la verdad. La población
cubana es culta y está sana. Estos dos tópicos mil
veces repetidos tienen la particularidad de que son
ciertos. Y lo que se impone no es encogerse de hombros
diciendo que eso ya lo sabe todo el mundo, que no hay
que ir a Cuba para descubrirlo. Muy al contrario, al
llegar a Cuba sorprenden, ante todo, los efectos
empíricos tan poderosos que tiene eso de que la
población sea culta y esté sana. ¡Hay que verlo para
creerlo! Aquí, la evidencia empírica tiene la
virtualidad de corregir muy eficazmente algunos malos
planteamientos del problema. Por ejemplo, ese de que
si bien “nadie pone en duda los logros en sanidad y
educación”, eso no disculpa la ausencia de democracia
y de participación ciudadana, la falta de libertad de
expresión, la militarización ideológica de las
conciencias, etc. Se trata de un mal planteamiento que
suele enmascarar el hecho de que la salud y la
educación tienen mucho que ver con la democracia y la
libertad, porque son, en realidad, su presupuesto
imprescindible. La salud y la educación son el
principal activo del que un pueblo puede disponer para
la práctica de la democracia, aunque es verdad que uno
no suele darse cuenta de ello hasta que no se da
empíricamente de narices con evidencias como la
realidad cubana.
Lo importante es
que es muy difícil cerrar la boca a un pueblo sano y
educado. Ya que estamos hablando de impresiones
empíricas: en Cuba no llama la atención la ausencia de
democracia, sino todo lo contrario; uno tiene la
sensación de vislumbrar, más bien, lo que podría ser
un ejercicio democrático efectivo y regular. Más que
nada, por lo culta que es la gente y por lo muy
acostumbrada que está a argumentar y ver argumentar...
incluso, por cierto, a su Jefe de Estado, cosa, desde
luego, que se ve muy raramente en este mundo. No creo
que haya habido en la historia muchas otras sociedades
en las que el espacio político y la argumentación
estén tan vinculadas como en Cuba. Los ciudadanos de
nuestras democracias parlamentarias, por ejemplo, no
se representan –y con toda la razón- al Parlamento
como un espacio para la argumentación y la
contrargumentación, sino como un espacio para la
negociación de intereses entre distintas facciones de
una casta especial, la de los políticos, que es, a su
vez, una especie de correa de transmisión de grandes
corporaciones económicas que dirimen en el espacio
político sus correlaciones de fuerzas, de las cuales
depende, en realidad, todo lo verdaderamente
importante. De ahí que, excepto en casos muy
puntuales, la población no espera de sus
representantes políticos que razonen, sino más bien
que defiendan con éxito determinados intereses
específicos. Por supuesto que, para ello, es mucho más
fundamental la propaganda que la persuasión racional,
y así lo entiende todo el mundo en cada campaña
electoral. En Cuba, por el contrario, se vincula
instintivamente el espacio político con un espacio
para la argumentación (incluso cuando se espera que,
en último término, salga Fidel y explique lo que ha
pasado). Y como lo que se espera encontrar ahí, en la
política, son argumentos, resulta que, contra lo que
suele creerse, la penetración del adoctrinamiento
ideológico en la conciencia de la ciudadanía cubana es
mínima. Al fin y al cabo, la Ilustración tenía razón
en eso: una mente acostumbrada a razonar es una mente
mayor de edad, que acepta difícilmente la sumisión
ideológica.
En comparación con
Cuba nosotros estamos acostumbrados a niveles de
Ilustración de muy baja intensidad, en los que las
posibilidades de control ideológico son mucho más
creíbles. Se dicen cosas como que el apoyo de la
población cubana a Fidel Castro no resulta más
significativo ni relevante que el apoyo al franquismo
que indudablemente caracterizó a una mayoría del
pueblo español en los años sesenta. Hace falta
sumergirse en la madurez cultural de la población
cubana para advertir el absurdo de esta comparación.
La atmósfera de la ciudadanía cubana es increíblemente
transparente. En comparación con ella, los ciudadanos
europeos respiramos un aire público muy cargado
ideológicamente, viciado hasta límites sofocantes. La
ausencia de razonamientos políticos, entre nosotros,
viene a ser ocupada por una sobrecarga de tejemanejes
ideológicos –aquel “macizo ideológico” del que hablara
Althusser- que sumen al ciudadano en una especie de
minoría de edad inducida. No se ha reflexionado lo
suficiente, por ejemplo, sobre el hecho de que las
calles y la televisión cubanas están limpias de
publicidad. En realidad, esta es una de las cosas que
más llaman la atención, como si en Cuba uno estuviera
sometido a un fenómeno acústico paranormal. Se tiene
la sensación de que en Cuba reina un misterioso y
enigmático silencio. Se dirá lo que se quiera, pero
ese silencio no puede ser malo para la inteligencia; y
de hecho, frente al contraste cubano, uno se pregunta
alarmado cuánto daño hará a nuestra inteligencia ese
bombardeo publicitario tan inusitadamente infantil y
ridículo al que estamos sometidos desde que nacemos en
los países capitalistas. El vocerío ideológico en el
que se educan nuestras conciencias actúa muy
eficazmente como una especie de escuela invertida,
generadora de minoría de edad y deficiencia mental. Y
es precisamente por eso por lo que la sociedad cubana
nos parece, a nosotros, una sociedad adoctrinada. No
estamos acostumbrados a ver circular razones en el
espacio público, porque no estamos acostumbrados a una
ciudadanía mayor de edad, de modo que toda
argumentación nos parece paternalista. Es increíble,
por no decir de risa, lo fácilmente que hemos caído en
la trampa de asociar el ejercicio de la razón a un
lavado de cerebro. Por lo visto, de una mente
vapuleada por la publicidad y la televisión basura, se
puede esperar que, de natural, razone madura y
críticamente; mientras que de una mente esculpida por
razonamientos sólo puede esperarse sumisión. Ya no hay
tanta gente que lea el Reader Digest, pero el viejo
tópico sigue resultando eficaz.
Y, sin embargo, las
cosas son exactamente al revés: el adoctrinamiento
político, en Cuba, no tiene muchos más instrumentos
para la penetración ideológica que la solidez de las
argumentaciones. Sin duda se trata de un caso único en
la historia de la humanidad, aunque tenga sus
precedentes (el laicismo republicano francés, aunque
mucho más viciado y pervertido, arranca, en sus
orígenes, de una situación muy semejante). Un poder
obligado a convencer a sus ciudadanos. Eso es lo que
nosotros creemos que tenemos, pero no es verdad. En el
fondo, sabemos que las corporaciones económicas que
nos dominan no necesitan convencernos de nada, ya que
nos tienen agarrados por los huevos. Y la clase
política no tiene otra función que la de disimular
esta cruda y cruel realidad con la apariencia de un
cierto pluralismo. Naturalmente, este pluralismo
aparente no puede permitirse argumentaciones, puesto
que, en realidad, no tiene nada sobre lo que
argumentar -pues “el argumento” de la cosa ya lo dicta
por ellos todos los días, a través de su ministro,
Nuestra Señora Economía. De ahí que el mero hecho de
intentar introducir algún argumento en nuestro espacio
político sea mirado con desconfianza: es lo que en
España podría llamarse el “síndrome de Anguita”. Se
trata, en efecto, de un caso emblemático; Anguita
intentó juntar la A con la B y se le acusó de aburrir
al electorado con tediosos razonamientos escolares y,
por supuesto, cómo no, se le acusó de aspiraciones
totalitarias. Para evitar el totalitarismo, es lógico
que la democracia se dote a sí misma de un espacio
institucional en el que toda argumentación pueda ser
contrargumentada. Pero hace falta estar muy en la luna
para pretender que eso es lo que tenemos en nuestros
Parlamentos. Muy al contrario, en el Parlamento, un
argumento sería como una bomba de relojería porque,
tirando del hilo, podría romper el Velo de Maya y
mostrar a las claras que, en una sociedad capitalista,
no se trata jamás de razones, sino de intereses; que,
en todo caso, hay que decir que la economía
capitalista tiene siempre sus propias razones,
suficiente número de razones y razones lo
suficientemente poderosas como para que el juego de
las razones (de los hombres) en el Parlamento pueda
ser otra cosa que un entretenimiento supersticioso.
Viendo la forma encarnizada y rabiosa con la que todos
los periodistas y políticos de este país perpetraban
el linchamiento de Anguita, uno se preguntaba que qué
habría hecho ese hombre de tan imperdonable,
pareciendo como parecía tan inofensivo. ¡Parecía un
maestro de escuela, así es que no cabe duda de que
albergaba aspiraciones totalitarias! Así son las
cosas. Escarmentados por la historia de un capitalismo
que ha suplantado toda posibilidad de democracia,
estamos tan desacostumbrados a ver argumentar en el
Parlamento que cuando vemos a alguien esbozar un
argumento sospechamos que tiene algo no contra el
argumento contrario, sino contra el Parlamento mismo.
Es así como argumentar se ha convertido en un signo de
totalitarismo. No es extraño que Cuba, acostumbrada a
razonamientos que han llegado a durar más de seis
horas, aparezca así como una dictadura personal.
Y, no obstante,
habría mucho que reflexionar sobre el hecho de que en
Cuba no hay, en absoluto, culto a la personalidad. De
hecho, casi da la impresión de que tal cosa estuviera
prohibida, de tan difícil que es encontrar expuesta
una foto de Fidel Castro (sin duda más difícil que
encontrar aquí un retrato de nuestro Jefe de Estado) .
Sea como sea, el socialismo cubano no ha contraído esa
enfermedad ideológica que fue la seña de identidad de
la URSS y de la China maoísta. Pero lo interesante es
advertir que en Cuba, donde no hay revistas del
corazón, ni familias reales, ni programas basura en la
TV, uno se acuerda de pronto, por comparación, de
hasta qué punto el culto a la personalidad es un
cáncer que corroe también a la ciudadanía occidental.
Recordando el abigarrado, chillón y obsceno culto a la
personalidad que circula entre las masas y las élites
de nuestras sociedades capitalistas desarrolladas, la
relación del pueblo cubano con sus autoridades casi
recuerda a un límpido diálogo socrático, en el que
siempre son más importantes las razones que las
personas.
En resumen, lo que
quiero decir es que, por mucho que a uno le entren
tentaciones de desconectar al oír hablar de los tan
cansinamente cacareados logros educativos y sanitarios
de Cuba, al experimentar en directo el resultado, uno
se siente seducido por un espectáculo inigualable:
choca muy vivamente encontrar un pueblo tan pobre y
tan culto y tan sano al mismo tiempo. Esa inhabitual
combinación proporciona la imagen arquetípica de lo
que la Ilustración consideró una población digna y
libre, una ciudadanía, en suma, mayor de edad.
***
Y por cierto que la
relación entre dignidad y mayoría de edad es también
algo empíricamente muy llamativo: es casi imposible
toparse en Cuba con una actitud servil. Es casi
imposible encontrarse con una actitud acomplejada,
marcada por la ignorancia o la humillación. Incluso
las profesiones que implican un cierto servilismo
teatral, como ocurre entre nosotros en el sector de la
hostelería, en Cuba han tenido que amoldarse a un
trato de igual a igual. Observando, por ejemplo, la
actitud de los camareros y recepcionistas de los
hoteles frente a sus clientes, uno tiene la impresión
de que se puede generalizar y afirmar con cierta
verosimilitud que, en Cuba, el servilismo está mucho
más ausente de las relaciones laborales de lo que para
nosotros suele ser habitual.
Este es otro asunto
sobre el que conviene detenerse. En Cuba se trabaja
ocho horas al día cinco días a la semana y, por
cierto, que a un ritmo que, por aquí, sería motivo de
despido nada improcedente. Debe de tratarse de una de
las dos o tres excepciones del planeta en las que
todavía es posible este milagro. Un milagro del que,
dicho sea de paso, depende algo así como la dignidad
humana. Ahora bien, cuando se comparan economías no se
comparan estas cosas. Se comparan índices de
crecimiento, tasas de productividad y de ganancia. Así
pues, quedará como un axioma de la historia del siglo
XX el que las economías socialistas no fueron
competitivas, como si esto fuera una objeción
definitiva contra ellas. En condiciones laborales
fueron, sin embargo, ultracompetitivas, hasta el punto
de que hubo que inventar el keynesianismo para
contrarrestar tentaciones revolucionarias entre los
trabajadores europeos. Desde un punto de vista
económico la economía cubana no es competitiva. Eso
quiere decir que no consiste en flexibilizar a sus
trabajadores hasta convertirlos en mera gelatina de
trabajo humano indiferenciado. En realidad, una de las
cosas que más llaman la atención en Cuba es que el
mundo laboral se encuentra supeditado a la natural y
razonable vagancia de los trabajadores. En Cuba, nadie
consideraría sensato matarse a trabajar sin que haya
alguna razón suficientemente razonable para ello. De
modo que también a este respecto ha sido necesario
argumentar largo y tendido. Es impresionante comprobar
cómo, en un país en el que con tan solo colgarte una
tarde de un turista puedes ganar el equivalente del
sueldo de un mes, se intenta convencer a la gente con
argumentos y razones de que acudan a su trabajo. Ahora
bien, lo razonable da de sí lo que tiene de razonable:
nunca se logrará en Cuba convencer a nadie de que
trabaje dieciséis horas seis días a la semana para el
bien de... ¡de la Economía! En Cuba nadie entendería
que “la economía” pudiera tener necesidades y razones
que en último término no fueran reductibles a las
necesidades y las razones de la gente. El hecho es que
en Cuba se trabaja muy poco, al menos para lo que
estamos acostumbrados en el resto del mundo. Y se
trabaja con una dignidad que entre nosotros ya sólo es
patrimonio de la especie a extinguir de los
funcionarios del estado (esa especie que todavía tiene
derecho –para exasperación de nuestra histérica
Economía- a tomarse un café a media mañana). Algunos
dirán que el ritmo de trabajo cubano tiene que ver con
el Caribe más que con el socialismo. Habría que
comprobarlo en los talleres textiles y de ensamblaje
electrónico de Andy Apaid, propietario de Alpha
Industries, el mayor empleador de Haití, donde, por
cierto, en 2004 se están cobrando 68 centavos de dólar
por día con jornadas laborales de 78 horas a la
semana. Puede que el Caribe, que tiene un clima
bastante sensato, contribuya mucho a la sensatez del
ritmo de trabajo de la gente, pero, en todo caso, la
idiosincrasia caribeña le importa una mierda al
capitalismo. Un sistema económico que es incapaz de
distinguir a un niño trabajando de una máquina
funcionando no está para gilipolleces. Así es que, si
en Cuba se trabaja poco y lentamente como corresponde
a un clima caribeño será porque la economía socialista
se puede permitir el lujo de atender y de respetar ese
tipo de cosas como los climas caribeños (y de paso
distinguir a un niño trabajando de una máquina
funcionando). El socialismo es capaz de dar rienda
suelta al Caribe... ¿qué más se puede pedir a un
sistema económico?
Por otro lado,
resulta que los españoles, los italianos, los
franceses, y puede que hasta los persas, se vuelven de
lo más caribeños en cuanto a sus funcionarios se
refiere. Será entonces que la cosa tiene que ver más
con eso de trabajar para el Estado que con eso del
Caribe. El Estado no ha sido nunca capaz de aparecer
como un empresario convincente. Mira por dónde resulta
que este es uno de los reproches que se suelen hacer
al sector estatal de la economía. En el sector estatal
los trabajadores se niegan a renunciar a ciertos
derechos: tomarse un café, charlar con su compañero,
llamar a su familia a media mañana, ir cinco veces a
mear si se tiene cistitis, trabajar a un ritmo
humanamente razonable, no ir a trabajar si se está
malo, en fin, todas esas cosas que hacen a los
taxistas clamar al cielo pidiendo venganza. Por lo
visto, en opinión de algunos, para el bien de una
Economía sobre la que vela el Banco de Santander,
sería necesario poner a todos esos vagos redomados a
trabajar en las alcantarillas del mercado laboral, a
través del régimen de las ETTs, que es el sistema que
verdaderamente mola y, desde luego, el que más le mola
a Botín (1 ).
Incluso, no se sabe muy bien en virtud de qué
retruécano argumental, resulta que la culpa del
deterioro de las condiciones laborales acaban por
tenerla no el señor Botín, y ni siquiera el ministro
de Economía o los especuladores financieros, sino,
obviamente, los funcionarios, que gastan de la hostia
y se pasan el día rascándose la barriga.
Según parece, gracias a ese desierto de libertades y
esa mazmorra de esclavitud que es el mercado laboral,
tenemos una economía eficiente en lugar de un parásito
estatal. Eficiente, una vez más, para la Economía y
sus representantes, no para quienes dependen a vida o
muerte de ella, que a esos les va fatal con tanta
eficiencia y preferirían con mucho convertirse en
parásitos. Eficiencia para lo que es eficiente el
capitalismo –más que nada para que algunos se forren-,
ni siquiera para lo que esos sujetos llamados seres
humanos suelen considerar como tal, es decir, cosas
tales como que, por ejemplo, los trenes lleguen a su
hora y lleguen a más sitios, lo que, al parecer, dejó
de pasar en Inglaterra desde el mismo momento en que
Margaret Thatcher privatizó los ferrocarriles. Pero el
capitalismo no es que nos haya lavado el cerebro; nos
ha hecho contraer un cuadro psiquiátrico tan agudo
que, cuando la gente busca algo a su alrededor
merecedor de su censura, no se le ocurre pensar en los
contratos basura para hacer trabajos basura, ni
tampoco en la vida que se pegan los del club náutico
de Jávea, sino en los puestos vitalicios que permiten
a los funcionarios trabajar con dignidad. El cuadro
psiquiátrico es tan alarmante que, una vez que el
socialista Zapatero ha descubierto que el mayor
enemigo de su modelo económico “psoeísta” es el
intervencionismo estatal, cualquier día veremos a CCOO
defender a los trabajadores a base de luchar contra
los privilegios de clase del funcionariado.
***
Unos chorizos
callejeros de los que parasitan a los turistas en la
Habana Vieja me explicaban que cuando en Cuba has
rechazado tres o cuatro trabajos, empiezas a tener
problemas con la policía, la cual, empieza a
interesarse sobre cómo te ganas la vida. En todo caso,
viendo la multitud de jóvenes que en la Habana Vieja
viven sin pegar ni chapa, seguro que tampoco es que la
policía se ponga muy pesada. Hay varias cosas raras
contenidas en tan amarga aseveración. Resulta que en
Cuba te insisten para que trabajes tres o cuatro veces
y, si no aceptas, no es que estés en paro, es que te
puedes permitir el lujo de vivir haciendo el vago, ya
sea esquilmando turistas o vendiendo poemas al mundo
capitalista. El caso es que en Cuba no te mueres de
hambre ni adrede.
En fin, Cuba ha
demostrado al mundo que el socialismo puede llegar a
ser lo que Paul Lafarge llamó el derecho a la pereza
de la humanidad. Hoy, el famoso artículo de Lafarge es
mucho más importante y mucho más urgente que cuando
fue escrito a principios del siglo XX. El desarrollo
tecnológico inusitado que la humanidad tiene en sus
manos debería haber provocado una reducción general de
la jornada laboral tal que permitiera a los hombres
concentrar sus potencialidades en el ocio, la ciencia,
el arte, la fiesta o, sencillamente, la vagancia. Pero
cuanto más corremos, más tenemos que seguir corriendo,
porque la economía capitalista siempre corre más que
los hombres que la habitan. Sabemos ya perfectamente
–porque los informes ecológicos no dejan lugar a duda-
que la objeción definitiva contra el capitalismo es
que es un modo de producción que no puede detenerse,
que no puede parar, que no puede ralentizarse ni hacer
una pausa. Esto no sólo condena a la esclavitud al
conjunto de la población mundial, sino que es, además,
un suicidio planetario a medio plazo. ¡Y todavía se
oye la vieja cantinela de que la gran objeción que es
posible verter sobre las economías socialistas es que
tienen una tasa baja de crecimiento! Nada puede
competir en “crecimiento” con el capitalismo, porque
el capitalismo es un sistema en el que progreso está
condenado a no servir más que para progresar más al
día siguiente. Frente a ello, el socialismo no puede
ser sino el derecho que tiene la humanidad de valerse
de las ventajas de su desarrollo tecnológico y,
sencillamente, sentarse a descansar. Desde el
neolítico, la humanidad no ha hecho sino progresar y
progresar y, desde el siglo pasado, cada nuevo
adelanto técnico ha hecho aumentar la productividad en
una progresión geométrica. Con cada vez menos tiempo,
se producen cada vez más y más cosas. Cada vez más
cosas producidas en menos tiempo, pero la mayor parte
de la población mundial vive en la miseria. Y,
mientras tanto, la humanidad no sólo no ha ganado
tiempo, sino que, de forma general, ha perdido incluso
el tiempo para tener hijos, lo que era, desde un punto
de vista etnológico algo casi inconcebible.
***
Hay anécdotas muy
significativas capaces de provocar que un universo
teórico se desmorone y servir, al tiempo, de palanca
para construir nuevas teorías, tal y como ocurrió con
ciertas anomalías empíricas del sistema de Ptolomeo
que acabaron por poner sobre sus pies el
heliocentrismo. Eso pensé cuando, de pronto, me
encontré, en el malecón de La Habana, a cinco chorizos
haciendo propaganda de la policía cubana. Eso de que
los gamberros callejeros defiendan la profesionalidad
y buenas maneras de la policía se me reconocerá que no
es ni siquiera imaginable en ningún lugar del mundo y,
desde luego, en España, es sencillamente absurdo. Y
sin embargo es algo que ví con mis propios ojos.
Estaba yo, en compañía de algunos de esos parásitos de
turistas de la Habana Vieja, contándole a un amigo el
caso de dos de los hijos de una colega de la
universidad, a los cuales les había ocurrido, en el
intervalo de cuatro años, la misma historia con la
policía municipal de Madrid. Al primero de ellos, le
pararon en la moto por no llevar casco y, para
demostrarle el peligro que corría, le propinaron una
paliza tan monumental que le rompieron el tabique
nasal y alguna costilla. Le llevaron al hospital y,
tras varias horas de quirófano y tres días de
postoperatorio se lo llevaron de nuevo detenido,
acusado de agresión a la policía. En esta ocasión,
hubo suerte: una señora del barrio lo había visto todo
(incluso había intervenido gritando que “iban a matar
al muchacho”, el cual, por cierto, no paraba de gritar
¡que llamaran a la policía!) y aceptó declarar en el
juicio, de tal modo que incluso han llegado a
indemnizarle con 600 euros, toda una fortuna. Al otro
muchacho, hace unas semanas, no se le ocurrió otra
cosa que pedirle el número de placa a un policía que
le había pedido el carné, en su opinión de muy malas
maneras. Le contestaron que si iba de chulo, le
llevaron a comisaría, le hincharon a hostias, lo
depositaron en el hospital y a la salida lo detuvieron
por agresión a la policía. Esto estaba comentándole yo
a mi amigo –informándole de paso del caso de un
sobrino y varios alumnos míos que habían sido
igualmente víctimas de esta práctica policial digamos
que rutinaria-, cuando los colegas cubanos irrumpieron
muy asombrados en la conversación para decir “que eso
era imposible que ocurriera en Cuba”. El caso es que
la razón de esta imposibilidad me pareció aún más
sorprendente que la aseveración misma: “si un policía
hiciera una cosa así se le caería el pelo, pues, en
Cuba, los delitos de la policía tienen penas mucho
mayores que las de la gente”. Les preguntamos que cómo
se podrían probar los malos tratos, sin testigos
dispuestos a declarar. “Bueno, los otros policías que
estuvieran presentes se ocuparían de denunciar al que
lo hiciera”, fue la surrealistamente ingenua respuesta
que obtuvimos. Los muchachos que así hablaban no eran
precisamente funcionarios del ministerio de propaganda
cubano. Todos ellos –excepto uno que quería hacer
carrera de guardia de seguridad- habían sido detenidos
varias veces, uno de ellos había pasado varios años en
la cárcel por intentar secuestrar una lancha, y en sus
conversaciones no habían dejado de advertirnos de la
tremenda represión que había ahí en Cuba y de la
atrocidad de régimen que soportaban. Todos estaban,
sin embargo, de acuerdo en que la policía, en Cuba,
“no pegaba”: “eso sí, si eres joven, viene un
psicólogo y te pone la cabeza como un bombo”.
***
Otra anécdota que
quizás signifique algo. Conocí a Abel Prieto, el
Ministro de Cultura, por casualidad. Había quedado con
mi amigo Santiago Alba en un hotel de la Habana Vieja,
donde el escritor Howard Zinn tenía un encuentro con
intelectuales cubanos. Entré en el hotel, y ví que
Santiago estaba hablando con un tipo que resultó ser
el ministro. La verdad, viniendo de Europa, y más tras
una legislatura del PP, resulta chocante conocer a un
ministro por casualidad en el bar de un hotel y
comprobar que ahí no había ni escolta, ni guardias, ni
vigilancia de ningún tipo. Extraña dictadura, la del
peor dictador de América Latina (como dijo Vargas
Llosa), en la que los ministros se pasean por ahí sin
guardaespaldas. Aprovechando la visita de Howard Zinn,
nos invitó a cenar en una casa particular (un pollo
asado, por cierto). Lo malo fue que el intérprete que
había llevado la rueda de prensa (un muchacho bilingüe
de unos 18 años) nos dejó plantados (a nosotros, a
Howard Zinn y al Ministro de Cultura, se entiende).
Cuando le logramos localizar por teléfono nos informó
de que “se había acordado de que era el cumpleaños de
su novia”, a lo que el Ministro respondió con una
risotada que, “claro, si es así, ya se entiende”, así
es que, con tan buenas razones, ni le fusilaron, ni le
despidieron, y ni siquiera le regañaron. Hace poco, un
alumno mío me contaba por email una anécdota parecida
que cito con su permiso: “...decidí cumplimentar el
engorro de tener que llevar una carta y unos ‘mandaos’
a un ‘reparto’ del extrarradio: Reparto de Chivás, en
Guanabacoa. Casas lindas, muy coquetas, muy humildes,
iguales todas. Del taxista, no te cuento... llevaba él
más ron en el cuerpo que el coche gasolina. Pruebo con
una casa, ahí no es, me atiende un abuelo que nos
ofrece un ron, al taxista y a mí. Nos vamos los tres a
otra casa, tampoco. Nos vamos los cinco a la
siguiente. No hay manera. En la penúltima nos atiende
una mujer obesa, negrita. Todos la conocen, normal,
... pero el taxista también. Es la ministra de asuntos
Exteriores, Isabel Allende. Son de carne y hueso,
allá. Busco el coche oficial, los guardaespaldas, los
consejeros, las chequeras y los maletines. Tras su
consejo diplomático, doy con la dirección”.
***
Hay otra cosa que,
para un marxista, llama poderosamente la atención en
Cuba. Uno tiene ahí la sensación de comprobar en carne
y hueso la verdad de una argumentación del Manifiesto
comunista que en ocasiones ha sido muy mal
interpretada. La estrategia retórica que siguen Marx y
Engels en el segundo parágrafo consiste en volver
sobre el capitalismo las acusaciones que se vierten
sobre los comunistas. ¿Nos acusáis a nosotros, los
comunistas, de querer abolir la propiedad privada?
Vamos, sois vosotros los que habéis abolido la
propiedad privada para las nueve décimas partes de la
población. ¿Nos acusáis de querer abolir las patrias y
las nacionalidades, vosotros, los dueños de la
multinacionales? ¿Nos acusáis de querer abolir la
religión, de no respetar a la familia, de pretender
igualar al hombre y la mujer? No, son vuestras
fábricas las que han hecho imposible la vida familiar,
las que han puesto a trabajar a las mujeres, medio
desnudas a veces, entre sus padres y hermanos;
vosotros, mucho más revolucionarios que nosotros,
mucho más revolucionarios incluso de lo que es
sensato, habéis puesto a trabajar incluso a los niños,
en condiciones brutales y terroristas; en estas
condiciones habéis hecho imposible, también, todo
comportamiento religioso por parte de la clase obrera,
a la cual ya no le queda tiempo de ocio ni para ir a
misa los domingos.
A esta estrategia
retórica de la argumentación de Marx se suma la
siguiente aseveración: vuestra labor de destrucción
puede llegar a ser, bajo condiciones socialistas de
producción, una verdadera fuente de desarrollo humano.
En efecto, sería tan criminal defender la forma brutal
e inhumana con la que el capitalismo ha acabado con la
religión, la moral y la familia, como idiota sería
defender, contra el capitalismo, el imperio religioso,
la moralidad tradicional, el patriarcado y la familia
católica y romana. La forma brutal en la que el
capitalismo ha puesto a las mujeres a trabajar anuncia
una fuente de desarrollo humano sobre la que el
Derecho no debe dar marcha atrás. Los comunistas no
vamos a llorar por la destrucción de la familia
católica o puritana, por mucho que denunciemos la
manera brutal en la que el capitalismo la ha
aniquilado. Bajo el socialismo, todo este gigantesco
desastre humano que ha causado el capitalismo será una
excelente palanca para liberar al hombre de su
“ancestral estupidez campesina”, para impedir que siga
arrodillándose delante de las vacas, las estatuas de
piedra o los obispos de carne y hueso; será un buena
ocasión, en suma, para comprobar si el proyecto
ilustrado que pretendió construir una ciudadanía mayor
de edad tenía o no alguna posibilidad entre los
destinos de los hombres.
Era de esta forma
como el socialismo se aparecía a los ojos de Marx como
la base para una nueva y esta vez auténtica
Ilustración. Por supuesto que esto exigía, en primer
lugar, garantizar la educación y la salud para la
totalidad de la población, tal y como se ha logrado en
Cuba. Pero, al mismo tiempo, había que caer en la
cuenta de que el socialismo podía convertir en “fuente
de desarrollo humano” lo que bajo el capitalismo no
había sido sino denigración e indigencia. ¿Qué sería
una humanidad liberada de los sacerdotes, los clérigos
y los predicadores, liberada de las estructuras
puritanas, autoritarias y miserables de la familia
patriarcal? Para comprobarlo, era necesario liberar,
fundamentalmente, el ateísmo y el sexo, en unas
condiciones en las que el capitalismo no convirtiera
el remedio en peor que la enfermedad.
Por supuesto que
esto es, precisamente, lo que se ensayó durante toda
la revolución sexual y cultural que marcó la segunda
parte del siglo XX (bajo unas condiciones
proteccionistas de socialismo experimental keynesiano
que es verdad que eran el privilegio de tan solo un
quince por ciento de la población mundial). Sus
conquistas fueron, sin duda, enormes. Pero nunca se
llegó institucionalmente a cerrar la boca y los cauces
de financiación a la Iglesia, las mafias y sectas
religiosas. Pese a que se logró ganar algunas batallas
cruciales a la barbarie religiosa católica y
presbiteriana, evitando, por ejemplo, que se siguiera
practicando la costumbre popular de lapidar o enterrar
vivas a las madres solteras y las adúlteras, forzando
legislaciones a favor del divorcio, la anticoncepción
o el aborto, logrando que se dejara de una vez
masturbarse en paz a los adolescentes, amortiguando
ese obsceno culto a la castidad y la virginidad que
tantos millares y millones de vidas había destrozado,
hay que decir que las autoridades religiosas siguieron
siempre manteniendo una alta cota de poder en la
educación de la ciudadanía y también en cuestiones
económicas (ningún Parlamento osaría, por supuesto,
probar a legislar contra mafias tan increíble y
manifiestamente pervertidas y corrompidas como el OPUS
o Comunión y Liberación).
A todos estos
respectos, el Caribe es, sin duda, un caso muy
especial e interesante. Por una parte, tenemos un
mosaico de mil sincretismos religiosos revueltos sin
concierto alguno. Por otra parte, la familia caribeña,
sin duda que por causas que tienen mucho más que ver
con el capitalismo y el colonialismo que con el clima,
está completamente desintegrada, al menos a los ojos
de lo que sería una visión eclesiástica ortodoxa. Creo
haber leído estadísticas que computan el 75 % de los
hijos caribeños como “ilegítimos”. La cifra no parece
exagerada viendo lo raro que es a veces encontrar a un
mujer que tenga dos hijos con el mismo hombre (y
probablemente viceversa). Ni que decir tiene que todo
esto, unido a la miseria, el analfabetismo, el
alcoholismo, la drogadicción, la violencia racial y
machista, el paro y la delincuencia, componen un
panorama de pesadilla en el que resulta difícil creer
que sea posible la vida humana. Se trata de una
realidad inversa a la que podemos encontrar en otras
sociedades marcadas por una pobreza extrema pero
vertebradas por una religiosidad estricta y profunda.
Por ejemplo, en Egipto la miseria se amortigua siempre
con el colchón de una familia extensa muy cohesionada
que constituye una especie de auténtico modo de
producción en miniatura más o menos parasitario,
incardinado en un tejido tribal y colectivo que se
ramifica en todas direcciones. En contraste, en el
Caribe, y en cierto modo en toda Latinoamérica, la
miseria se cierne sobre los hombres y mujeres como si
estos no fueran más que individuos, puros individuos
desnudos frente a las inclemencias de la historia.
Tras haber vivido en El Cairo, por ejemplo, resulta
impresionante e increíble la gran cantidad de dramas
escalofriantes, inconcebibles, horrorosos, que en
Latinoamérica son vividos a título estrictamente
privado, sin ninguna proyección pública, tribal o
familiar.
Ahora bien, esa
desintegración del tejido religioso y familiar ¿no
podría mostrarse, en efecto, en algún sentido, como
“una fuente de desarrollo humano”? Por supuesto que,
como ya hemos apuntado, lo que las sociedades que
disfrutaron de un estado del bienestar experimentaron
al respecto no es para echarlo en saco roto. Pero hay
motivos para afirmar que en pocos sitios se han
llevado las cosas tan lejos y con tanto éxito como en
Cuba. Ahí ha habido una conjunción insólita y única de
elementos diversos que no es normal encontrar juntos:
el Caribe, el socialismo, una protección estatal del
ateísmo, una educación antirracista y antimachista,
una población alfabetizada y culta, una profunda
cultura del sexo y el erotismo, ajena a todo
puritanismo, y, sobre todo, una cartilla de
racionamiento y un trabajo asegurado que –ya sea en
condiciones extremas- garantiza, en todo caso, la
supervivencia individual al margen de todo tejido
tribal (la supervivencia de hijos no deseados, etc.)
Por supuesto que, faltaría más, en Cuba hay un
machismo intolerable, lo mismo que hay todavía mucho
racismo (en general, son bastante menos estúpidos que
la media entre nosotros, pero casi igual de machistas,
es verdad). Hay mucho racismo, pero no con la
colaboración del aparato educativo y la complicidad de
la publicidad y también del sistema económico, sino en
su contra; y desde luego –y a la postre-, el racismo y
el machismo están infinitamente más domesticados en
Cuba que en el resto del Caribe y Latinoamérica. Pero,
al grano: es preciso volver la mirada otra vez hacia,
por ejemplo, el tejido social egipcio... ¡De la que se
han librado los cubanos, de lo que se libran a diario,
gracias a su batiburrillo de sincretismos religiosos,
ateísmo y ausencia de vida familiar! Así, a primera
vista –tan solo a primera vista-, la sociedad cubana
parece formada por una multitud que puede permitirse
el lujo de vivir haciendo el vago y transpirando sexo,
música, cantos y danzas en todas direcciones. No hay
que fiarse de las primeras impresiones, pero tampoco
es que éstas sean irrelevantes. La primera impresión
que uno tiene en cualquier país asolado por el
monoteísmo islámico es la de una criminal separación
de sexos, un machismo brutal y terrorista bendecido
como moral y políticamente correcto, un racismo
nauseabundo, una castración pública y tajante de toda
vida sexual y de todo sentido de la fiesta y del
cuerpo. Y aún así, por motivos difíciles de explicar
en cuatro líneas –pero que, por ejemplo, Santiago Alba
ha explicado ya en algunos libros-, comparada con
nuestro anoréxico culto al cuerpo sin sudor, sin olor
y sin carne ni sangre, producto de la nefasta
conjunción de siglos de puritanismo
católico-presbiteriano con la fatalidad del
imperialismo consumista propio del capitalismo,
incapaz de concebir que haya algo fuera del escaparate
que no sea asqueroso, resulta que la brutal castración
islámica parece casi una perpetua orgía. ¿Cómo
comparar a Cuba con todo ese imperio del Islam, la
Iglesia y el capital? ¿Cómo no ver que, en efecto, la
religión no es, como decía Marx, más que el opio que
permite al pueblo soportar sus males, y que ante males
mayores como el capitalismo, la humanidad se ha visto
obligada a abrazar las más potentes y letales drogas
que le brindaba la religión, el catolicismo, el Islam,
el evangelismo, en fin, alguna de las formas de
monoteísmo baboso, castrante y lobotomizado que
durante tantos años y siglos nos ha arrancado la piel
a tiras a todos nosotros? ¿Cómo no admirar que Cuba se
haya librado de todo eso? ¿Cómo no reconocer que el
resultado salta tan empírica y alegremente a la ojos
que hiere la vista? Todos sabemos que la cartilla
mensual de racionamiento en Cuba no da ni para vivir
cinco días. Pero ese mínimo (que ya quisieran en
tantas partes del mundo tantos millones de
desfavorecidos) parece que es el insignificante
detalle que hacía falta para convertir al ateísmo en
una fuente de desarrollo humano. Nada como Cuba y su
cartilla debería hacer reflexionar tanto a la
Ilustración, una Ilustración que, apisonada desde el
primer momento por el capitalismo, no pudo liberar al
hombre de la superstición más que a fuerza de ponerle
en situaciones en las que tuvo siempre motivos más que
sobrados para añorar sus supersticiones. ¿Quién iba a
pensar que bastaba una birria de cartilla para que la
Ilustración tuviera razón? ¿Quién iba a pensar que la
tacañería del capital al robar a la humanidad su
cartilla, le robaba nada menos que la posibilidad
misma de la Ilustración? Judas, al menos, cobró
treinta monedas de plata por vender a Jesús; el
capitalismo vendió a la humanidad por un cuchara de
garbanzos, porque ni siquiera pudo renunciar a hacer
negocios con esa cuchara de garbanzos. Así como hay
formas de abolir la pena de muerte que hacen que se la
eche de menos, hay formas de liberar al hombre de Dios
que te hacen añorar hasta a los curas más pederastas.
Sólo el capitalismo podía conseguir algo así. Como
bien señaló Régis Debray, la mundialización
capitalista ha generado, como por una especie de
termostato diabólico, una rebelión generalizada de
toda suerte de anacronismos localistas,
supersticiosos, fundamentalistas, integristas y
carismáticos. Pero ahí está Cuba, gracias a Dios, para
hacernos recordar lo bien que una sociedad sin
capitalismo viviría sin religión, lo natural que es,
como la humanidad sabe desde el neolítico, que a los
hombres les valga, para ser hombres, con dos cosas: su
razón, por una parte, y, por otra, una cohorte más o
menos sensata de diosecillos de piedra, de conchas o
de semillas con los que poder desplegar sus
potencialidades simbólicas y retóricas. Cuba es, en
este sentido, un milagro único en la historia: en ella
no ha sido necesario inventar ningún tipo de culto al
Ser supremo; ni ha sido necesario adorar al padrecito
Stalin, ni a Yavéh, ni al Papa, y ni siquiera a ningún
Príncipe de Asturias.
La desintegración
de la familia en Haití, en las interminables barriadas
de México DF o en las favelas de Río, deja la
personalidad a la intemperie frente al mercado
laboral, a cuyo través respira una economía mundo más
peligrosa aún que los terremotos y los ciclones.
Frente a ello, el proteccionismo familiar de la
población de El Cairo, pese a estar incardinado en un
tejido religioso y cultural que repugna a la razón,
es, sin duda, un mal menor. Pero una “personalidad a
la intemperie” con ocio para disfrutar, con trabajo,
educación y salud garantizados, no necesita ningún
equipaje para llevar al género humano hasta la extraña
e imprevista Tierra Prometida de lo que podríamos
considerar una ilustración alegre, toda una sorpresa
chestertoniana para la humanidad
La combinación de
protección estatal y caribe ha convertido a Cuba en un
lugar idóneo y propicio como ninguno para experimentar
la Ilustración y vislumbrar por qué vías circularían
las potencialidades humanas si no se lo impidieran la
pobreza, la ignorancia y la sumisión religiosa y
política. En el tejido de sus barrios, sus cuadras,
sus corralas, pueden verse germinar nuevas formas de
organización social, nuevas formas de cohesión y
solidaridad que al tiempo que van ganando terreno a la
familia saben, sin embargo, también, integrarse con
ella en un conglomerado social más rico, seguro y
libre. Una experiencia vale aquí por mil palabras.
Pasé varios días en la azotea de una casa de Centro
Habana, uno de esos edificios en los que ha crecido
una vivienda en cada hueco, formando un laberinto de
casas muy pobres que podríamos considerar chabolas si
no fuera porque todas ellas tienen agua corriente,
luz, gas, teléfono y servicios. Johny, un
experimentado holgazán de casi cuarenta años, al que
habíamos conocido defendiendo una postura muy
radicalmente anticastrista de la que, no obstante, se
había cansado en seguida -por lo que, en adelante
solía preferir tumbarse a la sombra y rascarse la
barriga exclamando “chachoooo, ¡esto sí que es
vida!”-, solía pasarse las mañanas, las tardes y las
noches vigilando desde la azotea el ir y venir de las
muchachas por la calle. No es que no trabajara.
Trabajaba sí, en un grupo de música que de vez en
cuando tocaba para turistas en algún sitio y, por
tanto, de vez en cuando tenía que ir a ensayar, de lo
cual volvía siempre agotado y más bien borracho. El
resto del tiempo lo ocupaba con sus chicas y sus
palomas, a las que prestaba una atención casi igual de
intensa. Sólo en la cuadra de su azotea tenía, al
menos –según pude contar- seis hijos e hijas, y alguno
más que le perseguía porque, según parece, “se creía
que él era su padre”. En cuanto a las madres, dos de
ellas vivían en la cuadra y, según comprobé, no habían
dejado de divertirse con las ocurrencias de este
sujeto que era, bien es verdad, muy simpático.
Sentados en esa azotea era difícil aburrirse. Johny
conocía a todo el barrio. “Chacho, mira, ahí viene esa
mulata, ¡eh, Yamina! ¿subes un rato?” “Mira, mira, ahí
viene mi hija con su madre ¡mira cómo parecen
hermanas!” Realmente no se sabía si la familia de
Johny se extendía a todo el barrio o si es que lo que
había era barrio y no familia. Sea como sea, ni sus
hijos, ni sus hijas, ni sus novias parecían guardarle
ningún rencor. Después de esta actividad incesante
consistente en saludar desde la azotea a sus hijos,
amantes, mujeres, amigos, vecinos y vecinas, en lo que
más invertía su tiempo Johny era en intercambiar
palomas con los vecinos, soltando machos para que
atrajeran a las hembras y no sé qué otros tejemanejes
que le permitían, también, establecer vínculos muy
animados y estrechos con las azoteas de los vecinos
que también tenían palomar y, desde luego, tiempo
libre. Tiempo libre y, por cierto, no mucha hambre,
porque para mi sorpresa, resulta que, al contrario de
lo que ocurre en El Cairo, luego nadie se come a las
palomas, porque “les daría mucha pena”.
El caso es que en
estas corralas en las que familia y prosmiscuidad se
entrecruzan en una permanente aventura, los niños y
los muchachos crecen formando pandillas en cuyo
interior se consideran casi literalmente como
hermanos, siendo, en realidad, como son muchas veces,
medio hermanos y probables hermanos del todo. Algo,
desde luego muy semejante a lo que podemos encontrar,
por ejemplo, en El Cairo, pero con mujeres. Y
semejante a lo que podemos encontrar en Río o México
DF, pero sin morirse de hambre. Y, por tanto, sin
violencia; sin incultura, con seguridad social y con
la garantía de poder sobrevivir digna y honradamente,
aunque sea muy pobremente. Así pues, todo un hallazgo
estructural, del que no se podrían esperar en el
futuro más que cosas buenas –sobre todo si los
programas estatales antirracistas y feministas logran
ser más y más eficaces. Y mientras tanto, hay algo que
es impagable: en cada sonrisa de una cubana con tres
hijos de distintos hombres con los que jamás se casó,
se condensa toda la alegría que se les robó, entre
humillaciones, palizas, violaciones y sarcasmos a
todos las millones de madres solteras que nuestro
catolicismo-presbiteriano enterró en vida por haber
perdido a destiempo su virginidad. Ojalá que esas
sonrisas fueran como trompetas de Jericó que
demolieran el Vaticano y fulminaran de paso a todos
sus curas y monjas (excepto a los de la teología de la
liberación, por supuesto). La Iglesia, en su increíble
cinismo histórico, sólo ha dejado de quemar pecadores
y herejes cuando ya no podía seguir negando lo que
estos defendían. Incluso ha llegado a pedir perdón por
lo bajines respecto a algunos episodios famosos, a
propósito, por ejemplo de si el hombre procede del
mono o la tierra gira en torno al sol. Pero jamás,
jamás, ha pedido perdón a todas las mujeres humilladas
por su puritanismo y su defensa de la bestialidad
machista, jamás nos ha pedido perdón por habernos
robado la infancia y la adolescencia con amenazas,
torturas y vejaciones pedófilas. Llama al vómito
contemplar ahora a la Iglesia con los brazos cruzados
en un mundo como éste, después de que por ejemplo, en
los años sesenta, la conferencia episcopal española
todavía condenara al infierno a todos los que vieran
Lo que el viento se llevó y no se confesaran a la
salida. Claro que, pensando en la lógica reciente por
la que la Iglesia excomulga a una niña embarazada de
doce años mientras el Papa acepta una medalla de Bush,
sin encontrar motivo alguno de excomunión en semejante
carnicero, se ve claro que nada ha cambiado desde los
tiempos en que los obispos clamaban más contra
Escarlata O´hara que contra Franco o la guerra
bacteriológica en Corea.
***
En muchas cosas
ocurre que es precisamente en Cuba, donde consideramos
natural que falte lo que creemos que nos define a
nosotros, donde, sin embargo, tienen lo que nosotros
creemos tener y no tenemos. Así ocurre, en general,
como veremos luego, con eso que se llama Estado de
Derecho. Así ocurre, también, con otras cosas que
creemos patrimonio nuestro, pero que nos da más
vergüenza reivindicar abiertamente, como eso a lo que
llamamos meritocracia. Resulta que viendo eso de la
meritocracia en Cuba uno se da cuenta de que tampoco
es una cosa tan mala, lo que pasa es que hay que verla
en Cuba para darse cuenta. La idea de que haya algo
así como un derecho a la desigualdad en virtud de los
méritos, el esfuerzo y la iniciativa personal, se nos
presenta siempre como la columna vertebral de las
sociedades liberales, mientras que se supone el primer
derecho suprimido en los países socialistas. Es muy
interesante explicar que no tiene por qué ser así y
que de iure podría ser más bien al revés. El
socialismo no tiene por qué suprimir el derecho a la
desigualdad, ni tiene por qué impedir a nadie
progresar más que los demás en virtud de sus méritos,
su inteligencia, su iniciativa, su esfuerzo y su
trabajo. Lo que el socialismo prohíbe y tiene que
prohibir tajantemente es aquella desigualdad que
otorga a algunos el derecho a controlar las
condiciones en las que los demás pueden ejercitar
meritoriamente su inteligencia, su esfuerzo y su
trabajo personal. Paradójicamente, esta peculiar
desigualdad no tiene nada que ver con la meritocracia,
sino que, de hecho, la impide por principio, pues
supone que unos controlan las condiciones en las que
los otros podrían mostrarse meritorios, suprimiendo la
sana competencia de iniciativas privadas. Ni que decir
tiene que entre nosotros –que con tanta chulería
reivindicamos el derecho a la desigualdad contra la
“igualación socialista”- lo que predomina no es el
derecho a la desigualdad, sino esa desigualdad que
consiste en suprimirlo. No hay casi ninguna posición
social en las sociedades europeas que sea imputable al
mérito personal. Pretender que Botín gana 10.000 veces
más que una cajera de DIA porque ha hecho 10.000 veces
más méritos, supongo que todo el mundo entiende que es
un jodido sarcasmo. Como cuando Mario Conde dijo eso
de que, desde su punto de vista, toda persona que
siguiera yendo en metro después de los 20 años era un
fracasado. Lo que podría hacer pensar, quizás, que las
Koplovich fueron en metro alguna vez cuando aún
trabajaban de asistentas y no habían hecho todavía
suficientes méritos. Se pueden poner algunos ejemplos
en que haya contado algo la iniciativa, el esfuerzo,
la inteligencia, el trabajo personal, pero, de hecho,
esos casos llaman la atención por excepcionales: la
escritora de Harry Potter, por ejemplo. Pero sería
idiota intentar averiguar cuántos méritos menos que
ella han hecho los pobres diablos que trabajan en los
invernaderos de El Ejido. No es que sea imposible
contabilizar méritos, no. Puede considerarse que la
escritora de Harry Potter tiene más genio, más
inteligencia, más iniciativa o lo que sea que otros
escritores que, en virtud de sus méritos, no han
llegado tan lejos. Pero aquí estamos comparando a
gente que está donde está en virtud de sus méritos y
lo que ocurre es que no es en virtud de sus méritos
(ni de su falta de méritos) por lo que alguien está
trabajando en los invernaderos de El Ejido. Y la
verdad es que, entre nosotros, casi todo el mundo está
en el caso de éste último y no en el de aquellos que
pueden cambiar de posición o de estatus en virtud de
sus méritos. Vivimos, más bien, en una sociedad en la
que lo más normal del mundo es que los doctores en
Filosofía o en Química, tras siete u ocho años de
escribir una obra para la posteridad de la historia de
la ciencia obteniendo el título más alto del mundo
académico, estén trabajando como teleoperadores de
Wanadoo o en los invernaderos de Almería (yo, al
menos, conozco ya a uno de Química y a alguno de
Filosofía). En Cuba es muy normal que un médico, un
químico o un maestro gane menos que un policía y,
desde luego, mucho menos que un botones de la Habana
Vieja, pero, hombre, el dinero no lo es todo en el
mundo, aunque sea importante, y, además, nada implica
que los méritos tengan necesariamente que ser medidos
económicamente. Lo normal, lo mínimo en un sistema de
“méritos”, es que si una persona hace los méritos para
ser médico, pueda luego ser médico (otra cosa es que a
los médicos se les pague poco o mucho). Que si una
persona hace méritos para ser maestro sea maestro; que
si hace méritos para ser químico, pueda ser químico o,
cuando menos, profesor de química, y no barrendero o
chapero (incluso si éstos ganaran más). Pues bien,
esto al menos sí está garantizado en Cuba.
Es muy impactante
visitar el Instituto Superior del Arte (ISA).
Probablemente, se trata del recinto universitario más
bello del mundo, como no podía ser menos teniendo en
cuenta que se trata del antiguo Club de Golf de la
burguesía cubana, un Club tan exquisitamente racista
que ni siquiera el dictador Batista (que era medio
moreno) tenía permitida la entrada. Hoy está lleno de
negros que estudian ahí y de otros negros que son sus
profesores, lo que ya de por sí es un motivo de
regocijo para la dignidad humana que bien valía unos
cuantos fusilados (de entre los que iban antes por
ahí). En este recinto, Castro y el Che encargaron a
tres de los mejores arquitectos mundiales que
“soñaran” unos edificios para la futura escuela de
arte de Cuba. Y así lo hicieron, de modo que el
resultado sólo es comparable, quizás, a algunas obras
de Gaudí. Semejante espacio natural convertido en una
obra de arte urbanística, en Europa no habría sido
jamás desperdiciado como Universidad. De hecho,
algunas multinacionales ya han propuesto adquirirlo e
instalar ahí un Cabaret nocturno, para cuando muera
Fidel. Pero, puestos a que sea una Universidad, uno se
pregunta en seguida quién tendrá el privilegio de
poder hacer sus estudios en ese paraíso. ¿Hará falta
haber salido en la portada del Hola, ser primo de
alguna princesa austriaca o algún borbón, tener una
cuenta de más de un millón de euros en el Banco de
Santander, un papá rico o famoso, un sello de pijo en
el culo? No. Para estudiar en el ISA hace falta:
decidir (con tu propia iniciativa) qué obra personal
vas a presentar al examen de entrada (una obra de
teatro, una composición musical, un baile, etc.);
defender los méritos de tu obra ante un tribunal y
contestar a sus preguntas y críticas; tener un
expediente meritorio en los estudios de bachillerato.
Aquí, el papel del Estado consiste en garantizar que
no se tendrán en cuenta más que los méritos, la
iniciativa, el esfuerzo y el trabajo personal de los
concursantes. Pura meritocracia.
Los estudios en el
ISA, como en cualquier otra Universidad cubana, son
enteramente gratuitos. Eso incluye, para gran parte de
los alumnos, el hospedaje en la residencia
universitaria en régimen de pensión completa. Todo
ello forma parte de un sistema en el que, en efecto,
se garantiza que todo depende del esfuerzo y la
iniciativa del alumno, de sus méritos personales. Es
muy interesante advertir que el tema de la comida es
en el que se concentran las más duras negociaciones
con el Rectorado. Los alumnos del ISA trabajan
incansablemente, a veces hasta altas horas de la
noche, bailando, haciendo teatro o estudiando. Su
gasto de calorías es muy alto. Se quejan a menudo de
que tienen hambre o de que necesitan comer más para
poder trabajar de noche. Lo que más admirable resulta
es hasta qué punto los alumnos del ISA llevan las
riendas de su propia formación, encontrando a su
disposición las instalaciones y los medios para
desenvolver una actividad incansable. En realidad, es
curioso que si hubiera que encontrar alguna realidad
de este planeta que fuera parecida a la que pintaba
Fama, esa serie americana de bailarines en la que todo
eran valores liberales y todo dependía del esfuerzo y
la iniciativa personal, habría que ir a buscarla, por
lo visto, a algún país socialista como Cuba.
***
No creo que sea
posible encontrar en el mundo un sitio en el que la
iniciativa personal tenga más peso y eficacia que en
Cuba. No se trata de una broma. Lo que pasa es que,
para juzgar con calma respecto a esta cuestión,
tenemos que desembarazarnos de algunos prejuicios.
Hay, por ejemplo, que quitarse de la cabeza la idea de
que con su iniciativa privada uno puede llegar a
construir grandes imperios. Por el contrario, lo que
se construye con la iniciativa privada son cosas
bastante modestas y bastantes privadas, y eso es lo
que ocurre en Cuba. No se puede pretender, por el
contrario, que Georges Soros, Bill Gates, Emilio Botín
o Cheney, Rumsfeld o Bush, o Marichalar son lo que son
en virtud de su iniciativa privada. Sin duda han
tenido iniciativa privada, como todo hijo de vecino,
pero si son lo que son no es a base de exprimir su
iniciativa, sino a base de avatares, manejos y
negocios bastante sucios que podían hacer gracias a
estructuras, mafias, instituciones, herencias y
gobiernos. Es gracias a estas estructuras,
instituciones y gobiernos como algunas personas
edifican un imperio, y no gracias a su iniciativa. No
creo que Marichalar o Botín o Bush hubieran llegado
muy lejos con su pura iniciativa, la verdad. Si como
le ocurre al protagonista de la película L´America, se
encontraran de pronto sin papeles y con pinta de moros
en una patera camino de El Ejido, supongo que
confiarían más en su cuenta corriente que en su
iniciativa y si por un avatar onírico del destino
resultara que en ningún banco reconocieran ya su
firma, tras estrellarse en este perro mundo contra las
ofertas de trabajo del Segunda Mano, me temo que no
alcanzarían a mucho más con su iniciativa privada que
a hacerse una paja. Una cajera de DIA o cualquier
gitano del Pozo tiene tanta o probablemente mucha más
iniciativa privada que Emilio Botín, lo único que
ocurre es que lo que tienen es eso, iniciativa
privada, y no un millón de euros. Y es que, en efecto,
en este perro mundo capitalista, con la iniciativa
privada no te alcanza ni para pajas, que hay veces que
ni tiempo te dejan para eso. Los imperios personales
no se construyen compitiendo con la iniciativa privada
de los demás, sino manejando las condiciones en las
que los demás podrían desenvolver su iniciativa. Unos
son propietarios de las condiciones para tener
iniciativa y otros se tienen que conformar con una
iniciativa sin condiciones. Así es como se explica que
el ochenta y cinco por ciento de la población no haya
ejercitado jamás algo así como la iniciativa privada
más que para elegir el color de su coche (punto
culminante de toda historia personal entre nosotros,
por cuya consecución se invierte normalmente el
esfuerzo de una vida laboral que sólo así cobra
sentido).
Por el contrario,
se puede decir que, en estos momentos en los que el
sueldo y la cartilla de racionamiento alcanzan muy
malamente para vivir, la población cubana depende por
entero de su iniciativa privada y se ve, de hecho,
compelida a ejercerla ininterrumpidamente, día a día.
Es lo que los cubanos llaman “resolver”. “Resolver”
es, por ejemplo, nos decía un taxista a sueldo del
Estado, ingeniártelas para hacer alguna hora extra
para tu propio bolsillo, a cambio, de haber “resuelto”
al Estado el problema de la bomba de gasolina del
vehículo, que en este caso resultó que era propiedad
del taxista en cuestión y no del Estado. Otro taxista
nos definió la palabra “resolver” diciendo que era
“que todo el mundo se ayuda”. Por ejemplo, a veces a
un turista le es muy difícil averiguar quién ha sido
el que realmente le ha timado veinte dólares, de tanta
gente que espontáneamente y sin previa coordinación ha
colaborado en la operación. Sea como sea, el cubano se
levanta todas las mañanas pensando en cómo se las va a
ingeniar para “resolver” el día. Uno de los
procedimientos más extendidos de resolver es robar en
el lugar de trabajo. Si alguien trabaja en una fábrica
de jabones, se ganará la vida, más que nada, vendiendo
jabones de forma particular. Naturalmente, todo esto
funciona fuera de la ley. Es verdad que, como suele
decirse, en Cuba todo el mundo es de facto un
delincuente común. Esto no dice nada bueno del sistema
cubano, por supuesto, pero tampoco conviene sacar
conclusiones precipitadas sobre el socialismo o sobre
el régimen castrista. Esto que ocurre en Cuba ocurre
exactamente igual en El Cairo, en Tánger o en México
DF; ocurre exactamente igual en cualquier país pobre.
O mejor dicho, para nada ocurre “exactamente igual”.
La enfermedad es la misma, pero la forma en la que se
“resuelve” es muy diferente. En Cuba, todo el mundo
roba o “resuelve” al margen de la ley, y el Estado
hace, más más que menos, la vista gorda. En cierto
sentido, esta economía informal otorga un carácter
mixto a la economía socialista cubana y el Estado sabe
que esto es en parte inevitable y en parte incluso
imprescindible. Lo que no va a hacer la gente es
morirse de hambre, eso está claro. Por supuesto que,
en cualquier momento, el Estado puede dejar de hacer
la vista gorda si le conviene y aprovecharse de que
todo el mundo es delincuente común para encarcelar
arbitrariamente a quien tenga decidido, lo que es una
ignominia y una perversión política. Es una perversión
política intolerable y no deja de serlo porque no
ocurra a menudo, pero también hay que señalar que no
ocurre a menudo. Casi todo el mundo reconoce que, en
realidad, este sistema de robos y estafas en cadena
funciona más que nada como un procedimiento de
redistribución de riqueza, no tan legal como el
mercado entre nosotros, pero bastante menos cruel y
bastante menos injusto. El cubano que roba al Estado
está, de alguna forma reclamando lo que es suyo y
mostrando algo así como una disconformidad sindical y
política respecto a los dispositivos de distribución
de riqueza. Y muchas veces mete la pata menos que los
que planifican la distribución. Es por todo eso por lo
que, en general, se puede hacer la vista gorda. Es
perfectamente posible, para una economía estatal,
hacer la vista gorda, y hacerlo implica incluso
reconocer explícitamente que ha habido una mala
gestión política en la producción y distribución de
riqueza. Muy distinto es el caso de una economía
privada en la que precisamente lo que no es posible es
hacer la vista gorda, al menos respecto a esas
actividades -que son casi todas- que perjudican los
intereses privados de empresas o particulares
poderosos. Un cubano puede resolverse una vivienda
construyéndola de madera en una azotea con espacio
libre. Aquí a nadie se le ocurriría ni intentarlo,
porque la propiedad privada no tiene la flexibilidad
de la propiedad estatal. De este modo, en los países
capitalistas, la iniciativa privada, cuando no tiene
dinero, se estrella en seguida contra el muro de la
propiedad privada. De ahí que, en México DF, en Tánger
o en Bogotá la gente esté tan obligada a “resolver” a
diario como en La Habana, sólo que allá no puede
hacerlo más que a través de la mafia, la extorsión y
la violencia, por decirlo así, a punta de pistola. Es
verdaderamente chocante la ausencia de violencia en
Cuba, casi tan chocante como la ausencia de publicidad
en las calles. La otra posibilidad de “resolver” en
las sociedades capitalistas, aparte de la violencia,
es la mendicidad, otra cosa que tampoco existe en
Cuba.
El caso es que ese
mundo libre de la iniciativa privada que habita
siempre en nuestras cabezas, tanto da en 1º de la ESO
que en 5º de económicas, es un mundo de productores
independientes con acceso a medios de producción
propios, que luego intercambian en el mercado sus
productos, los productos, por tanto, de su iniciativa
personal, de su sudor, su inteligencia y su voluntad
inalienable. Ahora bien, ese mundo que se deduce de
semejante “modelo liberal”, no tiene absolutamente
nada que ver con el nuestro. Ese mundo –con el que
comienzan todos los manuales de economía como si tal
cosa- no existe más que en algunas excepciones
aisladas y marginales, como por ejemplo algunos
mercados de indígenas, en economías de pura
subsistencia que se pueden permitir, de todos modos,
llevar algunos excedentes al mercado. También en
Egipto, en los intersticios infracapitalistas de su
economía de la miseria. Algo que tiene que ver con eso
existe también en Cuba, al amparo de la propiedad
estatal. Por supuesto que no es una receta que pueda
programarse en serio, ni un sistema, ni un modelo, ni
nada, más bien una pura coyuntura muy pintoresca,
pero, aún así, es de lo más interesante reparar en que
una economía estatalizada de funcionarios robando en
su puesto de trabajo produce resultados más parecidos
al mito liberal de un sistema productivo basado en la
iniciativa privada que los que permite -para el
noventa y ocho por ciento de la población- nuestro
sistema capitalista. Puede que Cuba no encarne para
nada el modelo liberal, pero, al contrario que bajo el
capitalismo, al menos tiene que ver con él, pues,
aunque sea de una forma formalmente ilegal, el
ciudadano medio suele tener más acceso a medios de
producción (o de “resolución”) que en nuestro paraíso
de la propiedad privada. No, como digo, como efecto de
ningún plan político o productivo, sino más bien por
el mismo motivo por el que los que trabajan para el
Estado suelen llevarse a su casa los bolígrafos y los
botes de típex de su oficina, mientras que una cajera
de DIA no puede llevarse un paquete de galletas de
chocolate para su hijo. Es cierto que el complicado
tejido cubano en el que todo el mundo “resuelve” a su
manera, ha acabado por convertirse en una especie de
NEP espontánea a lo caribeño. Muchos opinan que gran
parte de esas actividades ilegales o alegales (se dice
siempre que en Cuba todo lo que no está expresamente
permitido, está prohibido), están ya lo
suficientemente asentadas y toleradas como para que
mereciera la pena legalizarlas y convertirlas, en
efecto, en un aspecto de la política económica
oficial. Esa es una de las discusiones en las que se
está ventilando ahora el futuro de Cuba. Pero no es el
momento de entrar en eso. Lo que quería era sólo
llamar la atención sobre el hecho de que el modelo con
el que comienzan todos los libros de economía al
enfrentar iniciativas privadas en el espacio económico
de los recursos escasos, es en realidad una notable
descripción de la economía cubana, pero no desde luego
de nada que pueda tener que ver ni de lejos con
nuestro mercado laboral.
***
Algo semejante a lo
que venimos diciendo sobre la meritocracia y la
iniciativa privada, habría que plantear respecto de
eso que llamamos Estado de Derecho, un espinoso asunto
sobre el que hay una especie de consenso generalizado:
es lo que no hay en Cuba y en cambio sí que hay entre
nosotros. En efecto, nadie pretende que en Europa o en
USA no haya miseria, violencia, mendicidad, paro,
corrupción; una democracia constitucional no tiene por
qué ser el Paraíso, basta con que sea el sistema menos
malo que probablemente es posible inventar. Así pues,
entre el Paraíso y el Derecho, nosotros optamos por el
Derecho, sobre todo porque demasiado nos ha
escarmentado ya la Historia: sabemos muy bien lo mucho
que se parecen al infierno los Paraísos que no están
en estado de Derecho. Es cosa poco discutida que en
Cuba, por el contrario, hay, como se ha repetido mil
veces, buena Salud y buena Educación, pero no Derecho.
Ahora bien, es de
lo más interesante averiguar cuál es el criterio que
utilizamos para juzgar sobre estas cosas. Una vez que
sabemos que no lo hay en Cuba (y sí entre nosotros)
sólo resta saber qué es eso del Estado de Derecho.
Supongo que todos
estaremos de acuerdo en que no basta con que la
Constitución diga que hay Estado de Derecho para que
admitamos que, en efecto, lo hay. Fundamentalmente,
decimos que una sociedad está en Estado de Derecho
cuando en ella hay una división de poderes, es decir,
cuando el poder que legisla, el poder que juzga y el
poder que gobierna son independientes entre sí, de
modo que, por ejemplo, el gobierno puede ser llevado a
los tribunales para ser juzgado con arreglo a unas
leyes que no han hecho ni jueces ni gobernantes. Pero
esto es una cosa que decimos, igual que puede decirlo
la Constitución. Lo difícil no es estar más o menos de
acuerdo con esa definición. Lo difícil es averiguar lo
que ponemos en juego para distinguir una sociedad que
dice estar en estado de Derecho, de una sociedad que
efectivamente lo esté. Así por ejemplo, en el 17 de
abril de 1989, Pinochet declaró que Chile ya estaba lo
suficientemente maduro para volver a ser un Estado de
Derecho, que él ya había matado a suficientes
marxistas, comunistas e izquierdistas y, que, por
tanto, ya podían convocarse elecciones sin peligro de
que ganaran las izquierdas, aunque, desde luego
–advirtió-, “si gana una opción de izquierdas o se
toca a uno solo de mis hombres, se acabó el Estado de
Derecho”. El 17 de abril de 1989, por tanto, los
medios de todo el planeta celebraron la vuelta de
Chile a la democracia. Y, desde entonces, ha habido
democracia y Estado de Derecho en Chile, ya que,
puesto que no ha ganado las elecciones ninguna opción
de izquierdas, no ha sido necesario volver a dar un
golpe de Estado. En 1990 ganó Patricio Alwyn, un
antiguo golpista democristiano y, cuando han ganado
los socialistas, han seguido, como si tal cosa,
haciendo lo que mandaba el FMI, porque durante los
dieciséis años de dictadura ya aprendieron eso de que
quien manda, manda, y que si no, ya se sabe, “se acabó
el Estado de Derecho”. El caso es que, puesto que se
celebran elecciones y no ganan las izquierdas y por
tanto no hay golpes de Estado, podemos decir que en
Chile hay Estado de Derecho. Lo mismo ocurre en
Colombia: durante estas últimas décadas, los
paramilitares se han ocupado de matar a tiempo –a
veces “justo a tiempo”, el día antes- a todos los que
siendo de izquierdas podían ganar las elecciones, de
modo que luego los comicios electorales se han podido
celebrar sin sacar los tanques a la calle, a causa de
lo cual podemos decir en nuestra prensa democrática
que Colombia es una democracia y está más o menos en
Estado de Derecho (al contrario, ya se sabe, que
Cuba). En Haití dejó de haber Estado de Derecho en
1990, a causa de que, por abrumadora mayoría, había
ganado las elecciones el peligroso cura izquierdista
Aristide, que amenazó en seguida con subir el salario
mínimo 20 centavos, por lo que, ante semejante fallo
del sistema democrático, se hizo necesario dar un
golpe de Estado, implantar una dictadura y matar a
varios miles de personas, entre torturas horrorosas;
como resulta que no se mató a los suficientes, en el
2000 volvió a ganar las elecciones Aristide, por lo
que se hizo necesario otro golpe de Estado en julio de
2001, que, como fracasó, hizo necesario otro más, en
diciembre de 2001, que fracasó también, por lo que se
recurrió a bloquear todas las ayudas de Banco
Interamericano de Desarrollo y todos los créditos del
FMI, hundiendo la economía haitiana en un abismo sin
fondo, y así hasta el golpe de Estado de este año
2004, que ha triunfado por fin, con la complicidad,
por cierto de toda Europa; en cuanto se haya matado a
todos los que tengan el propósito electoral de subir
el salario mínimo de las Alpha Industries, en Haití se
podrá restaurar, sin riesgo, el Estado de Derecho.
La historia de
Latinoamérica está plagada de casos así. Pero, los
paladines de la democracia y las libertades, como
Mario Vargas Llosa, no ven nada raro en todo esto. Sin
ir más lejos, aunque Chávez ganó en cuatro años ocho
consultas electorales, a sus ojos y los de nuestra
prensa democrática no ha cabido duda, en todo este
tiempo, de que es un dictador -ya que es de
izquierdas. Si hubiera triunfado el golpe
“cívico-militar” del 2002, si se hubiera asesinado a
Chávez y se hubieran exterminado a unas cuantas
decenas de miles de bolivarianos, de modo que ya no se
corrieran riesgos electorales, no cabe duda de que a
los ojos de nuestros bienaventurados medios de
comunicación se habría dejado a Venezuela bien
madurita para la democracia y la división de poderes.
De hecho, como se recordará, el golpe de Estado de
abril del 2002 que colocó por 24 horas al jefe de la
patronal en el poder, fue celebrado por El País, El
mundo y todos las televisiones españolas y europeas
como una “tranquila” “restauración de la democracia”.
Cuento todo esto
que siempre suelo contar para que se vea que con
semejantes criterios no hay manera de averiguar si las
sociedades que dicen estar en Estado de Derecho
realmente lo están, de modo que habrá que poner manos
a la obra para buscar otro criterio, al menos si no
queremos estar hablando por hablar (aunque bien es
verdad que es una actividad bastante bien pagada en el
Grupo PRISA, en tanto resulte eficaz para impedir que
se hable de lo que hay que hablar). En España, por
ejemplo, la última vez que ganó una opción electoral
lo suficientemente de izquierdas como para molestar un
poco a los Botín y los March, fue en 1936, y el desliz
se pagó tan caro como todos sabemos. Lo mismo pasó en
Grecia (1967). Y en Italia no pasó, porque EEUU ya se
encargó de advertir que como pasara invadirían el
país. Uno no se puede cansar de repetir que, en toda
la historia del siglo XX no ha habido ni una sola vez
en que una opción electoral de izquierdas haya podido
intervenir en los asuntos del capital sin que el
experimento no haya sido corregido por un pinochetazo.
Así ha sido nuestro
tan cacareado Estado de Derecho: un Estado de Derecho
en el que las izquierdas jamás han tenido derecho a
ganar las elecciones. Las izquierdas han tenido
derecho -como lo tienen, por ejemplo, hoy día en toda
Europa- a intentar ganar las elecciones, eso sí. Pero
no a ganarlas, porque entonces se monta la de Dios y
“se acabó el Estado de Derecho”. Esto es una cosa que
la historia del siglo XX ha grabado en el alma de los
votantes con sangre y con fuego: si se quiere que haya
democracia y Estado de Derecho, hay que votar a las
derechas. También se puede votar a las izquierdas que
hagan políticas de derechas. Pero no a las izquierdas
que hagan políticas de izquierdas. Así pues, no es que
las izquierdas de izquierda se hayan empeñado en ser
revolucionarias. De ninguna manera. Es que no se les
ha dejado, jamás, otra opción. La opción no ha sido
nunca, o Castro o Allende, la opción ha sido o Castro
vivo o Allende muerto.
Mirando el siglo XX
a lo largo, resulta que a lo que hemos llamado Estado
de Derecho no es exactamente a lo que antes definimos
como tal, sino más bien a ese paréntesis entre dos
golpes de Estado en el que el capital se puede
permitir convocar elecciones porque no hay posibilidad
de que ganen las izquierdas (suficientemente diezmadas
en el golpe anterior: así por ejemplo, en España, para
poder gozar de 25 años de democracia que llevamos por
ahora, tuvimos que tener 40 de dictadura para purgar
las malas hierbas).
Así pues, es de lo
más interesante investigar qué diablos es lo que
estamos diciendo cuando decimos que en España hay
Estado de Derecho y en Cuba no. Porque, en efecto,
algo decimos, de todos modos. ¿En dónde reside la
fuente de las evidencias empíricas que convierten a
los países europeos en Estados de Derecho y a Cuba, en
cambio, no? Para dar con alguna evidencia empírica,
pensemos, por ejemplo, en lugar de en Vargas Llosa, en
ciertos izquierdistas, críticos del castrismo como el
que más: “yo, en Cuba, estaría en la cárcel”, suelen
argumentar. Yo no estaría tan seguro, pero, vete a
saber. Lo interesante, sin embargo, es empezar por
reflexionar por qué no están en la cárcel en España y
por qué sí lo habrían estado en el Chile de Pinochet.
¿Será porque Chile era una dictadura y España no lo
es? ¿O no será más bien al revés, invirtiendo causas y
efectos? ¿No será que Chile fue una dictadura porque
había que meter en la cárcel a cierta gente? ¿No será
que para impedir que las izquierdistas ganaran las
elecciones, era necesario que Chile fuera una
dictadura y España, en cambio, donde las izquierdas no
pueden ganarlas o son tan de derechas como la derecha,
no es necesario recurrir a métodos tan contundentes?
¿Para qué meter en la cárcel a los cuatro imbéciles de
izquierdas que quedan por ahí haciendo el payaso en
Internet? Supongo que se advierte que es muy distinto
plantear las cosas de una manera que de otra. En
nuestros benditos Estados de Derecho no se nos mete en
la cárcel no porque sean Estados de Derecho, sino
porque somos inofensivos. Si algún día dejáramos de
serlo, se nos arrancaría la piel a tiras. Bastaría con
que tuviéramos alguna posibilidad de ganar las
elecciones y cumplir, por ejemplo, con nuestra promesa
electoral de nacionalizar la banca, para que
acabáramos enterrados en cal viva (y no sólo nosotros
sino todos los que tuvieran cara de querer subir un
centavo el salario mínimo, que así se empieza y no se
sabe cómo se acaba).
Si aquí no se mete
en la cárcel a ese tal Fulano de tal que siendo tan
izquierdista está tan convencido de que “en la
dictadura castrista” estaría en la cárcel, seguro que
no es porque en España haya libertad de expresión,
sino porque seguro que ese Fulano de tal no tiene aquí
ninguna posibilidad de hacerse oír ni de influir en
nada que tenga importancia. Si un directivo loco
pusiera en las manos de ese Fulano la sección de
economía del Telediario, le despedirían al día
siguiente. Y si entonces bajara un dios de los cielos
para hacerle director vitalicio de los Informativos, y
él pretendiera seguir siendo tan izquierdista como
siempre había sido en esta bendita democracia, a las
veinticuatro horas le habrían pegado un tiro en la
nuca. Pero nunca es necesario llegar a esos extremos.
Normalmente ni siquiera es necesaria la censura. Pero
no porque haya libertad de expresión, no. Nadie niega
que haya libertad de expresión, pero si no hay censura
no es porque haya libertad de expresión: es, más bien,
porque todos los periodistas a los que habría que
censurar (con la consiguiente merma de la libertad de
expresión) están en el puto paro. Es como una vez que
me decía un periodista de El País que a él jamás le
habían censurado ni le habían llamado de dirección
para indicarle lo que tenía que decir. Resultará
increíble, pero ni por un momento se le pasaba por la
cabeza que era precisamente por eso, por lo muy
espontáneamente que su libertad de expresión encajaba
con la línea editorial de El País (que ni había que
llamarle la atención, oye), por lo que había sido
contratado y por lo que no se le ponía de patitas en
la calle. Más cómicos aún son los periodistas en paro
que siguen creyendo en la libertad de expresión porque
nada ni nadie les impide decir lo que quieran en la
página web que leen sus amigos.
¿Alguna vez nos
hemos preguntado en serio por qué en las democracias
europeas o en los EEUU no hay (casi) presos políticos?
No hay presos políticos no porque haya libertades
políticas, sino porque la política no tiene la menor
posibilidad de intervenir en el curso de la realidad.
Vivimos en una sociedad hasta tal punto chantajeada
por sus estructuras económicas, que se puede permitir
el lujo de ser todo lo democrática que quiera, ya que,
de todos modos, ninguna intervención democrática tiene
ninguna posibilidad de prosperar (2 ).
Ahí donde la palabra no tiene ninguna posibilidad de
intervenir en el curso de las cosas, ¿por qué no
decretar la libertad de expresión más absoluta? Ahí
donde las asociaciones que no tengan un millón de
euros de capital son absolutamente impotentes, ¿por
qué no decretar la libertad de asociación y de
reunión, el pluripartidismo y su puta madre? Está bien
eso de decretar la libertad de prensa en una sociedad
como ésta; al noventa y cinco por ciento de los
ciudadanos nos tranquiliza de la hostia saber que si
tuviéramos tanto dinero como Polanco nada nos
impediría decir lo que nos diera la gana en El País o
en El Mundo o en El AntiGlobo que decidiéramos fundar.
¿Pero de veras creemos que es así? ¿De verdad pensamos
que si tuviéramos tanto dinero como Polanco podríamos
ser comunistas en un medio de comunicación que no
fuera irrelevante? ¡Vamos, hombre, nada de eso! Si eso
fuera así, si los comunistas pudieran tener un imperio
mediático (porque, por ejemplo, Georges Soros hubiera
tenido el capricho de nombrarles herederos), se
prohibiría la libertad de prensa de inmediato, se
metería en la cárcel a todos los que abrieran la boca
y se les arrancaría con alicates las uñas de los pies.
Nunca ha sido de otra forma; eso es lo que ha ocurrido
sin excepción cada vez que la izquierda ha tenido,
además de la libertad de palabra, la posibilidad de
hacerse oír.
De todos modos, su
actitud siempre será admirable, comparada con la que
pusieron en práctica en las legislaturas del PSOE
cuando, al ver que no podían hacer la política de
izquierdas para la que habían sido votados, se
pusieron, sin más a hacerla de derechas, como Dios
manda.
Perra vida ésta en
la que nunca ha habido libertades políticas más que
bajo la condición de que esas libertades fueran
impotentes. En Cuba, por ejemplo, hay, eso es verdad,
pocas libertades políticas. Es obvio por qué es así:
porque en Cuba las libertades políticas no serían
impotentes; por el contrario tendrían unos efectos
espectaculares y algunos de ellos, por cierto –como
suele pasar en los países en guerra y Cuba lo está-,
corrosivos y suicidas.
Así pues, conviene
ordenar la cuestión para ver cómo se pueden hacer las
comparaciones de manera que tengan sentido. Mientras
no se haga este esfuerzo, todas las conversaciones y
discusiones sobre Cuba están destinadas a dar vueltas
sobre tópicos, estupideces y supercherías. Lo que se
suele decir es que en los países capitalistas, así de
media, hay muchas libertades (y poca Sanidad y
Educación), mientras que en Cuba hay mucha Sanidad y
Educación, pero pocas libertades. Pues no, se trata de
una simetría mal montada. Lo que tenemos, por un lado,
es que, bajo el capitalismo, hay muchas libertades
porque el capitalismo mismo garantiza que no será
posible hacer nada de importancia con ellas: las
libertades no cotizan en Bolsa y, por tanto, el
Ministro de Economía no tiene por qué tenerlas muy en
cuenta a la hora de explicar al consejo de ministros
lo que se puede y no se puede hacer. Y, por el otro
lado, en Cuba, hay pocas libertades porque incluso las
pocas que hay tienen efectos muy relevantes de los que
sería largo hablar.
Pero que conste que
no hemos entrado para nada en el tema de si en Cuba
hay o no algo parecido a un Estado de Derecho y que
soy muy consciente de ello. Me limito a señalar que,
si no queremos decir tonterías, a la hora de explicar
por qué no hay Estado de Derecho en Cuba conviene que
dejemos claro qué es lo que estamos diciendo cuando
decimos que sí lo hay, por ejemplo, en España. O
mejor, la cuestión resulta aún más llamativa en
abstracto: ¿cómo consideramos que una realidad social
está “en Estado de Derecho”? ¿Qué entendemos por eso?
Existen, al menos, dos posibilidades:
Una. Constatando
que se da una coincidencia entre la realidad y el
Derecho que es obra del Derecho. (Las cosas “pasan
así” porque el derecho exige que pasen así)
Dos. Constatando
que se da una coincidencia entre la realidad y el
Derecho que es obra de la realidad. (Las cosas “pasan
así” y a veces coinciden con lo que exige el Derecho y
a veces no, así es que, a la parte en la que se da la
coincidencia, la llamamos Estado de Derecho y a la
otra la consideramos, por ejemplo, en “vías de
desarrollo o de madurez”)
Es importante
reparar en el hecho de que sólo la primera posibilidad
tiene algo que ver con lo que la Ilustración llamó
Estado de Derecho. Y lo más importante es reparar en
que nosotros, los que decimos que representamos la
punta de lanza del Estado de Derecho en este mundo,
desde Bush y Aznar a Uribe y Blair, consistimos en
estar siempre en la posibilidad Dos y decir que
estamos en la Uno. Esta es nuestra gran mentira, en la
que colaboran a diario todos nuestros periodistas (que
no están en paro) y la mayor parte de nuestros
intelectuales.
La cosa se
entenderá rápidamente con un ejemplo. Uno puede hacer
un recorrido turístico por los barrios residenciales
del norte de Madrid, sin sentir en ningún momento que
el curso de las cosas se estrelle o se dé de bofetadas
contra el Derecho. Son barrios habitados por gente
culta y de clase media alta o alta a secas; en ellos
nadie encuentra ningún motivo para violar la ley si
por violar la ley se entienden cosas como robar en un
supermercado, atracar un banco, trapichear con
heroína, en fin, ese tipo de cosas por el que la gente
acaba en la cárcel (3 ).
En estos barrios, los policías son unos señores que,
más que nada, cuando se te pierde el niño te lo traen
de la mano con una piruleta para que no llore. Los
policías son la instancia que vela por esa milagrosa
coincidencia entre cotidianeidad y derecho a la que
llamamos ciudadanía. Es en sitios así donde se respira
eso a lo que llamamos “Estado de Derecho”; la mejor
prueba de ello es que todo el mundo tiene la sensación
de que la Ley no está ahí para reprimir su libertad,
sino para garantizar sus derechos. Las cosas se mueven
con arreglo a derecho, y el derecho se lleva bien con
el moverse de las cosas, de tal modo que no tiene que
estar todo el tiempo vigilando, reprimiendo,
castigando, disciplinando, regañando, interviniendo,
en fin, en los asuntos humanos. ¿Cómo no considerar
entonces que esos “asuntos humanos” han alcanzado un
estatus al que hay que llamar, como quiso siempre el
pensamiento ilustrado, mayoría de edad, madurez
ciudadana, civilización e Ilustración?
Más o menos, el 15
% de la población mundial es mayor de edad en este
sentido. Se trata de un 15 % para el que el curso de
sus asuntos no entra en conflicto, sino todo lo
contrario, con las exigencias de la razón y del
derecho.
Ahora bien, lo
verdaderamente ilustrado sería que esta coincidencia
entre realidad y derecho se debiera a la capacidad del
derecho para actuar sobre la realidad, para educar y
enderezar el curso de los asuntos humanos y que, por
tanto, el milagro por el que en La Moraleja nadie
atraca bancos ni trafica con heroína ni roba en los
supermercados (ni los policías pegan palizas si no que
llevan piruletas), que todo eso se debiera a la
exquisita educación racional de sus ciudadanos o a las
virtudes incontestables del régimen político español,
y no, como es obvio, a que es absurdo robar un banco
del que eres propietario o dar instrucciones a tu
criada para que te robe el desodorante al hacer la
compra en el supermercado. En La Moraleja, la realidad
y el derecho coinciden por la sencilla razón de que
ahí no hay motivo alguno para violar la ley. Es una
tontería robar cuando te puedes permitir el lujo de
pagar. Pero, claro, sería chocante que los vecinos de
La Moraleja argumentaran que si a los vecinos de San
Blas o del Piti se les suele pillar más a menudo que a
ellos robando coches y atracando bancos es porque han
recibido peor educación o porque han asumido más
torpemente las virtudes de la división de poderes
plasmada en el ordenamiento constitucional español.
Sin embargo, por
ridículo que resulte ese argumento es exactamente el
mismo que utilizamos para considerar que los países
europeos o los EEUU están en Estado de Derecho. Es,
sin duda, cierto que, entre nosotros, el curso de la
realidad no viola demasiado las exigencias de la ley.
Pero eso no ocurre en absoluto porque la ley haya
encontrado, a través de nuestros inigualables
ordenamientos constitucionales, procedimientos adultos
y liberales para hacerse respetar y obedecer, sino
porque, en una situación económicamente bastante
privilegiada, la realidad no tiene mucha necesidad de
contradecir lo exigido legalmente. Es el curso de la
realidad ─tres
siglos de colonialismo, dos guerras mundiales,
instituciones económicas y militares tan poderosas
como el Banco Mundial o la OTAN, etc.─
el que nos ha puesto en la situación de una casual
coincidencia con las exigencias racionales; en
absoluto se ha debido a un procedimiento exitoso de la
razón o a la eficacia de un modelo político
recomendable. Si tuviéramos que explicar a un ama de
casa venezolana cómo se llega a ser ciudadana de la
Moraleja, o del Estado de Derecho, sería absurdo
proponerle un estudio concienzudo de las
Constituciones europeas. En la Moraleja, simplemente,
se nace con menos ganas de violar la ley que en un
suburbio de Caracas. O al menos, se tienen muchas
menos posibilidades de que el arte de ganarse el pan
de cada día entre en conflicto con el Derecho, es
decir, con la policía.
Tras la guerra del
Golfo de 1991, Arabia Saudí entregó a Egipto, en
concepto de "ayuda humanitaria", un millón de coranes.
Era obvio: si los egipcios querían ser tan ricos como
los sauditas, lo que tenían que hacer era respetar
tanto como ellos los preceptos del Islam, así es que,
en lugar de mandarles pan o petróleo, les mandaron
coranes. Igualito igualito es lo que hacemos nosotros
cuando nos paseamos por el mundo dando lecciones de
Democracia y Estado de Derecho desde nuestras tribunas
de opinión. Si los habitantes de las favelas de Río y
de los suburbios de Bogotá quieren sentirse
ciudadanos, si quieren sentir tan vivamente como si
estuvieran en La Moraleja que la policía está ahí para
proteger los derechos de la gente y para traer a casa
a los niños que se pierden en los centros comerciales,
lo que tienen que hacer es aprender de nuestros
sistemas constitucionales. ¡No de nuestra historia de
genocidios, matanzas y expolios, no! ¡No de nuestros
privilegios económicos! ¡De nuestras constituciones,
que dan un resultado bárbaro, y gracias a las cuales
no cabe duda de que somos todo lo que somos!
Es repugnante la
manera en que, en una especie de ritual supersticioso,
celebramos todos los días como obra del Derecho lo que
en realidad nos han regalado el Mercado y la Historia.
Repugnante, pero eficaz. Porque así, utilizando esa
misma confusión, podemos recomendar a los demás que,
si quieren Derecho, dejen pasar a la Historia y obrar
al Mercado. Así es este mundo, en el que el Estado de
Derecho no lo trae el Derecho, sino el capital.
Flexibilizar el mundo para las necesidades del capital
tiene que ser, forzosamente, la mejor manera de
extender el Derecho. No importa que toda la historia
del siglo XX haya demostrado lo contrario. Los
capitalistas de los países capitalistas no se llevan
mal con el Derecho, viven en Estado de Derecho, como
prueba el hecho de que nunca van a parar a la cárcel.
Es más, cuanto más capitalista eres, menos problemas
tienes con el Derecho ¿o alguien se imagina a Georges
Soros atracando un estanco? Claro que a algunos se nos
ocurren siempre maneras de exprimir el Derecho
mediante el desarrollo legislativo de ciertos
artículos capaces de meter en la cárcel a gente como
ésa; pero no hay cuidado, no estamos a punto de ganar
las elecciones y si lo estuviéramos, sería tonto
pensar que serían ellos y no nosotros los primeros en
visitar la cárcel. En tales condiciones, extender el
capitalismo o extender el Derecho es prácticamente lo
mismo, y si en el reparto final, algunos países en
Estado de Derecho, como, por ejemplo, Guatemala,
acaban siendo pobres como ratas, pues será, por tanto,
porque no tenían derecho a ser ricos. Quizás les faltó
iniciativa, trabajo, ahorro, quizás fue debido a la
corrupción, o quizás esas gentes no se estudiaron bien
nuestros ordenamientos constitucionales y cometieron
algún fallo al aplicarlos. ¡Así razona hasta sus
ultimas consecuencias una intelectualidad que ha sido
capaz nada menos que de soportar a un Rorty!
La cruda verdad es
que como nuestra sociedad "en estado de derecho" no ha
sido obra ni de la razón ni de la ley, es inútil
pretender extenderla por el mundo a base de leyes y de
razones. Sin embargo, igual que los pastores de Belén
debieron sentirse la mar de satisfechos al contemplar
que la razón y la carne –según dicen- coincidían en un
recién nacido (cuando pasó eso de que “el logos se
hizo carne” que contaba San Juan), la satisfacción que
nos produce a nosotros asistir a ese milagro sin igual
de la democracia constitucional y la división de
poderes, la enorme satisfacción que nos produce el
contemplar cómo, día tras día, el curso cotidiano de
las cosas y las exigencias del derecho coinciden en La
Moraleja, en el Club de Golf del Pardo y en la punta
de la polla de Emilio Botín, toda esa satisfacción
ante tamaña buena nueva, nos empuja a predicarla por
el mundo, cantando las alabanzas de la democracia y la
libertad. Resulta un poco ingenuo pensar que eso vaya
a levantar las monedas de Argentina, México, Egipto o
Senegal, pero qué más da. Nosotros a lo nuestro:
mientras se predica en el desierto la buena nueva, lo
que efectivamente hacemos es cerrar las fronteras,
legislar extranjerías, edificar murallas y fortalezas
en las que conservar inmaculada nuestra feliz
coincidencia con las exigencias del Derecho. Puesto
que es en La Moraleja y no en San Blas o en Getafe
donde coinciden de natural la realidad y el derecho,
lo lógico es preservar ese bendito lugar de toda
contaminación exterior. De este modo, La Moraleja que
representa el 15 % de la población mundial se ha
encerrado en una fortaleza inexpugnable, a la espera
de que los 4.000 millones de personas que, en el
exterior, subsisten con menos de dos dólares diarios,
terminen de estudiarse la Constitución y aprendan a
ser ciudadanos mayores de edad respetuosos de la
división de poderes, la libertad de expresión, el
pluripartidismo y todo eso. Aunque Oriana Fallaci ya
nos ha advertido que esa gente, por mucho que estudie,
no tiene remedio... Quizás algún día haya que seguir
su consejo (y el de Gabriel Albiac), convertir al 80 %
del planeta en un campo de exterminio y gasear a toda
esa gentuza. Al fin y al cabo, teniendo en cuenta las
proporciones de la tarea, sale más barato encerrarnos
nosotros en La Moraleja y gasear el resto del planeta
que llenarlo todo de prisiones y cámaras de gas. La
verdad es que la tarea hace ya tiempo que se inició
utilizando el arma de destrucción masiva más potente
que haya conocido la humanidad: la economía
capitalista. Hace ya mucho tiempo que –sin necesidad
de leer a Hannah Arendt- dejó de ser un misterio cómo
fue eso de que la población alemana conviviera
normalmente con Auschwitz , sin hacerse demasiadas
preguntas o sin que aflorara escrúpulo alguno que
turbara su conciencia ciudadana: probablemente había,
entre ellos, periodistas parecidos a los nuestros e
intelectuales que cumplían el mismo papel que la
plantilla de PRISA. Si esto es posible, nada tiene de
extraño que fuera posible aquello.
El que haya una
coincidencia entre cómo van las cosas y cómo exige el
derecho que vayan no indica para nada que la cosa en
cuestión esté en “estado de derecho”. Para que haya
Estado de Derecho hace falta que las cosas estén en
“estado de derecho” por obra del derecho (y no, por
ejemplo, a consecuencia de haber construido un club de
golf sobre el campo de una sangrienta batalla). A
causa de todas las carnicerías de la historia, se han
venido a constituir algunos recintos tan privilegiados
que en ellos no queda ya motivo alguno para meterse en
líos con la Ley, de tal modo que, siendo la Ley casi
superflua no hay ningún problema en configurarla según
todas las florituras de la división de poderes, las
libertades, la seguridad jurídica y todo el resto de
la cantinela. Pero, para que haya derecho a llamar
Estado de Derecho a una realidad política, hace falta
algo más; hace falta que el sistema político consista,
precisamente, en conferir a las leyes la capacidad de
modificar, influir o coartar el curso de las cosas. Y
no vale decir, cada vez que el curso de las cosas
coincide con lo que dicen las leyes que es porque las
leyes han obrado o legislado así. En las condiciones
capitalistas de producción el gobierno no está atado
de pies y manos por la legislación vigente (como
exigiría una sana mentalidad ilustrada que, además,
remitiría esa legislación, en último término y a
través de tribunales competentes, a la Declaración de
los Derechos del Hombre); más bien está vendido e
hipotecado de por vida a las necesidades de un sistema
económico que respira a sus espaldas según designios
propios, enfriándose y calentándose según ritmos
febriles para los que no hay medicina política, para
los que –como dicen siempre en Chicago- la política es
muchas veces peor remedio que la propia enfermedad. En
esas condiciones el poder económico es el que decide
sobre el curso de las cosas y no lo hace precisamente
consultando a políticos y jueces, sino, más bien al
contrario, haciéndose consultar por ellos sobre el
margen de actuación que les queda. El bienintencionado
gobierno de Zapatero, por ejemplo, no ha podido aún ni
bajar el IVA de los libros de texto y si logra
legislar sobre el matrimonio de los homosexuales, será
sólo en la medida en que el ministro de economía
certifique que eso no será malo para la Bolsa. Resulta
patético, pero de lo más esclarecedor, comprobar cómo
algunas promesas electorales que parecían anecdóticas
han sido ya declaradas imposibles de cumplir por el
Ministro de Economía. Nuestro flamante Parlamento,
nuestro poderoso gobierno constitucional, democrático
y de derecho, respaldado por la soberanía popular y
con el tajante veredicto de las urnas aún caliente ¡no
ha podido reducir de doce a ocho el número de domingos
que abren las Grandes Superficies Comerciales! Según
parece, aunque eso sería obviamente muy bueno para los
pequeños comerciantes que han hecho esa reivindicación
(y a los que se les prometió contemplarla a cambio de
su voto) y aunque nadie puede creer que eso fuera
terrible para unas Multinacionales forradas hasta los
dientes, Solbes ya ha advertido que sería muy malo
para la Economía (4 ).
Más claro el agua. Lo mismo pasó con el intento de
reformar el impuesto sobre las plusvalías. ¿Y alguien
espera alguna Ley que aborde de cara el problema de la
vivienda? ¿Sería posible –no digo si conveniente o no,
digo si sería posible- una Ley que expropiara todas
las segundas viviendas, o al menos las terceras, o al
menos las quintas? ¿O que, al menos, obligara a
venderlas a un precio justo consensuado en un
Parlamento? No, el ministerio de economía dicta lo que
es posible y lo que no. Un precio justo tendría que
ser un precio legislado y eso es incompatible con los
precios de mercado que son la salud de nuestro sistema
económico. Ya se ha dicho que, en el asunto de la
vivienda, habrá que jugar con el difícil equilibrio de
la oferta y la demanda. Quizás, por ejemplo, si se
suben las hipotecas, haya menos demanda y bajen los
precios... o algo de ese tipo.
Dos palabras, aún,
para evitar posibles equívocos, que ya me sé lo que
alguno estará pensando. Lo que no estoy pretendiendo
decir es algo así como “¿que en Cuba no hay Estado de
Derecho? ¿y dónde hay Estado de Derecho?”. No es que
esté mal esa línea argumental, pero no es la que viene
al caso. Estoy, más bien, intentando llamar la
atención sobre el tipo de experimento teórico que
sería pertinente para juzgar cuándo una realidad está
en Estado de Derecho y cuándo no. Lo que no vale es
pasearse por el mundo como hacen nuestros periodistas
y comentaristas políticos plantando la medalla del
Estado de Derecho, por una parte, a todas las
realidades lo suficientemente privilegiadas para no
tener que darse de bofetadas con la ley y, por otra
parte, a todos los rincones del planeta en los que las
libertades políticas son tan impotentes que ni
siquiera hace falta reprimirlas. El experimento
correcto para decidir sobre el nivel de Derecho en el
que está una realidad social tiene que venir a
preguntarse si las cosas estarían en otro estado sin
el concurso del Derecho. Haría falta, en suma, algún
experimento que pudiera mostrarnos en qué medida la
Ley ha sido algo más que un papel mojado, en qué
medida, en efecto, ha sido un límite del poder
ejecutivo y un modelo capaz de conformar la realidad y
corregir el curso histórico de las cosas.
Cuba es uno de esos
experimentos. Una de las cosas que más llama la
atención en Cuba es hasta qué punto –para nosotros
insospechado- las leyes son ahí responsables de cómo
van las cosas. No hay problema que en Cuba no pudieran
remediar las leyes. Es precisamente por esa
responsabilidad de la ley en la marcha de las cosas
por lo que hay a quienes Cuba les parece una
dictadura. Eso ocurre porque nosotros estamos
acostumbrados a que la realidad coincida con la ley no
por eficacia de la ley, sino por privilegio de la
realidad. Es por lo que nosotros tampoco solemos
pensar que las malas leyes sean responsables de cómo
nos van las cosas y solemos confiar más en otros
indicadores, como el estado de la Bolsa o el índice de
inflación. No reconocemos ni certificamos un “estado
de derecho” más que ahí donde el Derecho es superfluo.
Lo mismo pasa con la Política. No reconocemos que haya
libertades políticas más que ahí donde la política es
impotente. De lo contrario, la política nos parece
sospechosa, y su misteriosa eficacia síntoma de
oscuras posibilidades totalitarias. Nos negamos a ver
que la eficacia de la política (es verdad que
característica del fascismo y el totalitarismo, pero,
precisamente, porque el fascismo y el
nacionalsocialismo fueron la opción política del
capital para salvarse del capitalismo ahí donde el
capitalismo ya no respetaba ni al capitalismo) es,
antes que nada, el presupuesto elemental del
pensamiento ilustrado y la base de todo sistema
republicano y que es a partir de ahí y no antes desde
donde cobra sentido la distinción entre dictadura y
libertad. Es solamente ahí donde se ha vencido el
totalitarismo de lo económico, donde se abre la
posibilidad política de optar entre fascismo o
democracia. Pero el gran truco ideológico del siglo XX
ha sido el de poner por un lado lo político y lo
estatal, presentándolo como lo potencialmente
totalitario, y contraponerlo al mundo sin ley de la
economía, ahí donde la política es impotente, como el
espacio propio de la libertad. Es de este modo como se
ha llegado a considerar evidente que no hay libertades
políticas más que ahí donde no hay en absoluto
política.
En Cuba no ocurre
nada de esto. Ocurre más bien todo lo contrario. Una
mala ley o una mala decisión política es capaz de
hacer adelgazar a la gente a ojos vistas. Hasta tal
punto Cuba depende de su Derecho y de su Política que
una decisión legislativa o política llega a marcar la
estatura de las personas. “Es que ésos son los que
nacieron durante el período especial, por eso son
bajitos”, se oye decir. En el período especial de
principios de los noventa comenzó a faltar de todo en
Cuba, no, desde luego, a causa de un error político o
legislativo, sino a causa de que, al hundirse la URSS,
Cuba vio desaparecer, de golpe, el 85 % de su comercio
exterior y evaporarse la única línea de crédito de la
que disponía. Pero frente a ese terremoto
internacional, Cuba no tuvo, como en tantas otras
ocasiones desde el 59, más que un arma disponible: las
leyes y la política. Ni las leyes ni la política son
todopoderosas; no son capaces, desde luego, de impedir
los terremotos, los ciclones o los hecatombes
históricas, pero es muy diferente, llegados a estos
casos, tenerlas o no tenerlas a mano. Demasiado
sabemos lo que ocurre en Haití, o en Guatemala, o en
Argentina ante hecatombes bastante menos
espectaculares que la desaparición del 85 % de su
comercio exterior. Las venas de Latinoamérica se han
abierto hasta desangrarse por un derrumbe de un punto
en el precio del café o por la desaparición de un
arancel del 0,1 %, mientras que, ante semejantes
fatalidades, la Ley y la Política no podían hacer otra
cosa que cruzarse de brazos rumiando su impotencia. Ya
lo dicen el FMI y el BM: lo mejor que puede hacer
política y legislativamente el Tercermundo en general
es no hacer nada políticamente, suprimir todas sus
inoportunas legislaciones y abrirse de piernas frente
a los planes de ajuste estructural, que son los buenos
y, quién sabe por qué, los legítimos (como demuestra
el hecho de que quien no los cumple acaba siendo
acusado de terrorismo). Primero la Economía, que
después ya habrá tiempo para la Polis. Esos planes de
ajuste, por supuesto, no son decididos en la Asamblea
general de la ONU, ni en Parlamento alguno del
planeta, sino en reuniones herméticas celebradas en
búnkeres policiales, en cumbres de altas montañas o,
si se llega a terciar, en plataformas submarinas,
donde no haya que lidiar con los movimientos
antiglobalización. Así se lleva siglos reprimiendo
toda intervención política o legislativa y aguardando
a que las vías económicas del desarrollo conduzcan a
otro sitio que al basurero.
Muy distinta es la
cosa en Cuba. Frente a un terremoto natural o
histórico, los ojos en Cuba no se vuelven hacia la
Bolsa, para leer ahí el destino, sino hacia la
legislación y la política. En estas ocasiones, algunos
opinan que Cuba entera se convierte en un inmenso
Parlamento, en lo que se ha llamado “la
parlamentarización” de la sociedad; otros opinan que
toda esa hirviente actividad democrática no es sino
aparente y que, al final, será desde arriba desde
donde se decidirá la política a aplicar. Ahora bien,
los cubanos que nacieron en el periodo especial están
muy seguros o bien de que son más bajitos de lo normal
porque algo no se hizo bien políticamente, o bien de
que, habida cuenta de lo que se venía encima, tienen
que agradecer a la política el simple hecho de
continuar vivos. Quizás había que haber prohibido más
eficazmente el sacrificio de reses, quizás, por el
contrario, había que haber liberalizado el mercado de
vacuno; quizás había que haberse dado más prisa en
levantar las prohibiciones sobre el pequeño comercio
de subsistencia, quizás había que haber hecho esto o
lo otro. Los problemas de Cuba podían y pudieron en
todo momento ser discutidos, argumentados, explicados
y reflexionados en el Parlamento, en lo que es su
Parlamento.
Sea lo que sea a lo
que podamos llamar Parlamento en Cuba (5 ),
lo más curioso es que siempre se asemejará más que
nuestros Parlamentos a lo que nuestros Parlamentos
pretenden ser: un lugar en el que la política, la
argumentación y la contrargumentación, el consenso, el
uso público de la palabra, en suma, puede aspirar a
tomar las riendas del curso de las cosas mediante una
actividad legisladora. La actividad parlamentaria
cubana puede presentar muchas deficiencias.
Fundamentalmente, es enteramente deficiente debido no
a una escasez de democracia, sino a causa de una
carencia de división de poderes. En general, en Cuba
no falta democracia, sino Derecho. Ya hemos visto
antes que eso no es porque los cubanos no tengan el
privilegio de vivir en una Estado de Derecho como el
nuestro, sino porque en Cuba, al contrario que entre
nosotros, el Derecho no es ni impotente ni superfluo.
Nosotros nos podemos permitir el lujo de una actividad
parlamentaria intachable, pero sólo mientras la
actividad parlamentaria no pretenda meterse donde no
le llaman, es decir, en cualquier cosa de importancia.
Nuestros políticamente intachables Parlamentos sólo
tienen un problema: que no están situados en el lugar
de la política; que, bajo condiciones capitalistas de
producción, la política no está al alcance de la
actividad parlamentaria, sino de la negociación de las
grandes corporaciones económicas. Protegidos por su
superfluidad, nuestros Parlamentos se pueden permitir
la casi completa perfección formal y, en cualquier
caso, los defectos pasan desapercibidos; en Cuba, por
el contrario, no hay déficit del Derecho que no
resalte hasta dañar la vista. Pero, no nos engañemos:
si en Cuba se ven muchos defectos es porque en Cuba
los defectos son importantes.
Ocurre con estos
asuntos algo parecido a lo que pasa cuando se están
corrigiendo exámenes de filosofía, o mejor aún, cuando
se está intentando explicar a un alumno las razones de
un suspenso. La mayor parte de los exámenes que
merecen suspender no es porque estén mal. Al
contrario, algunos, cuando nos encontramos un examen
que está mal le ponemos casi siempre notable alto, o
por lo menos, aprobado. Los exámenes que merecen el
suspenso son aquellos que no logran siquiera alcanzar
ese nivel en el que las cosas pueden estar mal. Para
que un argumento esté mal hecho tiene que ser un
argumento o, como mínimo, parecerlo. Los exámenes
suspensos no están ni bien ni mal, sencillamente no
tienen la forma en el que las cosas pueden ser
verdaderas o falsas. Las equivocaciones, los errores,
en filosofía, como en general ha ocurrido en la
historia de la ciencia, son siempre fecundos y, a
veces, tremendamente difíciles. Lo que para la teoría
es impresentable no es el error, sino la ambigüedad,
la falta de rigor, la opinión subjetiva, el cambio de
tema, la divagación. Por eso es tan difícil explicar a
un alumno que ha suspendido por qué ni siquiera
merecía suspender, por qué ni siquiera alcanza ese
nivel en el cual el aprobado o el suspenso tienen
sentido.
Pues bien, a mí no
me cabe duda de que en cuestiones de Estado de
Derecho, la humanidad en general está suspendida sin
vacilación. Pero mientras que Cuba representa un
suspenso de esos merecidos, de los que –a la luz de
las circunstancias atenuantes- uno acaba por archivar
como notables, la realidad parlamentaria española, por
ejemplo, representa uno de esos otros suspensos que ni
siquiera merecen suspender. Nuestro Estado de Derecho,
en efecto, ni siquiera llega a ese nivel en el cual es
posible equivocarse.
Así pues, en lugar
de pasarse el día, con tanta suficiencia, señalando
con el dedo los defectos del régimen político cubano,
la humanidad del siglo XX debería haber tenido la
decencia de admirar con asombro, perplejidad y
respeto, el espectáculo inigualable de una realidad
social que dependía a vida o muerte de sus buenas o de
sus malas leyes. Nunca como en Cuba se había hecho
carne este milagro que condensa el conjunto de
aspiraciones de todo el Proyecto Ilustrado desde
Sócrates hasta nosotros.
Al declarar la
guerra a Cuba, mediante el bloqueo y el terrorismo, lo
que se hacía era ponerla en una situación en la que,
en general, las leyes tenían que ser bastante malas, o
mejor dicho, una situación lo suficientemente
inestable como para que las leyes no pudieran nunca
asentarse y tuvieran que ser suplidas por caprichosos
decretos ejecutivos. Todavía hoy se hacen demasiadas
leyes en Cuba como para que puedan ser vividas como
leyes. El curso histórico mundial ha obligado a Cuba a
acomodarse, defenderse y transigir constantemente
mediante revoluciones legislativas continuas. Eso
naturalmente es una calamidad para cualquier
pretensión de estado de derecho. Las leyes no pueden
cambiar a diario, de tal manera que haya que estar muy
al tanto leyendo el Granma para ver si hoy es legal
esto o lo otro. De hecho, como bien advirtió con
contundencia desde el primer momento el lado
reaccionario de la Ilustración, una mala ley que dura
es siempre mejor que una buena ley reciente. Cuba no
se ha podido permitir jamás el lujo de dar tiempo a
sus leyes. Y así, desde el principio (y tal y como
ocurre invariablemente en todos las situaciones de
guerra), los decretos han ocupado el lugar de las
leyes y el poder ejecutivo ha sepultado la división de
poderes.
Es lo mismo que
ocurrió con las jóvenes repúblicas soviéticas, que
nacieron en el seno de una guerra mundial y pasaron
sus primeros años combatiendo en una guerra mal
llamada civil en la que se volcaron todas las
potencias del capitalismo internacional. El
experimento soviético navegó en realidad, desde
entonces, en una guerra permanente, hasta su rendición
final con Gorbachov, cuando este creyó tan
ingenuamente que al fin se le iba a permitir al
Derecho estacionarse sobre la fabricación de
mantequilla en lugar de convulsionarse bajo la
fabricación de misiles. Ningún país en guerra puede
permitirse la división de poderes. El experimento
soviético duró, en realidad, un abrir y cerrar de
ojos, setenta años, marcados por tres guerras
mundiales y decenas de millones de muertos. Es hacer
gala de un sorprendente cinismo pretender que en esas
condiciones el socialismo podría haber sido compatible
con un Estado de Derecho. Pero el verdadero y más
rebuscado cinismo se oculta tras la famosa alegación
de que los países capitalistas sí lograron, en cambio,
funcionar como Estados de Derecho en las mismas
condiciones de guerra permanente. El capitalismo se
puede permitir el Derecho –cuando se lo puede permitir
y donde se lo puede permitir, que suele ser en un 10 %
de las ocasiones y de los lugares- porque,
normalmente, bajo sus condiciones –y siempre en el
aludido 10 %-, el totalitarismo económico que
garantiza los privilegios económicos que hacen
innecesario violar la ley, convierte, a su vez, en
innecesarias a las dictaduras de corte político. La
sociedad capitalista no depende de sus leyes, sino de
su capitalismo. En el socialismo, en cambio, la
sociedad depende por entero de sus leyes. Nada tiene
de extraño, así pues, que los países capitalistas más
privilegiados se hayan podido permitir el disfrute de
una intachable división de poderes, pues lo han hecho
en unas condiciones en las que lo que se dividía no
era el poder, sino una apariencia de poder. Aquí
reside el mito tribal más persistente de lo que
llamamos Occidente. Está bien eso de inventar toda
suerte de dispositivos para dividir un poder
imaginario, mientras el poder real circula de forma
salvaje por otros cauces indomeñables. Lo que mueve al
vómito es constatar la gran cantidad de buenos
cerebros que de Habermas a Enzensberger o Savater se
han aplicado en hacer pasar por filosofía la
justificación tribal de este mito.
La tarea ilustrada
de la división de poderes es bastante más difícil de
lo que uno puede llegar a creer leyendo a esos
señores. La humanidad no se ha enfrentado en serio a
la dificultad real de ese problema más que bajo el
experimento de lo que se llamó “socialismo real”. Y el
fracaso fue, desde luego, estrepitoso. Y por supuesto
que no se reparó en gastos para provocar que lo fuera.
Pensemos por ejemplo en la Nicaragua sandinista. Para
poner al ejecutivo sandinista en condiciones en las
que se viera obligado a censurar unos cuantos
artículos de prensa, dañando así la consistencia del
Estado de Derecho, fue necesario poner el mundo entero
patas arriba, montando una guerra con Irangate
incluido y volcando todas los malas artes del Imperio
sobre un país pobre y pequeño, en el que no había un
solo ascensor que funcionara. Demasiados ejemplos
parecidos se podrían poner, pero bastará en los
próximos meses con estar atentos a lo que ocurra en
Venezuela, en donde todavía no se ha censurado nunca
la prensa ni se ha puesto jamás en cuestión la
división de poderes, pese a que, en efecto, el mundo
entero se ha confabulado para forzar a Chávez a
cometer algún desliz de este tipo.
La humanidad no
tiene todavía la menor idea de lo difícil que es la
división de poderes, ni tampoco de lo apasionante que
puede llegar a ser esa aventura a la que llamamos
Ilustración. Cuba es pionera en este campo de
experimentación política. En Cuba no hay Estado de
Derecho, pero a lo mejor algún día nos veremos
obligados a reconocer –cuando la historia del siglo XX
empiece a contarse bien de una vez- que con ella
comenzó para este mundo miserable y mentiroso, la
aventura de una vida política conforme a derecho. Para
que haya la posibilidad de un espacio político en el
que vivir es, ante todo, necesario que la totalidad de
las posibilidades humanas no se gasten o se consuman
en la aventura de la supervivencia. Hasta el momento,
y aunque resulte increíble a la luz del desarrollo
tecnológico que hemos alcanzado los seres humanos,
supervivir nos ha impedido vivir. No existen
posibilidades políticas sin tiempo libre, como se sabe
bien desde los tiempos de Pericles. La revolución
tecnológica ininterrumpida en la que vivimos tendría
que tener por efecto una reducción de la jornada
laboral que liberara más y más tiempo para actividades
políticas. Pero eso es imposible bajo condiciones
capitalistas de producción, como bien demostró Marx
hace ya tiempo. El capitalismo ha condenado a la
humanidad a la aventura de la supervivencia en
condiciones tecnológicas crecientemente más y más
privilegiadas. La vida política es incompatible con un
sistema económico como el capitalista que se
caracteriza por mantener constantemente a los hombres
en condiciones mínimas de supervivencia, para
concentrar así cualquier adelanto tecnológico en la
producción de más adelantos tecnológicos, de modo que
la revolución de las condiciones de producción sea
siempre máxima. Como decía Wallerstein, el capitalismo
produce más para poder producir más. El hambre
económica del capitalismo por el máximo de producción
ha acogotado a la humanidad con más eficacia que antes
lo hiciera el hambre biológica, obligando a la vida
social a conformarse con la supervivencia y denigrando
toda posibilidad de descanso y tiempo libre bajo la
figura abyecta del parado.
El socialismo real
fue la punta de lanza de una nueva época para la
humanidad, en la que la Política y el Derecho tenían
la posibilidad de reinar sobre la Economía y, por
tanto, legislar y decidir sobre todos los asuntos
humanos de importancia. El socialismo no fue, en este
sentido, sino la propia Ilustración, una vez que se
había reparado en el imprevisto de un capitalismo al
que nadie había invitado y al que no se podía
simplemente guillotinar en una plaza pública. Se trata
de la aventura más heroica y la causa más verdadera
que la humanidad haya emprendido desde que Sócrates,
Platón y Aristóteles lanzaran al mundo el reto de una
vida política a todos los seres racionales del futuro.
La Ilustración que recogió ese guante sólo tuvo una
verdadera posibilidad histórica de triunfar bajo el
proyecto de las economías socialistas y ya hemos visto
lo mal que salió la cosa y la mucha voluntad que se
puso en que saliera así de mal. Así, fue como si, bajo
el socialismo, la humanidad se hubiera empeñado en
demostrar hasta qué punto podía liberarse del chantaje
económico a costa de sujetarse a malas leyes y malas
políticas. Pero la pura verdad es que, en las
ocasiones en que se intentaron hacer las cosas mejor,
como con Allende en Chile o con el sandinismo en
Nicaragua, los esfuerzos de la política tuvieron que
consumirse en la tarea de resistir al sabotaje, el
bloqueo y la guerra, en una correlación de fuerzas
desigual y condenada de antemano.
Hoy, Cuba es el
único testigo que queda de todo aquello por lo que
lucharon los esfuerzos de la Ilustración desde la
muerte de Sócrates. Cuba es el único testigo de esa
posibilidad humana que es el Estado de Derecho.
Naturalmente que eso no la convierte ni mucho menos en
un Estado de Derecho. Pero, aunque Cuba no es un
Estado de Derecho, se sostiene constantemente en esa
posibilidad y bastaría con que la dejaran en paz para
que las leyes fueran corrigiendo a las leyes hasta
instituir un verdadero régimen constitucional. Cuba no
es un Estado de Derecho, pero podría serlo, y, además,
no dice que lo sea, lo que siempre es un buen comienzo
para el Derecho. Cuba es más bien la prueba de hasta
qué punto es difícil en este jodido mundo capitalista
arrancar una mísera isla de las garras de la Historia,
para que la Ley y la Política puedan tomar por una vez
la palabra. Cuba es la prueba de la dificultad de
introducir una obra de la libertad en el curso fatal
de las cosas.
Mucho peor es,
desde luego, lo que nos ocurre a nosotros, que no sólo
no somos un Estado Derecho sino que tampoco sabemos
que no lo somos y, antes bien, nos creemos la
encarnación misma del Derecho sobre la tierra, así sea
protegidos tras el muro de Sharon. En Cuba tienen la
posibilidad de tener malas leyes. Por eso no tienen
ninguna necesidad de llamar Ley a la ausencia de Ley,
como ocurre entre nosotros. Por lo menos en Cuba no se
llama Estado de Derecho a los rincones más
privilegiados de esa salvaje carnicería en la que
veinticinco multinacionales se arrancan a mordiscos la
carne de sus ciudadanos.
***
Tal y como habían
previsto las internacionales comunistas, con el
socialismo comienza la política. Comienza la
posibilidad de hacer las cosas bien o mal en un
sentido político.
El socialismo no es
una opción política, sino la posibilidad de que haya
opciones políticas. Contémplese el espectáculo de
nuestros espectros políticos, en donde, como ya hemos
comentado, las izquierdas tienen derecho a intentar
ganar las elecciones o a volverse de derechas si las
ganan, pero no a ganarlas y seguir siendo de
izquierdas; contémplese el espectáculo de lo que se
llama la alternancia electoral, mediante la cual, dos
partidos políticos indiferenciados se disputan la
posesión del único programa posible, el programa
político que les dictan los bancos y la patronal;
tráigase a la memoria, por ejemplo, a Rajoy y a
Zapatero discutiendo acaloradamente durante la campaña
electoral sobre quién había plagiado el programa a
quién... Es mucha jeta llamar a esto pluripartidismo.
El pluripartidismo es algo que será posible algún día,
bajo condiciones socialistas de producción, cuando la
política tenga, en general, alguna posibilidad de
tomar la palabra y hacerse obedecer. Los motivos por
los que, bajo las condiciones del socialismo real, ha
regido siempre un Partido Único, es un problema
interesante, sin duda, aunque no me parece difícil de
resolver, sobre todo atendiendo a que cada vez que
históricamente se intentó mantener el pluripartidismo
y la división de poderes bajo condiciones socialistas,
un golpe de Estado dio al traste con todo
pluripartidismo, toda división de poderes y todo
socialismo.
El socialismo es la
opción por la política, no una opción política entre
otras. Karl Polanyi vio esto tan claro allá por 1944
que confundió lo que no era en realidad más que un
episódico keynesianismo con una Gran Transformación
que se confundía, en realidad, con el fin del
capitalismo. A su entender, con Hitler y Mussolini por
un lado, la URSS por otro y el auge de las políticas
keyenesianas en el resto, se ponía punto final al
experimento más sangriento y destructivo que hubiera
emprendido la humanidad: la utopía liberal de un
mercado autorregulador. Para Polanyi se abría,
entonces, la era de la política económica y la
planificación. Desconectada la dictadura sorda del
mercado, se hacía preciso, entonces, optar
políticamente entre dos extremos: el fascismo o la
libertad (que curiosamente Polanyi suponía posible,
aunque no probable, en la URSS). Era el momento de la
política, la cual podía hacer al hombre esclavo o
libre. “Desembarazados de la utopía del mercado –decía
Polanyi-, nos encontramos frente a frente con la
realidad de la sociedad. Y esta es la línea divisoria
entre el liberalismo por una parte, y el fascismo y el
socialismo por otra. La diferencia entre estos dos
últimos no es esencialmente económica, es moral y
religiosa. Incluso en aquellos casos en los que
profesan una economía idéntica, no son sólo
diferentes, sino que encarnan, en realidad, principios
opuestos. Y el aspecto último en el que disienten es,
una vez más, la libertad. (...) Mientras que el
fascista se resignaba a abandonar la libertad y
glorificar el poder, que es la realidad de la
sociedad, el socialista se resigna a esta realidad y,
a pesar de ella, asume la exigencia de libertad” (6 ).
Estas conclusiones de un libro tan imprescindible,
fueron miradas muy por encima del hombro por parte de
los marxistas, que en eso se mostraron tan ciegos como
los no marxistas. Para unos y otros las distinciones
meramente políticas (y no digamos ya las morales) eran
demasiado poca cosa; tanto les había marcado la
costumbre de llamar política a lo que no era sino
superfluidad e impotencia. De este modo, entre Stalin
y Hitler no podía haber otra diferencia que la que
hubiera entre un nacional socialismo y un socialismo
nacional. No se advertía que la política era, más
bien, el terreno en el que las diferencias empezaban a
contar.
NOTAS
1
Como se recordará, el 8 de julio de 2004, Emilio
Botín tuvo que hacer una pequeña corrección a las
declaraciones de su consejero delegado, Alfredo Sáenz,
quien, ante un auditorio empresarial en Bilbao había
afirmado que, para el bien de la economía, era
imprescindible “desmontar el Estado de Bienestar
europeo”. Botín explicó que lo que había querido decir
su consejero delegado era “flexibilizar” y no
“desmontar”, lo que, desde luego, nos deja a todos
mucho más tranquilos.
2
En
1998, Oscar Lafontaine, en Alemania, intentó empezar a
poner en práctica el programa político de izquierdas
(muy moderado) para el que le habían votado; un mes
después, había dimitido: le advirtieron que las únicas
políticas viables en Alemania eran las que autorizara
el Bundesbank. Su dimisión supuso una tremenda
desilusión y un considerable cabreo para los votantes
que tanto esperaban de él.
3 Otra cosa es el asunto de las dobles
contabilidades, de las inversiones en Bolsa, de la
especulación financiera, de la defraudación de
impuestos a lo grande, etc., pero por ese tipo de
cosas nadie acaba en la cárcel; puede que, en el fondo
se trate de delitos, pero son delitos que, por así
decir, al Derecho, a nuestro Derecho, le vienen
grandes. Si alguna vez acaban en juicio esas cosas, el
trámite legal se vuelve tan interminable que el reo
suele morirse de viejo antes de que se dicte sentencia
contra él. Hace falta ser un mete patas medio gafe
como Mario Conde para tener más de un millón de euros
y acabar en la cárcel; cualquier funcionario de
prisiones puede dar fe de ello: en la cárcel no hay
más que gente pobre. Es así y punto. (Y en EEUU lo
dicho hay que elevarlo, como mínimo, al cubo; cfr. p.e.
Gray, F.: Falso amanecer, Paidos)
4
Acabo de escuchar en la radio que se acaba de iniciar
un anteproyecto de revolución legislativa que
permitirá a cada Comunidad autónoma pedir permiso por
separado a las respectivas multinacionales que operen
en su territorio para hacer realidad tan asombrosa
utopía.
5 Cfr. Ricardo Alarcón de Quesada, Cuba y la lucha
por la democracia, Editorial de Ciencias Sociales,
Instituto Cubano del Libro, Cuba, 2002.
6
Polanyi,
Kart: La gran transformación. Crítica del liberalismo
económico. Ediciones la Piqueta, Madrid, 1989, pág.
403-404.
* Este texto se incluye en el
título Informe: Cuba 2005, de la editorial
Hiru, que se presenta en la Sala Simón Bolívar de la
Casa de América en Madrid el lunes 11 de abril a las
7:30 pm con participación de los autores, entre los
que se encuentran los filósofos Carlos Fernández
Liria y Santiago Alba y los escritores Alfonso
Sastre, Belén Gopegui y Carlo Frabetti. Carlos
Fernández Liria es profesor de la Universidad
Complutense de Madrid.
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