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Tras sobrepasar
oficialmente la cifra de dos millones de peregrinos que
dieron su último adiós a Juan Pablo II, esta capital
constituye hoy un duro reto para los órganos de
seguridad, empeñados en garantizar su protección.
Desde que el pasado lunes el cadáver del Sumo Pontífice,
fallecido dos días antes, a los 84 años de edad, fue
trasladado en hombros desde la capilla Clementina a la
Basílica de San Pedro, el número de fieles en esta
ciudad aumentó hasta casi cuatro millones.
Para poder llegar a la Basílica, una larga y gruesa fila
se concentra en la Vía della Conciliazione, la avenida
que permite el acceso directo a la Plaza de San Pedro,
aun cuando ayer había sido suspendida la incorporación a
ella de más personas.
Esa medida buscaba garantizar un tiempo prudencial para
organizar la seguridad en las ceremonias fúnebres de
mañana, a las cuales se espera acudan unos 150 jefes de
Estado o Gobierno.
Sin embargo, esta mañana se permitió la incorporación de
más personas a la fila, sobre todo de los polacos,
quienes debieron viajar durante unas 26 horas para
rendir tributo a su coterráneo Karol Wojtyla, al frente
del Vaticano durante 26 años.
Los peregrinos llegados de todas partes del mundo
pusieron en apuros a las administraciones de los
hoteles, los restaurantes y hasta de los comercios en
esta capital, donde el transporte presenta visibles
síntomas de caos.
El flujo de fieles para presenciar, tanto el cadáver del
jefe de la Iglesia Católica, como las exequias, llevó a
las autoridades de Roma a solicitar a los capitalinos
evitar el uso de sus vehículos privados para trasladarse
el centro de esta urbe.
Medios de prensa locales se refieren a la mayor
concentración de figuras políticas de alto rango y
personas comunes en una ciudad en la historia moderna,
custodiada por más de 10 mil uniformados, entre policías
y miembros del Ejército.
A ello se suma la habilitación de aviones de
localización lejana y pronto aviso (AWACS) para
monitorear la actividad de cazas que sobrevuelan la
ciudad, así como de helicópteros, lo cual se combina con
el despliegue aquí de baterías de misiles antiaéreos.
De igual forma, en los principales edificios del
Vaticano y de muchas partes de esta capital fueron
apostados vigilantes o francotiradores, una presencia
que se mantiene muy discreta.
El río Tíber, en cuyas orillas se erige Roma, también es
patrullado por lanchas y sus aguas inspeccionadas por
hombres-rana, mientras los primeros visitantes de alto
rango ya llegaron a esta urbe, como el presidente
estadounidense, George W. Bush.
Aunque en su momento hizo caso omiso a los reiterados
llamados del Sumo Pontífice a evitar una agresión contra
Iraq, como finalmente ocurrió en marzo del 2003, Bush
estuvo en silencio por unos minutos ante el altar donde
yace el Papa.
Para muchos, el gesto de arrodillarse ante el cadáver de
Wojtyla parecía una paradoja ante su política
guerrerista, a la que se opuso el Jefe de la Iglesia
Católica.
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