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Actualmente, cuando recién comienza un nuevo período de
sesiones de la Comisión de Derechos Humanos de la ONU,
cuando la prensa local trata muy selectivamente --como
también tergiversadamente-- asuntos concernientes a la
violación de derechos, en Miami se desempolvan los
ajuares y se da comienzo a una nueva temporada del circo
de Ginebra; tiempo cuando los lobos nuevamente se
disfrazan de abuelitas y comienzan las peroratas de
rigor.
Este año los lobos cuentan con mucha plata. Gracias a la
extraordinaria generosidad de la administración cuentan,
por encima de la mesa, con más de cincuenta y pico de
millones de dólares para todas sus campañas anticubanas,
nada menos que en tiempos de descomunales déficits
presupuestarios, cuando se recortan, o se da fin, a
imprescindibles programas federales de asistencia
social, de salud y de educación, entre muchos otros.
En esta temporada de circo miamense la hechicería
propagandística, obra del poder de Washington y de una
prensa adepta, en lo que a Cuba se refiere, más que en
otros momentos, resalta a cubanos traidores como
víctimas; convierte en grandes hechos de represión los
resultados de pequeños actos provocadores los cuales son
parte de previamente coordinados planes subversivos; e
ignora, como si no sucedieran, las torturas y abusos
sistemáticos que han ocurrido, y ocurren, en el
campamento de concentración en la base militar que
Estados Unidos mantiene aledaña a la bahía de
Guantánamo.
Mientras que a los asuntos que se refieren a Miami, esa
prensa tan preocupada por los derechos humanos, no
menciona una palabra sobre los terroristas de la extrema
derecha latinoamericana, los más feroces de los lobos,
quienes viven en absoluta impunidad entre nosotros.
Inclusive, algunos de ellos, a los que esta prensa
invariablemente califica como "luchadores por la
libertad", han sido condenados por tribunales
estadounidenses por haber cometido actos terroristas en
Estados Unidos. Como tampoco esa prensa menciona una
palabra sobre el estado de intimidación general --de
terror-- producto de los innumerables hechos de
violencia, incluso asesinatos, por décadas cometidos por
esos terroristas, que han logrado conformar una
situación que cohibe de manera manifiesta el estado de
derecho y así el quehacer político en nuestra ciudad.
Sobre eso ni una palabra.
Como tampoco, en esta temporada del circo ginebrino
miamense, ni una palabra de esa prensa tan preocupada
por los derechos humanos, sobre la principal violación
de derechos fundamentales que afecta a cientos de miles
de cubanos residentes en Miami: las prohibiciones de
viajes a Cuba puestas en vigor por la Administración
Bush desde julio pasado, hace nueve meses, cuyo objetivo
es imposibilitar que los emigrados cubanos en Estados
Unidos puedan visitar, compartir y ayudar a sus familias
en la Isla.
De acuerdo a esas nuevas regulaciones de viajes los
cubanos residentes en Estados Unidos sólo pueden visitar
a sus familias en Cuba una vez cada tres años. Para
poder realizar esa visita, cada tres años, se requiere
una licencia, o permiso, que es otorgado --a su
discreción y con la inexplicable demora de varios
meses-- por la Oficina de Control de Bienes Extranjeros
(OFAC, por sus siglas en inglés) del Departamento del
Tesoro federal.
Además, las nuevas regulaciones, para el descrédito de
sus autores, determinan quién es y quién no es familia.
Para poder obtener la requerida licencia el solicitante
tiene que demostrar que va a visitar a familiares en
primer grado, y estos son definidos por las regulaciones
como padres, hijos, hermanos y abuelos. Los padres,
hijos o hermanos de crianza no son considerados familia,
ni lo son tampoco, los tíos, sobrinos, primos o
cualquier otro familiar.
¿Con qué derecho esta administración puede dictaminar
quién es y quién no es familia, o a quién puede uno
visitar en Cuba? ¿No es insólito que esta
administración, contra toda consideración moral, decida,
violando derechos naturales innegables, semejantes
prohibiciones?
Las nuevas regulaciones también establecen que el cubano
residente en Estados Unidos autorizado a viajar a la
Isla sólo puede permanecer 14 días en Cuba. ¡Catorce
días cada tres años! Además solamente puede gastar en
Cuba $50 dólares por cada uno de los 14 días de su
viaje. ¿Por qué reducir a esa ínfima cifra el dinero con
el que uno puede ayudar a los suyos en la Isla, dinero
de uno, honradamente ganado? Especialmente, cuando, al
mismo tiempo, la administración autoriza a compañías
estadounidenses a negociar con Cuba, y a beneficiarse
con la ganancia de ese comercio la cual asciende a
cientos de millones de dólares?
Sobre esto ni una palabra por parte de la prensa
miamense tan preocupada siempre por la violación de
derechos. Es hora que esto se sepa en Ginebra.
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