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Los buitres viven en sociedad, se alimentan de carroña y
también se deprimen cuando tras largas horas de
revoloteo lo único nutritivo que aparece ante sus ojos
hambrientos no es una enjundia pútrida, sino un cuerpo
viviente y saludable.
Les sucede tanto a los accipitriformes, esas aves
rapaces engordadas por sus excesos, como a los
integrantes de la segunda acepción semántica del
término, aquellas personas aprovechadas y egoístas.
Como no soy un aviario, no puedo hablar mucho más de los
buitres voladores, pero sí de aquellos que han
convertido el odio a mi país en la más feroz podredumbre
alimenticia de su existencia.
La índole del trabajo obliga, si no a seguirlos, al
menos a leerlos de vez en cuando. Una recomendación que
no solo hiciera Karl Marx, sino también Isaiah Berlin,
el gran abanderado del liberalismo moderno. "Leer al
enemigo —decía él— pone a prueba la solidez de nuestras
defensas".
Por supuesto que desde sus postulados liberales, Berlin
se refería a los retos planteados por un enemigo
talentoso y bien preparado, capaz de conmover las
estructuras teóricas del mundo que él defendía.
En el "caso cubano", ese referido enemigo con "talento"
no existe, sencillamente porque a sus recurrentes
cabriolas filosóficas y al escamoteo político e
histórico en los análisis les ha faltado, desde siempre,
la sustancia de lo verdadero.
El recordarles esa sustancia en el documento denominado
Detengamos una nueva maniobra contra Cuba ha sido algo
así como revolverlos en su impotencia: Más de 1 200
firmas de ilustres intelectuales y artistas del mundo
denunciando la prepotencia de un imperio que, sacando a
duras penas las narices de la sentina en que se
encuentra, trata de preparar una nueva artimaña de
condena en la Comisión de Derechos Humanos de la ONU
para después esgrimirla en función de sus antojos
intervencionistas.
Esa es la sustancia del "caso cubano": El imperio
prepotente, herido en su arrogancia y encaprichado en
tragarnos desde la más oscura noche de los tiempos.
Escritores de primera línea, cineastas de vasta obra,
pintores, bailarines, filósofos, teatristas, músicos,
intelectuales muchos, firmando un documento ético y a
favor de la soberanía, recordándole al águila del Norte
que ya es hora de recoger las alas, bajar el pico y
mirar hacia su tierra.
Pero la rapiña es la rapiña.
Los buitres con plumas entintadas en las manos, los que
siempre han vivido inventando y escribiendo contra Cuba
a partir de autofabricadas carroñas, gritan, patalean,
ofenden a los firmantes, hablan de conspiración, en
algunos casos terminan por deprimirse, pero al menos,
hasta el momento, no se han referido a Voltaire, aquel
que acuñara conceptos tales como tolerancia,
universalidad moral y derechos humanos.
El Voltaire que escribiera cientos de panfletos para
satirizar las injusticias del poder y de quien la
propaganda moderna, en función del liberalismo y de sus
cortinajes democráticos tejidos para el uso y abuso de
intereses dominantes, se apropiara como si fuera un
calzador aplicado a una horma exclusiva, aupada por la
bota gigante que desde Washington, y sin pedirle permiso
a nadie, aplasta, arrasa, mata.
"¡Ecrasons l' infame!" ("¡Aplastemos al infame!") fue la
frase más célebre echada al vuelo por el filósofo y
escritor, hace 250 años, al rechazar todo lo que fuera
irracional. Y llamó a luchar de una manera activa contra
la intolerancia, la tiranía y la superstición.
Los derechos humanos proclamados por Voltaire, el
inventor del término, tienen hoy día en el imperioso
Norte —tanto dentro como fuera del país— a un profanador
por excelencia, ya sin disfraces para alquilar.
Los buitres lo saben.
Pero son demasiado buitres para dejar de revolverse (o
deprimirse) mientras nuevas firmas llegan cada día a
Cuba y hacen suyo, en las más diversas lenguas, el muy
actual (y universal concepto de) "¡Ecrasons l' infame!"
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