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Adolfo Guzmán
impactó el panorama de la canción cubana en los años
cincuenta con “No puedo ser feliz” y “Libre de pecado”.
Cada pieza suya está dotada de una lógica musical
que se corresponde exactamente con el sentido de la
letra, siempre apoyando el argumento. Las palabras más
sencillas le sirven, con frecuencia, para plasmar las
imágenes más fuertes. Sus textos son breves y directos.
Nunca el razonamiento planteado queda sin solución:
podemos seguir el hilo argumental desde el principio
hasta la última frase. Jamás se dispersa. A veces el
pensamiento que inicia la canción como una simple frase
lanzada al espacio sin querer, cierra la pieza con el
peso aplastante de una conclusión (“No puedo ser
feliz”). Otras veces se juega acertadamente con la
reiteración (“No es posible querer tanto”). Nunca
se persigue el final efectista y, sin embargo, se logra
siempre una sensación conclusiva que nos deja pensando.
Nunca hay una acentuación de la palabra que esté reñida
con el acento musical. Esto nos admira en los textos de
José Ángel Buesa que musicalizó (“Así verte de
lejos”, “Tú y el viento”) y convirtió en
canciones de primera magnitud.
En mi caso
específico, si algún autor cubano me hizo sentir que
una canción podía instalarse en el espíritu con toda
la fuerza de la poesía y toda la capacidad de
penetración de la música, fue Adolfo Guzmán. Creo
que el binomio Bola-Guzmán en “No puedo ser feliz”
hizo explosión en mí y fue lo que me impulsó a
que un día hiciera una canción. Luego, “Libre de
pecado” me hizo pensar que una canción puede
ser —como dijo una vez Carpentier— un pequeño mundo,
una gran obra de arte y seguí mi camino mirando
hacia este modelo. Adolfo Guzmán nunca hizo
concesiones a la moda ni a la comercialidad. Su obra
no va a morir.
Tomado de Marta Valdés, donde vive
la música, Ediciones Unión, 2004 |