Año III
La Habana
2005

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Puro piano
Amado del Pino
La Habana


Alguna ventaja tiene que algunos amigos sean personas públicas. Siempre he tenido en cuenta que la agradable, simpática, dulce Pura  Ortiz nació, como yo, bajo el signo de Piscis. Pero de no ser por la mención en el Noticiero, olvido la fecha, no hago la llamada, me pierdo la oportunidad de recordarle mi afecto. Tendría que adquirir la costumbre de Tania, que cuenta con una fértil memoria para los aniversarios de la gente allegada.  La especialidad de mi mujer son los más jóvenes, esa hilera de primos que le han nacido en Pinar del Río en los últimos tres lustros.

Purita el diminutivo, porque su madre se llamó Pura y hasta tuve tiempo de conocer su eficaz sonrisa acaba de cumplir 70 años. Uno la menciona y piensa en un piano abierto, unas manos seguras, un cantante cerca. Ha brillado en la orquesta y en formatos más pequeños; en Cuba y en otras latitudes. En su casa del Vedado, el piano sobresale espacial y mentalmente. Puede faltar algo, tal vez una silla esté pidiendo reemplazo después de miles de visitas y tertulias, pero las teclas están ahí y la dueña de casa no se hace demasiado de rogar para ejecutarlo. Recuerdo medianoches con danzas hermosas, que aquietan los murmullos y hacen coincidir intereses diversos. Pero cada vez hay menos tiempo para los encuentros familiares. Pura debe partir hacia un ensayo, un recital, una gira. A la edad en que legalmente podría acogerse al retiro, ella ha multiplicado la utilidad de sus dedos y su alma. Siempre me produce un vuelco en el corazón la forma, especialmente deferente, con que el maestro Leo Brouwer la saluda al final de los conciertos.

Cuando la conocí amaba a un obrero de larga experiencia industrial y vital. Bromeaba con el hecho de que después de un gran actor y un relevante artista plástico había preferido poner los pies en el suelo. El consagrado intérprete y su hijo, también teatrista, son visita frecuente en su casa. Renecito de la Cruz disfruta  como pocos de la elegancia, la nobleza de unos padres que insistieron en ser amigos después del amor de juventud, para beneficio del retoño y de tantos amigos que hemos podido compartir a la vez con Pura y con René. A los tres les quiero, pero debo aceptar que (a pesar del amor nacional por el padre o el ejercitado carisma del hijo) mi colega preferida en tertulias, más o menos húmedas, ha sido siempre Pura. Ella es un ser repleto de ingenio, de anécdotas y, aunque los temas afluyen con cultura y variedad a su conversación, su diálogo, como su vida, está centrado ejemplarmente en la música. La recuerdo en nuestra boda, eufórica y traviesa. Cuando le preguntaba cómo se sentía, nos regalaba una mirada cómplice dentro del tumulto y se limitaba a exclamar como los músicos para atacar el lugar exacto de la partitura “¿Y...?”.  Lo demás era el homenaje de su presencia, la oportunidad de verla como invitada después de haberla visto lucirse tantas veces como anfitriona. Y... nada, un estímulo, una advertencia, un empujoncito para llegar con tanto Arte a los 70.
 

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