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Alguna ventaja tiene
que algunos amigos sean personas públicas. Siempre he
tenido en cuenta que la agradable, simpática, dulce
Pura Ortiz nació, como yo, bajo el signo de Piscis.
Pero de no ser por la mención en el Noticiero, olvido la
fecha, no hago la llamada, me pierdo la oportunidad de
recordarle mi afecto. Tendría que adquirir la costumbre
de Tania, que cuenta con una fértil memoria para los
aniversarios de la gente allegada. La especialidad de
mi mujer son los más jóvenes, esa hilera de primos que
le han nacido en Pinar del Río en los últimos tres
lustros.
Purita ─el
diminutivo, porque su madre se llamó Pura y hasta tuve
tiempo de conocer su eficaz sonrisa─
acaba de cumplir 70 años. Uno la menciona y piensa en un
piano abierto, unas manos seguras, un cantante cerca. Ha
brillado en la orquesta y en formatos más pequeños; en
Cuba y en otras latitudes. En su casa del Vedado, el
piano sobresale espacial y mentalmente. Puede faltar
algo, tal vez una silla esté pidiendo reemplazo después
de miles de visitas y tertulias, pero las teclas están
ahí y la dueña de casa no se hace demasiado de rogar
para ejecutarlo. Recuerdo medianoches con danzas
hermosas, que aquietan los murmullos y hacen coincidir
intereses diversos. Pero cada vez hay menos tiempo para
los encuentros familiares. Pura debe partir hacia un
ensayo, un recital, una gira. A la edad en que
legalmente podría acogerse al retiro, ella ha
multiplicado la utilidad de sus dedos y su alma. Siempre
me produce un vuelco en el corazón la forma,
especialmente deferente, con que el maestro Leo Brouwer
la saluda al final de los conciertos.
Cuando la conocí
amaba a un obrero de larga experiencia industrial y
vital. Bromeaba con el hecho de que después de un gran
actor y un relevante artista plástico había preferido
poner los pies en el suelo. El consagrado intérprete y
su hijo, también teatrista, son visita frecuente en su
casa. Renecito de la Cruz disfruta ─como
pocos─ de la
elegancia, la nobleza de unos padres que insistieron en
ser amigos después del amor de juventud, para beneficio
del retoño y de tantos amigos que hemos podido compartir
a la vez con Pura y con René. A los tres les quiero,
pero debo aceptar que (a pesar del amor nacional por el
padre o el ejercitado carisma del hijo) mi colega
preferida en tertulias, más o menos húmedas, ha sido
siempre Pura. Ella es un ser repleto de ingenio, de
anécdotas y, aunque los temas afluyen con cultura y
variedad a su conversación, su diálogo, como su vida,
está centrado ejemplarmente en la música. La recuerdo en
nuestra boda, eufórica y traviesa. Cuando le preguntaba
cómo se sentía, nos regalaba una mirada cómplice dentro
del tumulto y se limitaba a exclamar ─como
los músicos para atacar el lugar exacto de la partitura─
“¿Y...?”. Lo demás era el homenaje de su presencia, la
oportunidad de verla como invitada después de haberla
visto lucirse tantas veces como anfitriona. Y... nada,
un estímulo, una advertencia, un empujoncito para llegar
con tanto Arte a los 70.
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