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Ya sé que no existe el cielo.
Todo es un antiguo cuento israelí para formar un largo poema conjetural
que hace que los muertos anhelen volver a ser hombres
después de la consumación de los siglos. Así que no se
dejen engatusar por el zumbido de los cohetes en la
festividad de San Cristóbal. Al fin y al cabo, La Habana
no justifica su existencia con una fiesta religiosa que
no se celebra desde que el Almendares perdió su nombre
en el estadio de El Cerro. Podría decirles, además, que
Dios está solamente en la memoria de los hombres
trabajados por el tiempo. Se sabe que no se le puede
mirar muy de cerca porque ya eso es en sí una misteriosa
felicidad. Llámenle mejor con el nombre de Yahvé por la
sencilla razón de que los cuentos de hadas necesitan el
tejido de adorables inverosimilitudes para no recurrir
en vano a otras fábulas de las literaturas nórdicas u
orientales. En el dominio literario sólo lo maravilloso
puede fecundar pájaro sin matiz, pez sin escama y bruto
sin instinto, como lo ha probado La vida es sueño
en su cuestionamiento a los santos cielos. Todas estas
preguntas, para quien sepa eludirlas, son como el agua
que no desemboca porque está fija en la memoria
silenciosa de la almohada.
Mis dos niños me han obligado a separar la rudeza del ladrillo. El
mayor comenzó a sospechar que yo era un monstruo al ver
que me comía el agua sin mascar y se fue. Él no tiene la
agudeza necesaria para contrastar la rudeza con lo
rudimentario y sé que es culpa mía por no habérsela
inculcado de niño. El otro, el pequeño, ya sabe que no
hay otro dios más importante en el panteón maya que la
presencia constante de su padre. Estoy allí cuando abre
los ojos, cuando me pide leche a cualquier hora del día
o de la noche, cuando llora, cuando ríe, cuando tiene
calor o frío. Igual hice con el mayor, y aún en tiempos
más difíciles que los de ahora, pero él nunca lo sabrá
reconocer porque como ya dije, él tendría que separar la
rudeza de la vida y convertida en humilde sonrisa para
despreciar la máscara de los teatros y aprender a
quererme.
Todo comenzó con mi tío Ninín. Un viejo carbonero que se pasó dos
décadas aislado en las montañas del Escambray porque
estaba buscando a Dios. Lo encontró en cada amanecer, en
el hambre que nunca pudo saciar del todo, y en los
rostros de sus sobrinos de La Habana, entre ellos yo.
¿Pero de que otra forma hubiera podido reconocerlo? Mi
tío murió cuando aún yo era niño. Uno de mis anhelos es
que mi hijo y yo nos encontremos algún día frente a
frente en el sitio donde está Ninín. Nos tendríamos que
morir. No sería una muerte extendida por cien jinetes
enlutados en busca del giro redondo de la niñez. No,
sería como son todas las muertes que se enfrentan al
precipicio del tedio: fugas por las galerías de la
memoria, fiebres de palpitación y sudores vertiginosos
desprendidos sobre la arena de una verdad sin sueño.
Después sencillamente dejaremos de existir, sin oxígeno,
o paisajes, porque la vista se ha quedado fija en ese
último y preciso momento del cielo.
Mi hijo mayor me dijo que no me quería ver más e inundó de regalos a
mis parientes para que se separaran de mí. Sin embargo,
no les pudo dar lo que yo ya les había dado: espléndidas
plumas de metal, sonrisas de un azul radiante, tigres
avasallados por una jungla que no existe, águilas que
habitan en abismos insostenibles, montes altísimos que
trajeron la historia a los llanos, rubíes coagulados por
la memoria de la barba, y cuarenta años de ausencia.
Después todo fue más fácil porque pude hacer que la luna
se convirtiera en el mundo pelado y sin acentos que
ahora tengo. Me dejó al garete sin importarle cómo me
sentía y con el índice me señaló la pérdida de su
presencia. Adiós, albur, hasta siempre, ¡Oh, Dios, hasta
siempre! Y se fue. ¡Qué cielo, ni qué cielo!
Después de su marcha la presencia de mi padre, que murió hace más de
cuarenta años en Marianao, comenzó a rondarme a cada
atardecer. Me decía que los muchachos eran así, que como
padre tenía que reconciliarme, que tenía que tratar con
todo, incluso el sueño y la pesadilla. Traté de soñar
con mi hijo y comenzó a hacerse tangible en mis sueños
de media noche. Se aparecía vestido de águila por las
mañanas y como lobo al principio de la noche. Cuando
venía personificando a uno de esos animales salvajes
traía consigo resplandores azulados que se transformaban
después en arcángeles de una aguda y triste claridad.
Cuando me despertaba a medianoche buscaba en los viejos
álbumes de familia las fotografías de su niñez y poco a
poco comencé a confundirlo. No sabía si el que estaba en
mis sueños era él, o el de las fotografías era alguien
que ya no existía. Con el tiempo me tuve que inventar un
hijo porque el mío se había perdido entre los sollozos
de un destino de lluvias lentas y frías. Como montones
de supervivientes miro al mundo de los vivos, como decía
Guillén el español, porque es necesario que mi hijo
exista en lo íntimo de una piedra de horno. Tendría que
tener fuego esta metáfora para que fuera posible la
eternidad de su recuerdo. Si sólo existía en mis sueños,
como mi padre me había sugerido, ¿dónde estaba el resto
de su persona? ¿Quizá mirando el mar en un proceso de
desilusión y penurias? ¿Sería acaso posible que nunca
hubiera existido? Y si lo hizo, si verdaderamente fue
mi hijo alguna vez, ¿qué pasó en la oscuridad de los
ataúdes? ¡Oh...! Me despertaba llorando y me acostaba
soñando con él. Con el tiempo, como no sabía quién era
él, comencé a buscarlo en las calles de mi ciudad, en
los zaguanes de los callejones sin salida, en los
arrabales tediosos que iluminaban mi simbólica visión. A
veces era aquel muchacho alto, traslucido por la fiebre
que se encaminaba a su escuela. Después mi hermana me
recordaba que ya era un hombre y que él no podía ser ese
muchacho. Los martes se convertía en un viejo huraño que
me visitaba como mendigo y extendía sin pudor su mano de
indigente. Nunca le di nada y aún así no respondía a mis
exigencias de cooperación. Los miércoles no me lo
encontraba por ningún lado. Tomaba el autobús que
llegaba hasta el centro de la ciudad y me bajaba frente
a los juzgados. Caminaba de arriba a abajo, de norte a
sur, hasta que el sol cerraba sus ojos y la luna se
adueñaba de la ciudad. El jueves sí. Temprano en la
mañana era un bebé adormecido en los brazos de una joven
que aparentaba ser injustamente su madre. Mi hermana me
volvió a recordar que había dejado de ser un bebé en los
últimos veinticinco años. Sin embargo, él seguía a su
madre por alargadas avenidas llenas de tráfico,
cruzando calles como si estuviera explorando excusas
entre las tiernas verdades de un alargado sueño
inconcluso. Los viernes yo estaba tan agotado que me
levantaba tarde e iba a los barrios más desolados para
encontrarme con limosneros. Seguía pensando que quizá su
vida había dado un brusco cambio y él se sentía bien
acompañado por la sal de la tierra. Otra vez fue mi
hermana quien me recordó que nuestra madre decía que él
era un abogado rico en San Francisco y que le había
prometido una casa nueva. Los sábados yo estaba tan
deprimido que no me atrevía a salir a la calle. Me
pasaba el día leyendo todos los periódicos esperando
encontrarme una noticia que lo reconociera. Siempre
evité las páginas rojas y los obituarios. Los domingos
eran diferentes. Aunque me crié católico, había
comenzado a visitar una iglesia episcopal que se
caracterizaba por tener una gran cantidad de feligreses
gringos. Los había rubios, de ojos verdes o azules,
mujeres bellas sin sombreros, y hombres con trajes de
colores ridículos que resaltaban su extracción sureña.
Gigantes llamados Smith y dos enanos de ascendencia
rusa. Durante ese tiempo nunca oí un Padrenuestro en
otro idioma que no fuera el de la pérfida Albión. La
comunión se servía lánguidamente, con el crujir de las
falanges del sacerdote que alguna vez había sido
seminarista en un viejo convento carmelita. Decían que
hablaba en lenguas y mantenía todo un pudor
extraordinario cuando se refería a su influencia
espiritista. Durante el sermón su voz paralizaba los
oídos y nunca lo creí capaz de hacernos soñar en otro
idioma que no fuera el de su inglés sureño. Sus ojos
relampagueantes siempre me hacía recordar que alguna vez
tuvo el consuelo del llanto pero que ahora el pan que
distribuía se había convertido en algo menos que la
gloria para sus feligreses. Cuando alguien le
criticaba, desenvainaba la espada del rencor y
tributaba el castigo del silencio a toda la geología
adyacente a sus predios. Así llegaba a los lunes,
desvanecido por una semana de improperios y sin otro
remedio que sentir los cuchillos en el paladar del alma.
Todo para empezar otra vez, y otra vez, y otra vez. Sin
poder localizar a mi hijo perdido. Por fin decidí que el
suicidio era lo mejor. Como era diabético había optado
por comerme una libra de caramelos sentado frente
aquella caja electrónica y estúpida que se llenaba de
sandeces cada noche. Después evitaría inyectarme la
insulina iy se acabó! Así lo dispuse una tarde de junio
cuando ya el calor comenzaba a abrumarme cada
atardecer. Sin embargo, eso sería una muerte pendeja,
sin la ventaja del tiro asolapado que rompería para
siempre la rutina de la vida perdida en los recuerdos.
Había oído decir que la muerte por exceso de glucosa era
algo que utilizaban los dirigentes de sectas religiosas
que no creían en las marañas del tiempo. Que morían
pensando que hubiera sido mejor ahorcarse, o tirarse
de un edificio de cuarenta pisos, o haciéndole el amor a
una chiva vieja y sifilítica. Sin embargo, no deseché
del todo la posibilidad de un paro diabético.
Recordé que mi abuelo se murió un sábado porque el miércoles era un mal
día para que los africanos se murieran. Se fue riendo,
diciéndonos que la muerte es una desdeñosa mujer blanca
de pelo colorado con una inmensa cicatriz entre las
piernas. Precisamente, en el momento en que moría, sus
carcajadas no le dejaron pronunciar la cábala de la
muerte y se molestó por la intensidad y la rapidez con
que venía a llevárselo. La mujer le dijo que el «patrón
le mandaba a llamar» y eso enfureció a mi abuelo, hasta
el punto que casi decide en ese momento no morirse. Pero
se aconsejó y definitivamente nos dejó. La muerte deja
un perfume raro en las habitaciones, que se confunde con
la sangre que se paraliza y el alma que se escapa por
los párpados. Era sábado y muchos de sus hijos y nietos
no habíamos ido a trabajar esperando la muerte anunciada
en el dormitorio desmantelado y oscuro.
Se murió aunque muchos esperábamos secretamente que no lo hiciera. Dejó
en sus labios una carcajada a medio terminar que se
convirtió en una mueca eterna. Cerca de mí estaba mi
hijo recién llegado de Los Ángeles con cuello y corbata,
disfrazado de abogado. Con la misma sonrisa cínica que
heredó de su madre, se olvidó de que yo estaba también
en la habitación pendiente del olor azucarado de la
muerte de su bisabuelo. No me saludó ni se despidió,
aunque al salir le dio un beso a mi madre. Estaba
molesto conmigo porque sabía que algo me debía y a él
nunca le ha gustado tener deudas, ni tampoco pagarlas.
Una tarde de octubre, cuando ya los primeros fríos del otoño comenzaban
a asomarse por las mañanitas ausentes de colibríes, me
desperté pensando que quizá sería mejor morirme de viejo
y así molestar a mi hijo ausente, que contaba ya con la
premura del tedio para no comprarme un ataúd muy
costoso. Morirse en este país es extremadamente caro si
el muerto quisiera estar presente en el obituario del
periódico, en el rosario del único cura del pueblo, o en
la compañía de los antiguos colegas de un decrépito e
inepto departamento de literatura de una sureña
universidad olvidada por los intelectuales. Este pueblo
es caro. Las funerarias, como las iglesias, son caras.
Las primeras porque cobran en exceso por el acto de
morirse, y las segundas porque nunca sabrán que la
muerte es algo programado, aunque la Biblia
continuamente se los recuerde.
Ya llevo muchos años pensando que La Habana es un buen sitio para
morirme, aunque haya sido almendarista toda mi vida.
Nací en El Cerro pero me crié en Pogolotti cuando ser
negro no estaba de moda en Cuba. Casi llegando a la
calzada, donde estaba la estatua de Maceo en el Parque
Luceván, terminaba Pogolotti y comenzaba Redención. En
ese barrio había varias familias pretenciosas que
administraban su posición entre parábolas y discursos,
asimilándose a la necesidad de escuchar una vez más que
los blancos eran mejores que los negros, o que quizá, en
el último momento, se inventaría una cura para los
liliputienses mentales. Al final se tuvieron que marchar
a encontrarse con un destino que nunca les permitió
salirse de aquel círculo original de la discordia. En
mis viajes por el mundo a veces me los encuentro, y sigo
pensando que mi inmunidad no es mucho mejor que la de
ellos. Me salva el hecho de que soy de Pogolotti y ellos
de Redención. Realmente, he desechado la idea de
suicidarme en Cuba porque ese suicidio lo cometí hace ya
casi medio siglo, cuando me fui a trabajar a una
factoría en Nueva York y me quedé allá para siempre.
Después he regresado, sí, a tratar de volverme isleño
otra vez. Casi lo logré una vez pero después de la
tercera semana decidí regresarme porque necesitaba de
una realidad más concreta que las vertiginosas alas de
las gaviotas. Todos mis amigos me llamaron cobarde por
no quedarme y sin embargo continué mi marcha por una
vida que me impedía morir plácidamente. Ahora que he
decidido suicidarme, me he convertido en una oscura
figura que piensa emprender este viaje solitario,
despojándose de todo atributo que no sea el de la
muerte. ¿Esta muerte sin esperanza me quitará la
nacionalidad? ¿Dejaré de ser cubano?
Ayer, que fue el Día de la Raza, los paramédicos, avisados por un
vecino, encontraron mi cadáver a las diez y media de la
mañana. No pude tomar la decisión final porque el
corazón me falló. Me fui pensando en La Habana, que
nunca ha vuelto a ser la misma desde que me marché.
Pensé en el parque Luceván de Redención, que continúa
embellecido por la estatua del Titán. En Pogolotti,
donde nadie supo de mi muerte. En San Javier de los
Quemados de Marianao, una iglesia absurdamente olvidada
en mi memoria, rezaron una oración vespertina por todos
los fieles difuntos. Supe que a mi hermana le avisaron
esa tarde de mi muerte y tuvieron que llevada
apresuradamente al hospital. Mis dos hijos fueron
avisados de mi repentino fallecimiento. El pequeño se
echó a llorar desconsoladamente. El mayor tomó la
decisión de olvidarse de mi muerte y no asistir a mi
entierro en Dalvospa. En el momento de la muerte, supe
que mi vida había sido en vano: nunca había existido el
cielo.
Este cuento pertenece al libro
Solamente un sueño, de la editorial Letras Cubanas,
2004. |