Año III
La Habana
2005

Página principal

Enlaces Añadir a Favoritos Enviar correo

Suscripción

EL GRAN ZOO
NOTAS AL FASCISMO

PUEBLO MOCHO

CARTELERA

GALERÍA

LA OPINIÓN
MEMORIAS
LA CRÓNICA
APRENDE
EL CUENTO
POR EMAIL
LA MIRADA
EN PROSCENIO
LA BUTACA
PALABRA VIVA

LIBROS DIGITALES

LA CARICATURA
NÚMEROS ANTERIORES
LA JIRIBILLA DE PAPEL



RECIBIR LAS
ACTUALIZACIONES
POR CORREO
ELECTRÓNICO
Click AQUÍ

El mundo pelado y sin acento...
Manuel Cachán


Ya sé que no existe el cielo. Todo es un antiguo cuento israelí para formar un largo poema conjetural que hace que los muertos anhelen volver a ser hombres después de la consumación de los siglos. Así que no se dejen engatusar por el zumbido de los cohetes en la festividad de San Cristóbal. Al fin y al cabo, La Habana no justifica su existencia con una fiesta religiosa que no se celebra desde que el Almendares perdió su nombre en el estadio de El Cerro. Podría decirles, además, que Dios está sola­mente en la memoria de los hombres trabajados por el tiempo. Se sabe que no se le puede mirar muy de cerca porque ya eso es en sí una misteriosa felicidad. Llámenle mejor con el nombre de Yahvé por la sencilla razón de que los cuentos de hadas necesitan el tejido de adorables inverosimilitudes para no recurrir en vano a otras fábulas de las literaturas nórdicas u orientales. En el dominio literario sólo lo maravilloso puede fecundar pájaro sin matiz, pez sin escama y bruto sin instinto, como lo ha probado La vida es sueño en su cuestionamiento a los santos cielos. Todas estas preguntas, para quien sepa eludirlas, son como el agua que no desemboca porque está fija en la memoria silenciosa de la almohada.

Mis dos niños me han obligado a separar la rudeza del ladrillo. El mayor comenzó a sospechar que yo era un monstruo al ver que me comía el agua sin mascar y se fue. Él no tiene la agudeza necesaria para contrastar la rudeza con lo rudimentario y sé que es culpa mía por no habérsela inculcado de niño. El otro, el pequeño, ya sabe que no hay otro dios más importante en el panteón maya que la presencia constante de su padre. Estoy allí cuando abre los ojos, cuando me pide leche a cualquier hora del día o de la noche, cuando llora, cuando ríe, cuando tiene calor o frío. Igual hice con el mayor, y aún en tiempos más difíciles que los de ahora, pero él nunca lo sabrá reconocer porque como ya dije, él tendría que separar la rudeza de la vida y convertida en humilde sonrisa para despreciar la máscara de los teatros y aprender a quererme.

Todo comenzó con mi tío Ninín. Un viejo carbonero que se pasó dos décadas aislado en las montañas del Escambray porque estaba buscando a Dios. Lo encontró en cada amanecer, en el hambre que nunca pudo saciar del todo, y en los rostros de sus sobrinos de La Habana, entre ellos yo. ¿Pero de que otra forma hubiera podido reconocerlo? Mi tío murió cuando aún yo era niño. Uno de mis anhelos es que mi hijo y yo nos encontremos algún día frente a frente en el sitio donde está Ninín. Nos tendríamos que morir. No sería una muerte exten­dida por cien jinetes enlutados en busca del giro redondo de la niñez. No, sería como son todas las muertes que se enfrentan al precipicio del tedio: fugas por las galerías de la memoria, fiebres de palpitación y sudores vertigi­nosos desprendidos sobre la arena de una verdad sin sueño. Después sencillamente dejaremos de existir, sin oxígeno, o paisajes, porque la vista se ha quedado fija en ese último y preciso momento del cielo.

Mi hijo mayor me dijo que no me quería ver más e inundó de regalos a mis parientes para que se separaran de mí. Sin embargo, no les pudo dar lo que yo ya les había dado: espléndidas plumas de metal, sonrisas de un azul radiante, tigres avasallados por una jungla que no existe, águilas que habitan en abismos insostenibles, montes altísimos que trajeron la historia a los llanos, rubíes coagulados por la memoria de la barba, y cuarenta años de ausencia. Después todo fue más fácil porque pude hacer que la luna se convirtiera en el mundo pelado y sin acentos que ahora tengo. Me dejó al garete sin importarle cómo me sentía y con el índice me señaló la pérdida de su presencia. Adiós, albur, hasta siempre, ¡Oh, Dios, hasta siempre! Y se fue. ¡Qué cielo, ni qué cielo!

Después de su marcha la presencia de mi padre, que murió hace más de cuarenta años en Marianao, comenzó a rondarme a cada atardecer. Me decía que los muchachos eran así, que como padre tenía que reconciliarme, que tenía que tratar con todo, incluso el sueño y la pesadilla. Traté de soñar con mi hijo y comenzó a hacerse tangible en mis sueños de media noche. Se aparecía vestido de águila por las mañanas y como lobo al principio de la noche. Cuando venía personificando a uno de esos ani­males salvajes traía consigo resplandores azulados que se transformaban después en arcángeles de una aguda y triste claridad. Cuando me despertaba a medianoche buscaba en los viejos álbumes de familia las fotografías de su niñez y poco a poco comencé a confundirlo. No sabía si el que estaba en mis sueños era él, o el de las fotografías era alguien que ya no existía. Con el tiempo me tuve que inventar un hijo porque el mío se había perdido entre los sollozos de un destino de lluvias lentas y frías. Como montones de supervivientes miro al mundo de los vivos, como decía Guillén el español, porque es necesario que mi hijo exista en lo íntimo de una piedra de horno. Tendría que tener fuego esta metáfora para que fuera posible la eternidad de su recuerdo. Si sólo existía en mis sueños, como mi padre me había sugerido, ¿dónde estaba el resto de su persona? ¿Quizá mirando el mar en un proceso de desilusión y penurias? ¿Sería acaso posible que nunca hubiera existido? Y si lo hizo, si ver­daderamente fue mi hijo alguna vez, ¿qué pasó en la oscuridad de los ataúdes? ¡Oh...! Me despertaba llorando y me acostaba soñando con él. Con el tiempo, como no sabía quién era él, comencé a buscarlo en las calles de mi ciudad, en los zaguanes de los callejones sin salida, en los arrabales tediosos que iluminaban mi simbólica visión. A veces era aquel muchacho alto, traslucido por la fiebre que se encaminaba a su escuela. Después mi hermana me recordaba que ya era un hombre y que él no podía ser ese muchacho. Los martes se convertía en un viejo huraño que me visitaba como mendigo y extendía sin pudor su mano de indigente. Nunca le di nada y aún así no respondía a mis exigencias de cooperación. Los miércoles no me lo encontraba por ningún lado. Tomaba el autobús que llegaba hasta el centro de la ciudad y me bajaba frente a los juzgados. Caminaba de arriba a abajo, de norte a sur, hasta que el sol cerraba sus ojos y la luna se adueñaba de la ciudad. El jueves sí. Temprano en la mañana era un bebé adormecido en los brazos de una joven que aparentaba ser injustamente su madre. Mi hermana me volvió a recordar que había dejado de ser un bebé en los últimos veinticinco años. Sin embargo, él seguía a su madre por alargadas avenidas llenas de tráfico, cru­zando calles como si estuviera explorando excusas entre las tiernas verdades de un alargado sueño inconcluso. Los viernes yo estaba tan agotado que me levantaba tarde e iba a los barrios más desolados para encontrarme con limosneros. Seguía pensando que quizá su vida había dado un brusco cambio y él se sentía bien acompañado por la sal de la tierra. Otra vez fue mi hermana quien me recor­dó que nuestra madre decía que él era un abogado rico en San Francisco y que le había prometido una casa nueva. Los sábados yo estaba tan deprimido que no me atrevía a salir a la calle. Me pasaba el día leyendo todos los periódicos esperando encontrarme una noticia que lo re­conociera. Siempre evité las páginas rojas y los obituarios. Los domingos eran diferentes. Aunque me crié católico, había comenzado a visitar una iglesia episcopal que se caracterizaba por tener una gran cantidad de feligreses gringos. Los había rubios, de ojos verdes o azules, mujeres bellas sin sombreros, y hombres con trajes de colores ridículos que resaltaban su extracción sureña. Gigantes llamados Smith y dos enanos de ascendencia rusa. Durante ese tiempo nunca oí un Padrenuestro en otro idioma que no fuera el de la pérfida Albión. La comu­nión se servía lánguidamente, con el crujir de las falanges del sacerdote que alguna vez había sido seminarista en un viejo convento carmelita. Decían que hablaba en len­guas y mantenía todo un pudor extraordinario cuando se refería a su influencia espiritista. Durante el sermón su voz paralizaba los oídos y nunca lo creí capaz de hacernos soñar en otro idioma que no fuera el de su inglés sureño. Sus ojos relampagueantes siempre me hacía recordar que alguna vez tuvo el consuelo del llanto pero que ahora el pan que distribuía se había convertido en algo menos que la gloria para sus feligreses. Cuando alguien le criti­caba, desenvainaba la espada del rencor y tributaba el castigo del silencio a toda la geología adyacente a sus predios. Así llegaba a los lunes, desvanecido por una semana de improperios y sin otro remedio que sentir los cuchillos en el paladar del alma. Todo para empezar otra vez, y otra vez, y otra vez. Sin poder localizar a mi hijo perdido. Por fin decidí que el suicidio era lo mejor. Como era diabético había optado por comerme una libra de caramelos sentado frente aquella caja electrónica y estú­pida que se llenaba de sandeces cada noche. Después evitaría inyectarme la insulina iy se acabó! Así lo dispuse una tarde de junio cuando ya el calor comenzaba a     abru­marme cada atardecer. Sin embargo, eso sería una muerte pendeja, sin la ventaja del tiro asolapado que rompería para siempre la rutina de la vida perdida en los recuerdos. Había oído decir que la muerte por exceso de glucosa era algo que utilizaban los dirigentes de sectas religiosas que no creían en las marañas del tiempo. Que morían   pen­sando que hubiera sido mejor ahorcarse, o tirarse de un edificio de cuarenta pisos, o haciéndole el amor a una chiva vieja y sifilítica. Sin embargo, no deseché del todo la posibilidad de un paro diabético.

Recordé que mi abuelo se murió un sábado porque el miércoles era un mal día para que los africanos se mu­rieran. Se fue riendo, diciéndonos que la muerte es una desdeñosa mujer blanca de pelo colorado con una inmensa cicatriz entre las piernas. Precisamente, en el momento en que moría, sus carcajadas no le dejaron pronunciar la cábala de la muerte y se molestó por la intensidad y la rapidez con que venía a llevárselo. La mujer le dijo que el «patrón le mandaba a llamar» y eso enfureció a mi abuelo, hasta el punto que casi decide en ese momento no morirse. Pero se aconsejó y definitivamente nos dejó. La muerte deja un perfume raro en las habitaciones, que se confunde con la sangre que se paraliza y el alma que se escapa por los párpados. Era sábado y muchos de sus hijos y nietos no habíamos ido a trabajar esperando la muerte anunciada en el dormitorio desmantelado y oscuro.

Se murió aunque muchos esperábamos secretamente que no lo hiciera. Dejó en sus labios una carcajada a medio terminar que se convirtió en una mueca eterna. Cerca de mí estaba mi hijo recién llegado de Los Ángeles con cuello y corbata, disfrazado de abogado. Con la misma sonrisa cínica que heredó de su madre, se olvidó de que yo estaba también en la habitación pendiente del olor azucarado de la muerte de su bisabuelo. No me saludó ni se despidió, aunque al salir le dio un beso a mi madre. Estaba molesto conmigo porque sabía que algo me debía y a él nunca le ha gustado tener deudas, ni tampoco pagarlas.

Una tarde de octubre, cuando ya los primeros fríos del otoño comenzaban a asomarse por las mañanitas ausentes de colibríes, me desperté pensando que quizá sería mejor morirme de viejo y así molestar a mi hijo ausente, que contaba ya con la premura del tedio para no comprarme un ataúd muy costoso. Morirse en este país es extremadamente caro si el muerto quisiera estar presente en el obituario del periódico, en el rosario del único cura del pueblo, o en la compañía de los antiguos colegas de un decrépito e inepto departamento de litera­tura de una sureña universidad olvidada por los intelec­tuales. Este pueblo es caro. Las funerarias, como las iglesias, son caras. Las primeras porque cobran en exceso por el acto de morirse, y las segundas porque nunca sabrán que la muerte es algo programado, aunque la Biblia conti­nuamente se los recuerde.

Ya llevo muchos años pensando que La Habana es un buen sitio para morirme, aunque haya sido almendarista toda mi vida. Nací en El Cerro pero me crié en Pogolotti cuando ser negro no estaba de moda en Cuba. Casi lle­gando a la calzada, donde estaba la estatua de Maceo en el Parque Luceván, terminaba Pogolotti y comenzaba Redención. En ese barrio había varias familias pretenciosas que administraban su posición entre parábolas y discursos, asimilándose a la necesidad de escuchar una vez más que los blancos eran mejores que los negros, o que quizá, en el último momento, se inventaría una cura para los liliputienses mentales. Al final se tuvieron que marchar a encontrarse con un destino que nunca les permitió sa­lirse de aquel círculo original de la discordia. En mis viajes por el mundo a veces me los encuentro, y sigo pensando que mi inmunidad no es mucho mejor que la de ellos. Me salva el hecho de que soy de Pogolotti y ellos de Redención. Realmente, he desechado la idea de suicidarme en Cuba porque ese suicidio lo cometí hace ya casi medio siglo, cuando me fui a trabajar a una fac­toría en Nueva York y me quedé allá para siempre. Des­pués he regresado, sí, a tratar de volverme isleño otra vez. Casi lo logré una vez pero después de la tercera semana decidí regresarme porque necesitaba de una realidad más concreta que las vertiginosas alas de las gaviotas. Todos mis amigos me llamaron cobarde por no quedarme y sin embargo continué mi marcha por una vida que me impedía morir plácidamente. Ahora que he decidido suicidarme, me he convertido en una oscura figura que piensa emprender este viaje solitario, despojándose de todo atributo que no sea el de la muerte. ¿Esta muerte sin esperanza me quitará la nacionalidad? ¿Dejaré de ser cubano?

Ayer, que fue el Día de la Raza, los paramédicos, avi­sados por un vecino, encontraron mi cadáver a las diez y media de la mañana. No pude tomar la decisión final porque el corazón me falló. Me fui pensando en La Habana, que nunca ha vuelto a ser la misma desde que me marché. Pensé en el parque Luceván de Redención, que continúa embellecido por la estatua del Titán. En Pogolotti, donde nadie supo de mi muerte. En San Javier de los Quemados de Marianao, una iglesia absurdamente olvidada en mi memoria, rezaron una oración vespertina por todos los fieles difuntos. Supe que a mi hermana le avisaron esa tarde de mi muerte y tuvieron que llevada apresurada­mente al hospital. Mis dos hijos fueron avisados de mi repentino fallecimiento. El pequeño se echó a llorar desconsoladamente. El mayor tomó la decisión de olvi­darse de mi muerte y no asistir a mi entierro en Dalvospa. En el momento de la muerte, supe que mi vida había sido en vano: nunca había existido el cielo.

Este cuento pertenece al libro Solamente un sueño, de la editorial Letras Cubanas, 2004.

SUBIR

 


Página principal

Enlaces Añadir a Favoritos Enviar correo

Suscripción

© La Jiribilla. La Habana. 2005
 IE-800X600