Año III
La Habana
Semana 26 - 25
FEBRERO
de 2005

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Uno y otros
Philip Larratt *• La Habana

Solo las personas atormentadas buscan la verdad. El hombre es un animal al igual que los demás animales, quiere alimento, éxito y mujeres, no la verdad. Solo si miente Torturado por algún conflicto interior ha perdido la felicidad: luego odia su enjaulada vida y busca más allá...
Robinson Jeffers, Teoría de la Verdad



One and others (uno y otros). 1955. Madera pintada y teñida.

En términos espaciales el núcleo de un círculo puede representar la primera persona de la célebre declaración de Heráclito "Fui a buscarme a mí mismo". Siendo todos los puntos equidistantes del centro del yo, el mundo se reduce a una simple circunferencia. A la inversa, para Louise Bourgeois, quien estudió para ser matemática, la analogía espacial equivalente tendría que ser un óvalo, puesto que el óvalo es mucho más rico en posibles configuraciones, y lo que es más transcendental, tiene dos centros. Dicho de forma sencilla, para Bourgeois, no puede haber ningún tipo de autoconocimiento en ausencia del otro. Encuentra a uno mismo en los demás y a los demás en uno mismo. La identidad es un diálogo: "Sé un espejo para mí, y seré un espejo para ti", escribió.

Considerada una de las artistas más destacadas del siglo XX, Louise Bourgeois ha producido durante más de siete décadas un conjunto de obras que conservan el testimonio de una vida indagada. Su autoestudio, retorciéndose del yo hacia los demás para volver al yo ―al igual que la banda de Moebius que halló durante sus primeros estudios de topología en la Sorbona― ha dado como resultado la alta dosis de imaginación y excentricidad de su sentido de la forma. La topología se conoce como el estudio de las propiedades que son invariables cuando las formas se deforman por la acción de torcer, estirar o comprimir. Enfatiza las relaciones cualitativas por encima de las medidas cuantitativas. Sirve como modelo para el modo de pensar de Bourgeois y para expresar cómo siente en su propia piel, además de encontrar su expresión en las mismas formas esculturales.

En términos psicológicos, los puntos fijos del óvalo sitúan a la artista en un encuentro con los demás. Sin embargo, el patrón original de este encuentro deriva de la relación que tuvo de niña con sus padres. La fuerza magnética conflictiva de estos marcadores originales hacia polos opuestos da lugar a la ambivalencia, agresión y hostilidad, lo cual engendra con el tiempo la ruptura psicológica que se ha visto obligada a recrear en términos formales en su obra. En un nivel simbólico, esta ambivalencia origina una textura que presenta abundantes configura­ciones binarias, como lo masculino y lo femenino, lo geométrico y lo orgánico, lo racional y lo irracional, lo consciente y lo inconsciente, lo agresivo y lo pasivo, lo interior y lo exterior, toi et moi.

Por ello la acción de recordar es tan vital para su obra, tanto como fuente como contenido. Es la membrana delicada que une el pasado con el presente, el hilo que enlaza lo que de lo contrario serían representaciones disyuntivas del trauma original. Este trauma primigenio recurre de muchas formas diferentes constantemente, pese a estar enraizado siempre en la misma ambivalencia sobre el sentimiento atrapado entre los polos fijos que significan la figura de su madre y de su padre. Las heridas psíquicas que provienen de esta tensión sin resolver (localizada en el pasado) permanecen abiertas en el presente, mutándose en varias encar­naciones a las cuales se les atribuye nuevas equivalencias formales y expresión. No hay cura, solo exorcismo, lo cual es provisional y temporal. Por lo tanto la artista está condenada a una vida de repetición.

Esta inestabilidad psicológica resultante se puede sentir en las estructuras rígidas e inmóviles, esculpidas con forma de espiga, tan inestables debido a su propio peso que no se mantenían de pie solas, creadas en los años 40 y 50; y en las guaridas con forma de nidos de los 60, pendiendo de forma vulnerable desde un solo punto; y en las figuras desmembradas y fragmentadas de los 70 y 80.

En 1955 Bourgeois presentó la pieza que dio nombre a esta exhibición, One and Others (Uno y Otros), una escultura de componentes de madera. Ella misma señaló, al escribir sobre esas formas amontonadas, que: "La relación de una persona con su entorno es una preocupación continua. Puede ser fortuito o cercano, simple o complejo, sutil o tajante. Puede ser doloroso o agradable. Pero sobre todo puede ser real o imaginario. Esta es la tierra que engendra toda mi obra”. Cada elemento en esta obra tiene una identidad distintiva, si bien forma parte de un conjunto rítmico. Aún estando juntas las formas no llegan a tocarse. En la trayectoria de su obra se puede observar esta relación simultánea de parentesco y cercanía que contrasta con el aislamiento e incapacidad de comunicarse. One and Others ejemplifica la relación inquieta entre el individuo y la comunidad, el yo y el mundo, y en su nivel más íntimo los orígenes del yo dividido.

A mediados de los 40, la artista realizó una serie de dibujos titulados Femme Maison. En una de las obras, Bourgeois representa una mujer desnuda cuya cabeza ha sido reemplazada por una casa. Esta imagen desconcertante se presta a múltiples interpretaciones ¿La mujer se esconde en la casa o la casa se esconde en ella? ¿Es prisionera? Curiosamente, su cuerpo desnudo está expuesto, es incluso vulnerable, pero su cabeza, sede del intelecto, se ha ocultado, o quizás se está prote­giendo. (Bourgeois comentó una vez que había heredado el intelecto de su madre y el corazón oscuro de su padre). ¿Tal vez la figura ni siquiera se da cuenta de que está desnuda? Tiene una mano levantada, como en saludo o reconocimiento. O acaso, parafraseando al poeta inglés Stevie Smith, “¿no saluda sino que se ahoga?” La refundición de lo arquitec­tónico con el cuerpo produce una distinguida serie de asociaciones que Bourgeois continuó explorando en términos esculturales en la madera de Personages de los 40 y 50, las guaridas plásticas laberínticas de los 60 y el entorno enjaulado de sus Cells de los 90.

No sorprende pues, que sus diarios revelen vivencias infantiles pla­gadas de experiencias traumáticas. Como ella misma explica: "Toda mi obra de los últimos 50 años, todos mis temas, han encontrado su inspiración en la infancia. Mi infancia nunca ha perdido su magia, nunca ha perdido su misterio, y nunca ha perdido su drama". Nacida en el seno de una familia dedicada a la restauración de tapices fue llamada como su padre, con quien mantenía un parecido asombroso. De niña acompañaba a su madre quien seguía a su marido de campo en campo durante la Primera Guerra Mundial. Bourgeois compartía con su madre la ansiedad y retuvo las imágenes vividas de los heridos y muertos. Poco después de la guerra, su madre contrajo la gripe española (Louise la cuidó hasta su muerte). Bourgeois ayudó en el negocio familiar, dibujando las partes dañadas de los tapices a restaurar.

Durante los años de adolescencia, su padre tuvo una aventura con su institutriz y tutora de inglés, cercana en edad a Bourgeois. El hecho de que también fue amiga suya, a ojos de Bourgeois significó doble traición. Mientras su madre protegía y cuidaba a Bourgeois, su padre resentía las ambiciones intelectuales de su hija, así como su deseo de estudiar filosofía y matemáticas. Le atraían estos temas por su certeza, sus verdades verificables y fidedignas, y por ser un respiro de la tormenta emocional de su vida personal. Tras la muerte de su madre en 1932, Louise despegó. Abandonó las matemáticas a medida que se hacían más abstractas y volvió hacia las bellas artes, empezó a frecuentar varios ateliers y escuelas de París.

Lo que Bourgeois pretendió con el arte fue expresar y analizar la confusión y ansiedad que la acosaba, para poder exorcizarlo. Al igual que los agujeros y tapices desintegrados que su madre restauraba, Bourgeois quiso llegar a la plenitud. Así, como ella misma a menudo ha recordado, el arte es su forma de psicoanálisis y su garantía de juicio.

Traducción: Lorraine Kerslake
*
Philip Larratt es el Curador de la exposición

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