|
Formando parte del
tradicional bando rojo o bien del azul, Adolfo Alfonso,
por más de siete décadas, le ha cantado a su pueblo, a
la vida, a los símbolos patrios, a las palmas, a la
campiña cubana y al amor. Es precisamente cantándole al
amor en su acepción más amplia cuando este consagrado
decimista afirma sentirse verdaderamente realizado,
porque “lo único que he hecho es dedicar con inmenso
amor todo mi talento, todo mi corazón, toda mi vida a
la música para entregársela a mi pueblo que tanto la
merece”. Así expresó, en exclusiva para La Jiribilla,
quien recientemente fue galardonado con el Premio
Nacional de la Música del año 2005.
|
 |
Natural de Melena del
Sur, en la provincia de La Habana y descendiente de
canarios, Adolfo Alfonso de hecho nació para la música.
A los catorce años ya cantaba los tangos de moda y, como
él mismo asegura “parece que no lo hacía mal, porque la
gente me aplaudía”. A los dieciséis, sin embargo, cambió
radicalmente de género musical cuando escuchó una
controversia entre Angelito Valiente y el Indio Naborí.
“En realidad por
aquellos años me encantaba —y todavía me encanta—
cualquier tipo de música. Es cierto que al principio me
gustaba mucho la música argentina, el tango sobre todo.
Pero ya desde jovencito llevaba dentro de mí el ansia de
la improvisación. A la letra de los tangos, por
ejemplo, yo siempre estaba adicionándole algo
improvisado. Y efectivamente a partir del momento en
que escuché la controversia entre los bandos azules y
tricolor —que para mí fue una enseñanza tremenda— me di
cuenta de que había nacido para la décima cubana, para
la improvisación”, evoca sonriendo volviendo a disfrutar
aquellos años mozos que ahora le traen de vuelta su
memoria.
Seguidamente subraya:
“la décima ha sido mi compañera de toda la vida, jamás
he podido separarme de ella, aunque sigo cantando tangos
solo lo hago en raras ocasiones y nunca en público, lo
cual no indica que me hayan dejado de gustar”.
Fue en 1939, en la
emisora CMBF, cuando Adolfo Alfonso comenzó oficialmente
su carrera como decimista. “Logré llegar a la radio
gracias fundamentalmente a la suerte. Conocía algunas
personas que ya estaban vinculadas a algunas emisoras y
ellas me ayudaron. Desde la primera presentación tuve
aceptación y me quedé trabajando en un programa
encaminado a complacer las peticiones de los oyentes y
que dirigía Antonio Camino, un repentista integrante del
bando azul”.
Sin lugar a dudas, la
suerte continuó acompañándolo cuando poco tiempo después
pasó a trabajar en Las Mil Diez, en un programa
auspiciado por la firma cigarrera Partagás y dirigido
por Justo Vega “con quien tuve la dicha de compartir en
cada encuentro. Ese programa contaba con un elenco
magnífico, de primera. En él figuraba, por ejemplo,
Benny Moré que cantaba la apertura de un cuento guajiro
que escribía el propio Justo. Era un programa
verdaderamente estelar”.
Además de la CMBF
radio y Las Mil Diez, Adolfo trabajó igualmente en CMQ y
en Unión Radio. “Tuve la oportunidad de trabajar en
varias emisoras, incluso, en distintos programas a la
vez”.
Igual dicha le
acompañaría en la televisión, donde en el programa El
Guateque de Apolonio trasmitido por Telemando canal 2,
tuvo el privilegio de compartir el set por poco más de
un año con Jesús Orta Ruiz, el Indio Naborí. “En ese
programa el Indio hacía el papel de Liborito y yo el de
Manengue. Con esos personajes hacíamos fuertes críticas
a la dictadura de Batista. Decíamos cosas tan atrevidas
en aquellos momentos que un buen día llegamos allí y
nos encontramos con que la policía nos estaba buscando a
todos. Por supuesto, ya habían clausurado el programa”.
De Adolfo Alfonso se
asegura que es un decimista nato y neto. Pero él mismo
afirma que todo cuanto ha logrado en este género de la
música cubana se lo debe a su pareja artística y
entrañable amigo Justo Vega. “Justo no ayudó a mi
formación, más que eso, fue mi maestro en todos los
sentidos de la vida. Me enseñó todo cuanto sé ahora. De
este gran poeta guardo un recuerdo tan infinito.
Considero que fue un hombre excelentísimo en toda la
extensión de la palabra. Además de un poeta magnífico,
un poeta muy dedicado a su trabajo, fue una persona con
un talento y una personalidad increíble. La presencia de
Justo Vega en cualquier lugar donde trabajara era
símbolo de admiración, de cariño y de respeto. Extraño
a Justo como se puede extrañar a un padre, a un hermano
o a un hijo. Porque todas esas cosas reunidas era Justo
Vega para mí”.
Entonces, ¿por qué
aquellas interminables polémicas que solían aparecer en
la televisión?
Las discusiones en la
televisión y en la radio, eran simplemente parte de
nuestro trabajo. A él no le gustaban las bromas, pero al
público eso lo atraía y había que hacerlo porque era lo
que fundamentalmente llamaba la atención. Estábamos
cantando serio y en cuanto surgía cualquier palabra que
tuviera algo de broma, o que solamente la insinuara, él
cambiaba el carácter por completo y se disgustaba
realmente. Pero en cuanto terminaba el programa éramos
amigos inseparables. Justo tenía un respeto total y
absoluto en todo el pueblo y estaba dedicado por entero
a su trabajo. Para mí fue un hombre extraordinario, muy
valioso. Creo que cuando algún día se escriba sobre la
décima en Cuba, necesariamente habrá que mencionar el
nombre de Justo Vega, por los grandes aportes que hizo a
este género de la música cubana.
Después de la
desaparición física de Justo, ¿no ha encontrado otra
pareja?
Ni la he encontrado,
ni tampoco he intentado buscar otra pareja para las
controversias. No lo he buscado porque Justo llenó mucho
mi vida. Cuando él murió yo también tenía unos cuantos
años y me pareció insustituible su presencia. No
obstante, en algunas ocasiones he hecho pareja para la
televisión con el decimista Emiliano Sardiñas, que tiene
también gran talento. Pero no resulta lo mismo. No
siento con este poeta aquella afinidad tan grande como
la que sentía por Justo. Hablando en términos
beisboleros, Justo y yo éramos como short stop y
segunda. De mirarnos nada más sabíamos lo que íbamos a
hacer.
Y el Indio Naborí,
¿representa algo en su vida profesional?
El Indio es el padre
de la décima en Cuba. No hay un poeta en la Isla que no
haya aprendido algo de Jesús Orta Ruiz. Él ha marcado
una pauta eterna en lo que es el desarrollo de la
décima. Es el símbolo más alto de nuestra décima.
Como buscando
pretextos para una controversia instamos a Adolfo
Alfonso a que escribiera sus décimas y poemas tal y como
viene haciéndolo el Indio Naborí, quien ha legado con
sus obras un magnífico tesoro al pueblo cubano. Razón de
más para hacerse acreedor del Premio Nacional de
Literatura del año 2004. “Ya estoy viejo, aseguró,
aunque tengo un cartapaso con algunas décimas, que ni
siquiera he organizado. Eso lo dejo para mis memorias
cuando muera.
Adolfo Alfonso, sin
embargo, goza todavía de buena salud. Tanto es así que a
pesar de algunos achaques a causa de los años hace
alrededor de cuatro trabaja en Las Palmeras, un ranchón
típico campesino situado en La Habana Vieja. “Ahí sigo
improvisando, sigo cantándole a mi pueblo y continuaré
haciéndolo mientras tenga fuerza”.
Aunque para este gran
poeta y repentista “el mayor premio que puede recibir un
artista es que cuando ande por cualquier sitio se le
reconozca y lo saluden con cariño y respeto”, quisimos
preguntarle de cualquier manera, ya en la despedida,
qué significado tenía para él el Premio Nacional de la
Música, recientemente recibido.
Nuevamente se impuso
la sencillez y la modestia de quien atesora varias
placas, reconocimientos y distinciones entregadas en
Cuba y en el extranjero, cuando respondió: “para mí fue
una gran sorpresa; una sorpresa increíble. Sinceramente
nunca imaginé recibir semejante premio. Hay otros muchos
músicos que merecen esta distinción más que yo, porque
tienen un talento extraordinario y un aval musical
envidiable”.
|