Año III
La Habana
2005

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Domingo del Monte
TERTULIAS Y FRAGUAS
Josefina Ortega La Habana

En una carta a un amigo, Martí lo caracterizaba como el “cubano más real y útil de su tiempo”.

Sin embargo, curiosamente,  no era cubano por nacimiento; provenía  de una antigua familia dominicana, isla en la que tampoco nació, pues,  el 4 de agosto de 1804, cuando vino al mundo, la familia se había trasladado, por circunstancias de la vida,  a Venezuela, a la ciudad de Maracaibo.

Se le inscribió en el registro como Domingo María de las Nieves del Monte y Aponte,  y con cinco años vino a Cuba   ―en 1809―  cuando su padre, Leonardo del Monte y Medrano designado como Oidor de la Real Audiencia de Santiago de Cuba  trajo consigo a la familia y, años después, se trasladaron definitivamente a La Habana. En la capital asentaron raíces para siempre. Del Monte sería con el tiempo tan cubano como el que más.

Creador de las famosas Tertulias de Domingo del Monte, su vida polifacética  promovió grandes aportes a la cultura nacional.

Las artes y las letras del siglo XIX le deben mucho a su  magisterio: Heredia, Milanés, Plácido y Villaverde, fueron entre otros,  deudores del apoyo recibido de este prohombre cubano.

Pero llegar hasta ese punto, costó largos años de preparación y dedicación en cuerpo y alma a hacer el bien, incluso a desconocidos.

Del Monte cursó estudios en el Real Seminario Conciliar de San Carlos y San Ambrosio, siendo alumno destacado del presbítero Félix  Varela.

Bajo el magisterio de Varela participó en  la elaboración del histórico manifiesto dirigido a las Cortes Españolas.

Luego ―en 1820― estudió derecho en la Real y Pontificia Universidad de La Habana.

Fue uno de los primeros en vislumbrar la excelencia de Heredia  ―en El revisor Político y Literario, el 31 de mayo de 1823  al escribir que la auténtica lírica cubana comenzaría con este nuevo poeta.

En época en que se sucedían las conspiraciones, se dice que tuvo mucho que ver con la de  “Soles y Rayos de Bolívar”.

Comenzó a trabajar  como abogado  ―entre 1826 y 1827―,  en el bufete de Nicolás Manuel de Escobedo, de quien se dijo fue “el ciego que vio claro”.

A mediados de 1927 inició un largo viaje que lo llevaría a EE.UU., luego a España y más tarde a Francia.

Le Havre es el punto de regreso a Cuba, vía Norteamérica.  En el ínterin prepara una edición de poemas de Juan Nicasio Gallego, que sale a la luz en la norteña ciudad de Filadelfia; pero el autor homenajeado desestima el empeño editorial, pues no se antepuso en la portada el tratamiento de “don” antes del nombre Juan Nicasio.

Domingo del Monte hablaba cinco idiomas: francés, inglés, italiano, portugués y latín.

Dicen que no era bueno en oratoria, y por tal razón rechazó un puesto en la cátedra de Humanidades, poco después de implementarse la primera reforma universitaria de 1842.

En 1829 salieron con regularidad sus escritos en La Moda  y  Recreo Semanal del Bello Sexo, y da a conocer los autores más destacado del  romanticismo de entonces.

En más de cinco publicaciones de la época aparecieron publicados sus versos.

Intensa fue su vida intelectual: ingresó en la  “Real Sociedad Patriótica”,  y convirtió la Revista Bimestre Cubano en el órgano de esa sociedad y en la mejor publicación en lengua española de esos años.

Tanta fue la obra de la Real Sociedad, que debido a su gestión las cortes autorizaron a que la institución se convirtiera en Academia Cubana de Literatura, sin embargo, fue tan combatida por los integristas españoles que el proyecto fracasó.

Entonces aparecieron las famosas tertulias.

Allí se leía la obra de todos los concurrentes, incluso hasta las pruebas de galera, para recibir la crítica que siempre mejoraba la composición.

Entre los que acudían regularmente estaban José Manuel de Cárdenas, José Jacinto Milanés o  Juan Francisco Manzano, un poeta negro que había conseguido su libertad gracias a Del Monte.

Por acusaciones de haber participado en la Conspiración de la “Escalera”, poco después abandona Cuba y muere en Madrid el 4 de noviembre de 1853. Un año después sus restos son trasladados a La Habana.

De su obra personal  se destacan sus cartas; más de mil fueron recogidas en un volumen en 1923,  según un orden que él mismo diera y que titulara como Centón Epistolario.

Por si fuera poco el hermoso Palacio de Aldama  ―en las calles de Amistad y Reina―  le debe a del Monte sus planos y sus proporciones armoniosas.

En Consulado y Virtudes estuvo durante mucho tiempo una tarja que indicaba que allí se había fundado el primer gimnasio que hubo en La Habana. Entre los fundadores estuvo Domingo del Monte.
 

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