Año III
La Habana
Semana 12 - 18
FEBRERO
de 2005

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Una sensible mirada al tabaco
desde la literatura y el placer
Jorge Luis Rodríguez González La Habana
Fotos:
Diego
 

Una sensible mirada al tabaco hecha desde la literatura y el placer es lo que nos trae en esta ocasión el narrador cubano Reynaldo González con su libro El bello habano, una obra que se revela como una biografía íntima de uno de ese exótico producto, que junto con el azúcar y el ron, se encuentra tan estrechamente ligado a la historia y al imaginario económico de nuestro país, y que, según palabras de Miguel Barnet al hacer la presentación, demuestra que “hay historias de las que no se ha escrito todo.”

“Cuando uno había creído que ya todo sobre el tabaco estaba dicho, cuando estábamos convencidos de que no quedaban resquicios por donde su humo embriagador escapara, el autor ha construido una Catedral con sólidos pilares que aún testimonian tradiciones”, expresó el Director de la Fundación Fernando Ortiz.

Luego de abandonar el hábito de  fumar, Reynaldo González decidió escribir esta obra como una forma de despedirse de su “amigo y compañero del alma durante muchos años” y lo hace con el mismo placer de su adicción. “El tabaco va por dentro, llega a la cabeza y va al corazón, y me planteé escribirlo así, con placer”, expresó el autor y Premio Nacional de Literatura 2003.

Bebiendo de fuentes insoslayables y capitales como nuestro Fernando Ortiz y su Contrapunteo cubano del tabaco y del azúcar, estudio fundamental sobre el papel del tabaco en la conformación de la entidad económica y humana de Cuba; así como El tabaco y su historia en Cuba, de José Rivero Muñiz, que realizan todo un recorrido por el mundo del tabaco y su importancia en la conformación de nuestra cultura e identidad, Reynaldo González nos enfrenta a una prosa documentada, elegante, con alusiones, metáforas y humor, que nos cuenta una historia, que a juicio del prominente narrador cubano, no se puede separar de la historia de Cuba.

“El tabaco tuvo siempre arrogancia: fue gala de conquistadores de indias, luego camarada de navegantes en sus travesías del mar, de soldados veteranos en remotas guerras, de indianos enriquecidos, de magnates infatuados, de negociantes opulentos y llegó a ser estímulo y signo de todo hombre capaz de comprarse un goce individual y de ostentarlo retadoramente contra los convencionalismos sofrenadores del placer”, escribió en una ocasión el investigador y antropólogo cubano Fernando Ortiz y citado por Manuel Vázquez Montalbán en su prólogo― Cuando fumar es un placer demonizado― a El bello Habano, editado por Ikusager, Vitoria, en 1998.

Con este libro dedicado al tercer descubridor de Cuba, su autor bosqueja la trayectoria de esta hoja descrita por Colón y traficada por piratas y corsarios, que pese a la censura a la que fue sometida, viajó según palabras de Barnet al hacer la presentación “del burdel y de las casas de citas al palacio”.

La obra de Reynaldo sobre la historia del habano viaja desde su descubrimiento, pasando por los años en que fue censurado su comercio, su llegada a Europa, su recorrido a contrapelo de ordenanzas y prohibiciones, su tráfico ilegal por piratas del Caribe, hasta desembocar en el difícil proceso por el que pasa desde su despertar en la semilla hasta que es consumido.

Reynaldo, atendiendo a su criterio, al de Fernando Ortiz y al de Muñiz de no divorciar la historia de nuestra nacionalidad de la del tabaco, en su recorrido por “los siglos en que el hombre se connaturalizó con un placer que cambió sus costumbres y compartió aventuras”, no olvida dedicar espacios a los pueblos y pequeñas aldeas crecidas en torno al desarrollo de la agricultura e industria tabacalera; como tampoco omite la primera insurrección agrícola protagonizada por los vegueros, la Toma de La Habana por los ingleses, la poesía, el teatro y la literatura en general que alude a esta exótica breva; ni el merecido homenaje a Zoila Lapique, profusa investigadora sobre el tema.

Para Vázquez Montalbán, primer lector de El bello habano y quien lo tildó de “tan bello como el Habano que glosa”, González ha conseguido convertir la memoria histórica y la información en literatura, como ha sabido metabolizar literariamente la bibliografía utilizada que va desde estudios fundamentales sobre el papel del tabaco en la conformación de la entidad económica y humana de Cuba.”

Uno de los méritos de esta obra es que su autor evade la polémica que versa sobre el tabaquismo y el antitabaquismo, pues su objetivo es destacar la relevancia cultural y social que ha tenido el tabaco desde su descubrimiento en la conformación de una identidad cultural puramente cubana.

Por su parte, Zoila Lapique, también Premio Nacional de Ciencias Sociales 2002, y autora de La mujer en los habanos, comentó que   esta edición cubana de El bello habano es superior en diseño a la realizada en España.

Al referirse a su libro Reynaldo González, el novelista de Siempre la muerte, su paso breve o La fiesta de los tiburones y Premio de la Crítica cubana por el ensayo Contradanzas y latigazos, expresó que en El bello habano está lo que sigue amando del tabaco.

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