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Una sensible mirada al tabaco hecha desde la literatura
y el placer es lo que nos trae en esta ocasión el
narrador cubano Reynaldo González con su libro El
bello habano, una obra que se revela como una
biografía íntima de uno de ese exótico producto, que
junto con el azúcar y el ron, se encuentra tan
estrechamente ligado a la historia y al imaginario
económico de nuestro país, y que, según palabras de
Miguel Barnet al hacer la presentación, demuestra que
“hay historias de las que no se ha escrito todo.”
“Cuando uno había creído que ya todo sobre el tabaco
estaba dicho, cuando estábamos convencidos de que no
quedaban resquicios por donde su humo embriagador
escapara, el autor ha construido una Catedral con
sólidos pilares que aún testimonian tradiciones”,
expresó el Director de la Fundación Fernando Ortiz.
Luego de abandonar el hábito de fumar, Reynaldo
González decidió escribir esta obra como una forma de
despedirse de su “amigo y compañero del alma durante
muchos años” y lo hace con el mismo placer de su
adicción. “El tabaco va por dentro, llega a la cabeza y
va al corazón, y me planteé escribirlo así, con placer”,
expresó el autor y Premio Nacional de Literatura 2003.
Bebiendo de fuentes insoslayables y capitales como
nuestro Fernando Ortiz y su
Contrapunteo cubano del tabaco y del azúcar,
estudio fundamental sobre el papel del tabaco en la
conformación de la entidad económica y humana de Cuba;
así como El tabaco y su historia en Cuba,
de José Rivero Muñiz, que realizan todo un recorrido por
el mundo del tabaco y su importancia en la conformación
de nuestra cultura e identidad, Reynaldo González nos
enfrenta a una prosa documentada, elegante, con
alusiones, metáforas y humor, que nos cuenta una
historia, que a juicio del prominente narrador cubano,
no se puede separar de la historia de Cuba.
“El tabaco tuvo siempre arrogancia: fue gala de
conquistadores de indias, luego camarada de navegantes
en sus travesías del mar, de soldados veteranos en
remotas guerras, de indianos enriquecidos, de magnates
infatuados, de negociantes opulentos y llegó a ser
estímulo y signo de todo hombre capaz de comprarse un
goce individual y de ostentarlo retadoramente contra los
convencionalismos sofrenadores del placer”, escribió en
una ocasión el investigador y antropólogo cubano
Fernando Ortiz y citado por Manuel Vázquez Montalbán en
su prólogo―
Cuando fumar es un placer demonizado―
a El bello Habano,
editado por Ikusager, Vitoria, en 1998.
Con este libro dedicado al tercer descubridor de Cuba,
su autor bosqueja la trayectoria de esta hoja descrita
por Colón y traficada por piratas y corsarios, que pese
a la censura a la que fue sometida, viajó―
según palabras de Barnet al hacer la presentación―
“del burdel y de las casas de citas al palacio”.
La obra de Reynaldo sobre la historia del habano viaja
desde su descubrimiento, pasando por los años en que fue
censurado su comercio, su llegada a Europa, su recorrido
a contrapelo de ordenanzas y prohibiciones, su tráfico
ilegal por piratas del Caribe, hasta desembocar en el
difícil proceso por el que pasa desde su despertar en la
semilla hasta que es consumido.
Reynaldo, atendiendo a su criterio, al de Fernando Ortiz
y al de Muñiz de no divorciar la historia de nuestra
nacionalidad de la del tabaco, en su recorrido por “los
siglos en que el hombre se connaturalizó con un placer
que cambió sus costumbres y compartió aventuras”, no
olvida dedicar espacios a los pueblos y pequeñas aldeas
crecidas en torno al desarrollo de la agricultura e
industria tabacalera; como tampoco omite la primera
insurrección agrícola protagonizada por los vegueros, la
Toma de La Habana por los ingleses, la poesía, el teatro
y la literatura en general que alude a esta exótica
breva; ni el merecido homenaje a Zoila Lapique, profusa
investigadora sobre el tema.
Para Vázquez Montalbán, primer lector de El bello
habano y quien lo tildó de “tan bello como el Habano
que glosa”, González ha conseguido convertir la memoria
histórica y la información en literatura, como ha sabido
metabolizar literariamente la bibliografía utilizada que
va desde estudios fundamentales sobre el papel del
tabaco en la conformación de la entidad económica y
humana de Cuba.”
Uno de los méritos de esta obra es que su autor evade la
polémica que versa sobre el tabaquismo y el
antitabaquismo, pues su objetivo es destacar la
relevancia cultural y social que ha tenido el tabaco
desde su descubrimiento en la conformación de una
identidad cultural puramente cubana.
Por su parte, Zoila Lapique, también Premio Nacional de
Ciencias Sociales 2002, y autora de
La mujer en los habanos,
comentó que esta edición cubana de
El bello habano
es superior en diseño a la realizada en España.
Al referirse a su libro Reynaldo González, el novelista
de
Siempre la muerte, su paso breve
o La fiesta de los tiburones y Premio de la
Crítica cubana por el ensayo Contradanzas y
latigazos, expresó que en El bello habano
está lo que sigue amando del tabaco.
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