Año III
La Habana
Semana 12 - 18
FEBRERO
de 2005

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La literatura, mi modo de vida
José Luis Estrada Betancourt La Habana
Fotos: Diego


El argentino Vicente Battista no es solo un hombre de pipa en mano. Es un periodista y, sobre todo, un excelente escritor; el autor de Gutiérrez, a secas, título que, desde su presentación en la XIV Feria Internacional del Libro, se ha convertido en un suceso en la Isla. Por eso está ahora en La Jiribilla, para que entere a los lectores cubanos de su producción literaria y de su vida.



Vicente, usted fue fundador de la revista Nuevos aires  en Argentina. ¿Resultaron ciertamente nuevos los aires?

Nuevos aires
, nos la habíamos planteado como una revista cultural con Mario Goloboff, el otro fundador; pero la situación política de Argentina nos obligó a ir cambiando su perfil y a conducirla hacia un pensamiento crítico. Allí aparecieron el Diario de Inti Peredo, la guerrilla en toda su magnitud, y muchos otros temas, aunque siempre desde una perspectiva marxista... Estuvo saliendo hasta que tuve que marcharme para España. Mario se fue para Francia.

¿Está hablando del 73, cuando se exilió?
 

Efectivamente, y la causa fue Nuevos aires. Les molestaba el tópico Cuba, que se abordaba con frecuencia. Recuerdo también que cuando el triunfo de Allende se presentó el artículo La otra cara de la Moneda. Así que comenzaron a venir visitas extrañas a mi departamento (en la publicación aparecía mi dirección particular). En Buenos Aires, había que estar muy bien con el encargado, porque se te acercaba y te decía: “estuvo alguien a preguntar por usted”. Andaba buscando información. La cosa se puso muy pesada. Había que irse.
 

“Por aquel entonces, yo había realizado el guión de La familia unida esperando la llegada de Hallewyn, película que ganó el Gran Premio del Festival Internacional de Manheimm, Alemania. El director estaba allá, y luego bajó a Barcelona con mucha fama, así que me convidó a que me le uniera.”

 

Usted no ha abandonado del todo el periodismo...
 

En mi país sucede como en casi todas las partes del mundo, que difícilmente se puede vivir de la literatura, aun cuando salga un libro tuyo y tenga éxito. Cuando gané el Planeta en el 95, con Sucesos argentinos, se comerciaron 10 000 ejemplares, pero lo que recibes solo alcanza para vivir unos meses. Por tanto, los escritores nos las arreglamos haciendo talleres, impartiendo cursos y haciendo trabajos periodísticos.

“Si bien ambas profesiones emplean la palabra como instrumento, en mi caso se hace un corte esencial. Si un editor quiere contratarme poniendo condiciones sobre el número de páginas y el tiempo de término, no lo acepto, porque no puedo hacer literatura por encargo; en cambio, si me llama un editor para que haga una nota sobre los argentinos que se volvieron locos por la llegada de extraterrestres, por ejemplo, me acomodo a sus exigencias, si me conviene. Para mí, el periodismo es un medio de vida;  y la literatura, un modo de vida. Yo pienso constantemente en la  literatura. Jamás en el periodismo, con todo el respeto que le tengo a esa labor.”

 

Los muertos, su primer libro tuvo la “suerte” de ganar una mención en Casa de las Américas. ¿Qué significó ese reconocimiento para usted?
 

Vamos a contextualizarnos. Estaba en El escarabajo de oro y tenía 26 ó 27 años, cuando envié el volumen a Cuba. Nunca he podido olvidar el momento en que recibí la carta de Casa de las Américas, firmada por Haydée Santamaría —todavía la conservo—, donde decía: su libro ha obtenido una mención. Fue grandioso, sobre todo, para un momento en que Cuba estaba prohibida. Mi triunfo era un galletazo.
 

“Los premios literarios casi siempre están amañados, pero yo desconocía a los miembros del jurado. Con el tiempo me enteré de que en él se encontraba Mario Benedetti. Alguien leyó Los muertos y lo consideró premiable. Imagínate, mi primer libro...”
 

“Quiero que sepas que este reconocimiento tiene su historia. En aquella época, estaba muy cerca de un hombre maravilloso, Leopoldo Marechal, quien ya pasaba los 50, pero era tan sabio como Thiago de Mello. Y él, como viajaba a Cuba pues era jurado de novela, me pidió el libro para traerlo, solo que yo había enviado el original a Suiza. No obstante, insistió y mi mujer, Gloria, se encargó de mecanografiar una copia.”
 

“Un día, después del Premio, fuimos a visitar a Dalmiro Sáenz, quien era uno de los escritores que evaluaron los cuentos, para que me relatara sobre Cuba y me comentó: ‘con tu libro pasó una cosa curiosa. Había una sola copia, la cual fue circulando entre todos’, es decir, que estaba para ganar, porque de lo contrario nadie, posiblemente, se hubiera fijado en Los muertos.” 
 

Con los escritores españoles Juan Madrid y Belén Gopegui


Usted hizo el guión de un filme, ¿por qué no más cine?
 

Con el cine me ocurre igual que con el teatro. Terminando las chicas el período escolar el 15 junio del 84, el 1ro. de julio ya yo estaba en Argentina. Para bien, ubican al frente del Centro Cultural San Martín a Javier Torre, escritor y director de cine, quien era joven y muy abierto a todas las tendencias, excepto al fascismo.
 

Él me llamó un día por teléfono para decirme que quería montar una obra mía. Yo le agradecí, pero le expliqué que no tenía ninguna, y entonces me soltó simplemente: ¡escríbela! Por eso hice Dos almas en el mundo, una pieza con dos mujeres. Se estrenó y estuvo seis meses en cartelera, con un éxito tremendo.


“¿Por qué todo esto? Porque yo escribo cuentos y novelas y termino publicándolos. Y en el caso de teatro y el cine me ocupo si me lo piden, máxime cuando no soy dramaturgo”.

 

Su primera novela no aparece hasta el 84...
 

En realidad, yo me voy de Argentina con un libro de cuentos Los muertos, otro que se titula Esta noche reunión en casa y en España publico Como tanta gente que anda por ahí. Luego me puse en función de mi primera novela: El libro de todos los engaños, que iba a ser contratada por Editorial Bruguera, la cual entra en una crisis económica. Sin embargo, como su homóloga en Argentina era independiente, asumió los originales de los autores argentinos.
 

“De regreso a mi país en el 84, ya tenía dos novelas concluidas: El libro... y Siroco, pero no deseaba que salieran al mismo tiempo y que la gente pensara que soy muy prolífico, porque no es la verdad. Por eso hay una diferencia de un año entre una y otra. Después vino un largo descanso, a pesar de que iba tomando vida El final de la calle (cuento), con el que me otorgan el Premio Municipal de Literatura, que significó un subsidio vitalicio. Por Editorial Emecé llega más tarde y nuevamente Siroco, y yo publico Sucesos argentinos, hasta que en el 2002 aparece Gutiérrez, a secas.

 

No obstante, aunque Siroco sale después, camina con mejor pie que Los libros...
 

Siroco vio la luz en Francia por Éditions Le Mascaret, al igual que Sucesos argentinos, que apareció con el título Le tango de l’homme de paille (Éditions Gallimard), algo así como El tango del hombre de paja.
 


Vayamos a Gutiérrez, a secas, ¿cuánto hay en el protagonista de usted?
 

Gutiérrez es mi Mr. Hyde —por suerte, no lo despierto nunca y no tengo la inyección que se ponía Jekyll. Fíjate, es un tipo amargado, no se ríe nunca, no tiene prácticamente sentimientos (al no ser hacia la electrónica y la computación). En fin, no tenemos nada en común. Es un escritor que está pensando hacer una novela que no va a terminar nunca; y mientras tanto, escribe por encargo. Ese antagonismo entre nosotros es lo que me permite tomar distancia y verlo con mayor amplitud, para saber que es un personaje que puede funcionar.
 

“Esta novela representó un desafío interesante. Con la anterior, Sucesos argentinos, me rotularon de escritor policiaco. No tengo nada en contra de este género —de hecho me gusta leerlo y hasta imparto cursos sobre él—, pero no es así. Entonces, me propuse crear una historia que no se pudiera sindicar. Se me ocurrió la primera frase y la última, pero no sabía si se transformaría en una novela o un cuento. Finalizó convirtiéndose en Gutiérrez, a secas. El personaje tomó identidad propia, al punto de que ni yo mismo sabía hacia dónde me iba a llevar. Opté por no emplear los pronombres, así que Gutiérrez se vuelve una especie de cantinela, pues se repite 1756 veces. En un inicio, el lector lo rechaza, pero luego termina sentándose en él y cabalgando.” 

   

En Gutiérrez, a secas se muestra la relación escritor-corrector-editor. ¿Cuál es su visión sobre este vínculo?
 

Los correctores en Argentina son bastante cuidadosos. El de Editoral Emecé me daba la novela corregida. Si había algún error de tipo gramatical, te ponían un cartel que rezaba: “se debería decir así..., queda al criterio del autor”. Sin embargo, por razones económicas, las editoriales prescinden cada vez más de ellos, porque hay que pagarles. Los grandes diarios del país no tienen. Le piden al autor que presente la novela lista y te la dan después para que la revises, y punto. En cambio, en Gutiérrez, a secas los convierto en figuras dantescas.
 

“La novela ya se había publicado en Argentina y en España. En Cuba me sucedió de otro modo; envié el texto y al tiempo me llegó un primer correo con algunas sugerencias y correcciones, al que le siguieron otros tantos. Te aseguro que en mi vida me había encontrado con alguien que se leyera mi libro con tanto cuidado, pasión y rigor como lo hizo Isabel, la editora, lo cual agradezco sobremanera.”

 

¿Qué significa ser escritor en Argentina?
 

De pronto, no ser nadie. Hasta no mucho —y yo soy un hombre que va a cumplir 65— cuando iba a un hotel y me preguntaban la profesión, ponía periodista, porque como escritor me decían: “Sí, de acuerdo, pero de qué trabaja”. Si yo quiero sacar una tarjeta de crédito tengo que demostrar mis ingresos. ¿Y el escritor cómo lo hace? Ojo, usted podrá ser muy famoso, muy leído; salir por televisión y por radio, pero en Argentina no se le da crédito a la fama, sino a su economía. La gente piensa que uno la pasa de lo más bien, pero lo cierto es que trabajo muchísimo, solo que en lo que me gusta. A veces me va bien y otras no tanto.
 

“Hubo una época en que el escritor tenía una importancia esencial para la política del país. Cuando los fascistas militares antisemitas de Francia atacaron a Dreyfus, Emile Zola escribe su célebre Yo acuso y eso crea un notable antecedente. Otra carta célebre, que pagó con su vida, es la de Rodolfo Walsh a los militares argentinos, pero hoy en día, ya en democracia nuevamente, no importa lo que opine este o aquel escritor. Tendrá peso para el hecho político, mas lo interesante es el criterio de un economista o un empresario, pero no de un intelectual. En EE.UU., por ejemplo, poco ayudó que la inteligencia demostrara el tipo que es Bush. Al final resultó electo. No existe esa comunión que yo veo en Cuba entre el escritor y el lector.”

 

Y sin embargo, usted insiste en ser escritor...

 

Desde el primer día que me dediqué a la literatura, porque me da gozo, me hace feliz; me siento bien. Tuve una época de estar con la justa. Los primeros años en España comía fideo con margarina, porque no nos alcanzaba ni para la mantequilla. No obstante, de la misma manera que no me arrepentí de retornar a Argentina, no me arrepiento de elegir como modo de vida a la literatura.

 

Después de Gutiérrez, a secas, ¿qué viene?
 

Tengo una novela casi terminada, que está por publicarse y tendrá cierto corte policial. Trata sobre un comisario muy popular que había en mi país y se llamaba Meneses. Y tengo entre manos otra, cuya idea surgió antes —lo aseguro— que Memorias de mis putas tristes, de García Márquez. Me desperté una mañana y se me apareció esta frase: “La puta con la que debuté se tuvo que haber muerto. Hoy tengo 65 años, ella me llevaba 20. Si no se murió está en un Geriátrico. He decidido encontrar a esa mujer”. Y es un tipo que, sin ninguna razón, decide buscar a alguien de quien ya no recuerda ni el nombre. En realidad, esa es la excusa, pues lo que persigue es replantearse todo en el último momento de su vida.
 

“Por otro lado, quisiera escribir una novela que esté contada en primera por el personaje; y en tercera persona por el autor, donde los dos lenguajes se vayan cruzando. Todo un juego narrativo”.

 

¿Qué le ha parecido La Habana y su Feria Internacional del Libro?
 

Antes había estado una semana en visita no oficial, hace cuatro años. La Habana es bella y yo soy un ortodoxo de la Revolución. Desde 1959 se encendió ese faro y no ha dejado de alumbrarnos. Caminar por esta ciudad, ver a los cubanos, hablar con ellos, me da la esperanza de que no todo está perdido y que vamos adelante. La Feria me parece algo increíble. Es imposible contarla a quien no la ve, hacerle entender esa conexión que hay entre el lector y el autor. Aquí el concepto de compañerismo está llevado a su expresión más profunda. No lo dudes.
 

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