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El argentino
Vicente Battista no es solo un hombre de pipa en mano.
Es un periodista y, sobre todo, un excelente escritor;
el autor de Gutiérrez, a secas, título que, desde
su presentación en la XIV Feria Internacional del Libro,
se ha convertido en un suceso en la Isla. Por eso está
ahora en La Jiribilla, para que entere a los
lectores cubanos de su producción literaria y de su
vida.
Vicente, usted fue fundador de la revista Nuevos
aires en Argentina. ¿Resultaron ciertamente nuevos
los aires?
Nuevos aires,
nos la habíamos planteado como una revista cultural con
Mario Goloboff, el otro fundador; pero la situación
política de Argentina nos obligó a ir cambiando su
perfil y a conducirla hacia un pensamiento crítico. Allí
aparecieron el Diario de Inti Peredo, la guerrilla en
toda su magnitud, y muchos otros temas, aunque siempre
desde una perspectiva marxista... Estuvo saliendo hasta
que tuve que marcharme para España. Mario se fue para
Francia.
¿Está hablando del 73, cuando se exilió?
Efectivamente, y la
causa fue Nuevos aires. Les molestaba el tópico
Cuba, que se abordaba con frecuencia. Recuerdo también
que cuando el triunfo de Allende se presentó el artículo
La otra cara de la Moneda. Así que comenzaron a venir
visitas extrañas a mi departamento (en la publicación
aparecía mi dirección particular). En Buenos Aires,
había que estar muy bien con el encargado, porque se te
acercaba y te decía: “estuvo alguien a preguntar por
usted”. Andaba buscando información. La cosa se puso muy
pesada. Había que irse.
“Por aquel entonces,
yo había realizado el guión de La familia unida
esperando la llegada de Hallewyn, película que ganó el
Gran Premio del Festival Internacional de Manheimm,
Alemania. El director estaba allá, y luego bajó a
Barcelona con mucha fama, así que me convidó a que me le
uniera.”
Usted no ha abandonado del todo el periodismo...
En mi país sucede
como en casi todas las partes del mundo, que
difícilmente se puede vivir de la literatura, aun cuando
salga un libro tuyo y tenga éxito. Cuando gané el
Planeta en el 95, con Sucesos argentinos, se comerciaron
10 000 ejemplares, pero lo que recibes solo alcanza para
vivir unos meses. Por tanto, los escritores nos las
arreglamos haciendo talleres, impartiendo cursos y
haciendo trabajos periodísticos.
“Si bien ambas
profesiones emplean la palabra como instrumento, en mi
caso se hace un corte esencial. Si un editor quiere
contratarme poniendo condiciones sobre el número de
páginas y el tiempo de término, no lo acepto, porque no
puedo hacer literatura por encargo; en cambio, si me
llama un editor para que haga una nota sobre los
argentinos que se volvieron locos por la llegada de
extraterrestres, por ejemplo, me acomodo a sus
exigencias, si me conviene. Para mí, el periodismo es un
medio de vida; y la literatura, un modo de vida. Yo
pienso constantemente en la literatura. Jamás en el
periodismo, con todo el respeto que le tengo a esa
labor.”
Los muertos,
su primer libro tuvo la “suerte” de ganar una mención en
Casa de las Américas. ¿Qué significó ese reconocimiento
para usted?
Vamos a
contextualizarnos. Estaba en El escarabajo de oro y
tenía 26 ó 27 años, cuando envié el volumen a Cuba.
Nunca he podido olvidar el momento en que recibí la
carta de Casa de las Américas, firmada por Haydée
Santamaría —todavía la conservo—, donde decía: su libro
ha obtenido una mención. Fue grandioso, sobre todo, para
un momento en que Cuba estaba prohibida. Mi triunfo era
un galletazo.
“Los premios
literarios casi siempre están amañados, pero yo
desconocía a los miembros del jurado. Con el tiempo me
enteré de que en él se encontraba Mario Benedetti.
Alguien leyó Los muertos y lo consideró premiable.
Imagínate, mi primer libro...”
“Quiero que sepas que
este reconocimiento tiene su historia. En aquella época,
estaba muy cerca de un hombre maravilloso, Leopoldo
Marechal, quien ya pasaba los 50, pero era tan sabio
como Thiago de Mello. Y él, como viajaba a Cuba pues era
jurado de novela, me pidió el libro para traerlo, solo
que yo había enviado el original a Suiza. No obstante,
insistió y mi mujer, Gloria, se encargó de mecanografiar
una copia.”
“Un día, después del
Premio, fuimos a visitar a Dalmiro Sáenz, quien era uno
de los escritores que evaluaron los cuentos, para que me
relatara sobre Cuba y me comentó: ‘con tu libro pasó una
cosa curiosa. Había una sola copia, la cual fue
circulando entre todos’, es decir, que estaba para
ganar, porque de lo contrario nadie, posiblemente, se
hubiera fijado en Los muertos.”
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Con los escritores españoles Juan Madrid y Belén
Gopegui |
Usted hizo el guión de un filme, ¿por qué no más cine?
Con el cine me ocurre
igual que con el teatro. Terminando las chicas el
período escolar el 15 junio del 84, el 1ro. de julio ya
yo estaba en Argentina. Para bien, ubican al frente del
Centro Cultural San Martín a Javier Torre, escritor y
director de cine, quien era joven y muy abierto a todas
las tendencias, excepto al fascismo.
Él me llamó un día
por teléfono para decirme que quería montar una obra
mía. Yo le agradecí, pero le expliqué que no tenía
ninguna, y entonces me soltó simplemente: ¡escríbela!
Por eso hice Dos almas en el mundo, una pieza con
dos mujeres. Se estrenó y estuvo seis meses en
cartelera, con un éxito tremendo.
“¿Por qué todo esto? Porque yo
escribo cuentos y novelas y termino publicándolos. Y en
el caso de teatro y el cine me ocupo si me lo piden,
máxime cuando no soy dramaturgo”.
Su primera novela no
aparece hasta el 84...
En realidad, yo me
voy de Argentina con un libro de cuentos Los muertos,
otro que se titula Esta noche reunión en casa y
en España publico Como tanta gente que anda por ahí.
Luego me puse en función de mi primera novela: El
libro de todos los engaños, que iba a ser contratada
por Editorial Bruguera, la cual entra en una crisis
económica. Sin embargo, como su homóloga en Argentina
era independiente, asumió los originales de los autores
argentinos.
“De regreso a mi país
en el 84, ya tenía dos novelas concluidas: El
libro... y Siroco, pero no deseaba que
salieran al mismo tiempo y que la gente pensara que soy
muy prolífico, porque no es la verdad. Por eso hay una
diferencia de un año entre una y otra. Después vino un
largo descanso, a pesar de que iba tomando vida El
final de la calle (cuento), con el que me otorgan el
Premio Municipal de Literatura, que significó un
subsidio vitalicio. Por Editorial Emecé llega más tarde
y nuevamente Siroco, y yo publico
Sucesos argentinos, hasta que en el 2002 aparece
Gutiérrez, a secas.”
No obstante, aunque
Siroco sale después, camina con mejor pie que
Los libros...
Siroco
vio la luz en Francia por Éditions Le Mascaret, al igual
que Sucesos argentinos, que apareció con el
título Le tango de l’homme de paille (Éditions
Gallimard), algo así como El tango del hombre de paja.
Vayamos a
Gutiérrez, a secas, ¿cuánto hay en el protagonista
de usted?
Gutiérrez es mi Mr.
Hyde —por suerte, no lo despierto nunca y no tengo la
inyección que se ponía Jekyll. Fíjate, es un tipo
amargado, no se ríe nunca, no tiene prácticamente
sentimientos (al no ser hacia la electrónica y la
computación). En fin, no tenemos nada en común. Es un
escritor que está pensando hacer una novela que no va a
terminar nunca; y mientras tanto, escribe por encargo.
Ese antagonismo entre nosotros es lo que me permite
tomar distancia y verlo con mayor amplitud, para saber
que es un personaje que puede funcionar.
“Esta novela
representó un desafío interesante. Con la anterior,
Sucesos argentinos, me rotularon de escritor
policiaco. No tengo nada en contra de este género —de
hecho me gusta leerlo y hasta imparto cursos sobre él—,
pero no es así. Entonces, me propuse crear una historia
que no se pudiera sindicar. Se me ocurrió la primera
frase y la última, pero no sabía si se transformaría en
una novela o un cuento. Finalizó convirtiéndose en
Gutiérrez, a secas. El personaje tomó identidad
propia, al punto de que ni yo mismo sabía hacia dónde me
iba a llevar. Opté por no emplear los pronombres, así
que Gutiérrez se vuelve una especie de cantinela, pues
se repite 1756 veces. En un inicio, el lector lo
rechaza, pero luego termina sentándose en él y
cabalgando.”
En Gutiérrez, a
secas se muestra la relación
escritor-corrector-editor. ¿Cuál es su visión sobre este
vínculo?
Los correctores en
Argentina son bastante cuidadosos. El de Editoral Emecé
me daba la novela corregida. Si había algún error de
tipo gramatical, te ponían un cartel que rezaba: “se
debería decir así..., queda al criterio del autor”. Sin
embargo, por razones económicas, las editoriales
prescinden cada vez más de ellos, porque hay que
pagarles. Los grandes diarios del país no tienen. Le
piden al autor que presente la novela lista y te la dan
después para que la revises, y punto. En cambio, en
Gutiérrez, a secas los convierto en figuras
dantescas.
“La novela ya se
había publicado en Argentina y en España. En Cuba me
sucedió de otro modo; envié el texto y al tiempo me
llegó un primer correo con algunas sugerencias y
correcciones, al que le siguieron otros tantos. Te
aseguro que en mi vida me había encontrado con alguien
que se leyera mi libro con tanto cuidado, pasión y rigor
como lo hizo
Isabel, la editora, lo cual agradezco
sobremanera.”
¿Qué significa ser escritor en Argentina?
De pronto, no ser
nadie. Hasta no mucho —y yo soy un hombre que va a
cumplir 65— cuando iba a un hotel y me preguntaban la
profesión, ponía periodista, porque como escritor me
decían: “Sí, de acuerdo, pero de qué trabaja”. Si yo
quiero sacar una tarjeta de crédito tengo que demostrar
mis ingresos. ¿Y el escritor cómo lo hace? Ojo, usted
podrá ser muy famoso, muy leído; salir por televisión y
por radio, pero en Argentina no se le da crédito a la
fama, sino a su economía. La gente piensa que uno la
pasa de lo más bien, pero lo cierto es que trabajo
muchísimo, solo que en lo que me gusta. A veces me va
bien y otras no tanto.
“Hubo una época en
que el escritor tenía una importancia esencial para la
política del país. Cuando los fascistas militares
antisemitas de Francia atacaron a Dreyfus, Emile Zola
escribe su célebre Yo acuso y eso crea un notable
antecedente. Otra carta célebre, que pagó con su vida,
es la de Rodolfo Walsh a los militares argentinos, pero
hoy en día, ya en democracia nuevamente, no importa lo
que opine este o aquel escritor. Tendrá peso para el
hecho político, mas lo interesante es el criterio de un
economista o un empresario, pero no de un intelectual.
En EE.UU., por ejemplo, poco ayudó que la inteligencia
demostrara el tipo que es Bush. Al final resultó electo.
No existe esa comunión que yo veo en Cuba entre el
escritor y el lector.”
Y
sin embargo, usted insiste en ser escritor...
Desde el primer día que me dediqué
a la literatura, porque me da gozo, me hace feliz; me
siento bien. Tuve una época de estar con la justa. Los
primeros años en España comía fideo con margarina,
porque no nos alcanzaba ni para la mantequilla. No
obstante, de la misma manera que no me arrepentí de
retornar a Argentina, no me arrepiento de elegir como
modo de vida a la literatura.
Después de
Gutiérrez, a secas, ¿qué viene?
Tengo una novela casi
terminada, que está por publicarse y tendrá cierto corte
policial. Trata sobre un comisario muy popular que había
en mi país y se llamaba Meneses. Y tengo entre manos
otra, cuya idea surgió antes —lo aseguro— que
Memorias de mis putas tristes, de García Márquez. Me
desperté una mañana y se me apareció esta frase: “La
puta con la que debuté se tuvo que haber muerto. Hoy
tengo 65 años, ella me llevaba 20. Si no se murió está
en un Geriátrico. He decidido encontrar a esa mujer”. Y
es un tipo que, sin ninguna razón, decide buscar a
alguien de quien ya no recuerda ni el nombre. En
realidad, esa es la excusa, pues lo que persigue es
replantearse todo en el último momento de su vida.
“Por otro lado,
quisiera escribir una novela que esté contada en primera
por el personaje; y en tercera persona por el autor,
donde los dos lenguajes se vayan cruzando. Todo un juego
narrativo”.
¿Qué le ha
parecido La Habana y su Feria Internacional del Libro?
Antes había estado una semana en visita no oficial, hace
cuatro años. La Habana es bella y yo soy un ortodoxo de
la Revolución. Desde 1959 se encendió ese faro y no ha
dejado de alumbrarnos. Caminar por esta ciudad, ver a
los cubanos, hablar con ellos, me da la esperanza de que
no todo está perdido y que vamos adelante. La Feria me
parece algo increíble. Es imposible contarla a quien no
la ve, hacerle entender esa conexión que hay entre el
lector y el autor. Aquí el concepto de compañerismo está
llevado a su expresión más profunda. No lo dudes.
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