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“El 22 de abril le diré adiós a
esta Cuba
tan bella, aunque mordida por la
serpiente”
Fredrika
Bremer, Cartas desde Cuba |
Puedo
imaginar a René Vázquez Díaz como estudiante de
ingeniería naval en los astilleros de Gdansk, de donde
partió a Suecia en 1975, según diferentes versiones,
porque decidió abandonar el arte de armador por el arte
de escribir o porque “fue sancionado por indisciplina”,
según reza la contratapa de cubierta de su novela La
era imaginaria (Montesinos, 1987). Y puedo imaginar
también que hay una suerte de predestinación en todo
esto. ¿Cómo, si no hubiera ido a dar a Suecia, hubiera
decidido escribir sobre la estancia cubana de Fredrika
Bremen? Fredrika, para los pocos que aquí lo ignoren,
fue una novelista sueca que vivió entre 1801 y 1865, e
hizo una breve estancia en Cuba durante los primeros
meses de 1851. Acuciosa observadora de la realidad
social y familiar de su tiempo, que dramatizó en sus
novelas, Fredrika Bremen fue también una viajera
pertinaz. Durante su viaje a Cuba ―un breve paréntesis
de un recorrido más extenso por los EE.UU.―, no solo se
sirvió de su extraordinaria capacidad de percepción como
escritora, sino también dejó testimonio gráfico, en
forma de unos cuantos retratos y paisajes, tanto urbanos
como rurales, así como minuciosas copias de ciertos
ejemplares de la flora y la fauna cubanas.
Fredrika
nos legó un detallado diario de su estancia en Cuba en
las cartas que envió a su hermana menor, Agathe, quien
había permanecido en Suecia. En ese relato, demorado en
cada uno de los eventos e impresiones del viaje, hay una
fuente prodigiosa para toda persona ávida de información
sobre los usos y costumbres de la Cuba a mediados del
XIX, esa Cuba donde convivían el refinamiento más
exquisito en la vida de la clase alta y la más terrible
de las prácticas humanas: la esclavitud. A lo largo de
todo su relato, parecen escucharse como en sordinas los
versos de José María Heredia, acertadamente citados, por
la editora de la novela de Vázquez Díaz en la nota e la
solapa de la edición que presentamos hoy. El discurso de
Fredrika Bremer pareciera ser solo un ejercicio de
puesta en narración de esos versos tremendos.
Ese es
el espíritu del relato de viaje que Fredrika fue
urdiendo un día tras otro en su habitación del Havana
House, en la esquina de Oficios y Obrapía, o en las
casas de los ingenios a donde sería invitada y mimada, o
incluso, en el modesto hospedaje con piso de tierra que
ocupara en San Antonio de los Baños. La oposición entre
una naturaleza decididamente prodigiosa y una
organización social digna de la crítica más acérrima es
el contrapunto en que se afinca su historia. Para
quienes leemos hoy las cartas de Fredrika a Agathe
resulta evidente, si hacemos una lectura atenta, el
sentimiento casi eufórico que domina a esta sueca a
punto de cumplir cincuenta años en su primera
experiencia del trópico. Hay en sus palabras un
entusiasmo que solo se salva de ser tildado de excesivo
por su evidente sinceridad. Ese disfrute gozoso del aire
de Cuba, calificado muchas veces como balsámico y
regenerador, reaparece constantemente en su discurso y
es, lo mismo que el estudio descriptivo de los criollos
en el campo y la ciudad, así como de las condiciones de
existencia de los negros esclavos, una de las obsesiones
de Fredrika.
Ese júbilo, que la escritora parece sujetar aunque a
menudo se le escapa, es una de las grietas, digamos, de
ese discurso suyo, que por momento tiene la penetración
de un estudio antropológico. En esa grieta se afincó la
imaginación de René Vázquez Díaz para hacerla engordar,
crecer, enseñorearse del texto novelesco. La Fredrika de
la novela es mucho más libre que la de las Cartas,
y una vez a merced de la fabulación vive otra vida, una
vida donde hay lugar incluso para el amor, aunque este
sea platónico, correspondido por un joven criollo cuya
hermosura reconoció a menudo en sus cartas, pero que
mencionó bastante poco. Esa es una de las tramas más
atractivas que desarrolla la novela, pero lo mismo que
ese involucrarse en una historia amorosa, la escritora
sueca recreada por Vázquez Díaz se ve involucrada,
quizás a su pesar, también en las prácticas políticas de
la conspiración y el desacato a las autoridades
coloniales de Cuba, e incluso, es confidente
circunstancial de un oficial fugitivo de la marina sueca
o cómplice a pesar suyo de un sui géneris “negro
catedrático” que es uno de los personajes más atractivos
de la novela. Mordida por esa otra serpiente, la del
deseo, la bella Fredrika, a quien a menudo llamaron
galantemente en Cuba “la bonita”, reaparece en la novela
para ser una presencia mucho más tentadora, más libre y
por tanto más cercana a nuestras sensibilidades. Hay que
agradecer a su autor por Fredrika en el paraíso,
porque es una vía para acercarnos a la estancia en Cuba
de la escritora sueca, pero también porque es una
reflexión sobre el poder y la resistencia, tanto en la
política como en el amor. Semejante a la ceiba que
―abrazada y penetrada por el jagüey hembra― copió
Fredrika, impresionada por esa extraña mezcla de amor y
muerte, así nos llega ahora la imagen de aquella lejana
visitante, velada apenas por el aire fino del paraíso,
que a ratos se deja dominar por la emoción o la ira y,
muy cubanamente, pierde la compostura. Los invito,
entonces, a compartir con ella sus impresiones de viaje,
pero también las emociones encontradas de su experiencia
caribeña, magistralmente fabulada por René Vázquez Díaz.
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