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Coincidimos en la Sala Che Guevara de Casa de las
Américas el 27 de enero, durante la entrega de los
Premios Casa 2005. Ya le había distinguido entre los
otros miembros del jurado que seleccionó la novela
ganadora. En una salita alternativa, distantes del ruido
y rodeados por fotografías de Pablo Neruda, Santiago
Gamboa comentó sus ideas acerca de la literatura y el
papel del escritor en la sociedad. Autor de varias
novelas, entre las que resaltan
Perder es cuestión de
método,
Vida feliz de un joven llamado Esteban
y
Los
impostores: Nació en Bogotá, Colombia y vive actualmente
en Roma, donde ejerce el periodismo, y su género
favorito es la crónica. Es licenciado en Filología
Hispánica y además estudió Literatura Cubana en la Sorbona de París.
En el
año 2000, usted declaraba para el sitio web
Encuentros Digitales que “el compromiso, entendido
como cívico, ciudadano o ético, debe estar presente
en la obra de todo escritor responsable. El escritor
por su trabajo adquiere una serie de privilegios de
una sociedad y creo que debe devolverlos, su mirada
debe ser crítica. Debe ser un aguafiestas”. Esto
parecería desprenderse de una concepción marxista
del arte. Para usted, ¿qué es más importante en el
arte, la función social o la belleza?
La
belleza. Y lo que dije no tiene relación con la
concepción marxista del arte. Lo que defiendo es la
posibilidad de que el escritor siga teniendo un rol
importante en la sociedad, pero al margen de algún
partido político, de una militancia política clara. En
lo que creo es en una literatura llena de propuestas
morales para una sociedad. Pero esas propuestas morales
no deben ser la razón por la cual se escriba una novela.
Deben estar contenidas en el interior de una estética y
una historia, porque una estética incluye siempre una
ética.
Cualquier
persona que tenga una visión del mundo, cualquier
persona que tenga algo para decir sobre el mundo, y que
se convierta en artista, lleva consigo también unas
gotas de acidez sobre ese mismo mundo. En esas gotas de
acidez está contenida una visión política. Toda visión
estética es también, de alguna manera, una visión
política. En el sentido de que se tiene una idea sobre
el ordenamiento de las relaciones humanas. No es por un
partido tal o cual.
Cuando
hablo de compromiso, subrayo la palabra cívico,
ciudadano, porque creo en la posibilidad de hacerlo sin
estar necesariamente adscrito a un partido, porque a
veces el problema de adscribirse a un partido, es que
después esas opiniones convertidas en dogmas te puedan
cortar las alas. Esa es mi opinión.
Habla de
acidez, una dosis de ella que debe tener el escritor.
Una persona ácida casi nunca es feliz. José Luis
Serrano, un poeta cubano, holguinero, dice que ser feliz
espanta, desgarra, que cuando se es feliz se está muy
inquieto aguardando el momento cuando se dejará de
serlo. ¿Usted está de acuerdo con eso?
Lo que
pasa es que hay ciertas formas de felicidad que le ponen
a uno la carne de gallina. La vida se parece al cuerpo,
que lo mejor es no sentirlo. Cuando uno siente una parte
del cuerpo es porque algo anda mal. Cuando uno siente el
hígado, el páncreas, los pulmones, es porque pasa algo
malo con ellos. Creo que con la vida es lo mismo. Es
mejor ir como a medio perfil, no pretender demasiado,
pero tampoco bajar la guardia. La vida es lo
suficientemente valiosa como para defenderse por sí
misma, pero luego nosotros disponemos de una cosa que se
llama libre albedrío. Podemos hacer con ella lo que
queramos, incluso podemos suprimirla. Es uno de los
grandes debates filosóficos. Albert Camus decía “el
suicidio es el verdadero problema filosófico”. Si tú
puedes suprimir la vida, entonces debes entenderla de un
modo distinto. Hay gente para quienes la vida es
insoportable, y decide suprimirla. Hay otras que la
aprecian y tienen sueños de longevidad. Yo no tengo ni
una cosa ni la otra. Para mí la vida es un grupo de
gente a la que quiero, es la posibilidad de caminar, de
ser kamikaze en las montañas, la posibilidad de tener el
afecto de los que me quieren y los que quiero, el
recuerdo lejano o presente de mi propia infancia, los
olores, los sabores, la vida es eso: una cantidad de
pequeños detalles que no tienen que ver ni con banderas,
ni con himnos, ni siquiera con grandes ideologías. A la
hora de la verdad la vida es una cosa muy sencilla.
Sin embargo, para ser ácido, una persona tiene que ser,
sino infeliz, al menos no feliz del todo. ¿El escritor
obligatoriamente debe no ser feliz para poder producir?
No.
Aunque es muy difícil hacer poesía festiva o literatura
de la felicidad. Yo tengo un libro que se llama
La vida
feliz de un joven llamado Esteban, pero obviamente es
una metáfora de un momento en que la vida es feliz: la
infancia. Recuerdo un verso de Saint John Perse, un
poeta del Caribe francés, ganador del premio Nobel: “si
no la infancia, qué había entonces allí que no hay
ahora.” La infancia es el gran problema también de la
literatura. Baudelaire aseguraba que Ítaca era la
infancia, el lugar al que todos queremos volver. Así
como Laura Restrepo, mi compatriota, decía otra cosa muy
linda: que de niña quería ser escritora, y ahora
escritora quisiera ser niña. La infancia es el momento
feliz de la vida. Por eso me duele tanto que haya en la
realidad desgraciada y maldita que vivimos, niños para
los cuales la infancia no es feliz. Porque si el único
momento feliz de la vida, cuando aprendemos
verdaderamente lo que significa la felicidad les falta,
entonces serán adultos tristes y personas probablemente
negativas.
También para Encuentros Digitales, usted refería que el
trabajo literario no era grupal, que era algo solitario.
¿Usted es un solitario?
El
trabajo de hacer literatura es solitario porque la
escritura no se puede compartir con nadie, lo compartido
es el resultado final. El escritor es una persona que
vive dividido entre dos momentos terriblemente
contradictorios. Primero, horas y horas de soledad y
luego, cuando publica un libro, de repente, durante dos
o tres meses, conoce a cuarenta personas diariamente.
Por eso, muchas veces el escritor es una persona torpe.
Cuando está en público, entre otras personas… no siempre
socialmente el escritor es una persona que sepa
manejarse en una reunión, en una sala, eso lo hacen muy
bien los diplomáticos. Y a pesar de que en Colombia hay
una gran tradición de escritores diplomáticos, por lo
general los escritores tenemos esa tendencia a aludir
―con un poquito de traumatismo― esa doble identidad, el
ser un solitario y al mismo tiempo, de repente, una
persona social. Porque lo escrito, inevitablemente, lo
convierte, ―cuando tiene una cierta relevancia― en una
figura pública. Entonces, la vida de un escritor es eso:
escribir, escribir y escribir; estar solo, oír música
mientras escribe, como lo hago yo. El único ser no
humano que me acompaña con su silencio al escribir, con
una paciencia absoluta, es mi perro. Él no puede leer lo
que escribo pero me acompaña.
¿Se considera un escritor comprometido?
Sí.
Profundamente comprometido. Pero insisto, no con una
militancia directa o con un partido político. Creo que
el escritor debe ser una conciencia crítica. En América
Latina, las propuestas morales que encuentras dentro de
las obras literarias, son mucho más interesantes que los
discursos políticos de nuestros tristes gobernantes.
Hablo de mi país. No hablo de otros países por respeto,
hablo sobre todo de mi país.
No
obstante, la persona, para comprometerse, debe haber
tenido al menos una experiencia grupal, un antecedente
que le haga adquirir la necesidad del compromiso, y eso
implica compañía. ¿Entonces, cómo se puede estar
comprometido y ser un perenne solitario?
Pero eso
visto desde una militancia. Y no se puede militar un
partido constituido solo por uno.
Me refiero
al conocimiento de la realidad circundante: conocer al
otro. Intercambiar con los demás.
Por
supuesto. Pero los mejores escritores que he conocido
son los tímidos. Son personas silenciosas, que observan
desde una esquina. Esos son quienes tienen las
observaciones más agudas de la realidad. Ese escritor
dicharachero que entra en una habitación y hace reír a
todo el mundo, siempre he sospechado de él. Me parece
que la literatura más importante es la de los tímidos,
los que están en un rincón, observando. Quienes hasta
temen un poco a esa multitud que a lo mejor les va a
aplaudir. Creo en esa visión del escritor, que es la más
interesante para mí. El escritor que desde muy pequeño
comprende qué sucede. No aquel engalanado al que todos
celebran en la conversación. En cambio, el que está en
silencio en su esquina, sabe lo que está pasando. Ese es
el buen escritor.
¿Pero ese
escritor no es más analítico? O sea, si se mira desde
afuera, es que no se está adentro, y si no es así, pues
no se siente en carne propia.
No. Esa es
la diferencia entre cómo analiza un escritor y otro tipo
de análisis de la realidad. El escritor no necesita
estar adentro para ver las cosas. Él puede mirar a
través de una ventana para saber qué es lo que está
pasando, y comprenderlo. La literatura de todas maneras
no cambia la realidad. Crea seres críticos con la
realidad, pero nunca algún libro literario ha cambiado
la realidad. Puede cambiarle la vida a alguien, para
bien. Si tú has leído a los quince años el Diario de Ana
Frank, sin duda, nunca serás antisemita o fascista. Y
eso es un libro. Si has leído a Salgari, donde el
príncipe malayo Sandokan es tu héroe, probablemente no
seas racista. O sea, la literatura te hace mejor
persona. La gente que lee usualmente es mejor, es más
tolerante. Mejor que si no leen. A quienes no leen la
experiencia de vida se circunscribe a la propia y
pequeña realidad, mientras, el que lee, encuentra que su
vida diariamente se multiplica. Se multiplica en cada
novela buena. Una buena novela, más que haberla leído, a
uno le ha ocurrido. Son los libros que no forman parte
solo de tu biblioteca, sino también de tu biografía.
La
literatura te multiplica la capacidad, la posibilidad de
vivir. Entonces, he ahí el gran compromiso del escritor:
transmitir con sinceridad, con eficacia, una experiencia
por pequeña y sencilla que sea. Pero la importancia es
esa: transmitirla bien. Para eso debe ser buen escritor.
Realmente la única obligación que tiene un escritor es
ser persuasivo, ser creíble. Pero todo eso se reduce a
ser bueno.
Santiago,
usted dice que es un escritor comprometido. ¿A qué
compromiso puede referirse una persona que vive en
Europa y no en su Colombia natal?
El hecho
de vivir fuera de mi país es algo para mí totalmente
irrelevante. No creo que eso me impida opinar o sentir
mi cercanía o lejanía hacia la vida de mi país. Porque
tampoco pienso que la obligación de un escritor sea
escribir sobre su país. A mí esta historia de que los
mexicanos escriben sobre México, los colombianos sobre
Colombia y los cubanos sobre Cuba, a mí me queda un poco
estrecha. En ese sentido admiro mucho la literatura
anglosajona. Graham Greene, un gran escritor, escribió
setenta novelas de las cuales solamente once o doce se
sitúan en Inglaterra. El resto ocurre en todo el mundo,
incluida Cuba. ¿Por qué nosotros no podemos hacer lo
mismo? ¿Por qué en el mundo hispano tenemos que
circunscribirnos como monaguillos, cada uno sobre su
país? Porque te dicen que tienes que dar un testimonio
sobre tu país, porque es que quieren conocer a Colombia.
Pero el que quiera conocer a Colombia, pues que vaya a
Colombia. Para eso están las agencias de viaje. La
literatura es una experiencia y un pacto estético y
ético y profundamente humano muy distinto. Eso de que
uno debe escribir sólo sobre su país para mí es una
frivolidad. Yo he escrito sobre mi país, por supuesto.
Tengo tres novelas que transcurren en Colombia. En todas
mis obras, los protagonistas son colombianos. Es que,
además, ser colombiano, no es solamente ser colombiano
en Colombia. Un país que tiene siete millones de
emigrantes, ¿quién habla por ellos?, ¿quién cuenta sus
historias?
Vivir en
Europa no es para nada una situación de comodidad para
mí. Yo fui a Europa en unas condiciones normales hace
diecinueve años: a estudiar en España donde obtuve una
beca. Después me fui quedando. Fue el camino que yo
elegí. Pero el hecho de que yo viva en Europa es
irrelevante a la hora de juzgar mis libros, porque si yo
nunca en mi vida hubiera dado una entrevista la gente no
sabría dónde vivo, y los libros serían los mismos.
Además, el escritor no escribe mirando por la ventana.
El escritor escribe delante de una pared, como lo hago
yo. Yo miro por la ventana cuando acabo de escribir,
pero mientras dura estoy mirando la pantalla de una
computadora. El lugar donde se encuentre esa pantalla
puede ser Bogotá o La Habana, Roma o El Cairo. Estoy
escribiendo lo que estoy escribiendo.
¿Cómo convencería al lector cubano de comprar sus
libros?
Te diré algo con toda la sinceridad del mundo. Creo que
la literatura cubana es algo serio. Te lo digo porque la
estudié y la conozco. En este país la gente que lee, y
lee la literatura de su propio país, está leyendo una
cosa muy seria. O sea, que entrar con un libro al mundo
cultural cubano es una cosa de responsabilidad. Yo soy
muy malo para publicitar mis cosas. No sé. Les diría a
los cubanos que gusten de leer, que ahí tienen un libro,
o dos o tres o cuatro libros míos y que los consideren.
Si son leídos con interés en Cuba, pues para mí sería un
honor. Soy del parecer que el nivel cultural cubano es
probablemente el más alto de Latinoamérica junto con el
de Argentina. Te iba a decir México, pero en México
evidentemente solo es una elite la que lee ―un 8% de la
población― eso está claramente definido ya. Argentina y
Cuba son los grandes públicos lectores. Desgraciadamente
para Cuba, dada su situación, no tiene la capacidad de
estar en el interior de todo este flujo de libros que se
publican y las novedades llegan un poco más tarde. No,
yo no trataría de convencer a un lector cubano de
leerme, no me atrevería. Más bien le conminaría a que
escribiera. Creo que cualquier persona en Cuba que se
pusiera a escribir arrancará más adelante que cualquiera
de otros países. Es como si en una carrera de cien
metros, un cubano arrancara desde el metro cuarenta, y
los demás desde el metro cero.
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