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Hablar
de los autores ante el mercado del libro puede hacernos
pensar que por un lado están los autores y por otro el
mercado; pero en un país capitalista como España esto no
es así. Es el mercado quien construye al autor, y por
mercado no entiendo solo la lista de libros más
vendidos, sino una red de medios de comunicación,
editoriales, distribuidoras e instituciones puestas al
servicio de los grupos económicos más fuertes que son
quienes en verdad crean y regulan el mercado.
El
autor necesita ganarse económicamente la vida y
necesita tener también cierta legitimidad cultural.
Ambas necesidades no están separadas, sin la
legitimidad no encontrará el modo de ganarse la
vida, y si no se la gana, se muere. Hay algunos
autores que tienen otra profesión y además escriben,
pero aún en este caso necesitan la legitimidad
cultural para existir como autores, es decir,
necesitan que se hable de ellos, que se les
distribuya, que se les cite y se les invite, de lo
contrario tampoco existirían como autores.
La
palabra legitimidad, aunque es precisa es al mismo
tiempo confusa puesto que estoy hablando de la
legitimidad que proporciona un circuito al cual yo y
otros muchos consideramos ilegítimo. De manera que para
evitar confusiones diré que el autor necesita una marca
cultural, que su propio nombre se convierta en marca.
Ganarse la vida, obtener la marca y servir a los
intereses de esos grupos termina siendo la misma cosa. Y
no me refiero ahora a que a los autores se les pidan
grandes declaraciones de intenciones, cosa que también
ocurre ―como se está viendo estos días en España con la
constitución europea, como se pudo ver también en España
durante la campaña mediática contra Cuba del 2003―, sino
a cómo actúa el mercado a través de exigencias en
apariencia intrascendentes. Así, por ejemplo, en las
charlas, conferencias, etcétera, remuneradas. Es
frecuente que un autor de venta media sea invitado a dar
charlas y a participar en mesas redondas. Y es frecuente
que le digan: habla de lo que quieras. El autor se
extrañará un poco y hasta puede que tenga la tentación
de ir a la conferencia y leer una guía de teléfonos.
Pero en vez de hacer eso, preparará su intervención.
Después, al terminar, es muy probable que los
organizadores le den algunas indicaciones. La próxima
vez que al autor le digan habla de lo que quieras, el
autor sabrá que de lo que tiene que hablar es de sí
mismo, tiene que construirse a sí mismo como personaje,
contar que escribe de cinco a siete de la mañana, que
necesita hacerlo con un rotulador verde, que cuando era
pequeño le obsesionaban los submarinos... Y el autor,
que siempre ha detestado la imagen retórica del escritor
como un ser maniático, diferente, genialoide, tendrá que
elegir entre contribuir a difundir esa imagen o que cada
vez le llamen de menos sitios.
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Los
intereses del mercado de las charlas son los mismos que
los de los grandes grupos. Ofrecer una imagen del autor
como alguien genialoide cumple en efecto dos objetivos
claros. El primero, transmitir la idea consoladora de
que cualquiera puede despertarse un buen día siendo un
genio, pues no es preciso trabajar ni aplastar a otros
sino solo tener una sensibilidad especial y usar
rotuladores verdes. El segundo objetivo es exacerbar la
vanidad del autor, quien se acaba creyendo que de verdad
es un genio, mecanismo ideológico este de gran
efectividad y que aplana en poco tiempo cualquier atisbo
de conciencia política. Por último, la banalización de
las charlas conviene a su paulatina transformación en
artículos de consumo, a saber, artículos que cuya
utilidad principal radica en que sean consumidos, esto
es, destruidos, por lo tanto, cuanto más banales sean,
más sencillo resultará el proceso.
Lo que
vale para las charlas vale también para las
colaboraciones periodísticas, los talleres literarios,
el ser jurado de premios y demás actividades con que el
autor se vende, es decir, se gana la vida. Después, si
hay tiempo y alguien quiere las podemos comentar.
Para
llegar a tener una marca, el autor necesita no solo
ofrecerse a sí mismo como un producto vendible, sino
ofrecer, claro está, textos que se vendan, que sean
publicados por ciertas editoriales, de los cuales se
hable en los medios, que aparezcan en los recuentos,
etcétera. De modo que el autor soñará con escribir su
gran obra, pero sin quererlo a veces, y otras queriendo,
se preguntará cómo vender mucho. En ocasiones, el autor
ni siquiera deseará vender mucho para ganar mucho
dinero. Habrá veces en que el autor solo desee vender
para evitar un miedo del que nunca se habla y que
consiste en caerse del catálogo. ¿Qué pasará si el
editor no publica su próxima novela? Y esta pregunta hoy
solo quiere decir: ¿qué pasará si el editor considera
que esa novela no venderá lo suficiente?
No
creo que haya en España más de un uno por mil de
autores, y tal vez exagero, que escriban sin ese miedo a
no vender. No es un miedo separado, que aterrice en la
imaginación del autor cuando esta ya se ha producido. Es
un miedo que forma parte de esa misma imaginación. No
creo que el autor piense: voy a escribir la historia de
un militante de Izquierda Unida que va a las reuniones,
discute, se cansa, y a continuación diga, pero es que
esta historia no se vendería. Cuando el autor piensa,
cuando el autor empieza a imaginar, los elementos de su
imaginación están ya hechos con lo que se lleva, con lo
que está bien visto, con lo que se vende. No estoy
hablando de vender doscientos mil ejemplares ni de que
todos los autores quieran ser Ken Follet. También en la
venta media de la llamada literatura de calidad existe
lo que se lleva y lo que está bien visto, que a veces
pasa por la metaliteratura, otras por la novela negra,
etcétera. Y existe, desde luego, una clara conciencia de
lo que no está bien visto, de lo que en absoluto se debe
pretender, un solo ejemplo: jamás se le deberá ocurrir
al autor decir que él quiere dar respuestas con lo que
escribe, eso es de muy mal gusto: que las respuestas las
den los editorialistas de los periódicos y sobre todo
sus dueños, en cuanto a él, solo le está permitido
plantear preguntas.
¿Qué
posibilidades tienen el autor de construirse fuera de
estas exigencias impuestas por esos grupos a quienes no
respeta ni admira? Su única posibilidad radica en
dirigirse a una comunidad diferente. Una comunidad que
hoy por hoy existe si bien de forma borrosa y
desarticulada. Algunas editoriales, como Hiru, y algunos
medios alternativos, como Rebelión, intentan
trabajar para esa comunidad. En el terreno de la ficción
es más difícil porque ahí la apropiación de la capacidad
de construir autores por parte del mercado es casi
absoluta. Llama en efecto la atención cómo, en
cuestiones de ficción, esa comunidad borrosa acaba casi
siempre recurriendo a los autores con marca.
Y
llama también la atención que sean muchos los autores
que aun trabajando, diríamos, para el otro bando,
busquen y reclamen el reconocimiento de esos grupos
mediáticos que les confiere, nos confiere, existencia.
Este mecanismo por el cual el autor de ficción trata de
ganarse el respeto y de buscar la estima de aquellos a
quienes no admira y a menudo condena, me parece una
trampa casi mortal. Y me van a permitir que me ponga a
mí misma un momento como ejemplo. En septiembre de este
año tuvo una cierta repercusión en esa comunidad borrosa
de que antes les hablaba, una entrevista publicada en
Babelia en donde se me preguntaba por la Revolución
cubana. Ahora bien, según pude comprobar, para esa
comunidad, tan o más importante que el significado de
mis palabras, era el que hubieran aparecido en Babelia,
sin considerar que para que aparecieran resulta
inevitable entrar en el mecanismo, tratar de ganarse el
respeto de aquellos a quienes no admiramos y con
frecuencia condenamos.
¿Cómo escapar de la trampa? No conozco grandes trucos
mágicos sino solo un largo camino por hacer. Trabajar en
la creación de circuitos mediáticos e institucionales
distintos y capaces de conferir, ellos sí, legitimidad.
Crear circuitos de distribución, y esto es algo que
apenas se ha empezado, que permitan que otras obras de
ficción lleguen a determinados lugares. Cuestionar de
forma activa las legitimidades propuestas por el
mercado. Y trabajar políticamente en la construcción de
un espacio económico y cultural distinto, un espacio
como el que aquí en Cuba existe, y que al extenderse
haría menos fatigosa la lucha contra el chantaje y la
presión de los grandes grupos.
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