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Cuando Abelardo Estorino emprende en 1993 la
escritura de Parece blanca, "versión infiel
de una novela sobre infidelidades, Cecilia Valdés",
como aclara en uno de sus primeros paratextos
inmediatamente después del elocuente título, se
mueve en la cuerda de su pasión rulfiana, deudor de
la novela como género en cuanto a la posibilidad de
libre juego con el tiempo y el espacio, una vieja
pasión apuntada desde dos de sus grandes obras
teatrales precedentes: La dolorosa historia del
amor secreto de don José Jacinto Milanés, de
1974, y Morir del cuento, de 1983,
clasificada por él como una "novela para
representar".
Parece blanca
es la relectura de un texto paradigmático de la
literatura cubana, realizada por el más maduro y
experimental de nuestros autores teatrales, inscrita en
una perspectiva personal de elevada exigencia ética en
su obsesión por encontrar la verdad, las "motivaciones
más profundas" que esconde cada contradicción. Y es,
además, otra mirada audaz y desacralizadora a la
historia nacional, como parte de una línea de la
dramaturgia cubana que inaugurara el propio Estorino con
su obra sobre el poeta Milanés, rescrita y sintetizada
dieciocho años más tarde en Vagos rumores, en la
cual la apropiación del pasado no sigue un propósito
reconstructivo e historicista, sino transgresor e
imaginativo, como vía eficaz de indagar en el presente y
que, continuada por muchos de los jóvenes autores, ha
dado lugar a notables textos y a interesantes vasos
comunicantes y mutuas interinfluencias.
Coordenadas semejantes guían la escritura de Parece
blanca. Por eso, al dramaturgo no le interesan
demasiado las peripecias de la historia misma, por demás
bien conocida para su público, ni su estimable valor
como cuadro de costumbres y denuncia de la sociedad
esclavista aunque, en esencia, tampoco la traicione. La
escena que inicia la pieza revela de golpe el desenlace
fatal de Leonardo Gamboa a manos de José Dolores
Pimienta, y el discurso fragmentado se mueve de los
lamentos de la madre y el desconcierto de Cecilia ("¿Y
ahora qué hago? ¿Qué hago yo en el mundo?"), a
secuencias de recíprocas acusaciones de culpabilidad
entre Rosa y Cándido y, tras una breve transición, la
madre de Leonardo se trasmuta de personaje real en
personaje ficcional e indica a Cándido que abra el libro
de la novela de Villaverde, presente en el primer plano
de la escena, porque "tiene que haber una explicación
para tanta pena" y porque quiere "saber qué hay en el
fondo de esta tragedia".
Desde una perspectiva sintética que privilegia la
expresión del individuo en su dimensión humana y sus
motivaciones, Estorino elige solo diez personajes para
su historia descentrada y discontinua: Cecilia, la
mulata bella, frívola, voluptuosa y llena de
ambiciones, presa de los espejos; Charo, su madre,
patética y enajenada; Chepilla, la abuela,
extremadamente humilde y muy religiosa; Leonardo,
seguro, gracioso, hábil para conseguir lo que se propone
y lleno de malicia; Cándido, severo, atormentado y
culpable; Rosa, elegante, sensual y hedonista;
Pimienta, doliente inactivo pero digno; Nemesia,
desenvuelta pero resentida; Isabel, culta,
independiente y reservada, y Tondá, obediente y
uniformado de un regimiento español, no habla una
palabra y parece no ver tampoco, solo cumple órdenes.
Los adjetivos apuntados en cada caso sintetizan los
elementos de caracterización interna que explícita o
implícitamente acota el dramaturgo.
Los personajes de Parece blanca son tales en
tanto responden a la noción dramática tradicional que
se define por un conjunto de rasgos psicológicos y
morales, y se han construido con la riqueza de su
desmultiplicación y sincretismo, cuando una
motivación (por ejemplo, ascender de clase: la gran
motivación, y la gran transgresión por lo que implica
desde el punto de vista de la clase dominante en una
sociedad esclavista) es asumida por varios de los roles,
o cuando uno mismo concentra diferentes propósitos en su
comportamiento. Pero además se desdoblan en lectores de
la novela-narradores de la acción, polemizan con su
desarrollo argumental y asumen posiciones diversas
frente a su devenir, posturas que en el lenguaje de la
representación escénica alcanzan un tercer nivel, de
interpelación al público. Y esa tridimensionalidad se
asienta en un juego intertextual de insospechado
alcance.
Como ya ha anotado Amado del Pino, Parece blanca
puede relacionarse fácilmente con La Loma del Ángel,
la novela que Reinaldo Arenas publicara en 1987, por las
coincidencias en el sentido del humor, la irreverencia y
el afán de recontextualizar los personajes.
Efectivamente, se trata más que de una propuesta
conscientemente intertextual de una concurrencia en la
postura de cuestionamiento. Y acierta el crítico
también en las diferencias que aprecia entre ambas,
cuando aprecia como en Parece blanca “el
propósito creador apunta mucho más alto: conservar las
claves principales del texto narrativo, respetar la
esencia de su lenguaje, pero “cuestionar” algunos de sus
resortes y ―tal
vez sobre todo―
establecer un contrapunto entre pasado y presente,
historia y actualidad.”
Es notable el modo en que el autor retoma otro de sus
recursos preferidos: el juego del teatro dentro del
teatro, la exploración del discurso dialógico dentro de
su propia naturaleza convencional, para dotar la
revisión de los significados de la novela de una
correspondencia formal inmediata y precisa. Porque el
desdoblamiento representación-narración-interpelación
al público resulta de la constante alternancia de los
personajes entre el deseo de alcanzar sus objetivos, lo
que “podría ser”, a través de una ilusoria mirada al
espejo o de la esperanza de regir su futuro, y la
realidad ficcional prefijada por una historia que ya
transcurrió, que “ya ha sido” y que conocen con plena
conciencia aunque no siempre quieran recordarlo, el
destino prescrito en la novela y su conciencia de saber.
Así, las contradicciones entre Cándido y Leonardo en
cuanto al modo de ver la vida trascienden la
problemática argumental para debatir la construcción del
mismo argumento y volver a internarse en él, como puede
apreciarse en la escena siguiente:
(Leonardo avanza hasta proscenio.)
LEONARDO.
¿Estás listo?
CÁNDIDO.
¡No! Esta escena no es obligatoria.
LEONARDO.
Yo quiero hacerla. ¿Quién debe morir en esta historia?
Yo, solo yo. Ustedes sufren, se vuelven locos, viven, de
otra manera, pero viven. Yo muero. ¿Te imaginas lo que
significa esperar la muerte en un libro de ochocientas
páginas?
CÁNDIDO.
Pura retórica.
LEONARDO.
¡Papá! Tú eres un campesino español, inculto, más bruto
que un arado. ¿Cómo vas a decir "pura retórica"?
CÁNDIDO.
Esto me pasa por mandarte a estudiar. Honra a tu padre y
a tu madre, dice la Biblia. ¿No te lo enseñan en el
Seminario?
LEONARDO.
Sí, cuando uno siente admiración por su padre. No es mi
caso.
Este
mismo fragmento resulta iluminador acerca del lenguaje
que elige Estorino, a medio camino entre el respeto a la
época de Villaverde y la nuestra, pero libre de giros
epocales o de actualizaciones reductoras. Resalta el
dominio del habla coloquial del dramaturgo y la riqueza
eufónica de los parlamentos caracterizadores en boca de
cada personaje, desbordantes de una cubanía profunda,
más allá de tópicos y estereotipos, pues
ha sabido escuchar el lenguaje coloquial y rescribirlo
con una sintaxis que exprime del original su aliento más
genuino pero destierra cualquier asomo de copia
fotográfica, frases hechas o referentes chatos de
alcance circunstancial.
En la rebelión del personaje de Cándido, que no quiere
ver morir al hijo, como en la inconformidad rebelde de
Rosa con su suerte, cuando quiere cambiar de novela, ir
a parar a las páginas de Flaubert o encarnar a Molly
Bloom para escapar de la tragedia que se avecina,
subyace una postura de dramática contemporaneidad al
revelarse como instancia de toma de partido del
individuo frente a los avatares de una Historia que no
permite su plena realización. El espacio ficcional de
la escena y el espacio físico del teatro, desde el
distanciamiento de clara filiación brechtiana, se erigen
en espacio de defensa de la libertad del hombre, cubano
y universal.
El recurso del teatro dentro del teatro es para Estorino
un instrumento que le permite articular, como un guiño
cómplice, claves de la historia del teatro cubano y de
su propia creación anterior. A diferencia de la novela,
Pimienta no mata a Leonardo con un cuchillo sino
empuñando una gran tijera de costura, instrumento mucho
más afín con su condición de sastre pacífico, pero
entonces no es ya un arma de procedencia imprecisa sino
una especie de cita u homenaje a Lila, la costurera de
sobreprotectora maternidad, el personaje emblemático
de Lila, la mariposa, de Rolando Ferrer, viejo
amigo, colega admirado por Estorino y figura precursora
del teatro cubano contemporáneo. La caracterización de
Rosa, con su regusto por el disfrute y la empalagosa
atracción por el hijo es otra evidente alusión a Lila
pero también a la Clitemnestra Pla de Electra
Garrigó, de quien reproduce todo un parlamento, y
al que Leonardo responde, parafraseando a Electra: "una
mera cuestión de relojes". Estorino reconoce así el
magisterio indiscutible y venerado de Virgilio Piñera al
jugar con uno de sus motivos más gustados: la parodia.
José Dolores Pimienta asume para Cecilia y Nemesia el
apodo de Lalo, el mismo que lleva uno de los tres
personajes de La noche de los asesinos, de Pepe
Triana.
Igualmente, cuando Cecilia cuenta a su abuela
deslumbrada la fuerte impresión que le ha causado la
casa de los Gamboa y sus lujos, en comparación con sus
miserias, Estorino sigue de cerca el monólogo en el que
Siro, uno de los personajes centrales de su obra
Morir del cuento, recuerda con rabia el pasado de
explotación a que estuvo sometido por su cuñado Sendo
cuando vivía como pariente pobre recogido en la casa de
aquél. Y la primera presentación de Leonardo, después
de la escena de la muerte, aparece así: "Leonardo se
pone de pie, busca un sombrero, un bastón y gira, lleno
de vida, da una vuelta por el escenario y se pierde en
la oscuridad." Rosa, su madre, dice: "Ya no lo veremos
más. No lo tendré en mis brazos ni volveré a peinarlo.
¡Qué triste! El sólo quería un reloj suizo." Es una
escena que recuerda muy de cerca la descripción de la
esplendente salida de Tavito, otro de los protagonistas
de Morir del cuento, que hacen los parientes
antes de que el personaje mismo irrumpa y desaparezca
enseguida para dar paso nuevamente a los otros
evocándolo con tristeza porque también ya ha muerto.
El incesto, recurso argumental utilizado con amplitud
por Cirilo Villaverde desde sus primeras narraciones es,
coincidentemente, un motivo reiterado en la obra de
Estorino, que, si bien acusaba una naturaleza velada o
potencial en los textos precedentes, aquí se desata en
diversas aristas, con la insinuación de una relación
equívoca entre Leonardo y su madre, más allá del incesto
consumado entre Cecilia y Leonardo. Como hecho crucial
que sostiene la intriga, en la novela original este
último aflora una y otra vez con pistas sucesivas que,
paradójicamente, los personajes no descubren hasta el
final, de modo que la recepción del lector pasa de la
sorpresa al desencanto, por la ciega ingenuidad de los
personajes ¿involuntaria o deliberada? y las fisuras de
la trama quizás por los reparos de la moral de la época.
En Parece blanca el vínculo tortuoso entre
Cecilia y Leonardo se expone de modo más crudo que en la
novela ―otra
coincidencia con Arenas―,
porque es prácticamente una verdad conocida y casi
disfrutada a conciencia por los amantes, portadores de
la amoralidad a que los ha conducido la mentira de los
otros. "La mentira es el pan nuestro de cada día",
reconoce Cándido, y "todo lo que se oculta llega el
momento en que se corrompe". El autor desmitifica el
problema y responde con un desafío a la pacatería o a
posibles acercamientos hipócritas, como se revela en
fragmentos de una extensa escena en la que los jóvenes
se aventuran en un peligroso juego erótico, que el
discurso espectacular de la puesta en escena del propio
Estorino se encargará de enfatizar con gestos y
actitudes interpretativas.
CECILIA.
Tu padre me persigue.
LEONARDO.
Lo he visto. Cuando menos lo espero me topo con él.
CECILIA.
Dicen que me quiere como un padre. (Suelta una
carcajada.)
LEONARDO.
Mi padre no quiere a ninguna mujer como un padre.
CECILIA.
¿Entonces qué quiere tu padre?
LEONARDO.
Quitarle la comida al hijo.
[...]
LEONARDO.
Hace todo lo posible por separarnos: habla con mi madre,
no me da dinero.
CECILIA.
Chepilla pretende lo mismo. Me rompe los vestidos para
impedir que te vea. Se oponen a que te bese así. (Lo
besa.)
[...]
LEONARDO.
Cuando nos casemos te llevaré al Teatro Principal y
cantarán un dúo de amor que te recordará este momento.
CECILIA.
¿Te vas a casar conmigo?
LEONARDO.
(En broma.) Por nada del mundo.
(Cecilia lo golpea y pasan a un abrazo apasionado.)
LEONARDO.
¿Casarnos? ¡Qué sacrilegio! Todo el mundo lo comenta.
Somos hermanos, dicen.
CECILIA.
¿Y tú lo crees?
LEONARDO.
De mi padre creo cualquier cosa. Adora la canela.
[...]
CECILIA.
Tengo miedo. Me erizo.
LEONARDO.
Te erizas. De placer. Me encantaría que fuéramos
herma-nos, así hubiéramos crecido juntos, jugando
siempre. Y todo lo que ahora hacemos lo hubiéramos
hecho de niños debajo de la cama, jugando.
[...]
CECILIA.
¿Te gustaría? ¿Hacerlo debajo de la cama?
LEONARDO.
En cualquier parte: arriba de la cama y debajo de la
cama; dentro de un escaparate y en una sabana a cielo
abierto. Con qué gusto te arrastraría hasta la Iglesia
del Ángel.
CECILIA.
¿Sin el velo? ¿Sin azahares?
LEONARDO.
Para morderte frente al altar.
CECILIA.
¡Hereje!
LEONARDO.
Eres un diablito que me arrastra al infierno.
CECILIA.
El diablo eres tú y me arrastras hasta un pozo sin
fondo.
(Se pierden entre las sábanas.)
Otro elemento peculiar de la versión se deriva del
propio título, con el empleo de un verbo equívoco que de
antemano conduce a la mixtificación, al falseamiento:
parece blanca, incita a la duda, a la sospecha y a la
subversión de lo que es obsesivo anhelo para la
protagonista. Pero no sólo para ella.
El empeño de Cecilia en blanquearse, alimentado desde su
más remota memoria por la abuela, parda ella misma, hija
ilegítima de negra y blanco, luego unida a otro blanco
para parir a Charito, parda clara, en una saga que
amenaza convertirse en interminable, plantea a la
protagonista una aguda crisis de identidad que ella
procesa alternativamente como renuncia a su verdadera
condición en pos de "ascender, ascender, ascender
siempre" y renegar de todo lo negro, aun de la familia y
los mejores amigos; o como reconocimiento de su mulatez
en tanto símbolo de atracción sexual. En una de sus
salidas, tan espectacular como la de la conocida
zarzuela de Gonzalo Roig, se presenta a sí misma: "Aquí
está la mulata. ¿Qué pasa con la mulata?". Porque se
vanagloria de la cara y de las nalgas que Dios de dio y
que le servirán justamente para elevar su categoría
social, en una definición más que elocuente de lo que
espera de Leonardo: "Su apellido. Y sentirme blanca",
porque "Blanco no es un color: es que te vean blanca, te
saluden blanca, te piensen blanca". Y la perspectiva
textual y el lenguaje de la escena remiten a un problema
de nuestros días, en el que la historia se repite un
siglo más tarde con la relación amorosa como transacción
de valores y el afán "blanqueador" como salida o escape
de una difícil coyuntura económica son móviles idénticos
en última instancia.
Así aparece también el rasgo de la intención política
consciente. Leonardo declara en discusión con el padre:
"Esta sí es una novela política" porque Estorino está
refractando hacia nosotros el empeño de la mulata por
blanquearse, la transacción económica detrás del vínculo
afectivo ―e
incluso por encima de él―,
subversión de valores que reaparece en medio de la
situación de precariedad, doble economía e inevitables
concesiones sociales en que se mueve hoy la sociedad
cubana.
En la acotación inicial de Cecilia el autor apunta:
"presa de los espejos" y el espejo es siempre para ella
un espacio fantástico de lo posible, el laberinto de
ficciones que le permite sentirse blanca y admirada por
las enajenantes estrategias de supervivencia de la
abuela, a pesar de las ancestrales experiencias de
fracaso, soledad y locura que atraviesa su estirpe en la
unión a toda costa con el hombre blanco. El espejo es
así un objeto privativo de los blancos y de los sueños
vanos de quienes pueden parecerlo. Cecilia recordará
admirada los espejos que llenaban la casa de los Gamboa
en su visita infantil, Leonardo se pavoneará frente al
espejo probándose el traje que ha cosido para él
Pimienta, Cecilia descubrirá en su imagen reflejada el
contraste con el color de Chepilla o con la chatura de
la nariz de Charo, para quien, como el espejo es algo
inalcanzable, la alternativa será una patética mascarada
con el rostro entalcado para "purificarse" y así
agradar a Cándido.
En un breve ensayo a propósito de Parece blanca,
Reinaldo Montero
ha querido ver el centro de la atención en Leonardo, a
partir de su relación con las cuatro mujeres (Cecilia,
Isabel, Rosa y Nemesia) que marcan cada una de las
facetas de "su modus operandi en el arte
amatorio". No falta razón a Montero al anotar la riqueza
con que Estorino dibuja a quien el crítico califica de
astuto y falócrata, pero creo que aparejado a eso y más
aún, rigiendo en definitiva el destino de Leonardo están
estas cuatro mujeres que, cada una a su modo, subvertirá
los patrones femeninos al uso para desmitificar un
mundo aparencial del cual son víctimas o para
conscientemente hacerle el juego.
Ya he aludido el doble juego utilitario de Cecilia. Y en
el desenlace, aunque pronuncia el texto villaverdiano de
advertencia a Pimienta "A él no. A ella, a ella", antes
le ha puesto en las manos al mulato con ceremoniosa
ritualidad la inmensa tijera, la misma que acaba de
clavar en la casaca de Leonardo con un conjuro: "Ya no
se burlará de mí". Por su parte, Isabel Ilincheta
rechaza el matrimonio y ve con cierta repugnancia el
escarceo amoroso que simboliza la danza cubana, pero
además asume en el dibujo que de ella traza Estorino
rasgos de sexualidad ambigua, diferente, que el lenguaje
de la puesta en escena y la actuación se encargarán de
acentuar. Rosa es el más vehemente y rebelde de todos
los roles femeninos en la lucha por burlar su destino
como personaje y como narradora activa. Y Nemesia, a
fuerza de padecer, reclama un espacio en nuestra
memoria como una suerte de antiheroína de fuertes
trazos, más allá de ser la sombra casi imperceptible de
Cecilia, en virtud de valores y atributos que como mujer
cuestiona en la otra: la belleza, las aspiraciones
insatisfechas, la alegría zalamera.
Parece blanca
se articula consistentemente con el proceso evolutivo
que constituye la producción de Estorino toda, y del
mismo modo se inserta productivamente en las más
significativas tendencias del teatro cubano actual, con
la presencia de una traducción escénica experimental que
hizo controvertibles el tema y su tratamiento así como
por la constatación de elementos de insistente
presencia, como la afirmación de cubanía, la conciencia
de sí articulada con el destino de la nación y aparejada
a la búsqueda de sus más intrincadas claves, lo que
revela una vocación de pertenencia y una eticidad
asumida en vínculo con la realidad social.
La familia, motivo recurrente y rica fuente temática de
la dramaturgia nacional es en Parece blanca otra
categoría para el cuestionamiento: se trata sólo de una
precaria institución en término de sus turbios y
engañosos orígenes, aunque simboliza la alianza de las
fortunas, que esta vez no podrá producirse.
Rescate de la tradición a la vez que espacio de libre
expresión imaginal y debate sobre el presente, fidelidad
al legado y desacralización signan un texto y una
experiencia viva de la escena cubana que valida, dentro
de la contundente obra dramática de Estorino, su
originalidad al acercarse a Cecilia Valdés, para
recuperar el mito y devolvérnoslo como una mujer
incisivamente cercana a nosotros.
Nuevamente Estorino hace estallar los presupuestos
estructurales con inconformidad y permanente búsqueda de
una expresión moderna, articulada con coherencia
dialéctica al ritmo palpitante de las contradicciones
que está refractando en cada una de sus aproximaciones a
la saga humana, al mundo que construimos con nuestro
accionar cotidiano.
El discurso alcanza resonancias de la mejor literatura y
potencializa una composición, en el espacio y en el
tiempo, de la ficción que transcurre ante en la letra,
pensada para alcanzar una efectiva teatralidad, desde la
conciencia de que la elocuencia del verbo y el vuelo de
la metáfora deberán para encontrar una materialidad de
la imagen visual y el sonido, y en la carne y la
corporeidad del actor y la escena.
Estorino escribe, como él mismo ha confesado, para
producir un impacto en el escenario, y ha hecho del
teatro mismo un tema fundamental que instaura la
metáfora, la parábola y que activa la lectura
distanciada.
De El robo del cochino a El baile, como en
La casa vieja o Morir del cuento,
Parece blanca y la obra de Estorino toda revela, con
honestidad, el inalienable compromiso de un artista
rotundo de la literatura y de la escena, el mismo que a
pocos pasos de esta sala, tres días atrás, abría la
Feria con unas palabras que eran, sobre todo,
enaltecimiento del teatro, cuando defendía su
función como transmisor de atmósferas, conflictos, e
ideas, capaces de enriquecer al auditorio. Y quien ha
logrado con su imaginario de acciones descifrar, para
sus contemporáneos, sencillamente lo que reclama del
teatro: un instante en la vida de un hombre, las
contradicciones de un grupo y las aspiraciones de un
país.
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