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¡Al fin Turibio Santos en La Habana, por más señas en el
teatro Amadeo Roldán: todo un acto de justicia poética!
Desde los 60, en la ciudad de nuestro Alejo Carpentier,
quien descubrió a los cubanos la grandeza de Heitor
Villa-Lobos, uno de los referentes de excelencia de la
guitarra, para profesores, estudiantes y melómanos, fue
Turibio. Con Segovia como punto y aparte, como recordaba
el maestro Jesús Ortega, circulaban las grabaciones de
Leo Brouwer (sobre todo aquella primera de la EGREM con
el Elogio de la danza), John Williams y Turibio
Santos, en las placas del sello Erato, que el propio
guitarrista había suministrado a Ortega durante su
providencial encuentro en Pilsen, el paraíso checo de la
cerveza, en 1968.
Ahora, mediante la XIV Feria Internacional del Libro
Cuba 2005, el gran maestro brasileño pisa por primera
vez suelo cubano para satisfacer un viejo sueño
compartido entre unos y otros, y, por supuesto, él
mismo. Y, claro que tenía que ser con Villa-Lobos a
cuestas, con la gracia y el repunte de saudade
quintaesenciado en el “Choro no. 1”, interpretado en la
jornada inaugural, y el “Concierto para guitarra y
pequeña orquesta”, con el que cerró la jornada sinfónica
del sábado último.
A
medida que pasa el tiempo, la herencia de Villa-Lobos se
agiganta. El hombre que dijo: “el folclor soy yo”,
aludiendo a su defendido punto de vista acerca de que el
reflejo de la más elaborada identidad musical de su país
no pasaba necesariamente por remedar citas folclóricas,
sino por una visión visceral y cósmica de las raíces
acumuladas, dejó para la guitarra obras imprescindibles.
En
la promoción de dichos valores, Turibio fue un
adelantado. A los 19 años, en su primera grabación,
visitó por primera vez la serie de Doce estudios,
y a partir de entonces no ha dejado de insistir en
Villa-Lobos ―desde 1985 dirige el Museo que lleva el
nombre del gran autor―, a quien asume como totalidad
expresiva del alma musical brasileña.
A
fin de cuentas, el guitarrista halló en el compositor
una ruta definitoria: la articulación del llamado
lenguaje erudito con la vertiente popular.
Por ello es que en su hoja de vida se dan la mano dos
mundos reconciliables gracias a su sensibilidad y su
talento. Compartir escena, como lo ha hecho en más de
cuatro décadas de trayectoria profesional, con el hebreo
Yehudi Menuhim, el ruso Mitislav Rostropovich, la
española Victoria de los Ángeles, la Royal Philarmonic
Orchestra de Londres, la English Chamber Orchestra, la
Orquesta Nacional de Francia y la Filarmónica de
Colonia, ha sido tan intensa y válida experiencia como
redescubrir la obra de Joao Pernambuco y Dilermando Reis,
entremezclarse con el virtuosismo popular de Jacob do
Bandolim o jazzear a lo brasileño con el saxofonista
Paulo Mora, la pianista Clara Sverder y la cantante
Olivia Byington.
Alumno de Antonio Rebelo y luego de Segovia, Turibio
cuenta entre sus grandes hazañas artísticas la creación
de dos orquestas de guitarra en su país y la grabación
en 1999 de uno de los más tremendos panoramas de la
guitarra brasileña en el que junto a Villa-Lobos
refulgieron partituras de Sergio Barbosa, Edino Krieger
y Chiquinha Gonzaga.
Con la Orquesta Sinfónica Nacional, bajo la dirección de
Enrique Pérez Mesa, la experiencia resultó magnífica.
Turibio y sus instrumentistas se entendieron en estilo y
fluidez, para entregar un Villa-Lobos vivo y
conceptualmente maduro, espléndido en su pujanza.
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