Año III
La Habana
Semana 6 - 12
FEBRERO
de 2005

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De Villalobos y otros obsequios
Tania Cordero La Habana


El hecho de que esta XIV Feria Internacional del Libro de La Habana esté dedicada  a Brasil nos ha traído no solo varias decenas de editoriales y títulos del país sudamericano, sino también su arte fotográfico, pictórico y musical.  Entre los regalos sobresale el concierto que ofreció la Orquesta Sinfónica Nacional, bajo la dirección de Enrique Pérez Mesa, interpretando obras de Puccini, Strauss y del gran compositor brasileño Heitor Villalobos.

Aunque al versátil autor se le ha escuchado mucho en Cuba, sobre todo durante los Festivales internacionales de guitarra de La Habana, la interpretación que hizo de su Concierto para guitarra y orquesta el solista Turíbio Santos consiguió francos aplausos  de quienes acudieron al Teatro Amadeo Roldán. Una ejecución limpia, de digitalización clara dejó disfrutar de las inquietudes del maestro, a la vez que de la inteligente capacidad interpretativa de un instrumentista de probado talento.

Horas antes el lobby del Teatro había acogido una exposición fotográfica que destaca  importantes momentos en la vida de Villalobos y su relación con destacadas personalidades de la música del siglo XX como el pianista Arthur Rubinstein; además aparecen testimonios gráficos de la presencia del compositor junto a la soprano Iris Bruguet y la Orquesta Filarmónica de La Habana en los años 30.

Pero escuchar a Villalobos y cómo lo asumió Santos no fue el único obsequio de la velada. Junto a una orquesta que cada día proclama su paso hacia una rotunda madurez, asistimos a una de las pocas presentaciones en Cuba de la soprano Yolanda Hernández, residente en Europa. Su entrega interpretativa ―apoyada en una imagen apasionada, hermosa y segura sobre la escena― permitió que la variedad tímbrica de su voz cautivara sin alardes y que los espectadores establecieran una sincronía sentimental y anclada en los sentidos que solo auspician la música elevada, el intérprete virtuoso.

Villalobos, Santos y Hernández han regalado a la fiesta del libro y la literatura otro tesoro tan preciado como el pretexto que los convoca: el insustituible manjar de la buena música.
 

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