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No es
cierto que nacemos una sola vez. Iba yo por los cuarenta
años de mi vida cuando, en una calle de México, gracias
a un azaroso encuentro con Ernesto Mejía Sánchez, conocí
a Ernesto Cardenal. Mi vida comenzó otra vez. Creía
tener ya a todos mis amigos y de pronto apareció este
otro hermano, paternal además, y su amistad me ganó la
de Thomas Merton, la de nuestro único amigo
norteamericano, doble completez que tanto necesitábamos
y tanto bien nos hizo. A Merton le debí, a través de un
intenso epistolario, el conocimiento de otro rostro real
del Americano, como a él le gustaba llamarse en vez de
estadounidense, a cuya muerte dediqué un breve responso
en que decía: “Paz a Thomas Merton / que en La Habana
conoció la certidumbre / y en Santiago de Cuba la
poesía”, y a quien Ernesto dedicó unas inmensas coplas,
por primera vez leídas en nuestra Biblioteca Nacional
José Martí, que inolvidablemente terminaban “OK”. Nuevos
nacimientos, sí, ha sido cada nuevo encuentro con
Ernesto Cardenal, desde su primera llegada a Cuba, en
1970, como miembro del Premio Casa de las Américas, lo
que me valió también la epifanía vital de Roque Dalton,
hasta nuestro primer viaje a la Nicaragua sandinista, y
sobre todo a Solentiname, en 1979. Si mi “Viaje a
Nicaragua”, comienzo de mi tercer volumen de poesía no
es el testimonio de otro nacimiento tan amoroso como
radical, no sé qué es. Y qué decir de mis páginas en
torno a su libro En Cuba, con motivo de sus
sesenta años en 1985. Y qué de su llegada para bautizar
a un nietecito de Roberto Fernández Retamar en 1994.
Cada llegada, cada encuentro, un renacimiento y un nuevo
bautismo en la gracia de la poesía, en la revolución de
los pobres y de los cielos estrellados, en el amor.
XIV Feria del Libro de La Habana
6 de enero del 2005
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