Año III
La Habana
Semana 6 - 12
FEBRERO
de 2005

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Por los 80 de Ernesto
Cintio Vitier La Habana
Fotos:
Diego

No es cierto que nacemos una sola vez. Iba yo por los cuarenta años de mi vida cuando, en una calle de México, gracias a un azaroso encuentro con Ernesto Mejía Sánchez, conocí a Ernesto Cardenal. Mi vida comenzó otra vez. Creía tener ya a todos mis amigos y de pronto apareció este otro hermano, paternal además, y su amistad me ganó la de Thomas Merton, la de nuestro único amigo norteamericano, doble completez que tanto necesitábamos y tanto bien nos hizo. A Merton le debí, a través de un intenso epistolario, el conocimiento de otro rostro real del Americano, como a él le gustaba llamarse en vez de estadounidense, a cuya muerte dediqué un breve responso en que decía: “Paz a Thomas Merton / que en La Habana conoció la certidumbre / y en Santiago de Cuba la poesía”, y a quien Ernesto dedicó unas inmensas coplas, por primera vez leídas en nuestra Biblioteca Nacional José Martí, que inolvidablemente terminaban “OK”. Nuevos nacimientos, sí, ha sido cada nuevo encuentro con Ernesto Cardenal, desde su primera llegada a Cuba, en 1970, como miembro del Premio Casa de las Américas, lo que me valió también la epifanía vital de Roque Dalton, hasta nuestro primer viaje a la Nicaragua sandinista, y sobre todo a Solentiname, en 1979. Si mi “Viaje a Nicaragua”, comienzo de mi tercer volumen de poesía no es el testimonio de otro nacimiento tan amoroso como radical, no sé qué es. Y qué decir de mis páginas en torno a su libro En Cuba, con motivo de sus sesenta años en 1985. Y qué de su llegada para bautizar a un nietecito de Roberto Fernández Retamar en 1994. Cada llegada, cada encuentro, un renacimiento y un nuevo bautismo en la gracia de la poesía, en la revolución de los pobres y de los cielos estrellados, en el amor.

XIV Feria del Libro de La Habana
6 de enero del 2005

 

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