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A sus 80 años, el
dramaturgo cubano Abelardo Estorino permanece fiel a la
dialéctica: “yo creo en lo que está vivo y cambia” y su
teatro asevera el credo. A lo largo de más de cuatro
décadas de creación sostenida, su obra no ha sido
arbitraria ni monolítica, sino rejuego de voces,
reanimación de identidades, penetración de psicologías,
redimensionamiento de conceptos, hacer vivir el teatro.
Su gracia, la del
arte, ha discurrido por la historia en exclusivas
coincidencias: de las ciencias médicas sube a los
terrenos de Bretch, Pirandello, Shaw. En Marcel Proust y
Juan Rulfo encontró los primeros maestros de una
vocación sistematizada por el trabajo y el estudio
individual. Dramaturgo, director de escena, heredero de
Virgilio Piñera ―mentor espiritual― tiene la distinción
de ser el único teatrista con el Premio Nacional de
Literatura (1992) y el reconocimiento máximo al trabajo
en las tablas, el Premio Nacional de Teatro (2002).
Este año se dedica la
Feria Internacional del Libro de La Habana a Abelardo
Estorino, junto al poeta Jesús Orta Ruiz, como homenaje
a la vida y la obra de este artista. Un coloquio
presidido por el crítico de teatro, director de la
revista Tablas, Omar Valiño, en compañía de los
especialistas Vivian Martínez Tabares, Abel González
Melo y Reinaldo Montero, además de la presentación del
libro Memoria de Milanés, de Estorino, son las
primeras actividades en tributo del dramaturgo.
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Vivian Martínez Tabares,
Abelardo Estorino y Omar Valiño |
Abel Gonzáles Melo
proyectó el perfil biográfico del escritor. Su
nacimiento en Unión de Reyes, en la provincia de
Matanzas, su traslado a la capital para estudiar
odontología y su inserción en el arte dramático.
Parece blanca,
texto esencial en la literatura de Estorino, fue
reinterpretada bajo la mirada analítica de Vivian
Martínez Tabares. El dramaturgo con esta obra reinicia
sobre la savia literaria de Cirilo Villaverde el signo
de la cubanía. Estorino no reconstruye la novela
romántica decimonónica Cecilia Valdés, sino que
se apropia del mito, de la esencia, de la plataforma
dramática, y reacciona ante el presente, transgrede la
temporalidad y el pasado se metamorfosea en el presente.
Abelardo se inserta
primeramente en el tratamiento realista de argumentos
rurales para trazar, en trabajos posteriores, sus
pistas, que no pertenecen ni a lo histórico ni a lo
didáctico, sino que recorren la parodia y lo imaginario.
Personajes que se vuelcan en un profundo clamo de
cubanía, no sobre estereotipos o frases viciadas, sino
en la genuinidad de sus parlamentos y actitudes; pero
sobre todo en un mensaje velado tras la historia: el
eterno compromiso de Abelardo Estorino con la literatura
y la escena.
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