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Ya me había advertido,
nervioso pero con su fino y criollo sentido del humor,
que su discurso de agradecimiento por el Premio Nacional
de Literatura 2004 sería “un striptease espiritual”. No
me habría imaginado, sin embargo, cuán sensible sería
Jaime Sarusky a tanto agasajo. Lloró casi todo el
tiempo, durante el elogio que pronunció su amigo
Reynaldo González, presidente del jurado, y después,
interrumpiendo sus propias confesiones.
El notable
novelista y acucioso periodista reservó para esta velada
memorable la revelación de detalles de su niñez, de su
temprana orfandad, su pasión juvenil por las letras, sus
estudios en Francia con Roland Barthes y Pierre
Francastel y la influencia que ejercieron en su vocación
de agudo investigador que culminó en títulos como Los
fantasmas de Omaja o La aventura de los suecos en
Cuba.
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Los tiempos de la intransigencia acudieron a
su recuento. “Hubiera preferido no recordar el lenguaje
de la intolerancia, la virulencia de los propósitos de
dos profesores universitarios que también ejercían como
críticos, sectarios ambos, ella y él, que por razones
totalmente ajenas al arte o a la literatura se habían
propuesto desacreditar al autor porque este estaba bien
lejos de aceptar sus puntos de vista, más propios del
dogmatismo y la represión en tiempos de Stalin, que
del diálogo y el espíritu abierto que presidía desde
sus inicios a la Revolución cubana. Y que se confirma
en estos tiempos por
la relación de transparencia y madurez que se ha
establecido entre el Ministerio de Cultura y los
escritores y artistas”.
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Para un hombre que ha tenido la literatura y el periodismo como escudo
de toda su existencia, según declaró, y no como
profesión u oficio, este Premio es aplauso a una entrega
continua, a una creación pulida. Sarusky agradece la
vinculación entre las letras y su mundo afectivo de
hombre no solo creador de ficciones y realidades, sino
de quien además un gustoso y profundo consumidor de
cultura.
“Al llegar a este
punto, quisiera creer que este reconocimiento, más que
la culminación de una obra o de una vida, es un gran
estímulo para proseguir el trabajo con una aspectación
muy favorable para este capricorniano, como diría la
astróloga, Petronila Ferro, y tener la alegría de
manifestarle mi profunda gratitud a aquellos que
pusieron mi nombre entre los nominados a este Premio, al
Jurado que hubo de elegirlo por unanimidad, y a
todos los amigos y amigas, presentes y ausentes,
cuyas muestras solidarias, de simpatía y amistad,
han conmovido al autor al punto de hacerle creer
que su corazón flaquearía, cuando en realidad,
ciertamente, ha sabido resistir, incluso una tarde
tan significativa como esta, que nunca podrá olvidar”.
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A la entrega del
máximo galardón literario por la obra de toda la vida
asistieron el Ministro de Cultura Abel Prieto, el
Presidente de la Asamblea Nacional del Poder Popular y
destacados escritores merecedores del Premio en años
anteriores.
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