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Queridos amigos,
pocas ocasiones resultan más gratificantes que cuando
homenajeamos a un colega que ha trabajado con pasión y
eficacia. Es el caso de Jaime Sarusky, narrador,
periodista, permanente partícipe y testigo de la cultura
cubana. En los últimos cincuenta años sus pasos
acompañaron los nuestros, su extendido quehacer se
integró al pálpito de la cultura cubana. Con una
vocación a prueba de reveses y sinsabores, mantuvo una
ejemplar entrega a la literatura, es una presencia
enriquecedora de muchas disciplinas, comentarista y
cómplice, cultivador de un periodismo de innegable
huella. Zonas culturales prácticamente ignoradas
conocieron la luz por sus trabajos de indagación, ya
fuera en la historia, la música, la pintura, el teatro,
y también el taller del artesano, en la ciudad o en la
montaña. Su periodismo ha sido eso y más, mucho más, sin
soslayar aspectos del tejido social, tradiciones,
costumbres y sombras polémicas que exigían
clarificación.
Fue Sarusky uno de los talentos que protagonizaron la
arrancada de la nueva literatura cubana en los años
iniciales de la Revolución. Dos novelas suyas entraron
en ese catálogo pionero, con una marcada diferenciación
en su manera de establecer un retrato de la sociabilidad
y del individuo apresado en circunstancias que le dieron
impronta definitoria. Para una lectura que se apartara
de las corrientes predominantes, esas dos primeras
novelas resultaron verdaderos hitos. Lo fueron,
precisamente, por sus peculiaridades. De ellas
emergieron personajes escapados de la obsecuente
corriente epocal, ruta establecida por contingencias
llevadas a imposiciones para alfilerar la literatura
cubana en el período en que Sarusky comenzó a desplegar
su actividad literaria. Con personajes como el flautista
Anselmo, de La búsqueda, o la astróloga Petronila
Ferro, de Rebelión en la octava casa, asumió el
riesgo de burlar el disciplinado y machacón
doctrinarismo. Esos personajes, muy propios, formados,
conformados o deformados en un período anterior, en
circunstancias a las que respondían sus inalienables
características, llegaron a sus páginas sin proponerse
cumplir con cánones morales o de conducta, sin que sus
rasgos definitorios calcaran los códigos que entonces, y
luego, granjearon regalías en pago por la aquiescencia.
El panorama existencial de La búsqueda y su
músico descentrado, un agonista unamuniano en el
trópico, correspondió a una exactitud temática
desconocida en las letras cubanas de su momento. Fue su
manera de retratar el quietismo, la asfixia, el
conflicto entre la realidad y un deseo irrealizable, la
parálisis, la automutilación, el desánimo. Sabemos que
la coherencia entre la época retratada y sus objetivos
artísticos se vio confrontada con las tendencias
predominantes en el tiempo de su publicación, los
tópicos del triunfalismo. Comenzaba un festival de
lecturas por control remoto, incapaces de ver el
propósito creador por demasiado imponer un superobjetivo
ajeno a razones verdaderamente creativas, algo que
acompañó a nuestra literatura con excesiva pertinacia.
Para una lectura con semejantes anteojeras nuestro
narrador no retrataba una circunstancia, una
sensibilidad y un entorno, sino que propugnaba el
punible pecado del quietismo.
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La recia personalidad de Petronila Ferro señorea en
Rebelión en la octava casa, novela breve, especie de
concierto para orquesta de cámara. La astróloga esconde
su frustración en un mundo de pronósticos y
premoniciones que, a contrapelo de su deseo, denuncian
un entorno de peligro inmanente. En ese relato Sarusky
da lecciones al concebir un espacio cerrado y los
elementos que deberán atomizarlo. Inscrito en la serie
novelística de la lucha clandestina, su proyecto
narrativo se apartó del heroísmo explícito y tronante,
que pronto se convertiría en exigencia para la
literatura cubana.
Por otra parte, las crónicas de Sarusky se habían
establecido como un modelo reconocido por notables
periodistas cubanos, pero sin proponerse como hazañas
“modélicas”. En sus crónicas ganamos el polifacético
retrato de una época de grandes cambios, sin acceder a
la pretensión ejemplarizante que tanto lastre sumó hasta
congelarse en retórica. Su generosa curiosidad humana y
su sana pasión por nuestra cultura le permitieron un
refugio durante el paréntesis grotesco que le sobrevino
a la cultura cubana en los años 70, cuando a él, como a
muchos, se le planteó el dilema de dejar la letra o
acceder al maniqueísmo ofrecido como única opción. En
cambio, se mantuvo apegado a una realidad con la que
convivimos sin advertirla: curiosidades, demonios
benéficos, obstinados artistas a pesar de todo y de
ellos mismos. De ese rastreo de raros y testarudos
emergió con libros como El tiempo de los
desconocidos y El unicornio y otras intenciones.
Para nuestra suerte, las revistas y los periódicos
cubanos se vieron matizadas con esas crónicas y
entrevistas, caracterizadas por el respeto al
entrevistado y la obligatoriedad de darle la palabra sin
conducirle el sentido, para mejor entregarnos el reflejo
de su vida, incluidas las más salpimentadas
contradicciones.
Con él también viajamos en el tiempo, para conocer
migraciones y poblamientos poco frecuentados,
experiencias que confluyeron en nuestra mezcla de
culturas, cuanto nos nutre, enriquece y nos vuelve más
complejos. Debemos agradecerle a Sarusky su acuciosa
indagación en ámbitos que parecían reservados a los
antropólogos, su audaz penetración en comunidades
extrapoladas a nuestra insularidad desde territorios y
costumbres totalmente diferentes. Su mirada a ese
desarraigo fundador generó libros como Los fantasmas
de Omaja y La aventura de los suecos en Cuba,
ejemplos de un testimonio que también se alejaba de la
instrumentalización deslavazadora de una modalidad
genérica que, por implicarla en ríos de otras
vertientes, corría el riesgo de convertirse en trampolín
de acomodo social, cualquier cosa menos literatura. Con
todo lo anterior se redondeaba la andadura de Jaime
Sarusky, comenzada en la literatura de ficción y a ella
devuelta.
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Luego de varios años reapareció el novelista Jaime
Sarusky con una carta de triunfo guardada en la manga:
Un hombre providencial, novela ganadora del
Premio Alejo Carpentier. Acogido a una libérrima y
actual comprensión de la novela histórica, el creador de
ambientes sombríos y cerrados abrió el lente para
abarcar un territorio en pugna, el caciquismo, una
invasión geófaga travestida de ideal liberalizador. La
persona que respira detrás de su “predestinado de ojos
grises” es nada menos que William Walker, mercenario de
lujo del naciente imperialismo norteamericano.
Nuevamente Sarusky nadaba a contracorriente: su retrato
de un héroe negativo se colmaba de matices y de
humanidad, sin perder la vivisección de la maldad que
animó su proyecto. La obra anterior se redondeaba con
ese triunfo.
La trayectoria de Jaime Sarusky es una vida entregada a
las letras, ya en el periodismo y la ficción, el
testimonio o el diálogo contrapunteado de las
entrevistas. Aprendió a soslayar los males que pueden
acosar a un cotarro en ocasiones demasiado pendiente de
elementos ajenos a la literatura. Todo eso, que no es
poco, ha llevado a sus manos el merecido reconocimiento
que hoy le entrega la nación, el Premio Nacional de
Literatura Cubana correspondiente al 2004.
La Habana, 4 de febrero de 2005.
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