Año III
La Habana
Semana 6 - 12
FEBRERO
de 2005

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JAIME SARUSKY, PREMIO NACIONAL DE LITERATURA 2004
Partícipe y testigo de la Cultura cubana
Reynaldo González La Habana
Fotos: Diego

 

Queridos amigos, pocas ocasiones resultan más gratificantes que cuando homenajeamos a un colega que ha trabajado con pasión y eficacia. Es el caso de Jaime Sarusky, narrador, periodista, permanente partícipe y testigo de la cultura cubana. En los últimos cincuenta años sus pasos acompañaron los nuestros, su extendido quehacer se integró al pálpito de la cultura cubana. Con una vocación a prueba de reveses y sinsabores, mantuvo una ejemplar entrega a la literatura, es una presencia enriquecedora de muchas disciplinas, comentarista y cómplice, cultivador de un periodismo de innegable huella. Zonas culturales prácticamente ignoradas conocieron la luz por sus trabajos de indagación, ya fuera en la historia, la música, la pintura, el teatro, y también el taller del artesano, en la ciudad o en la montaña. Su periodismo ha sido eso y más, mucho más, sin soslayar aspectos del tejido social, tradiciones, costumbres y sombras polémicas que exigían clarificación.

Fue Sarusky uno de los talentos que protagonizaron la arrancada de la nueva literatura cubana en los años iniciales de la Revolución. Dos novelas suyas entraron en ese catálogo pionero, con una marcada diferenciación en su manera de establecer un retrato de la sociabilidad y del individuo apresado en circunstancias que le dieron impronta definitoria. Para una lectura que se apartara de las corrientes predominantes, esas dos primeras novelas resultaron verdaderos hitos. Lo fueron, precisamente, por sus peculiaridades. De ellas emergieron personajes escapados de la obsecuente corriente epocal, ruta establecida por contingencias llevadas a imposiciones para alfilerar la literatura cubana en el período en que Sarusky comenzó a desplegar su actividad literaria. Con personajes como el flautista Anselmo, de La búsqueda, o la astróloga Petronila Ferro, de Rebelión en la octava casa, asumió el riesgo de burlar el disciplinado y machacón doctrinarismo. Esos personajes, muy propios, formados, conformados o deformados en un período anterior, en circunstancias a las que respondían sus inalienables características, llegaron a sus páginas sin proponerse cumplir con cánones morales o de conducta, sin que sus rasgos definitorios calcaran los códigos que entonces, y luego, granjearon regalías en pago por la aquiescencia.

El panorama existencial de La búsqueda y su músico descentrado, un agonista unamuniano en el trópico, correspondió a una exactitud temática desconocida en las letras cubanas de su momento. Fue su manera de retratar el quietismo, la asfixia, el conflicto entre la realidad y un deseo irrealizable, la parálisis, la automutilación, el desánimo. Sabemos que la coherencia entre la época retratada y sus objetivos artísticos se vio confrontada con las tendencias predominantes en el tiempo de su publicación, los tópicos del triunfalismo. Comenzaba un festival de lecturas por control remoto, incapaces de ver el propósito creador por demasiado imponer un superobjetivo ajeno a razones verdaderamente creativas, algo que acompañó a nuestra literatura con excesiva pertinacia. Para una lectura con semejantes anteojeras nuestro narrador no retrataba una circunstancia, una sensibilidad y un entorno, sino que propugnaba el punible pecado del quietismo.
 

La recia personalidad de Petronila Ferro señorea en Rebelión en la octava casa, novela breve, especie de concierto para orquesta de cámara. La astróloga esconde su frustración en un mundo de pronósticos y premoniciones que, a contrapelo de su deseo, denuncian un entorno de peligro inmanente. En ese relato Sarusky da lecciones al concebir un espacio cerrado y los elementos que deberán atomizarlo. Inscrito en la serie novelística de la lucha clandestina, su proyecto narrativo se apartó del heroísmo explícito y tronante, que pronto se convertiría en exigencia para la literatura cubana.

Por otra parte, las crónicas de Sarusky se habían establecido como un modelo reconocido por notables periodistas cubanos, pero sin proponerse como hazañas “modélicas”. En sus crónicas ganamos el polifacético retrato de una época de grandes cambios, sin acceder a la pretensión ejemplarizante que tanto lastre sumó hasta congelarse en retórica. Su generosa curiosidad humana y su sana pasión por nuestra cultura le permitieron un refugio durante el paréntesis grotesco que le sobrevino a la cultura cubana en los años 70, cuando a él, como a muchos, se le planteó el dilema de dejar la letra o acceder al maniqueísmo ofrecido como única opción. En cambio, se mantuvo apegado a una realidad con la que convivimos sin advertirla: curiosidades, demonios benéficos, obstinados artistas a pesar de todo y de ellos mismos. De ese rastreo de raros y testarudos emergió con libros  como El tiempo de los desconocidos y El unicornio y otras intenciones. Para nuestra suerte, las revistas y los periódicos cubanos se vieron matizadas con esas crónicas y entrevistas, caracterizadas por el respeto al entrevistado y la obligatoriedad de darle la palabra sin conducirle el sentido, para mejor entregarnos el reflejo de su vida, incluidas las más salpimentadas contradicciones.

Con él también viajamos en el tiempo, para conocer migraciones y poblamientos poco frecuentados, experiencias que confluyeron en nuestra mezcla de culturas, cuanto nos nutre, enriquece y nos vuelve más complejos. Debemos agradecerle a Sarusky su acuciosa indagación en ámbitos que parecían reservados a los antropólogos, su audaz penetración en comunidades extrapoladas a nuestra insularidad desde territorios y costumbres totalmente diferentes. Su mirada a ese desarraigo fundador generó libros como Los fantasmas de Omaja y La aventura de los suecos en Cuba, ejemplos de un testimonio que también se alejaba de la instrumentalización deslavazadora de una modalidad genérica que, por implicarla en ríos de otras vertientes, corría el riesgo de convertirse en trampolín de acomodo social, cualquier cosa menos literatura. Con todo lo anterior se redondeaba la andadura de Jaime Sarusky, comenzada en la literatura de ficción y a ella devuelta.
 

Luego de varios años reapareció el novelista Jaime Sarusky con una carta de triunfo guardada en la manga: Un hombre providencial, novela ganadora del Premio Alejo Carpentier. Acogido a una libérrima y actual comprensión de la novela histórica, el creador de ambientes sombríos y cerrados abrió el lente para abarcar un territorio en pugna, el caciquismo, una invasión geófaga travestida de ideal liberalizador. La persona que respira detrás de su “predestinado de ojos grises” es nada menos que William Walker, mercenario de lujo del naciente imperialismo norteamericano. Nuevamente Sarusky nadaba a contracorriente: su retrato de un héroe negativo se colmaba de matices y de humanidad, sin perder la vivisección de la maldad que animó su proyecto. La obra anterior se redondeaba con ese triunfo.  

La trayectoria de Jaime Sarusky es una vida entregada a las letras, ya en el periodismo y la ficción, el testimonio o el diálogo contrapunteado de las entrevistas. Aprendió a soslayar los males que pueden acosar a un cotarro en ocasiones demasiado pendiente de elementos ajenos a la literatura. Todo eso, que no es poco, ha llevado a sus manos el merecido reconocimiento que hoy le entrega la nación, el Premio Nacional de Literatura Cubana correspondiente al 2004.


La Habana, 4 de febrero de 2005.

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