|

Entrega de los premios Calendario |
Hace poco más de un mes, Alpidio Alonso me tendió la
trampa a la que no pude negarme: presentar hoy los
Calendario. Una vez que acepté, los recogí en la Editora
Abril, y aún me asombró más el encargo, porque no había
ninguno de los géneros literarios que yo suelo visitar.
En primer lugar, la literatura dramática, el ensayo; a
veces, la novela.
Entre estos
títulos que acaban de mencionar, cuyos autores están
aquí, y entre quienes prácticamente no conozco a
ninguno, había un libro de literatura para niños,
otro de narrativa, uno más de ciencia- ficción y
tres de poesía.
Ha sido una rica
experiencia leer página a página, palabra a palabra,
estos libros hermosos y manuables. Raúl Flores Iriarte
cose pequeñas piezas muy conectadas entre sí, ventanas,
imágenes, iluminaciones súbitas, todas extrañamente
poéticas en el abordaje de relaciones y de la propia
especialización de la voz del autor. Una gran
preocupación por el cuerpo, en este caso, tal vez, por
el cuerpo físico, por cierta pictografía sobre el
cuerpo. Idea sobre la cual más tarde volveremos.
Sigrid Victoria crea
el mundo de los “Noseniqué”, juega con tópicos de
cuentos infantiles, pero nos los devuelve frescos,
vivos, y entre guiños se burla de esos mismos tópicos.
Defiende con candor y agudeza la aceptación de lo
diferente y traza, para un cuerpo, otro cuerpo; no el
físico únicamente, sino el cuerpo social de la escuela,
de la familia. También traza un reino, un universo muy
particular, que querríamos fuera el reino de lo social y
de la familia de todos los días.
Jorge Enrique Lage
cuenta una Habana futura, con metro (subterráneo) y
todo, donde lo extraño es ser heterosexual, y en la cual
todavía queda la estatua de Lennon y el Granma, entre
otras cosas. Una ciencia- ficción muy tramposa. Una
ciencia- ficción como hacía tiempo no leía. Una ciencia-
ficción que es un viaje por una Habana que sale de esta
misma Habana de estos días.
Eduard Encina, en
precisos, hermosos poemas, se pregunta sobre las aguas
discursivas que nos sostienen. Conversa con la Isla, su
Isla que define, busca. Realiza paralelismos, también
entre cuerpo e isla. Para Encina, ese cuerpo es el
cuerpo todo de la Isla como espacio territorial
geográfico.
Leonardo Sarría,
también piensa sobre sus antecesores. Y en poemas
brevísimos, dialoga con Dios, escritura con plena
intención mística, sagrada, de unos poemas muy
diferentes a los de Encina.
En tanto, Filiberto
González y Mariela Pérez Castro viajan como entre
piedras e iglesias seguramente europeas. Las palabras
les permiten viajar e inventar la experiencia.
Todos pasan de alguna
manera por el cuerpo y la isla, territorios aquí a veces
fusionados. Fusión sería también ―aunque es un término
que se usa más para describir los procesos artísticos
que tienen lugar hoy en buena parte de la música en el
mundo, y en particular, la cubana― yo lo usaría también
para describir el cuerpo de esos seis excelentes libros.
Querría destacar
también la extrema libertad creativa con que autores muy
jóvenes, solo dos de ellos son nacidos a fines de la
década del 60 y la más joven en el año 1980. Así que
estamos en un diálogo con autores de entre 25 y 30 años.
Una entera libertad creativa. Son conscientes de ese
espacio que los sostiene, firme siempre en su
estructura, frágil tantas veces en sus contradicciones.
En las contradicciones de una contemporaneidad y de una
cotidianidad que a veces es atacada directamente y a
veces metaforizada de una manera muy precisa.
Bucean en el espacio
y en la tradición. Aunque no me gusta el término, porque
para ellos ese pasado que es tradición para mí, es
sangre. Es algo que está, evidentemente, ya ganado con
una temprana madurez en la voz de estos autores. Como es
usual, se encuentra otra característica de cualquier
lenguaje artístico de hoy: libertad, juego, fusión y
reflexión sobre la propia condición de la escritura.
Ninguno lo deja de hacer.
Cada texto podría
tomarse como una suerte de autorreflexión sobre su
propio discurso y sobre ese “pasado” literario que pesa
sobre ellos.
Me interesó mucho el
país que estos libros dibujan, diverso, inteligente,
contradictorio, crítico, libre en definitiva. No solo en
sus contenidos, sino en la textualización que hacen de
ellos, demostrativa de que esa libertad y esa idea con
que se crean son también el método y la forma de liberar
esos contenidos.
Querría destacar,
finalmente, que me parece que estos Premios Calendario
estimulan exactamente la literatura que corresponde
premiar. Responden a la visión por la cual fueron
creados y para la que existe su cada vez más hermosa
colección de la Editora Abril, en términos de diseño.
Ese afán por una literatura que se renueva, que
experimenta sin tecnicismos, con madurez, que se
disfruta a sí misma, que se parece a su tiempo y autores
y vive y crece. Si estas palabras tuvieran que tener un
título, diría que, tomando versos, ideas o frases, de
distintos textos de estos libros, lo llamaría El
cuerpo escriturado, la isla crece. Y querría hacerlo
comprender brevemente, si acaso he logrado expresarme,
con un breve poema de Eduard Encina, de su libro
Golpes Bajos, que se llama “Leve permanencia”:
Ella abre su sombra/
es la sombra. / Por ese costado el círculo se pierde/ y
todos de alguna manera somos el círculo/ ¿quién entonces
borrará esa imagen?/ Ella en el fondo/ porque la Isla
está arriba, aplastante, dulce. |