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Desde hace ya varios años, en diferentes congresos,
coloquios, seminarios y talleres internacionales de
literatura, se discute profusamente, en particular por
el público lector, qué tipo de libros leer, qué
literatura abordar, y sobre todo, para qué se lee. Las
preguntas (y respuestas) parecen sencillas, pero no lo
son. Díganlo si no, las toneladas de papel que imprimen
las editoriales, en forma de novelas, relatos,
literatura prescindible y banal, que es consumida y
degustada por una parte muy considerable de la masa de
lectores de todo el mundo. Dos parecen ser los
principales argumentos contrapuestos que se esgrimen:
¿se compra un libro para pasar el rato, para disfrutar
su lectura sin perturbaciones, para buscar –como un buen
epicurista posmoderno—el placer exento de todo dolor? ¿O
bien se lee un libro para enriquecernos espiritualmente,
para dialogar con la realidad, indagando en sus
miserias, alimentándonos de la carroña humana que fluye
en sus páginas, o dicho en otras palabras, para no ser
exactamente los mismos al terminar su lectura? La
síntesis de estos dos argumentos, sería tal vez la
solución ideal para el lector de este siglo: un libro
disfrutable y enriquecedor; con lo que me percato que
Horacio, que hace más de 2000 años preconizaba una
literatura “dolce et utile”, pudo haber sido un agudo
crítico literario de estos tiempos.
El libro
que hoy tengo la satisfacción de presentar al
público lector cubano, El lado frío de la
almohada, de Belén Gopegui, publicado por la
Editorial Arte y Literatura, se inscribe
precisamente en esa zona intermedia, tan buscada y
tan poco encontrada en la literatura de ficción
contemporánea, y parece responder a la pregunta: ¿Es
posible escribir un thriller, una novela de
espionaje, que a la vez sea una novela de amor, una
novela política, una novela de tesis?
Confieso que
no he leído ni una sola de las críticas que la
publicación de esta novela provocó en España. Sé que su
aparición despertó una polémica en los medios
intelectuales españoles y que junto con algunas críticas
favorables, Belén recibió las andanadas tanto de la
derecha como de la izquierda venida a menos, sobre todo
por su posición de apoyo a la Revolución Cubana, bien
evidente en la obra. Pero yo quería leer esta novela sin
que mi discernimiento estuviera contaminado por ningún
criterio a favor o en contra, y ahora quiero compartir
con ustedes mis impresiones:
Lo primero que
me llamó la atención fue el asunto con el que la autora
construye el argumento de la novela: una operación de la
Seguridad cubana contra la CIA, que se va desplegando
con una notable economía de recursos, donde se esconde
más de lo que se dice, y donde el manejo impecable de la
técnica del dato escondido en hipérbaton se despliega y
va iluminando a ráfagas las motivaciones de cada
personaje involucrado.
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El lenguaje
con el que Belén desarrolla la historia es de una
eficacia sorprendente: lenguaje seco, sin estridencias,
sin meandros descriptivos, donde se siente, muy a lo
lejos, la presencia de los maestros del género: Chandler,
Hammett, pero sin su dureza característica, suavizada
por la intervención de un narrador curiosamente
omnisciente, casi siempre objetivo, pero que con un
sutil empleo del estilo indirecto libre nos acerca a la
conciencia de los personajes. Parte esencial de ese
lenguaje son los diálogos. Hace apenas dos días, en un
encuentro que tuvimos, le confesaba a Belén el efecto
que me habían causado en la lectura de la novela.
Siempre significativos, con acotaciones mínimas, los
diálogos fluyen con el tempo mismo de la conversación
real, y caracterizan tan bien a los personajes, que
éstos se vuelven inmediatamente reconocibles y, en
algunos casos, entrañables. En una palabra: son diálogos
magistralmente resueltos, tanto desde el punto de vista
técnico como argumental.
Ahora bien,
¿cómo es posible convertir esa historia en algo más
trascendente? ¿Cómo es posible que una supuesta “novela
de espías” nos remueva, nos haga reflexionar, no sólo en
las contradicciones y enfrentamientos propios de la
realidad contemporánea, sino en la propia condición
humana, como lo hace El lado frío de la almohada?
Quizás la
estructura de la novela pueda ser la clave: Un segundo
plano de la realidad se despliega en estas páginas: las
cartas de Laura, la protagonista, actúan como un
contrapunto reflexivo, emotivo, poético, a veces
filosófico, pero siempre profundamente humano; cargan la
novela con otra visión de la realidad, con esa otra
dimensión que se oculta tras un gesto, una frase, una
simple mirada; dimensión que es capaz de explicar
conductas, razones de una alegría, motivaciones de una
tristeza. El tono, es decir, la calidad de voz del
narrador, su actitud emocional; y el registro, el
lenguaje de estas cartas, le otorgan a la estructura un
raro equilibrio que sin duda eleva el poder de
persuasión de la obra.
Creo, sin
embargo, que es en el trazado de los personajes donde el
talento y el oficio de la autora se revelan con mayor
esplendor: Laura, Phillip, Arrieta, Marian, Agustín, e
incluso los personajes episódicos, absolutamente
secundarios, son seres humanos, llenos de
contradicciones, dudas, emociones encontradas. Ninguno
es esquemático, ninguno se acerca a los personajes
tópicos de los thrillers tradicionales. Laura es, por
supuesto, la que se nos presenta con mayores honduras:
muchas de sus reacciones son a primera vista,
inexplicables, como sucede con los seres humanos de
carne y hueso: pero ella siente, y ama como las heroínas
trágicas; conoce de antemano su destino pero va hacia él
en línea recta, adivinando el final.
Dije
anteriormente que El lado frío de la almohada es
una novela de amor. Y lo es a su modo. ¿O también del
desamor? ¿O de la cobardía? ¿O—recordando a Ortega y
Gasset-- de la imposibilidad del hombre de salir de su
circunstancia? Pero Belén Gopegui parece decirnos que la
complejidad de la sociedad contemporánea, con sus
ideologías en pugna, con sus luchas entre bandos
irreconciliables, entre explotados y explotadores,
repite en otro nivel las condiciones de la sociedad
isabelina, y vuelve, por ello, a hacer imposible el amor
entre Romeo y Julieta en el siglo XXI. Marx decía que
los acontecimientos en la historia se producían una vez
como tragedia y otra como parodia. La tragedia del amor
de los jóvenes shakesperianos, que no vacilan en morir
por ese amor, se vuelve parodia en el amor entre Laura y
Phillip en la novela de Belén, porque en este último, la
cobardía supera el amor.
No he querido
repetir aquí los criterios, informaciones y valoraciones
que Iroel Sánchez maneja en su excelente prólogo a la
edición cubana de este libro, donde se refiere
pormenorizadamente al impacto que esta novela causó en
España, la guerra mediática que se desató contra la
autora y, a pesar de ello, su fulminante éxito: más de
18 000 ejemplares agotados en apenas dos meses, todo lo
cual explica por qué la Editorial Arte y Literatura
decidió incluir en esta edición varios materiales
aparecidos en la prensa española, entrevistas con Belén
Gopegui y un epílogo-sorpresa de la autora incorporado a
la misma.
Amigos:
Estoy casi
convencido de que este pobre recorrido por El lado
frío de la almohada, no ha logrado explicar,
siquiera mínimamente, los indiscutibles méritos
literarios de esta novela, con lo cual estoy declarando
mi incapacidad crítica. Pero ya lo he dicho otras veces:
yo no me considero un crítico profesional. Soy un simple
narrador, pero también, como muchos de ustedes, un
inveterado lector, que prefiere, más que hablar de una
obra, sentirla, vivirla, conmoverse, reflexionar,
indagar en la realidad con ella y luego decir –como
ahora le digo a la autora de este libro--: Gracias. Ah,
y “Ocrán—Sanabú”.
Ya sé que me
van a preguntar inmediatamente qué significan esas
palabras. Pero no hay remedio. Para saberlo, hay que
leer la novela. Los invito a hacerlo. |