Año III
La Habana
Semana 6 - 12
FEBRERO
de 2005

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Para presentar El lado frío de la almohada
Eduardo Heras León La Habana
Fotos:
Diego
 

Desde hace ya varios años, en diferentes congresos, coloquios, seminarios y talleres internacionales de literatura, se discute profusamente, en particular por el público lector, qué tipo de libros leer, qué literatura abordar, y sobre todo, para qué se lee. Las preguntas (y respuestas) parecen sencillas, pero no lo son. Díganlo si no, las toneladas de papel que imprimen las editoriales, en forma de novelas, relatos, literatura prescindible y banal, que es consumida y degustada por una parte muy considerable de la masa de lectores de todo el mundo. Dos parecen ser los principales argumentos contrapuestos que se esgrimen: ¿se compra un libro para pasar el rato, para disfrutar su lectura sin perturbaciones, para buscar –como un buen epicurista posmoderno—el placer exento de todo dolor? ¿O bien se lee un libro para enriquecernos espiritualmente, para dialogar con la realidad, indagando en sus miserias, alimentándonos de la carroña humana que fluye en sus páginas, o dicho en otras palabras, para no ser exactamente los mismos al terminar su lectura? La síntesis de estos dos argumentos, sería tal vez la solución ideal para el lector de este siglo: un libro disfrutable y enriquecedor; con lo que me percato que Horacio, que hace más de 2000 años preconizaba una literatura “dolce et utile”, pudo haber sido un agudo crítico literario de estos tiempos.

       El libro que hoy tengo la satisfacción de presentar al público lector cubano, El lado frío de la almohada, de Belén Gopegui, publicado por la Editorial Arte y Literatura, se inscribe precisamente en esa zona intermedia, tan buscada y tan poco encontrada en la literatura de ficción contemporánea, y parece responder a la pregunta: ¿Es posible escribir un thriller, una novela de espionaje, que a la vez sea una novela de amor, una novela política, una novela de tesis?

       Confieso que no he leído ni una sola de las críticas que la publicación de esta novela provocó en España. Sé que su aparición despertó una polémica en los medios intelectuales españoles y que junto con algunas críticas favorables, Belén recibió las andanadas tanto de la derecha como de la izquierda venida a menos, sobre todo por su posición de apoyo a la Revolución Cubana, bien evidente en la obra. Pero yo quería leer esta novela sin que mi discernimiento estuviera contaminado por ningún criterio a favor o en contra, y ahora quiero compartir con ustedes mis impresiones:

       Lo primero que me llamó la atención fue el asunto con el que la autora construye el argumento de la novela: una operación de la Seguridad cubana contra la CIA, que se va desplegando con una notable economía de recursos, donde se esconde más de lo que se dice, y donde el manejo impecable de la técnica del dato escondido en hipérbaton se despliega y va iluminando a ráfagas las motivaciones de cada personaje involucrado.

       El lenguaje con el que Belén desarrolla la historia es de una eficacia sorprendente: lenguaje seco, sin estridencias, sin meandros descriptivos, donde se siente, muy a lo lejos, la presencia de los maestros del género: Chandler, Hammett, pero sin su dureza característica, suavizada por la intervención de un narrador  curiosamente omnisciente, casi siempre objetivo, pero que con un sutil empleo del estilo indirecto libre nos acerca a la conciencia de los personajes. Parte esencial de ese lenguaje son los diálogos. Hace apenas dos días, en un encuentro que tuvimos, le confesaba a Belén el efecto que me habían causado en la lectura de la novela. Siempre significativos, con acotaciones mínimas, los diálogos fluyen con el tempo mismo de la conversación real, y caracterizan tan bien a los personajes, que éstos se vuelven inmediatamente reconocibles y, en algunos casos, entrañables. En una palabra: son diálogos magistralmente resueltos, tanto desde el punto de vista técnico como argumental.

       Ahora bien, ¿cómo es posible convertir esa historia en algo más trascendente? ¿Cómo es posible que una supuesta “novela de espías” nos remueva, nos haga reflexionar, no sólo en las contradicciones y enfrentamientos propios de la realidad contemporánea, sino en la propia condición humana, como lo hace El lado frío de la almohada?

       Quizás la estructura de la novela pueda ser la clave: Un segundo plano de la realidad se despliega en estas páginas: las cartas de Laura, la protagonista, actúan como un contrapunto reflexivo, emotivo, poético, a veces filosófico, pero siempre profundamente humano; cargan la novela con otra visión de la realidad, con esa otra dimensión que se oculta tras un gesto, una frase, una simple mirada; dimensión que es capaz de explicar conductas, razones de una alegría, motivaciones de una tristeza. El tono, es decir, la calidad de voz del narrador, su actitud emocional; y el registro, el lenguaje de estas cartas, le otorgan a la estructura un raro equilibrio que sin duda eleva el poder de persuasión de la obra.

       Creo, sin embargo, que es en el trazado de los personajes donde el talento y el oficio de la autora se revelan con mayor esplendor: Laura, Phillip, Arrieta,  Marian, Agustín, e incluso los personajes episódicos, absolutamente secundarios, son seres humanos, llenos de contradicciones, dudas, emociones encontradas. Ninguno es esquemático, ninguno se acerca a los personajes tópicos de los thrillers tradicionales. Laura es, por supuesto, la que se nos presenta con mayores honduras: muchas de sus reacciones son a primera vista, inexplicables, como sucede con los seres humanos de carne y hueso: pero ella siente, y ama como las heroínas trágicas; conoce de antemano su destino pero va hacia él en línea recta, adivinando el final.

       Dije anteriormente que El lado frío de la almohada es una novela de amor. Y lo es a su modo. ¿O también del desamor? ¿O de la cobardía? ¿O—recordando a Ortega y Gasset-- de la imposibilidad del hombre de salir de su circunstancia? Pero Belén Gopegui parece decirnos que la complejidad de la sociedad contemporánea, con sus ideologías en pugna, con sus luchas entre bandos irreconciliables, entre explotados y explotadores, repite en otro nivel las condiciones de la sociedad isabelina, y vuelve, por ello, a hacer imposible el amor entre Romeo y Julieta en el siglo XXI. Marx decía que los acontecimientos en la historia se producían una vez como tragedia y otra como parodia. La tragedia del amor de los jóvenes shakesperianos, que no vacilan en morir por ese amor, se vuelve parodia en el amor entre Laura y Phillip en la novela de Belén, porque en este último, la cobardía supera el amor.

       No he querido repetir aquí los criterios, informaciones y valoraciones que Iroel Sánchez maneja en su excelente prólogo a la edición cubana de este libro, donde se refiere pormenorizadamente al impacto que esta novela causó en España, la guerra mediática que se desató contra la autora y, a pesar de ello, su fulminante éxito: más de 18 000 ejemplares agotados en apenas dos meses, todo lo cual explica por qué la Editorial Arte y Literatura decidió incluir en esta edición  varios materiales aparecidos en la prensa española, entrevistas con Belén Gopegui y un epílogo-sorpresa de la autora incorporado a la misma.

       Amigos:

       Estoy casi convencido de que este pobre recorrido por El lado frío de la almohada, no ha logrado explicar, siquiera mínimamente, los indiscutibles méritos literarios de esta novela, con lo cual estoy declarando mi incapacidad crítica. Pero ya lo he dicho otras veces: yo no me considero un crítico profesional. Soy un simple narrador, pero también, como muchos de ustedes, un inveterado lector, que prefiere, más que hablar de una obra, sentirla, vivirla, conmoverse, reflexionar, indagar en la realidad con ella y luego decir –como ahora le digo a la autora de este libro--: Gracias. Ah, y “Ocrán—Sanabú”.

       Ya sé que me van a preguntar inmediatamente qué significan esas palabras. Pero no hay remedio. Para saberlo, hay que leer la novela. Los invito a hacerlo.

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