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La gesta de la Sierra Maestra ―con la que culminó el
largo proceso de un siglo de luchas del pueblo cubano
por alcanzar su verdadera independencia― no fue solo
pródiga en hechos heroicos. Ha sido también inspiración
de escritores y artistas de todas las latitudes, y esa
misma epopeya y sus protagonistas ―Fidel, en primer
lugar― han devenido símbolo de las ansias inalcanzadas,
de los sueños posibles y de las utopías que permanecen,
aunque mal les pese a quienes han afirmado que ha
terminado la historia.
Para suerte de la
historia de Cuba ―de los que la hicieron con su
sacrificio y de los que aún tienen el deber de
hacerla― muchos de aquellos hombres y mujeres que
vistieron el uniforme verde olivo del Ejército
Rebelde, y de los que lucharon de las más diversas
formas en la clandestinidad, han dedicado gran parte
de sus energías, muchas veces robándole horas al
descanso, a escribir y analizar sus vivencias.
Muestra de ello, y
considerado deber ineludible para con los jóvenes
continuadores de la obra de la Revolución cubana es este
libro Rebelde: testimonio de un combatiente, cuyo
autor Fernando Vecino Alegret cumplió sus 20 años en
medio de la exuberante naturaleza de las montañas
gloriosas, apenas unas horas después de su primer
encuentro con Fidel a quien se siente capaz de seguir al
fin del mundo. Al joven guerrillero no le arredran la
comida escasa, ni la lluvia que le cala los huesos,
mucho menos los peligros inminentes. Está ahí, en la
Sierra, formando parte de un esfuerzo de 18 hombres, que
fortalecerá las fuerzas guerrilleras para la ofensiva
contra el ejército de la dictadura. En ese espíritu
optimista y heroico que caracteriza a esos jóvenes está
tal vez la explicación de por qué un puñado de hombres y
mujeres consiguió alcanzar el apoyo combativo de todo un
pueblo, no solo para acabar en Cuba para siempre son
gobiernos dictatoriales y corruptos, sino para comenzar,
después de alcanzado el triunfo del 1ro de enero de
1959, la verdadera Revolución que haría realidad la
independencia y la soberanía nacionales.
Este libro, nos dice
su autor, está formado básicamente por un diario de
campaña que llevó en aquellos días, enriquecido con
investigaciones, entrevistas y datos biográficos de
algunos de los legendarios combatientes cuyos nombres y
acciones están recogidos en dicho diario. Cuenta también
con varios anexos, que incluyen partes militares y
discursos de Fidel transmitidos desde la Sierra Maestra
por Radio Rebelde, la emisora clandestina que todo el
pueblo escuchaba.
Con la lectura de
este libro, escrito con una belleza literaria que
sorprende porque el autor confiesa que no intenta hacer
literatura, nos parece ser parte de aquellos
acontecimientos, unos heroicos, algunos tristes, de vez
en cuando humorísticos, pero todos, sin duda, fiel
reflejo de la realidad cotidiana de aquella lucha.
Por sus páginas
desfilan los guerrilleros sin idealizarlos, porque nos
lo presenta en su real dimensión humana. Está, por
supuesto, Fidel, cuyo “optimismo realista” sigue vivo
hoy. Están Raúl y Almeida; y Camilo, con su cubana
sonrisa; la mítica figura del Che Guevara, médico y
guerrillero hasta las últimas consecuencias de sus
actos; y Frank País, aquel joven maestro de mirada
profunda, cuyo asesinato en las calles de Santiago de
Cuba removió los cimientos de la dictadura. Pero están
también los nombres y los hechos de una verdadera legión
de combatientes, entre los que sobresale el jefe del
autor en la Sierra, René Ramos Latour, el Comandante
Daniel.
Tal vez algunos de
los pasajes más conmovedores del libro sea,
precisamente, los relacionados con Daniel, un joven
forjado en la clandestinidad que llega a alcanzar el
grado de Comandante, el más alto de la jerarquía militar
de aquel ejército guerrillero. La amistad que surge
entre Daniel y el autor es la ejemplar amistad de los
combatientes que lo comparten todo: la magra ración, las
guardias de madrugada en las frías noches de la montaña,
las canciones y los sueños. Quizás por ese sentimiento
hacia el jefe y amigo emociona al lector la narración
del combate de la pequeña tropa de Daniel, en el que
este cae mortalmente herido, y de su entierro en la fosa
cavada en las estribaciones de la Sierra, en aquel lugar
conocido como el Hormiguero, donde el autor confiesa que
ha quedado un pedazo de su propio corazón.
El mismo hecho de que
Vecino Alegret haya publicado, casi como las escribió,
las páginas de su diario ―que no recoge toda su
permanencia en la Sierra― da a este libro la sinceridad
y la frescura, a veces la ingenuidad, de lo que escriben
los jóvenes cuando se sienten parte integrante de una
guerra como aquella, en la que estaba en juego el
destino de la Patria. Pienso por eso que los jóvenes de
hoy, que no vivieron aquellos años de combate, pero
tienen ante sí tareas no menos gloriosas, leerán con
placer e interés este libro, en el cual se entremezclan
el testimonio, la crónica y la narración, con la
verosimilitud que imprime el hecho de que el autor fue
protagonista de estos acontecimientos de la historia
cubana más reciente.
Por otra parte, el
orgullo de saberse forjadores ―y ¿por qué no,
fundadores?― de un mundo mejor permea todo el libro. A
ello contribuyeron, no solo el ejemplo personal de Fidel
y de los demás jefes guerrilleros, sino la lectura y el
comentario de obras de José Martí, Apóstol de la
independencia cubana en la lucha contra el dominio
español, escritor insigne, y revolucionario que
comprendió con claridad meridiana que la unidad era
elemento imprescindible para alcanzar el triunfo. Esa
enseñanza martiana de la unidad ha sido, ya desde los
días de la Sierra, uno de los pilares que ha hecho
posible que en Cuba, asediada y bloqueada, haya una
Revolución sentida intensamente como propia por las
grandes masas populares.
Y ahora, siento ya
que las palabras sobran. Dejo al lector con las vívidas
páginas de Rebelde: testimonio de un combatiente,
con la seguridad de que cada uno sabrá también, en su
circunstancia específica, buscar al sol.
Dra. María Dolores Ortiz
Universidad de La Habana
Palabras de la Dra. María Dolores
Ortiz, en la presentación del libro
Rebelde
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