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Queridos miembros de la presidencia:
Queridas todas y queridos todos:
Se me ha encomendado
la difícil, hermosa tarea de hablar en nombre de los
premiados en esta tarde, y acepto el reto con la timidez
de quien no esta segura de merecer tal honor.
Como es momento de
agradecimientos, empiezo por la gratitud de Zaida, de
Reinaldo y mía hacia los Jurados correspondientes,
quienes al escoger nuestros libros, nos llenan de
regocijo y cargan con el peso de los que no tuvieron
igual suerte. Nosotros, que nos hemos visto en situación
similar, conocemos de estos avatares. A los que nos
seleccionaron, muchas gracias. Todas las personas que
nos honran hoy con su presencia están vinculadas a
nosotros tres por lazos familiares, de amistad, de
camaradería. A todas ellas, por el apoyo, por la
paciencia, por la solidaridad y por el amor, gracias.
No me es posible
hablar del nombre que lleva el Premio que hemos
recibido, sin remontarme a muchos años atrás.
Alejo forma parte de mi familia más íntima desde tiempos
que, de tan remotos, se confunden con los primeros
recuerdos que tengo de la luz, de una sonrisa, de la
vida toda. Fue un escritor excepcional, coma sabemos, un
consagrado absoluto que sorteo amenazas, persecuciones y
supo evadir las envidias de los mediocres, que nunca
faltan, con la gallardía y la elegancia de un príncipe
al servicio de todos.
Era, al mismo tiempo,
un ser humano excepcional.
Alejo (y me resisto a
llamarle Carpentier) dedicó también su descomunal
talento a regalarnos bondades, abrazos, carcajadas y su
orgullo de ser cubano.
Quiero pensar que le
causaría placer el hecho de que un reconocimiento con su
nombre nos haya sido otorgado. Si él pudiera
preguntarnos cómo seremos en lo adelante, no dudaríamos
en contestarle:
En honor a tu clara y
apasionada memoria (con permiso del poeta), no tenemos
otra opción que homenajearte siendo, como tu querías,
leales trabajadores de esta Isla hermosa con su ardiente
sol.
Muchas gracias.
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