Año III
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Carlos Loveira
Literatos y editores
Josefina Ortega La Habana

De él se dijo que sus novelas eran “apresuradas” todas, y que en algunas asomaban lo mismo Pérez Galdós, que Blasco Ibáñez o Marcel Proust.

Y también se dijo que con la última obra pudo haber logrado su pieza maestra, pero sobraron los “episodios innecesarios”, que no dejó “desarrollar sus personajes” y que “apuró” demasiado “el final”.

Sin embargo ―según Salvador Bueno ― desde Villaverde, no hubo otro escritor que intentara como él reflejar el universo de la vida cubana, en aquella etapa “republicana” de escamoteo, hipocresía y liviandad.

No gratuitamente tuvo méritos para ingresar ―en 1926― en la Academia Nacional de Arte y Literatura.

Una famosa anécdota cuenta que en 1918, ya creada la revista Cuba Contemporánea, sus promotores decidieron fundar una empresa anexa y homónima para publicar libros.

La nueva editorial estaría disponible para escritores de diversos perfiles, y tiempo después de ser abiertas las oficinas, se llegaba un joven para entregar un texto, por si interesaba a los ejecutivos de Cuba Contemporánea.

El autor había sido de todo un poco, y había hecho periodismo, pero no era literato reconocido, hasta entonces.

El ejemplar llevaba por título Los Inmorales.

Poco después, al pasar por las oficinas y enterarse de la decisión, supo con sorpresa que su novela estaba siendo preparada para entrar en prensa.

Se llamaba Carlos Loveira y había nacido en El Santo, provincia de Villa Clara, el 21 de marzo de 1882.

Nacido de una familia pobre, tuvo que emigrar a EE.UU. al estallar la Guerra de 1895 ―tenía 13 años―, pero tres años después ―ya con 16― regresó con las huestes del general Lacret para luchar contra el coloniaje español.

Iniciada la etapa republicana trabajó en los ferrocarriles y se convirtió en un líder sindical, a tal punto que recorrió México y Centroamérica.

Llegó a ser secretario de la Pan American Federation of Labor, y jefe de la Oficia Internacional del Trabajo.

En el ínterin escribió un libro titulado De los 24 a los 35 en el que recoge la experiencia vivida en su lucha sindical.

Cuando la editora Cuba Contemporánea decidió publicar su novela Los inmorales, estaba dando luz verde a un escritor que tenía mucho que decir, y no por casualidad más tarde la misma casa editora publicaría también Generales y Doctores, su obra más conocida y la que mejor lo trascendió, un texto sobre españoles integristas convertidos en hacendados y “doctores”, criollos que intentaban respirar nuevos aires con la nueva patria, mujeres extremadamente castas ―y mujeres extremadamente voluptuosas―, además de los clásicos truhanes establecidos en la política nacional, después de regresar del campo insurrecto convertidos en altos oficiales del ejercito mambí.

Loveira había escrito ― hasta poco antes de su muerte el 26 de noviembre de 1928― cinco obras reconocidas: Los Inmorales (1919), una novela de tesis, contra el matrimonio indisoluble; Generales y Doctores (1920); Los Ciegos (1922); La ultima elección (1924), y Juan Criollo (1928), la historia de un hombre llevado por sus impulsos ―”biosicosexuales” se diría ahora― y que termina por convertirse ―amorfo e indeciso― en un maestro de componendas y oportunismos.

Y sus novelas gustaron a muchos de sus contemporáneos, pero molestaron también a otros, de todas las épocas, quizás porque la “interpretación de una Nación en trances de derrota, abatimiento y desengaño” ―al decir de Salvador Bueno― debía ser un detonante de suficiente calibre para producir obras mayores.

Pero como sucede regularmente, no siempre andan juntan los créditos de literatos, editores, críticos y lectores.

Y ahí queda, en la obra de Carlos Loveira, una parte indiscutible del universo cubano.
 

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