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Nuestra joven novelista, sin duda la primera o la mejor
de su generación, sigue haciendo novela pacientemente,
con verdadera vocación, al margen de la literatura
ocasional y casual que hoy se vende al peso. La última
novela de Belén Gopegui, El lado frío de la almohada,
reúne de nuevo todo el instrumental narrativo que Belén
maneja con sabiduría, reposo y estilo personal. Belén
escribe una novela como si jugase una partida de
ajedrez.
Y lo del ajedrez no es gratuito, pues Belén Gopegui,
efectivamente, trabaja con el cálculo demorado, con la
guerra ganada mentalmente, con la aparente lentitud de
su prosa. A tan dotada novelista le hace falta siempre
un tema que no haya sido tocado ya por una novela mala o
por una película. En el plano en que se ha situado BG no
le será fácil encontrar temas y motivos de alguna
enjundia que no estén ya tratados y maltratados por las
novelas de promoción y hasta por las televisiones.
No lo he comentado con ella, pero imagino que el
principal problema de Belén no es ya cómo hacer las
cosas sino qué cosas hacer. Nuestra actualidad parece
muy rica en motivaciones, pero en realidad es
reiterativa, monocorde, serializada y aburrida. Claro
que cualquier época se torna sugestiva cuando la
estudia o la narra un escritor de verdad. Véase el
Madrid de Galdós o el de Valle-Inclán. Véase la
posguerra de Cela o la Castilla monótona de Delibes.
En esta ocasión Belén ha elegido un tema de amor y
espionaje, algo que nos suena mucho más a película que a
libro. Pero las capacidades múltiples de Belén otorgan a
este tema una complejidad digna de Graham Greene. Por
otra parte, la escritura de BG insiste en su calidad
minuciosa, lúcida, repensada, que tiene recursos para
todas las situaciones y que domina el diálogo lacónico
de otros géneros mejor que los especialistas.
Es admirable el don de complejidad a que puede llegar
esta mujer. Siempre encuentra un recurso para tupir un
poco más la trama. No hay manera de leerla rápidamente,
como hoy aconseja la cultura de urgencia, porque ella
escribe con adivinada lentitud y parece que no se mueve
del sitio, cuando en realidad se mueve tanto. El público
actual la verdad es que ha perdido la costumbre de leer
con este sosiego. Belén es novelista de nacimiento, pero
no tiene ninguna prisa por serlo. Quiero decir que hace
sus novelas con tiempo, paciencia y esa densidad de
cálculo que emana de una partida de ajedrez, como ya
hemos sugerido.
Vengamos un momento, antes de terminar, al aspecto
sociológico de la novela. Belén sigue siendo una autora
minoritaria y casi clandestina. Solo la crítica la ha
reconocido. Belén nunca tendrá hermosos despliegues
televisivos anunciando sus libros, porque están primero
las novelas de aventuras, de viajes, de paisajes, de
emociones elementales y, por supuesto, la pornografía.
Lo malo de todo ese roperío literario no es solo que
embrutezca y desvíe al personal lector. Lo malo es que
impide el paso a novelas como las de Belén Gopegui. No
nos importa si la culpa es del editor, del autor o de la
Virgen Santísima. Nos importa la degeneración literaria
a que hemos llegado en España. En la posguerra los
autores eran Camilo José Cela, Carmen Laforet, Miguel
Delibes y por ahí. Y eso con censura.1
El
Mundo,
10 de
septiembre de 2004.
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