Año III
La Habana
2005

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El esclavo del pianista
David Mitrani


Aquí pudiera empezar la historia, aquí, cuando el hombre asume que el habitáculo del patio, el que construí hace más de cinco años, es un barracón, y que yo soy su amo. Podría describir cómo mira hacia mí y sonríe, y me llama:

—Venga amo, respire el olor de los jazmines.

Entonces me acerco y me inclino confiado ante la flor. De este modo me ahorraría referir lo más amargo: el sometimiento. Pero como este, pese a ser el más desagradable, es el pasaje más importante, habrá que contarlo.

Si digo que todo surgió repentinamente, mentiría. Nada comienza repentinamente. Todo tiene su acumulación, su punto negro acopiando materia, todo es heredad de siglos. Como mismo heredé una casa gigantesca en las afueras de la ciudad, que primero fue de mi tatarabuelo y luego de mi tío, también heredé la ruina de mi padre, sus manías, su inutilidad, su repulsión por lo cíclico y vegetativo. Que yo haya decidido tener un esclavo, tal vez sea la culpa de algún remoto antecesor, transmitida oralmente en sutiles diálogos, tesis humana que viajó de generación en generación hasta llegar a mi padre y luego a mí: palabras que entraron como oxígeno en la sangre, fértiles pero invisibles. La razón esencial, la tangible, quizás yo mismo la ignore. Digamos que existen hechos que despiertan estas heredades, digamos que hay señales puestas por azar en el camino. Una campana de bronce, labrada en la boca que se abre para expulsar su clamor; un viejo címbano fulgente que sirviera para despertar esclavos e implicarlos en la sumisión cotidiana, fue la primera señal; la segunda fue mi jardín. Tal vez haya sido al revés: antes que la campana, existió el jardín, pero la campana fue el pretexto, el detonante. El área de mi jardín es inmensa, cerca de doscientos metros cuadrados, y todas las semanas había que despojarla de yerbas. Este deber me correspondía tan inevitablemente como a mi esposa cocinar, fregar, lavar. Al principio, más que agradable, cortar yerbas fue un juego, como cuando de niños nos satisface realizar trabajos de adultos, o como cuando, hartos de oficinas y atmósferas urbanas, nos invade el gozo solidario y temporal de ayudar a los labriegos. Al cabo de repetir la misma maniobra más de cincuenta veces y saber que debería ser así por el resto de mi vida, me sentí desamparado ante la invasión orbital de la cotidianidad. Para renunciar a tan revolvente obligación tenía tres opciones:

a) Destruir el jardín.

b) Dejar crecer la yerba indefinidamente.

c) Pagar los servicios a otra persona.

Ninguna de las tres opciones procedía porque amaba mi jardín y no tenía dinero suficiente. Pero hallé una cuarta posibilidad. Antes debí observar la campana, imaginarme batiendo el badajo, severo, indolente, sin considerar todavía razonable mi proyecto. ¿Quién en su sano juicio se hubiera atrevido? Entonces tampoco advertí detalles de orden práctico, cuando aquello, no era hombre que reparase en tales pormenores. Soy músico, gran parte de mi vida la he dedicado a tocar piano, y aunque haya compuesto algunas sonatas y actuado en numerosos escenarios, a estas alturas estoy convencido de mi intrascendencia. Me gano el sustento acompañando cantantes de Piano-Bar, y el conflicto de mi vida siempre ha sido cómo saborear las pocas horas que sobran después de las arduas veladas de trabajo, cómo resarcir el sacrificio de interpretar tantas veces los mismos arreglos, de actuar como si me agradara estar allí, madrugando, hundiendo una y otra vez los dedos en los mismos acordes, como un timonel en medio de una tormenta que los demás, a expensas mías, disfrutan. Cuando llego a mi hogar, empalagado de mecánicas ejecuciones, suelo sumirme en un estado de ocio físico, entonces, sentado frente a mi piano, improviso melodías hasta que me duermo. Unas veces mi frente ha dado la última nota sobre el teclado; otras, he logrado internarme en una soñolencia incompleta y mis dedos han recorrido, emancipados, melodías que luego al amanecer no he podido recordar. De día, como esas mañanas que suceden a las noches embriagadoras, el recuerdo escurridizo me impulsa, aún sin reponerme del agotamiento, a continuar mis amoríos musicales. Me fastidia que este placer, quebradizo por demás, sea violentado por tareas tan banales como arreglar un tomacorriente, pintar la casa, orientar la antena del televisor, componer los herrajes del inodoro, o, el peor de todos, podar el jardín. Tales obligaciones me apartan del paraíso íntimo, haciéndome retornar a mi estado consciente, a mi valor de uso doméstico. Ningún hombre envidiaría a otro que observa, que oye, que degusta, que olfatea, que siente, pero que tan solo puede mover el dedo índice de la mano izquierda. Yo sí. Lo envidiaría aún si careciera de movimiento total. Alguien que solo puede mover el dedo índice de la mano izquierda, deviene animal pensante con una especie de cola que, tal como haría un perro, puede agitar efusivamente para expresar alegría, o recoger, para expresar temor. Sin embargo, siendo el hombre un ser racional, habiendo inventado complejas máquinas, el solo movimiento de un dedo puede servir para impartir una conferencia. Yo, en tal situación, preferiría limitar mi lenguaje a responder sí o no con mi cola. De ahí que mi existencia inefable fuera llegar al compendio de mí mismo: visión, olfato, oídos, tacto, razón; dejar que el mundo transcurra alrededor de mi inmovilidad, alimentándome, sirviéndome, tolerando mi presencia insignificante. Sentarme frente al piano, improvisar una melodía, es un acto formal que realizo para imprimirle respeto a mi ocio. Puedo crear música acostado sobre la cama o sentado en una silla, pero ello implicaría parecer un vago y no un artista. A menudo, el trabajo intelectual, para redimirse, requiere una dosis de actividad corpórea. Si cortara mi jardín acostado boca arriba, la absurda postura agregaría un esfuerzo adicional a mi labor y tan solo me haría parecer más imbécil, pero no un vago. El trabajo físico siempre es victorioso.

En mi jardín se daba el romerillo, el caldo santo, el cundiamor, la atípola, la prodigiosa, la quita maldición, y otros pastos que con una leve llovizna germinaban poderosos y horribles. Uno de los pocos humanos que llegó a odiar la lluvia fui yo; sabía que la gota más inocente alimentaba el yerbazal, lo hacía crecer burlón, satánico. Era un odio incompleto porque, igual que detestaba las yerbas, amaba mis rosales, mis orquídeas, mis marpacíficos, mis crotos. El agua beneficiaba a todas las plantas por igual, a las sublimes y a las infames, y por ello no desataba mi odio en su totalidad, obligándome a engullir una parte y destilarla hacia mis reflexiones. Con el tiempo he llegado a creer que aborrecía más podar el yerbazal que el yerbazal en sí. Para hacerlo, por ejemplo, empleaba un machete, herramienta rudimentaria que antes de ser usada debía amolarse con suma habilidad, limarse por un costado, luego por el otro, especie de preámbulo artesanal que enmascaraba la rudeza del siguiente paso. Es cierto que pude elegir un apero más fraternal. El azadón, que tolera una postura más erguida y arranca las yerbas casi de raíz, me habría ahorrado muchas energías y quién sabe si con ello también habría anulado mis inclinaciones esclavistas. Sin embargo, sabiendo que sería provisorio, que no emanciparía mi holganza, soslayé intencionalmente este remedo objetal, lo dejé seguir sin considerarlo, como ciertas ideas que uno mismo hace furtivas a fuerza de menospreciarlas. Tal vez este soslayo haya sido otro de los tantos cómplices del secreto designio que le aguardaba a mi víctima. Quise padecer a propósito, como decía Santa Teresa en su Vida: “Solo los padecimientos pueden, en lo adelante, hacerme soportable la vida. Padecer, este es mi anhelo más ardiente. ¡Cuántas veces, de lo íntimo de mi alma, levanto este grito a Dios: Señor una cosa os pido: padecer o morir!” Quise sentir la mortificación que, primordial y fecundante, me condujera a la verdad, a la autoaceptación definitiva. Perfeccionar el ejercicio de corte consumió tiempo de estudio y afán empírico. Consistía en golpear, encorvado y en cuclillas, hacia delante, dejando que el acero amputara el tallo maligno, luego retrocederlo para volver a golpear como si los brazos batieran un macrohuevo. De esta manera rasuraba la yerba a la altura de una pulgada. En ocasiones, el acero encontraba alguna piedra en su camino y cimbraba en el puño. Uno sentía en carne propia la muda congoja del fierro mellado. El chapeo era difícil no por el cansancio del brazo, ni siquiera por la ampolla que con el tiempo curtía la carne en la base del dedo índice, no; el chapeo se volvía insoportable cuando la tierra saltaba hacia los ojos, cuando las piernas temblaban y las vértebras dolían, cuando las hormigas burlando el calzado fronterizo llegaban a los pies y mordían con saña, cuando el sol, su fragor ecuatorial, absorbía los líquidos corporales. Podar mi jardín fue una tarea que siempre creí dejar a medias y que, sin embargo, siempre terminé. Quizás tal capricho de concluir, venciendo el agotamiento, era mi mayor contrariedad. Probar mi tesón en acto tan primitivo me desconcertaba. Ahora, cuando observo a mi esclavo trabajando en las tareas que diariamente le impongo, noto que, pese a hacerlas bajo amenaza, intenta concluirlas lo mejor que pueden sus energías. Muchas veces lo he sorprendido haciendo tareas adicionales, como si un arcano deber superara su índole cautiva, como si llevara en sí la estirpe del primer hombre condenado a labrar la tierra para procurarse el alimento. Del mismo modo que de los mortales aprende el creador, los amos aprendemos de los esclavos. Ellos son útiles para observarnos en una etapa inferior de vasallaje, de manera que, libres de faenas extenuantes, ocupemos el tiempo reflexionando sobre nuestra soledad. Si bien la lírica brotó inicialmente del sometido, de su nostalgia por la pérdida de bienes, fueron los artistas de la clase conquistadora, quienes haciendo uso de este hallazgo en sus ratos de ocio, la irguieron hasta su más alta expresión. Anacreonte, indolente, tal vez rapiñando el destello larvado y doloroso de un súbdito, escribió: “Héroes, preciso es daros/ eterna despedida: que de dulces amores/ canta solo mi lira”. Tal plenitud, extendiendo su mano sobre la bandeja de uvas y bajo la esplendorosa lámpara de aceite, solo podía alcanzarla el griego dominante. Sabiendo esto, creí que, al tener un esclavo, dispondría del tiempo indispensable para mis composiciones y no sospeché que el proceso de sometimiento se tornaría más atractivo que los acordes. Cuando imaginé a la campana tañendo con exigente prisa, aclamando a los cautivos, lo hice de manera romántica, incorporando al hecho un lirismo pueril. Imaginaba a los esclavos acudir sumisos con la cabeza baja, y a mí señalando hacia los cañaverales como única forma de imponer el mando. Entonces, como ya he dicho, carecía yo de sentido práctico, y no advertí lo difícil que es aherrojar a un hombre y obligarlo a servir gratuitamente. No imaginé que cada concesión libertaria, por mínima que fuera, implicaría un riesgo altísimo, que cada herramienta doméstica puesta a su alcance, se tornaría en arma homicida. Solo después de un minucioso análisis valoré el empleo del látigo, el grillete, el cepo, en fin, de todos los enseres necesarios para someter. Otros aspectos de similar naturaleza debí solucionar. Por ejemplo, me llevó horas de vigilia elegir a mi esclavo, caracterizarlo, definir raza, talla, origen social, somatotipo. Los primeros esclavos de la humanidad fueron prisioneros de guerra o deudores que pagaban con su cautividad y la de su familia, y podían ser lo mismo hebreos, tracios, etíopes, nubios, que tibetanos. En Esparta, quien no podía ser guerrero, anatómicamente apto para cargar los arreos del combate, era ilota, igual que los habitantes vencidos de Laconia y Mesenia. En la India, el sudra, cuya servidumbre estaba consagrada por la Ley de Manú, código de ordenamiento social, es la casta que desciende de la raza aborigen del Indostán —drávida y munda—, reprimida por nobles(vaicias, chatrias, brahamanes) de origen ario. Los últimos esclavos de América fueron lustrosos negros bantúes, mandingas, carabalíes, traídos del África; y los primeros habían sido indígenas: siboneyes, taínos, araucanos. Después de tales desvelos, concluí que la raza del esclavo puede ser cualquiera, y por ello mi elección no concedería privilegio a una por encima de otra. El ser humano que yo sometiera, si bien debía ser una especie de castigado, de hombre que mereciera su suerte, también debía ser, por sobre todo, verdaderamente útil, capaz de soportar las duras condiciones que yo impusiera. Se podría suponer que me ensañaría con alguno de los tantos criminales que andan deshaciendo el mundo: con un ratero, un estafador, un violador, un asesino, un proxeneta, un narcotraficante. Pero no fue así. Si algo me diferencia de mis semejantes, es que mis enemigos son seres que desprecio por razones abstractas, por sutilezas corporales y de comportamiento, no por severos motivos. El gerente del Piano-Bar podría despedirme y no inspirarme ningún resentimiento; en cambio, un hombre que lustre sus zapatos con la manga del pantalón, o que descongestione su nariz en un aguamanil, sí. Por ello fue agobiante incluir a mis numerosos enemigos en una lista y reducirla después de rigurosos criterios a tres candidatos. El primero era uno de los cantantes del Piano-Bar que constantemente se quejaba de mis ejecuciones y se burlaba de mis tachas corporales; el segundo, un pianista que jamás me saludaba; y el tercero, un barman quien, a diferencia de los otros, era un ser bondadoso. Deseché al cantante de inicio, era un joven impetuoso de quien en realidad solo me desagradaba el entrecejo abundante y áspero como el testuz de un oso. El barman y el pianista estuvieron lidiando en la balanza de mi decisión durante varias noches. Del barman me repugnaba su formalidad: limpiaba el mostrador con parsimonia, era casado, amaba el béisbol, saludaba siempre en el mismo tono: “¿Qué hay? ¿Cómo anda eso? ¿Y la familia?”, y preguntaba lo mismo a todos los clientes con invariable pastosidad: “¿Qué desea el señor?” El pianista era un fracasado arrogante y consciente, por ello tenía endurecida la palabra y cada comentario suyo era un venablo certero contra alguien. Lo mismo emprendía sus ataques contra el personal de servicio, contra los cantantes, que contra el gerente. Una vez comentó que cuando tocaba yo, el piano sonaba igual que una tuba. Su ofensa me dolió porque pretendía humillarme y porque al decir mi nombre hizo una mueca torcida que no solo provocó risas adulatorias hacia él, sino un irrespeto hacia mí, que todavía hoy perdura. Si mi elección hubiera estado alimentada por el rencor, por los conceptos insensatos de la enemistad, el candidato más firme habría sido mi colega; sin embargo, quise que fuera lo más justa y humana posible. El pianista era un hombre envenenado, pero con talento; jamás sería buen esclavo, hubiera preferido morir antes que servirme. Otro hecho influyó a favor suyo, la verruga que, como guisante no ingerido, colgaba encima de su labio superior y que tanto me exasperaba contemplar, fue borrada quirúrgicamente. El barman, por su parte, era fuerte y rutinario, especie de caballo salvaje, cuya voluntad podría domarse con sabiduría. De todos los candidatos era, curiosamente, el más robusto: ejemplar de raza blanca, más alto que yo; pesaría, lo menos, doscientas libras. Raptarlo tornábase operación compleja, pero no imposible. Por entonces, Penélope, mi esposa, había discutido conmigo.

— ¿Quieres que me vaya, Ricardo? —había preguntado como otras veces.

Hice silencio. Se vistió, recogió algunas cosas, demoró con la esperanza de que me interpusiera entre ella y la puerta, y suplicara “no por favor, yo te amo, más que a mí mismo, si te vas, me partes el corazón, quédate, quédate, quédate”. Penélope salió a la calle, debió caminar lentamente esperando que yo la alcanzara, debió derramar lágrimas, detenerse, mirar hacia atrás, debió luchar consigo misma para no revocar su propia decisión. Ahora, en casa de su madre, sueña con la diaria esperanza de que vaya a buscarla, pero entre mis planes inmediatos no está ir.

Con todos lo avíos de sometimiento listos, provoqué que el barman cayera en mi celada. Él tenía un auto, un viejo Chevrolet que, en sus manos cuidadosas, se había convertido en joya rodante, objeto acaparador de elogios. Agradecí que, una noche ciclónica en que se hacía imposible valerse del transporte público, me llevara hasta mi casa. Lo esperé afuera del Piano-Bar. Me hice ver mientras me cubría del agua con un cartón. Extendí mi mano y la agité. Entonces, compadecido por la torrencial lluvia que caía sobre mí, el barman frenó y yo monté chorreando frases de gratitud. No hubo testigos. Intenté iniciar infructuosamente el diálogo en varias oportunidades:

—Hubo poca clientela —dije mientras silbaba el barman, apretaba el play de la reproductora con su carnoso, cuasi maderable dedo índice.

—El cantante estaba nefasto, no había manera que entrara en tiempo —dije mientras el barman, afinada voz gangosa, tarareaba la pop-music, all that she wants is another baby eh, eh, eh, y corría la mano por el timón gozando la curvatura.

—El gerente estaba cargante —dije.

Saqué la caja de cigarros, le ofrecí uno. Fumó en silencio torciendo el volante en dirección izquierda.

—Gracias a Dios que me viste. Hubiera pescado una pulmonía esperando un taxi —dije.

El camino se acortaba. Reservé el señuelo para el final. Me entretuve admirando los fuertes antebrazos de mi futuro esclavo. Los imaginé sudados, sucios de tierra, de hollín. Imaginé su cabeza cubierta por el gorro de cocinero, su cuerpo doblándose ante mí. Comenzamos a hablar de béisbol cuando se detuvo en el último semáforo, entonces le hice saber que tenía grabadas las mejores jugadas de la temporada anterior y el jonrón que decidió el juego final. Este comentario, minuciosamente ensayado, lo animó. Enarcó ambas cejas, mencionó averages, nombres, récord. Prometí prestarle la película. Disertó sobre la tendencia ofensiva del béisbol moderno, sobre el fallido pensamiento táctico de los pícher, sobre la apatía de ciertos peloteros, que ya no robaban bases como antes ni tocaban bola ni hacían squeeze plays.

—Ahora se cuidan el físico —comentaba manoteando sobre el timón—. Los cácheres no bloquean el home, los corredores apenas se riegan en las bases, los fildeadores le temen a la cerca. Muy aburrida la pelota, muy aburrida.

Cuando llegamos a mi casa, todavía exprimía el tema. En busca de mi promesa, abandonó el auto y me acompañó. Nos mojamos en el corto trayecto y entramos sacudiéndonos las gotas con tremolación canina. Mientras el visitante ingería humeante café, fui a buscar el cassette de las mejores jugadas. Tardaba en hallarlo, de hecho era imposible que sucediera. Odio los deportes, jamás grabaría algo semejante a lo prometido.

—Las cajas de los cassettes —dije— están cambiadas.

Revolví las gavetas, pasé de un cuarto a otro.

—¿Dónde se habrá metido? ­—comenté y puse un vídeo operático.

El barman se aburría.

—Quizás me lo puedas llevar mañana —dijo.

—No, si ayer mismo lo estuve viendo —dije—. Tiene que andar por aquí. Yo no sigo la pelota, pero las jugadas defensivas me gustan mucho.

Después de veinte minutos de búsqueda, el barman se durmió profundamente en la ancha butaca de la sala: tal fue el efecto del sedante que le vertí en el café. Lo encadené y lo arrastré hasta el cuarto del patio, el que a partir de aquel momento sería su barracón. Conduje su automóvil hasta el otro lado de la ciudad y allí lo dejé. A la mañana siguiente, al verme, me miró sin miedo, seguro de que su situación sería transitoria. La sonrisa ingenua, la tranquilidad de sus ademanes, me indujeron a pensar que me creía un bromista sofisticado que de un momento a otro echaría una carcajada y lo desataría. Claro, este síntoma se disipó al recibir los primeros latigazos. Lo flagelé hasta verlo manar sangre por todo el cuerpo. Desgarré su camisa a golpes. Entonces gemía, daba alaridos, se revolcaba en la paja humedeciéndola de sangre y sudor. Durante tres días seguidos lo castigué sin clemencia, sin explicaciones. Abría el grueso candado del barracón y lo despertaba con certeros azotes. Por las tardes solía llevarle un poco de agua y algo de alimento. Tampoco entonces conversaba con él.

—¿Qué quieres de mí? —preguntó varias veces sin conseguir una sola frase mía.

Las palizas eran a deshoras, lo mismo en la noche antes de irme al trabajo, en la madrugada cuando regresaba medio ebrio, que levemente en las mañanas cuando me despertaba a orinar. No siempre utilicé el látigo, solía alternar las palizas con un garrote. Este último garantizaba dolorida punición. Aunque menos purpurante, sin dejar en su inmediatez el rastro escarlata del látigo, sino el tardío hematoma, un solo garrotazo podía limitar, en momentos de insubordinación, las posibilidades ofensivas. Mi propósito era que mi esclavo temiera, que, arrebujado en su sanguinolenta anatomía, temblara y suplicara “¡No más, no más!”, que llorara. Al cuarto día la primera meta fue alcanzada. Me temía. Entré a su barracón aquella mañana con un desayuno abundante: jarra de leche, sandwich de pollo, jugo de mango, tostadas, mantequilla, queso, café. El barman se arrinconó, permaneció con las manos en la cabeza y las rodillas a la altura del mentón. Puse la bandeja en el piso y ordené:

—Come, miserable.

Se acercó dubitativo y cogió tímidamente una tostada. Le temblaba la mano y apenas atinaba a llevarse alimento a la boca. Poco a poco, ante mi presencia, fue consumiendo el desayuno. Las lágrimas comenzaron a rodar por su rostro. Después que hubo terminado, eructó sin abrir la boca, dejando que el efluvio se diluyera en su pecho. Sin mirarme a los ojos, preguntó una vez más:

— ¿Qué quieres de mí?

Levanté el látigo y fustigué sus dedos. Gimió de dolor.

—Eres mi esclavo —dije— Harás cuanto yo ordene y me llamarás amo.

Su iniciación fue en el jardín. Pese a que hubiera bastado el látigo para sofocar cualquier intento de sedición, ceder un instrumento tan agresivo como el machete era una osadía, por ello mi esclavo debió prescindir de él y escardar con sus manos el gigantesco yerbazal. Aquella mañana de labor forzosa fue tensa para mí. Mis planes parecían desmoronarse. Los dolores de las frecuentes palizas habían cebado pereza en mi esclavo. El hombre, antes fuerte y sano, ahora parecía una bestia renga desplazándose con dificultad. Después de propinarle varios latigazos y comprobar que estaba dando lo mejor de sí, determiné zafarle los grilletes de las muñecas. El escarde devino una operación menos agobiante. Lo vi quejarse al tropezar con el bledo espinoso, entonces lo pateó con saña equina; lo vi maldecir las fuertes raíces de las cañuelas, la taimada complexión de la cebolleta, alabar la tersura de la verdolaga. Lo escuché reconocer por su nombre a la albahaca, el abrojo manso, el peregún. En algún momento solicitó agua y se la negué rehuyendo algún truco. Convenía que se agotara, que anduviera maquinalmente arrastrando los grilletes. Después de un breve descanso, lavó mi ropa, preparó el almuerzo y arregló una persiana. A pesar de su pobre rendimiento, aquel día, antes de regresarlo al barracón, le obsequié una ración adicional de pan.

Según Aristóteles, la esclavitud es algo inherente a la naturaleza humana; como mismo sensible, se nace esclavo. Yo pienso igual. Todos somos esclavos de alguien, algunos como el mío, burdamente, otros de una manera sutil, encubiertos en un contrato o en un salario. También creo la índole esclavista afín a todos. Nos agrada la servidumbre de los demás a cambio de nuestra holganza, nos agrada tener súbditos. La naturaleza dual del ser humano, la intersexualidad profunda por cuya causa integramos en variada proporción lo femenino y lo masculino, cualidad de víctima y de victimario, de sometido y de tirano, no solo se manifiesta eróticamente sino en todos nuestros actos individuales. Cuando visitamos un restaurante o un hotel, jugamos al esclavismo. El camarero nos dice señor, el botones nos carga las maletas, la lavandera nos lava, el chef nos cocina. Es decir, por un momento, incluso los más evolucionados y austeros, disponemos de una servidumbre disciplinada. En los tiempos que corren, y desde que Adam Smith demostrara la inconsistencia económica de la esclavitud, el dinero es el látigo. La modernidad solo ha dado a ciertos esclavos la posibilidad de elegir su faena. A mí, por ejemplo, me permite tocar piano por las noches para un hato de borrachos sordos. Así como cada cual elige su esclavitud, cada cual, viéndolo como su estado normal, se habitúa a ella. Por ello esperaba que mi esclavo se identificara con su destino, que con el tiempo fuera innecesaria la violencia. Después de varios meses noté ciertos progresos. Mi esclavo, sin asomo de pudor, me llamaba amo. Si antes a despecho de ser azotado se quejaba de hacer labores propias de un ama de casa, ya no. Ahora se le oía cantar mientras realizaba tales menesteres, llegó a preferirlos por encima de cualquier otro. Su mansedumbre ofrecía tanta seguridad que decidí ser menos hostil y no solo le permití usar cuchillos de cocina, tenedores, martillos, pinzas, sino que mejoré su habitación, le sustituí el lecho de paja por una cama y le instalé un excusado con agua corriente. También dejé de encadenarlo a la pared durante la noche. Mi esclavo lo agradeció besándome las manos, hincando rodillas. Siempre había estimado una grosera sublimación del miedo hablar sobre esclavos fieles. Creí la docilidad cumbre de la esclavitud. Craso error. La máxima ambición del amo es la fidelidad del súbdito. Los primeros signos de fidelidad que vi en el mío, los confundí con adulación. Cuando me sustituyeron en el Piano-Bar por otro pianista que a la vez cantaba magníficamente, llegué tan deprimido a mi hogar que lejos de propinar los azotes de rutina a mi cautivo, me eché sobre la cama a lamentar en silencio mi mala suerte. No fue hasta la media noche que entré en su barracón con el propósito de obligarlo a preparar algo de comida. Ese día él también estaba enfermo. Las llagas de los tobillos donde perennemente llevaba los grilletes estaban infectadas y una incipiente fiebre le provocaba espasmos. Temeroso de quedar sin mi esclavo en un mes tan lluvioso como abril, le liberé los pies de todo herraje y decidí curarlo. Mientras le sanaba la purulenta carne de los tobillos, conversé con él. Se sentía tan estimulado, que sus ojos brillaban de júbilo. Yo, que desde hacía más de un año había ensayado con él los improperios más humillantes, ahora le comentaba mis temores, mis complejos, como si conversara con un viejo amigo. Conmovido por mi angustia, por primera vez palmeó mi hombro en señal de consuelo. Luego, aún débil, se levantó del sofá donde aliviaba sus dolores y preparó una excelente comida que después le permití consumir en mi propia mesa. Antes de encerrarlo en su habitáculo, nos dimos las manos con franca efusividad. Aquella noche, mientras yo sané sus heridas carnales, el antiguo barman alivió el desamparo de mi espíritu y comprendí que un hombre armado de bondad, esclavo o no, nunca es derrotado por los rencores. Más tarde, afortunadamente, volvieron a llamarme del Piano-Bar porque el presunto sustituto, había declinado reemplazarme al recibir una mejor oferta. Desde entonces, contra viento y marea, he permanecido allí y, excepto aquella noche terrible, la relación amo-esclavo ha vuelto a la normalidad, es decir, mi esclavo siguió comiendo en su barracón y yo seguí azotándolo regularmente. Confieso que cada día estoy más cerca de su fidelidad absoluta. Cada día, gracias a mi condición de amo, comprendo mejor la existencia humana. Hoy, sentado en el portal, viendo mi jardín florecido, parece increíble que yo, un humilde pianista, haya extraído tal encanto de la naturaleza. Soy tan feliz como nunca sospeché. Mientras respiro hondo, dejando que un trozo de aire perfumado entre en mis pulmones, mi esclavo, que me sabe satisfecho, vira el rostro hacia mí y sonríe.
 

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