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La trayectoria de
Jaime Sarusky resulta singular dentro de las letras
cubanas. Lo más frecuente es que un joven escritor haga
sus armas en el periodismo y después se consagre a la
literatura o simultanee ambos oficios, a la manera de
García Márquez o Vargas Llosa. Sarusky era ya uno de los
escritores emergentes más reconocidos hacia el centro de
la década de los sesenta cuando se concentra sobre todo
en el inquieto oficio de periodista que venía ejerciendo
intensamente desde 1959. El anuncio de su Premio
Nacional de Literatura 2004 viene a vindicar también la
reflexión cultural y prestigia un género tan debatido
como el testimonio, variante en la que Jaime se destaca
con sus libros Los fantasmas de Omaja
(1986) y La aventura de los suecos en Cuba
(1999).
El máximo galardón de
las letras en la isla reconoce también el valor de la
perdurabilidad de sus textos. Las novelas La búsqueda
y Rebelión en la octava casa,
publicadas en los sesenta, siguen siendo editadas,
leídas, comentadas en la actualidad. Su regreso a la
narrativa con Un hombre providencial, Premio
Alejo Carpentier de novela 2001, confirma la vitalidad
de este caballero agudo, de los pocos que aún trata a
todos de usted, habla bajo y atinado, enseña un humor
galante y prefiere la sonrisa como huésped diaria.
Sus libros
Los fantasmas... y La aventura...
se refieren a la presencia de las comunidades
extranjeras con influencias más o menos notables en la
cultura cubana. ¿Qué lo motivó en cada caso y por qué no
ha escrito algo similar sobre la comunidad hebrea de la
que desciende su familia?
“Usted que es
periodista y se entera leyendo dos líneas de
Documentos para la historia de Cuba, de Hortensia
Pichardo, que había en la antigua provincia de Oriente
comunidades de escandinavos y rusos, ¿le hubiera
interesado averiguar sobre eso o no?”
Claro que sí, sobre
todo por la parte de los rusos, porque viví en Moscú.
“Bueno y yo por la
parte de los escandinavos, entre otras cosas porque ya
yo había estado en Suecia veintipico de años antes. Yo
estudiaba en Francia y me iba en las vacaciones a Suecia
a fregar platos y hacer un dinerito rápido. Saber que
había suecos en Cuba era muy estimulante. Además, ya
tenía cierto conocimiento porque tiempo antes había
estado en Omaja y durante las investigaciones acerca de
esa comunidad di con esa frase de Hortensia Pichardo. En
Omaja hubo finlandenses y en el cementerio yo vi un
Christensen, un apellido danés, y me llamó la atención,
sobre todo, porque era un bocadito periodístico. Dice
Moreno Fraginals en el prólogo a Los fantasmas de
Omaja que tal vez el hecho de ser hijo de emigrantes
era una de mis motivaciones, pero yo le garantizo que
puedo ser el más perfecto hijo de emigrantes que si no
fuera periodista no me hubiera interesado tanto.
“En cuanto a los
hebreos, publiqué un trabajo en la revista Revolución y
Cultura hace dos o tres años. No quiero historiar a los
hebreos porque tengo otras prioridades como novelista,
pero de todas maneras, aunque no sea la historia de la
colonia hebrea, contaré —a mi manera— una historia por
la vía de la experiencia personal, probablemente con
mucho conocimiento de causa, que sería más interesante y
potable”.
¿Cómo y por qué
decidió irse a estudiar a Francia?
“Déjeme explicarle
que el mejor negocio de mi vida fue perder el negocio
que yo tenía. Mi padre me había dejado un poco de
dinero. Yo era total y absolutamente inexperto. Me
costaba mucho trabajo aceptar la autoridad de mi
familia, más bien estaba casi siempre en pugna con
aquellos que querían dirigirme de una manera que no me
parecía la más adecuada desde el punto de vista humano.
Por razones sentimentales decido poner una tienda en
Mariano. El tío de la novia también tenía negocios y si
bien al principio compartíamos sin problemas, luego la
situación se fue poniendo tensa por el pretendido papel
rector que quería llevar el padre de la joven. Así que
la novia se fue. Y cuando me quedo solo es que empiezo a
escribir más. Porque ciertamente cuando tenía
dieciséis, diecisiete años me reunía con otros tres
muchachos en el Instituto de Santa Clara y hacíamos un
periodiquito donde comenzamos a escribir los primeros
intentos. Cuando me mudo para La Habana, en el año 47 ó
48, me pongo a trabajar en una joyería y cuando el jefe
no estaba en la oficina intentaba escribir algún cuento
o artículo. O sea, me interesaba la literatura y el
periodismo. Me mudé para la tienda, hice una barbacoa,
me independicé y me puse a escribir por las noches y un
tiempito después a colaborar en el periódico El Sol de
Mariano. Mi tienda se convirtió en una tertulia
literaria, no tenía nada que ver con el comercio ni la
actitud, ni el modo de llevar aquello. En el 53, una
tienda modesta, muy humilde, prácticamente sin dinero,
tenía sus dos vidrieras dedicadas al centenario de
Martí. Entonces mi proyección no era nada comercial.
Estaba mal ubicado. Perdí la tienda, después de unos
cuantos intentos por venderla. Pude vender la opción del
lugar y no la mercancía, que tuve casi que regalarla.
Con las ruinas de lo que quedaba de la tienda me fui a
Francia a estudiar en La Sorbona Literatura Francesa
Contemporánea y Sociología del Arte. Retamar y otros se
refieren a mí diciendo “Fulano quemó las naves”. Sí, eso
hice, quemé las naves sin ser Hernán Cortés”.
¿Cree en la
pertinencia actual del testimonio como género literario?
“Creo en la
pertinencia de cualquier género siempre y cuando esté
bien hecho y esté aportando cosas. Un testimonio mal
escrito, aunque lo que esté diciendo sea muy bueno, si
no está bien estructurado no sirve y la culpa no es del
testimonio sino de quien lo escribe. De vez en cuando se
pone de moda lo epistolar...”
Hasta es el plato
fuerte de algunos Premio Nobel recientes.
“Exactamente. El
problema no está en el testimonio sino en cuánto aporta
o enriquece el conocimiento humano o el lenguaje”.
Son recordadas
entrevistas suyas, como aquella extensa a Nicolás
Guillén en Revolución. Como protagonista, ¿qué recuerdos
conserva de esa época y de las condiciones
socio-culturales en las que se movió el periódico,
Lunes de Revolución y La Gaceta? ¿Qué los
vinculó y diferenció?
“El periódico
Revolución aparece en los primeros días de enero de
1959; Lunes de Revolución en marzo de ese mismo
año y La Gaceta en el 62. Todo era muy distinto.
Revolución era el periódico de agitación del Movimiento
26 de Julio que tuvo muchos aportes desde el punto de
vista gráfico. Con letras de 64 puntos se movilizaba al
país ante amenazas de invasión o la Crisis de Octubre o
Playa Girón. Lunes de Revolución es un fenómeno
fuera de toda comparación con las revistas anteriores.
Desde el punto de vista cultural, intelectual, Orígenes
es muy importante, pero desde el punto de vista de
llevar la cultura al pueblo, que la cultura no sea un
mero difusor de un grupo, este tabloide es
paradigmático. Lunes publicaba cien mil ejemplares y a
veces más y se repartía gratuitamente con el periódico.
De repente allí se ventilaban temas que podían chocar
incluso con lo que aparecía en el periódico. Por
ejemplo, tiraban bombas en centrales azucareros o
estaban quemando los cañaverales y esos eran los
cintillos de Revolución, mientras que en Lunes,
preparados unos días antes, se leían temas culturales
que no tenían nada que ver con eso. El asunto le chocaba
a muchos revolucionarios y varios dirigentes lo
criticaron. Pero cuál era la otra opción si se quería
dar información y llevarle la cultura no a un grupo,
sino a la mayoría. Entonces obviamente era un conflicto,
independientemente de que se estuviera de acuerdo o no
con la actitud de los escritores o artistas que hacían
Lunes. Todavía hoy se discute sobre lo que
significó este tabloide. Pienso que todavía es muy
temprano para poder juzgar el verdadero papel de
Lunes, su verdadera importancia o no. Creo que
cuando los norteamericanos decidan no seguir acosando a
Cuba y la tensión no siga subiendo, cuando pase el
tiempo y la historia sea una historia vieja, y el cubano
de ese momento no esté presionado por circunstancias muy
contingentes, solo entonces podrá hacerse muy fríamente
y sin pasión el juicio que realmente merece Lunes.”
¿Y La Gaceta?
“La Gaceta ha
jugado un papel importante con sus altas y bajas. Se lo
dice alguien que durante un tiempo fue su jefe de
redacción. Pero de ninguna manera puede haber
comparación, porque son cosas muy distintas, entre
Orígenes, Lunes o La Gaceta.”
En su novela
Un hombre
providencial
se adentra en la temática histórica. ¿Cómo realizó la
investigación para ese libro y de qué forma fue tomando
cuerpo literario?
“Fue una frescura mía
meterme en esa aventura. Parto de un personaje histórico
que me llamaba mucho la atención, William Walker, un
hombre de mediados del siglo XIX que llega al estado de
Sonora y Baja California, que pertenecía a México, con
un grupo de hombres, toma la capital y une a ambos
estados, los convierte en una república de la cual se
proclama presidente. Allí estuvo varias semanas hasta
que fue expulsado. Con un solo zapato caminó por el
desierto de Sonora. Sus fieles lo estaban esperando en
la frontera de los EE.UU. y así pudo salvarse. Cinco
años después repite la acción con un puñado de hombres,
llega a Nicaragua, ocupa algunos pueblos y pequeñas
ciudades y termina ocupando la capital, Granada, meses
después se hace presidente de Nicaragua. Y yo me
preguntaba, cómo fue posible eso. Me puse a investigar.
Me llevó muchísimos años, no solo la investigación, sino
también lograr hacer novela y no historia. En realidad
el gran triunfo para mí fue encontrar el hilo conductor
de la novela, que fue el personaje de Ricardo, un
muchacho joven. Fue un hallazgo porque este joven,
metido entre la gente de Providence (el nombre de Walker
en la novela) es quien empieza a contar el desarrollo de
esa presencia allí. Así es que logro dar esa zaga de la
presencia de Walker no en Nicaragua, sino que le puse la
República de Granada.”
Si hablamos de retos
para enfrentar los géneros, usted ha sabido transitar
por los del testimonio y los de la novela. ¿Cuáles
enfrenta en cada uno?
“En el testimonio se
hace un fino trabajo de edición; en la novela un fino
trabajo de invención. Yo no puedo inventar en un
testimonio, a menos que con lo que yo tenga no esté
satisfecho y vuelva al testimoniante a buscar más. De lo
contrario, tijeras, porque el hombre se esté repitiendo
o diciendo cosas intrascendentes”.
La búsqueda
se incluye entre la literatura típica de los primeros
años de la Revolución. ¿Cómo ve esa novela y sus
contemporáneas a la luz de hoy?
“Lo que se plantea en
La búsqueda, más que lo que está ocurriendo en
los primeros años de la Revolución es lo que había
ocurrido antes. Es decir, visto con una mirada objetiva,
de alguna manera esa novela estaba dando lo que eran
todos los caminos cerrados para la gente antes del 59,
aquella realidad social. Es el conflicto de alguien que
quería tener parte en esa sociedad a través de la
música. Esa historia, con todo lo que sucede y lo que
no, forma parte del contexto de fines de los años
cuarenta y principios del cincuenta. Hubo algunas
novelas que plantearon toda esa frustración, pero muchas
contaban los acontecimientos posteriores al triunfo. Por
eso es y no es típica de aquella etapa”.
En momentos de
recuento, como este, ¿qué le interesa que quede para la
posteridad de un intelectual como usted?
“De nada vale que yo piense en eso porque uno no escribe
su propia historia. En primer lugar, hay un fenómeno
inevitable: la muerte. Después que uno se muere no tiene
manera de defender nada. Son los otros los que se
encargan de escribir su historia, cada quien a su
manera. Trato de responderle con objetividad y
honestidad. Mi trayectoria no es tanta, pero tengo una
obra que ha ido sobreviviendo al tiempo. Me parece muy
importante, que todavía hoy —43 años después de la
primera edición de La búsqueda— estemos hablando
de esa novela. Pobre del escritor que publique algo y
diez años después ya esté todo olvidado. A todo escritor
o artista le gustan los aplausos, de lo contrario no lo
sería. Ese bichito de la vanidad es una especie de
motorcito que ayuda a movilizarlo a uno. Y no está mal,
siempre y cuando no se exagere, como hacen algunos pavos
reales por ahí”. |